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19 mayo 2018

Vigilia de Pentecostés.




- Introducción.

Hoy celebramos este misterio de presencia y de fuerza de Dios a los suyos. El Espíritu es el DEFENSOR de nuestra fe, prometido por Jesús. Del Espíritu recibimos las sugerencias que nos llevan a la intimidad con Dios. “El Espíritu viene en nuestra debilidad, porque nosotros no sabemos pedir lo que nos conviene, pero el Espíritu intercede por nosotros con gemidos inefable”. (Romanos 8).

- Monición.

Para orar y profundizar en la Palabra, en primer lugar, se nos hace una invitación a acogerla en el corazón, de manera que podamos descubrir la acción del Espíritu de Jesús en nosotros y en nuestro mundo. No podemos poner fronteras ni alambradas a la acción de Dios. El Espíritu está con nosotros, pero no está sólo con nosotros. El Espíritu de Dios, como al inicio de la creación, lo llena todo, lo invade todo, se posa sobre hombres y mujeres de buena voluntad sin distinción de credo, raza o lengua..

- LECTURA: 1. Isaías 11, 1-9. 

“Saldrá un renuevo del tronco de Jesé 
y de su raíz brotara un vástago. 
Sobre él se posará el Espíritu del Señor:
espíritu de sabiduría y entendimiento,
espíritu de consejo y fortaleza,
espíritu de ciencia y piedad.
Y le inspirará el temor del Señor.
No juzgará por apariencias 
ni sentenciará sólo de oídas;
juzgará a los pobres con justicia, 
con rectitud a los desamparados. 
Ejecutará al violento con la vara de su boca, y al malvado con el aliento de sus labios. 
La justicia será cinturón de sus lomos y la lealtad, cinturón de sus caderas.
Habitará el lobo con el cordero,
la pantera se tumbará con el cabrito, el novillo y el león pacerán juntos: 
un muchacho pequeño los pastorea.
La vaca pastará con el oso, 
sus crías se tumbarán juntas; 
el león comerá paja con el buey.
El niño jugará en la madriguera del áspid, la criatura meterá la mano en el escondrijo de la serpiente. 
No harán daño ni estrago por todo mi Monte Santo: 
porque está lleno el país de conocimiento del Señor,
como las aguas colman el mar.”

- Reflexión.

El Espíritu de Jesús no tiene un mensaje distinto que decirnos que el de Jesús. Es quien nos recuerda (“re-cordar”, significa etimológicamente "volver a pasar por el corazón) lo que Jesús nos dijo, la sustancia de su mensaje. Y eso es precisamente lo que a continuación vamos a tratar de hacer. Dejemos que el Paráclito se convierta en MEMORIA DE JESUS. Que nos traiga el recuerdo subversivo, tajante de la letra del Evangelio... El Espíritu que ha sido derramado en nuestros corazones se une a nuestro propio espíritu y nos hace sintonizar y vibrar ante el núcleo de la llamada de Jesús. Dejemos que el Espíritu nos enseñe todo, nos conduzca a la verdad a nosotros que queremos caminar hacia ella; nos ayude a interpretar los signos de los tiempos.

- LECTURA DE LOS HECHOS 2, 1-4

Al llegar el día de Pentecostés,
estaban todos juntos en el mismo lugar.
De repente vino del cielo un ruido, semejante a un viento impetuoso,
y llenó toda la casa donde se encontraban.
Entonces aparecieron lenguas como de fuego,
que se repartían y se posaban sobre cada uno de ellos.
Todos quedaron llenos del Espíritu Santo.

- Reflexión.

El Espíritu va unido a un modo de vida nueva: la Resurrección. La vida nueva siempre sorprende. Nos descoloca. Lo nuevo de Dios es inesperado. Es lo distinto de que nosotros podíamos imaginar. 
El Espíritu llega en los momentos de miedo y de aislamiento.
El Espíritu llega cuando nos sentimos aplastados por nuestro pecado, sin una 
voz ni una mano que nos digan: «Levántate y anda». «Recibe el Espíritu, quedas 
perdonado». El Espíritu llega como consolación y fuerza. El Espíritu llega como paz y alegría. El Espíritu llega como «recreación»: nos recrea el corazón, nos recrea la ilusión y las ganas de vivir.

- LECTURA del Evangelio Juan 20,19-23

En la tarde aquel día, el primero de la semana,
y estando los discípulos con las puertas cerradas por miedo a los juntos,
llegó Jesús, se puso en medio, y les dijo: ¡Paz a vosotros!
Les enseñó las manos y el costado.
Los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor.
Él repitió: “¡Paz a vosotros!
Como el Padre me envió, así os envío yo a vosotros”.
Después sopló cobre ellos y le dijo:
“Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados,
les serán perdonador; a quien se los retengáis, les serán retenido.


- Dones del Espíritu Santo.

1. El don de la Sabiduría:
nos hace entrar en las profundidades de Dios. Por la naturaleza podemos ver a Dios, nos lleva a conocerlo y que se nos quede en la mente. La palabra sabiduría viene de verbo latino “Sapare”, que quiere decir saborear. Ya el salmista nos habla de ello: “Gustad y ved qué bueno es el Señor”, nos hace saborearlo, no solo que lo entendamos, sino que lo degustemos.

2. El don de la inteligencia:
es la luz intelectual para entender las cosas de Dios, vamos entendiendo con la mente, lo vamos intelectualmente digiriendo. Nos hace entender y experimentar las palabras bonitas del evangelio y las palabras fuertes. Nos aclara que Dios es amor y lo que significa el perdón.

3. El don de consejo:
es para saber qué tenemos que hacer en nuestros momentos de miedo. Tenemos que desarrollarlo, pedirle al Espíritu Santo el don de consejo para saber con certeza lo que debemos hacer; sobre todo en circunstancias difíciles, en las que no bastan las luces de nuestra prudencia humana. Este don de consejo permite saber qué quiere Dios de nosotros. Muchas veces es difícil tomar decisiones y siempre andamos con inseguridades al actuar. Escucha el consejo.

4. El don de fortaleza:
Por lo general no es que seamos malos, pero sí muy débiles. Queremos ser pacientes y nos domina la ira, queremos ser constantes, pero abandonamos lo emprendido, queremos ser cumplidos y a todos les fallamos. Queremos ser castos y no siempre lo logramos, queremos ser serviciales y somos egoístas. En fin, ¿quién no ha experimentado sus propias debilidades?

5. El don de la ciencia:
es la capacidad de descubrir a Dios a través de las circunstancias y de todo lo creado. Descubre nuestra pequeñez, nuestras limitaciones e inconstancias, nos libera de la fascinación que ejerce sobre nosotros el mundo, la carne y el orgullo, con su sed de poder, de fama y de riqueza. Nos revela que todo es vanidad de vanidades y que nada vale la pena. San Agustín buscó saciar su sed de felicidad en el mundo; pero al fin, iluminado por el don de ciencia, comenzó a buscarla en Dios.

6. El don de la piedad:
nos ayuda a intensificar la relación con Dios, hecha de agradecimiento, cariño, ternura, benevolencia y disponibilidad. Nos ayuda a ver con buenos ojos a todos los hijos de Dios.

7. Temor a Dios:
tener miedo de nuestras debilidades y no poder corresponder al que nos ama.


- Oración Final.

Señor, tú que fecundas la creación entera con tu aliento de vida: santifica a los que formamos tu Iglesia con el fuego que tu Hijo ha dejado prendido en la tierra.
Concede la unidad de corazón a quienes vivimos de una misma fe, para que al unísono podamos alabarte como la única fuente de la que manan todos los dones.

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