18 septiembre 2017

Hoy celebramos la fiesta de Santa Purísima de la Cruz.


María Isabel Salvat Romero nació el 20 de febrero de 1.926, en el que hoy es el número 25 de la calle Claudio Coello en pleno corazón del Madrid de los Austrias.
Era hija de Ricardo Salvat Albert, malagueño, y de Margarita Romero Ferrer, madrileña, siendo la tercera de ocho hermanos.

Fue bautizada en la Parroquia de la Concepción en la madrileña calle de Goya. Completó sus estudios primarios y el bachillerato en el colegio de las Madres Irlandesas de la calle Velázquez, en el que recibió su primera comunión con seis años.
Al estallar la Guerra Civil en julio de 1.936 la familia se trasladó a Figueira da Foz (Portugal), regresando un año después a España e instalándose en la capital donostiarra. Finalizada la guerra la familia volvió a Madrid.

La adolescencia de María Isabel transcurrió en un ambiente cultural y religioso muy significativo. Era una joven elegante, de alto nivel social, guapa, simpática y muy ocurrente; aunque poco habladora; su porte elegante y señorial denotaba un alma llena de Dios.

Era muy atractiva y tenía muchas amigas, todas ellas pertenecientes a un nivel social alto, entre las que Mª Isabel era muy querida. Acudió a fiestas y alternó con amigos pertenecientes a familias conocidas de sus padres.
Al mismo tiempo su vocación seguía madurando en su interior.

Con su amiga Maricar Ibáñez (que posteriormente se haría irlandesa) solía visitar conventos. Así, en 1.942, tuvo lugar su primer encuentro con las Hermanas de la Cruz.
Su vocación encontró la complicidad materna, no así la paterna que trató -por todos los medios- de evitar que se convirtiera en monja.

Al alcanzar la mayoría de edad, el 10 de diciembre de 1.943, hace la Consagración a la Virgen y recibe la medalla de hija de María de su colegio de las Irlandesas.
El 21 de julio del siguiente año aprueba el bachillerato superior en la Universidad de Madrid.
El 8 de diciembre de 1.944, con 18 años de edad ingresó como postulante en el Instituto de Hermanas de la Compañía de la Cruz en Sevilla.
El 9 de junio de 1.945, tomó el hábito bajo el nombre de Sor María de la Purísima de la Cruz.
El 27 de junio de 1.947, hizo su profesión temporal, y el 9 de diciembre de 1.952, los votos perpetuos.

Con anterioridad a ser elegida Madre General en Sevilla, estuvo destinada en diferentes conventos y ejerció como directora del colegio.
En 1.966 ostentó el cargo de Maestra de Novicias. En 1.969 el de Provincial y en 1.970 es nombrada tercera consejera general.
El 11 de febrero de 1.977 fue elegida Madre General, cargo que ostentaría durante 22 años, al ser reelegida por unanimidad en 1.983, 1.989 y 1.995.

Austera y pobre para sí misma -«De lo poco, poco», solía decir- hacía vivir a las hermanas el espíritu del Instituto en la fidelidad a las casas pequeñas y se entregó a todos los que la necesitaban, especialmente a las niñas de los internados.
También los pobres y enfermos ocupaban un lugar privilegiado en su corazón.
Así atendía con verdadero cariño a las ancianas enfermas.
Diariamente por la mañana iba para atenderlas: las lavaba, les hacía la comida, les lavaba la ropa. Y siempre se reservaba los trabajos más duros y penosos.

Gobernó la Compañía con incansable celo y gigante espíritu de Hermana de la Cruz. Su ideal fué hacer vida el carisma de la Santa Madre Fundadora y con su vida sencilla, humilde y llena de fe, supo dar ejemplo. Fue fiel seguidora de su obra, y ha dejado en el corazón de todas sus hijas deseos ardientes de imitar su amor a Dios y a su Santo Instituto. Como Madre General asistió a la beatificación de Santa Ángela de la Cruz.
El 2 de febrero de 1.997 murió su madre con 96 años de edad.


Meditar y Rezar el Salmo 50.


Ayer, Domingo XXIV del Tiempo Ordinario, para nuestra oración personal, podríamos rezar y meditar el Salmo 50: “Misericordia, Dios mío, por tu bondad”, que se reza los viernes en la Liturgia de las Horas.

Es una invocación a Dios, y pone en relieve a un Dios que tiene piedad, compasión, que se abaja tanto a la creatura, que se hace uno de ellos.
Vemos como el pecador implora confiadamente su misericordia y Dios muestra su fidelidad paterna. Este salmo, restaura la relación con Dios y el Hombre.


Salmo 50.

Misericordia, Dios mío, por tu bondad,
por tu inmensa compasión borra mi culpa;
lava del todo mi delito, limpia mi pecado.

Pues yo reconozco mi culpa,
tengo siempre presente mi pecado: contra ti, contra ti solo pequé,
cometí la maldad que aborreces.
En la sentencia tendrás razón, en el juicio resultarás inocente.
Mira, en la culpa nací, pecador me concibió mi madre.

Te gusta un corazón sincero, y en mi interior me inculcas sabiduría.
Rocíame con el hisopo: quedaré limpio;
lávame: quedaré más blanco que la nieve.

Hazme oír el gozo y la alegría,
que se alegren los huesos quebrantados.
Aparta de mi pecado tu vista,
borra en mí toda culpa.

Oh Dios, crea en mí un corazón puro,
renuévame por dentro con espíritu firme;
no me arrojes lejos de tu rostro,
no me quites tu santo espíritu.

Devuélveme la alegría de tu salvación, afiánzame con espíritu generoso:
enseñaré a los malvados tus caminos,
los pecadores volverán a ti.

Líbrame de la sangre, oh Dios,
Dios, Salvador mío, y cantará mi lengua tu justicia.

Señor, me abrirás los labios, y mi boca proclamará tu alabanza.
Los sacrificios no te satisfacen: si te ofreciera un holocausto, no lo querrías.
Mi sacrificio es un espíritu quebrantado;
un corazón quebrantado y humillado,
tú no lo desprecias.

Señor, por tu bondad, favorece a Sión,
reconstruye las murallas de Jerusalén:
entonces aceptarás los sacrificios rituales,
ofrendas y holocaustos,
sobre tu altar se inmolarán novillos.


17 septiembre 2017

Evangelio. Domingo XXIX del Tiempo Ordinario.


Según San Mateo 18, 21 - 35.

En aquel tiempo, Pedro preguntó a Jesús: «Señor, ¿cuántas veces tengo que perdonar las ofensas que me haga mi hermano? ¿Hasta siete veces?». Dícele Jesús: «No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete. Por eso el Reino de los Cielos es semejante a un rey que quiso ajustar cuentas con sus siervos. Al empezar a ajustarlas, le fue presentado uno que le debía 10.000 talentos. Como no tenía con qué pagar, ordenó el señor que fuese vendido él, su mujer y sus hijos y todo cuanto tenía, y que se le pagase. Entonces el siervo se echó a sus pies, y postrado le decía: ‘Ten paciencia conmigo, que todo te lo pagaré’. Movido a compasión el señor de aquel siervo, le dejó en libertad y le perdonó la deuda. 

»Al salir de allí aquel siervo se encontró con uno de sus compañeros, que le debía cien denarios; le agarró y, ahogándole, le decía: ‘Paga lo que debes’. Su compañero, cayendo a sus pies, le suplicaba: ‘Ten paciencia conmigo, que ya te pagaré’. Pero él no quiso, sino que fue y le echó en la cárcel, hasta que pagase lo que debía. 

»Al ver sus compañeros lo ocurrido, se entristecieron mucho, y fueron a contar a su señor todo lo sucedido. Su señor entonces le mandó llamar y le dijo: ‘Siervo malvado, yo te perdoné a ti toda aquella deuda porque me lo suplicaste. ¿No debías tú también compadecerte de tu compañero, del mismo modo que yo me compadecí de ti?’. Y encolerizado su señor, le entregó a los verdugos hasta que pagase todo lo que le debía. Esto mismo hará con vosotros mi Padre celestial, si no perdonáis de corazón cada uno a vuestro hermano».


Reflexión.

El perdón es un don, una gracia que procede del amor y la misericordia de Dios. Para Jesús, el perdón no tiene límites, siempre y cuando el arrepentimiento sea sincero y veraz. Pero exige abrir el corazón a la conversión, es decir, obrar con los demás según los criterios de Dios.

Reflexión. Domingo XXIX del Tiempo Ordinario.


¡Feliz Domingo, Día del Señor!

Hoy, las lecturas que nos propone la liturgia para este Domingo XXIV del Tiempo Ordinario, nos habla del amor y el perdón. Dos pilares que, para los que nos llamamos Cristianos, debe ser fundamental e imprescindible. No podemos ir a celebrar la Eucaristía, si no hemos perdonado de corazón al prójimo.
El perdón sincero, transforma al que he ofendido, y a mi, que he sido ofensor.
Pongámonos delante del Señor, en este domingo, y pidámosle que nos otorgue la humildad para reconocer nuestros pecados, nuestros fallos, y la valentía pedir perdón y perdonar.

En la Primera Lectura del Eclesiástico:

Nos presenta una serie de actitudes de pecado: rencor, ira, violencia… Pero, también nos enseña la otra parte que es reconocer que somos pecadores y por ello, necesitamos reconocer la culpa, perdonar, reconciliarnos con el prójimo… La idea, es que nadie está libre de pecar. De que todos hacemos el mal, conscientes o inconscientes, pero metemos la pata.
Es importante, reconocer que el mal existe (aunque ahora, está muy de moda eso de decir “que el mal, el demonio… es algo del pasado”). Dejemos que Dios actúe en nuestro corazón. Experimentemos su perdón en nuestra vida, y reconozcamos como el sabio, nuestros fallos, nuestros pecados, y así, podremos perdonar al prójimo.

En la Segunda Lectura del Apóstol Pablo a los Romanos:

Nos deja una cosa clara y que se nos tiene que gravar a fuego: “Somos del Señor”.
Y desde ahí, nos tenemos que replantear, de qué forma vivimos nuestra propia vida, cómo tratamos a los demás, y si estamos caminando al lado de Jesús.
Esta lectura, aunque es cortita en versículos, forma parte de varias cartas de Pablo que enseña a los romanos, cómo deben comportarse los unos con los otros, nuestros hermanos.
Ya no es un problema moral el que algunos coman carne y otros no, o si para algunos guardan la fiesta Judía escrupulosamente y otros no… Lo importante, dice Pablo, que lo que importa (como dije antes) es el comportamiento con el que está a tu lado que es tú prójimo.
Descentrarnos de nosotros mismos, salir de nuestras comodidades, egoísmos y que nuestro centro de vida sea el Señor, para que así, podamos ser para los demás. Aunque esto parezca utopía, se puede. Sólo falta ganas e intención de ser cada día mejores cristianos.

En el Evangelio de Mateo:

Encontramos una enseñanza sobre el tipo de relación que Jesús quiere para el grupo de sus seguidores. Lo podremos decir más alto, con menos o más parafernalia, pero el mensaje es muy claro: PERDONAR SIEMPRE. No podemos seguir a Jesús, si la característica fundamental del seguidor no la tenemos o no nos interesa.
Tenemos que aceptar al otro con sus fallos y virtudes. Debemos ser portadores de paz, de fraternidad, de acogida. No tenemos autoridad para decir “éste vale o éste no vale”.
Creer que tengo derecho a ser perdonado y amado por Dios, y sin embargo, no reconocemos que quien me hace daño no tiene derecho a que yo le perdone… Por eso, releer la parábola, nos posiciona a pensar y a ponernos en el lugar de los personajes. Ver como el rey perdona a su siervo, nos tiene que hacer emocionar y darnos cuenta, que la justica no es mala. Sino, que una verdadera, es la que ama y perdona. Gracias a Dios, la justicia de Dios, no es como entendemos nosotros la justicia.
Apartemos de nuestra vida el ser muchas veces siervo malo. Que queremos que nos perdonen, pero a la hora de la verdad, nosotros “matamos” y le hacemos pagar a los otros cosas, que (posiblemente) a nosotros, se nos haya salvado y perdonado.

Que la Virgen María, a la que tanto hemos tenido presente esta semana, en la fiesta de su “Dulce Nombre” o la hemos acompañado en sus Dolores, que interceda por cada uno de nosotros ante su Hijo Jesús, para que, fieles al Evangelio, sepamos reconocernos pecadores, y así, perdonar y amar sin demora a los demás.
Que así sea.


Más en:
http://www.revistaecclesia.com/amar-perdonar-domingo-xxiv-del-tiempo-ordinario-fray-jose-borja/

15 septiembre 2017

Fiesta de la Virgen de los Dolores.


La devoción a Nuestra señora de los dolores viene desde muy antiguo. Ya en el siglo VIII los escritores eclesiásticos hablaban de la “Compasión de la Virgen” en referencia a la participación de la Madre de Dios en los dolores del Crucificado.

Pronto empezaron a surgir las devociones a los 7 dolores de María y se compusieron himnos con los que los fieles manifestaban su solidaridad con la Virgen dolorosa.

La fiesta empezó a celebrarse en occidente durante la Edad Media y por ese entonces se hablaba de la “Transfixión de María”, de la “Recomendación de María en el Calvario”, y se conmemoraba en el tiempo de Pascua.

14 septiembre 2017

La Cruz, es la respuesta al mal.


Queridos hermanos y hermanas.

(...) La Cruz de Jesús es la palabra con la que Dios ha respondido al mal en el mundo.
A veces nos parece que Dios no responde al mal y se queda en silencio. En realidad, Dios ha hablado y respondido; y su respuesta es la Cruz de Cristo. Una a palabra que es amor, misericordia, perdón.

Y es también Juicio. Dios nos juzga amándonos, Dios nos juzga amándonos: si recibo su amor me salvo, si lo rechazo me condeno. No por Él sino por mí mismo, porque Dios no condena sino que ama y salva.

La palabra de la Cruz es la respuesta de los cristianos al mal que sigue actuando en nosotros y alrededor nuestro. Los cristianos tienen que responder al mal con el bien tomando sobre sí mismos la Cruz como Jesús.

(...) Entonces, continuemos este Vía Crucis en la vida cotidiana de todos los días, caminemos juntos en la vía de la Cruz, caminemos llevando en el corazón esta palabra de amor y de perdón. Caminemos esperando la resurrección de Jesús que nos ama tanto, que es todo amor.


(Papa Francisco. Marzo)

La Cruz es la Gloria y la Exaltación de Cristo.


Por la cruz, cuya fiesta celebramos, fueron expulsadas las tinieblas y devuelta la luz. Celebramos hoy la fiesta de la cruz, y junto con el Crucificado nos elevamos hacia lo alto, para, dejando abajo la tierra y el pecado, gozar de los bienes celestiales; tal y tan grande es la posesión de la cruz. Quien posee la cruz posee un tesoro. Y, al decir un tesoro, quiero significar con esta expresión a aquel que es, de nombre y de hecho, el más excelente de todos los bienes, en el cual, por el cual y para el cual culmina nuestra salvación y se nos restituye a nuestro estado de justicia original.

Porque, sin la cruz, Cristo no hubiera sido crucificado. Sin la cruz, aquel que es la vida no hubiera sido clavado en el leño. Si no hubiese sido clavado, las fuentes de la inmortalidad no hubiesen manado de su costado la sangre y el agua que purifican el mundo, no hubiese sido rasgado el documento en que constaba la deuda contraída por nuestros pecados, no hubiéramos sido declarados libres, no disfrutaríamos del árbol de la vida, el paraíso continuaría cerrado. Sin la cruz, no hubiera sido derrotada la muerte, ni despojado el lugar de los muertos.

Por esto la cruz es cosa grande y preciosa. Grande, porque ella es el origen de innumerables bienes, tanto más numerosos, cuanto que los milagros y sufrimientos de Cristo juegan un papel decisivo en su obra de salvación. Preciosa, porque la cruz significa a la vez el sufrimiento y el trofeo del mismo Dios: el sufrimiento, porque en ella sufrió una muerte voluntaria; el trofeo, porque en ella quedó herido de muerte el demonio y, con él, fue vencida la muerte. En la cruz fueron demolidas las puertas de la región de los muertos, y la cruz se convirtió en salvación universal para todo el mundo.

La cruz es llamada también gloria y exaltación de Cristo. Ella es el cáliz rebosante de que nos habla el salmo, y la culminación de todos los tormentos que padeció Cristo por nosotros. El mismo Cristo nos enseña que la cruz es su gloria, cuando dice: Ya ha entrado el Hijo del hombre en su gloria, y Dios ha recibido su glorificación por él, y Dios a su vez lo revestirá de su misma gloria. Y también: Glorifícame tú, Padre, con la gloria que tenía junto a ti antes que el mundo existiese. Y asimismo dice: «Padre, glorifica tu nombre.» Y, de improviso, se dejaron oír del cielo estas palabras: «Lo he glorificado y lo glorificaré de nuevo», palabras que se referían a la gloria que había de conseguir en la cruz.

También nos enseña Cristo que la cruz es su exaltación, cuando dice: Yo, cuando sea levantado en alto, atraeré a mí a todos los hombres. Está claro, pues, que la cruz es la gloria y exaltación de Cristo.


(San Andrés de Creta)

Fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz.




La fiesta del Triunfo de la Santa Cruz se hace en recuerdo de la recuperación de la Santa Cruz obtenida en el año 614 por el emperador Heraclio, quien la logró rescatar de los Persas que se la habían robado de Jerusalén.

Los fragmentos de la santa Cruz se encontraban en el cofre de plata dentro del cual se los habían llevado los persas, y cuando el patriarca y los clérigos abrieron el cofre, todos los fieles veneraron las reliquias con mucho fervor, incluso, su produjeron muchos milagros.

12 septiembre 2017

Hoy celebramos el Dulce Nombre de María.


- El nacimiento de la fiesta litúrgica del Nombre de María en el siglo XVI (es menester aclarar que la reflexión teológica se remonta a la época de los Padres de la Iglesia), hunde sus raíces en la piedad mariana que caracterizaba al hombre medieval, el cual, exaltaba los privilegios de la Madre de Dios de muchísimas formas, principalmente a través del arte y la literatura. Su mayor interés era obtener la protección de la Virgen, pues ella era puerto seguro para quienes buscaban la salvación de sus almas.

San Bernardo fue uno de los más grandes propagadores de la devoción al nombre de María, para él no podía la Madre de Dios tener un nombre más propio, ni que significase mejor su excelencia, sus grandezas y su alta dignidad, que el Nombre de María. San Anselmo, por su parte, lleva a un alto grado la devoción que sentía por el Nombre de María, que puede sonar a blasfemia, pues decía que a veces es más fácil obtener la gracia y la misericordia invocando el Nombre de María, que el de Jesús. Igual que ellos, otros santos como santa Brígida, san Bernardino de Siena, san Antonio de Padua, alababan y bendecían las glorias del Nombre de María.

El reporte más antiguo que se tiene sobre la celebración litúrgica del Nombre de María, data de 1513 en Cuenca - España, cuando el papa León X, -según una antigua tradición coquense-  concede a la catedral de la ciudad dedicar una capilla con ese título. Debido a la promulgación del Misal Tridentino en 1570, se hizo necesaria una nueva petición. Por esta razón, el canónigo Juan del Pozo Palomino, pidió y obtuvo de Sixto V, el 17 de enero de 1587, poder seguir celebrando dicha fiesta en la catedral, como fiesta de la octava de la Natividad de María y en 1588, logró que se le concediera a toda la diócesis de Cuenca.

- En España, entre los siglos XVI y XVII, fue san Simón de Rojas, el principal propagador del Dulce Nombre de María. Comenzó a celebrar esta fiesta cuando era Ministro de la casa de Cuenca (1591-1594) y fue su deseo extenderla a la Iglesia Universal.

Aprovechando su influencia en la corte de Felipe IV, como embajador extraordinario ante el papa Gregorio XV, el santo Rojas pidió al mismo rey que abogase ante el Santo Padre, por la extensión de la fiesta del Nombre de María. El 31 de mayo de 1622, el Papa concedió dicha celebración a los trinitarios de Castilla y a la diócesis de Toledo. El 5 de enero de 1623, gracias a la insistencia del padre Ave María, Felipe IV logró la extensión de la fiesta a todas las provincias españolas, de tal modo que pudiesen rezar el oficio del Nombre de María, todos los sábados (menos cuaresma y adviento).

San Simón de Rojas fundó también la Real Congregación de Esclavos del Dulce Nombre de María, el 21 de noviembre de 1611 en el convento de los trinitarios calzados de Madrid. Bajo la protección de la Congregación, el santo fundó una obra social benéfica que permanece hasta nuestros días: el comedor del Ave María. A pesar de su titular, la Congregación no pudo celebrar la fiesta, puesto que ésta -como se ha dicho- estaba limitada solo a la diócesis de Cuenca, por ello, tomó como patrona a la Virgen de la Expectación. Solo hasta 1622 las dos fiestas, el Nombre de María (en septiembre) y la Expectación (en diciembre) se pudieron celebrar por los congregantes con la misma devoción.

La principal característica de la devoción del Nombre de María era el saludo Ave María, que se encontraba frecuentemente en la boca del santo Rojas. Ave María, eran sus primeras palabras en todos sus sermones, conversaciones, escritos, cartas, etc., al punto de que por muchas personas era conocido como el padre Ave María. Además, siendo Ministro Provincial de Castilla, mandó que todos los terceros domingos de cada mes se predicase sermones del Nombre de María, en todos los conventos de la provincia.

Con el tiempo se fue concediendo el privilegio de la celebración del Nombre de María a los trinitarios descalzos (1640), a varias diócesis de América regidas por obispos trinitarios, y a diversas diócesis y familias religiosas. Clemente X en 1671 la exetendió a todos los reinos de Carlos II, gracias a la petición de la reina Margarita de Austria.


(Más en
http://www.revistaecclesia.com/author/fray-jose-borja/

11 septiembre 2017

Nuestra alegría contagiosa tiene que ser el primer testimonio de la cercanía y del amor de Dios.


Queridos hermanos obispos,

Queridos sacerdotes, consagrados, consagradas, seminaristas,

Queridas familias, ¡queridos «paisas»!

La alegoría de la vid verdadera que acabamos de escuchar del Evangelio de Juan se da en el contexto de la última cena de Jesús. En ese ambiente de intimidad, de cierta tensión pero cargada de amor, el Señor lavó los pies de los suyos, quiso perpetuar su memoria en el pan y el vino, y también les habló a los que más quería desde lo hondo de su corazón.

En esa primera noche «eucarística», en esa primera caída del sol después del gesto de servicio, Jesús abre su corazón; les entrega su testamento. Y así como en aquel cenáculo se siguieron reuniendo posteriormente los Apóstoles, con algunas mujeres y María, la Madre de Jesús (cf. Hch 1,13-14), hoy también acá en este espacio nos hemos reunido nosotros a escucharlo y a escucharnos.

La hermana Leidy de San José, María Isabel y el Padre Juan Felipe nos han dado su testimonio. También cada uno de los que estamos aquí podríamos narrar la propia historia

vocacional. Y todos coincidirían en la experiencia de Jesús que sale a nuestro encuentro, que nos primerea y que de ese modo nos ha captado el corazón.

Como dice el Documento de Aparecida: «Conocer a Jesús es el mejor regalo que puede recibir cualquier persona; haberlo encontrado nosotros es lo mejor que nos ha ocurrido en la vida, y darlo a conocer con nuestra palabra y obras es nuestro gozo» (n. 29).  El gozo de evangelizar.

Muchos de ustedes, jóvenes, habrán descubierto este Jesús vivo en sus comunidades; comunidades de un fervor apostólico contagioso, que entusiasman y suscitan atracción. Donde hay vida, fervor, ganas de llevar a Cristo a los demás, surgen vocaciones genuinas; la vida fraterna y fervorosa de la comunidad es la que despierta el deseo de consagrarse enteramente a Dios y a la evangelización (cf. Exhort. ap. Evangelii gaudium, 107).

Los jóvenes son naturalmente inquietos ¿O me equivoco?. Y aquí quiero detenerme un instante y hacer memoria dolorosa. Los jóvenes son naturalmente inquietos, inquietud tantas veces engañada destruida por los sicarios de la droga. Medellín me trae ese recuerdo, me evoca tantas vidas de jóvenes truncadas, descartadas, destruidas. Los invito a recordar a acompañar este luctuoso cortejo, a pedir perdón para quienes destruyeron las ilusiones de tantos jóvenes, pedirle perdón al Señor, que convierta sus corazones, a pedir que acabe esta derrota de la humanidad joven.

Los jóvenes son naturalmente inquietos y si bien asistimos a una crisis del compromiso y de los lazos comunitarios, son muchos los jóvenes que se solidarizan ante los males del mundo y se embarcan en diversas formas de militancia y voluntariado. Son muchos y algunos sí son católicos practicantes, otros “al agua rosa” como decía mi abuela, otros no saben si creen o no creen, pero esa inquietud los lleva a hacer algo por los demás, esa inquietud hace llenar los voluntariados de todo el mundo de rostros jóvenes. Hay que encauzar la inquietud.

Cuando lo hacen captados por Jesús, sintiéndose parte de la comunidad, se convierten en «callejeros de la fe», felices de llevar a Jesucristo a cada esquina, a cada plaza, a cada rincón de la tierra (cf. ibíd., 107). Cuántos sin saber que lo están llevando, llevan esa riqueza de callejear sirviendo, de ser callejeros de una fe que quizás ellos mismos no terminan de entender, es testimonio que nos abre a la acción del Espíritu Santo que entra y nos va trabajando el corazón.

En uno de los viajes, la Jornada Mundial de la Juventud en Polonia, en el almuerzo que tuve con 15 jóvenes y el Arzobispo, uno me preguntó: ¿Qué le puedo decir yo a un compañero mío joven que es ateo, que no cree?, ¿Qué argumento le puedo dar?,  y a mí se me ocurrió contestarle: “Mirá, lo último que tenés que hacer es decirle algo” - se quedó mirando -  “Empezá a hacer. Empezá a comportarte de tal manera que la inquietud que él tiene adentro lo haga curioso y te pregunte, y cuando te pregunte por tu testimonio, ahí podés empezar a decir algo. Es tan importante ese callejear la fe en la vida. Esa es la vida, es a la que se refiere Jesús en el texto que hemos proclamado: la vid que es el «pueblo de la alianza».

Profetas como Jeremías, Isaías o Ezequiel se refieren a él como una vid, hasta un salmo, el 80, canta diciendo: «Tú sacaste de Egipto una vid... le preparaste terreno, echó raíces y llenó toda la región» (vv.9-10). A veces expresan el gozo de Dios ante su vid, otras su enojo, desconcierto o despecho; jamás Dios se desentiende de ella, nunca deja de padecer sus distancias. Si yo me alejo, Él sufre en su corazón. Nunca deja de salir al encuentro de ese pueblo que, cuando se aleja de Él se seca, arde y se destroza.


¿Cómo es la tierra, el sustento, el soporte donde crece esta vid en Colombia? ¿En qué contextos se generan los frutos de las vocaciones de especial consagración?

Seguramente en ambientes llenos de contradicciones, de claroscuros, de situaciones vinculares complejas. Nos gustaría contar con un mundo, con familias y vínculos más llanos, pero somos parte de este cambio de época, de esta crisis cultural, y en medio de ella, contando con ella, Dios sigue llamando.

A mi que no me vengas con el cuento, de que: “No claro, no hay tantas vocaciones de especial consagración, porque con esta crisis que vivimos…” eso ¿Sabes qué es? cuento chino, ¿Clarito? Aún en medio de esta crisis Dios sigue llamando.

Sería casi evasivo pensar que todos ustedes han escuchado el llamado de Dios en medio de familias sostenidas por un amor fuerte y lleno de valores como la generosidad, el compromiso, la fidelidad o la paciencia (cf. Exhort. ap. Amoris laetitia, 5). Algunos sí, pero no todos. Algunas familias, quiera Dios que muchas, son así.

Pero tener los pies sobre la tierra es reconocer que nuestros procesos vocacionales, el despertar del llamado de Dios, nos encuentra más cerca de aquello que ya relata la Palabra de Dios y de lo que tanto sabe Colombia: «Un sendero de sufrimiento y de sangre […] la violencia fratricida de Caín sobre Abel y los distintos litigios entre los hijos y entre las esposas de los patriarcas Abraham, Isaac y Jacob, llegando luego a las tragedias que llenan de sangre a la familia de David, hasta las múltiples dificultades familiares que surcan la narración de Tobías o la amarga confesión de Job abandonado» (ibíd., 20).

Y desde el comienzo ha sido así: no piensen en la situación ideal, esta es la situación real. Dios manifiesta su cercanía y su elección donde quiere, en la tierra que quiere, y como esté en ese momento, con las contradicciones concretas, como Él quiere.

Él cambia el curso de los acontecimientos al llamar a hombres y mujeres en la fragilidad de la historia personal y comunitaria. No le tengamos miedo, a esta tierra compleja. Anteanoche una chica con capacidades especiales en el grupo que me dió la bienvenida en la Nunciatura, habló que el núcleo de lo humano está en la vulnerabilidad, y explicaba por qué.

Y a mí se me ocurrió preguntarle ¿Todos somos vulnerables? “Sí, todos”, ¿Pero hay alguien que no es vulnerable? Me contestó “Dios”. Pero Dios quiso hacerse vulnerable y quiso salir a callejear con nosotros, quiso salir a vivir nuestra historia tal como era.

Quiso hacerse hombre en medio de una contradicción, en medio de algo incomprensible, con la aceptación de una chica que no comprendía pero obedece y de un hombre justo que siguió lo que le fue mandado, pero todo eso en medio de contradicciones.

No tengamos miedo en esta tierra compleja, Dios siempre ha hecho el milagro de generar buenos racimos, como las arepas al desayuno. ¡Que no falten vocaciones en ninguna comunidad y en ninguna familia de Medellín! y cuando en el desayuno se encuentren con una sorpresa de esas lindas, ¡que lindo! y ¿Dios es capaz de hacer algo conmigo?,  pregúntenselo antes de comerlo, pregúntenselo.

Y esta vid —que es la de Jesús— tiene el atributo de ser la verdadera. Él ya utilizó este término en otras ocasiones en el Evangelio de Juan: la luz verdadera, el verdadero pan del cielo, o el testimonio verdadero. Ahora, la verdad no es algo que recibimos —como el pan o la luz— sino que brota desde adentro.

Somos pueblo elegido para la verdad, y nuestro llamado tiene que ser en la verdad. Si somos sarmientos de esta vid, si nuestra vocación está injertada en Jesús, no puede haber lugar para el engaño, la doblez, las opciones mezquinas. Todos tenemos que estar atentos para que cada sarmiento sirva para lo que fue pensado: para dar frutos. ¿Yo estoy dispuesto a dar frutos?

Desde los comienzos, a quienes les toca acompañar los procesos vocacionales, tendrán que motivar la recta intención, es decir, el deseo auténtico de configurarse con Jesús, el Pastor, el amigo, el esposo. Cuando los procesos no son alimentados por esta savia verdadera, que es el Espíritu de Jesús, entonces hacemos experiencia de la sequedad y Dios descubre con tristeza aquellos tallos ya muertos.

Las vocaciones de especial consagración mueren cuando se quieren nutrir de honores, cuando están impulsadas por la búsqueda de una tranquilidad personal y de promoción social, cuando la motivación es «subir de categoría», apegarse a intereses materiales, que llega incluso a la torpeza del afán de lucro. Lo dije ya en otras ocasiones y lo quiero repetir como algo que es verdad y es cierto: no se olviden, el diablo entra por el bolsillo, siempre.

Esto no es privativo de los comienzos, todos nosotros tenemos que estar atentos porque la corrupción en los hombres y las mujeres que están en la Iglesia empieza así, poquito a poquito, luego —nos lo dice Jesús mismo— se enraíza en el corazón y acaba desalojando a Dios de la propia vida.

«No se puede servir a Dios y al dinero» (Mt 6,21.24), Jesús dice “no se puede servir a dos señores”, como si solo hubiera dos señores en el mundo. No se puede servir a Dios y al dinero. Jesús le da categoría de “señor” al dinero, que quiere decir, que si te agarra no te suelta. Será tu Señor y el de tu corazón, ¡cuidado!

No podemos aprovecharnos de nuestra condición religiosa y de la bondad de nuestro pueblo para ser servidos y obtener beneficios materiales. Hay situaciones, estilos y opciones que muestran los signos de sequedad y de muerte: cuando es eso ¡No pueden seguir entorpeciendo el fluir de la savia que alimenta y da vida!

El veneno de la mentira, el ocultamiento, la manipulación y el abuso al Pueblo de Dios, a los frágiles y especialmente a los ancianos y niños no pueden tener cabida en nuestra comunidad; cuando un consagrado, una consagrada, una comunidad, una institución llámese parroquia o lo que sea, opta por ese estilo es una rama seca, solo hay que sentarse y esperar que el Señor la venga a cortar. Pero Dios no solo corta; la alegoría continúa diciendo que Dios limpia la vid de imperfecciones. ¡Tan linda que es la poda, duele, pero es linda!. La promesa es que daremos fruto, y en abundancia, como el grano de trigo, si somos capaces de entregarnos, de donar la vida libremente.

Tenemos en Colombia ejemplos de que esto es posible. Pensamos en Santa Laura Montoya, una religiosa admirable cuyas reliquias tenemos hoy tenemos aquí. Ella desde esta ciudad se prodigó en una gran obra misionera en favor de los indígenas de todo el país. La mujer consagrada ¡Cuánto nos enseña de entrega silenciosa, abnegada, sin mayor interés que expresar el rostro maternal de Dios!

Así mismo, podemos recordar al Beato Mariano de Jesús Euse Hoyos, uno de los primeros alumnos del Seminario de Medellín, y a otros sacerdotes y religiosas y religiosos de Colombia, cuyos procesos de canonización han sido introducidos; como también otros tantos, miles de colombianos anónimos que, en la sencillez de su vida cotidiana, han sabido entregarse por el Evangelio y que ustedes seguramente llevarán en su memoria y serán estímulo de entrega. Todos nos muestran que es posible seguir fielmente la llamada del Señor, que es posible dar mucho fruto, aun ahora en estos tiempos y en este siglo.

La buena noticia es que Él está dispuesto a limpiarnos. La buena noticia es que todavía no estamos terminados, que estamos en proceso de fabricación, que como buenos discípulos estamos en camino.

¿Cómo va cortando Jesús los factores de muerte que anidan en nuestra vida y distorsionan el llamado? Invitándonos a permanecer en Él; permanecer no significa solamente estar, sino que indica mantener una relación vital, existencial, de absoluta necesidad; es vivir y crecer en unión fecunda con Jesús, fuente de vida eterna.

Permanecer en Jesús no puede ser una actitud meramente pasiva o un simple abandono sin consecuencias en la vida cotidiana, siempre trae una consecuencia.  Permítanme proponerles, porque se está haciendo un poco largo esto, no van a decir que sí, porque no les creo, permitánme proponerles tres modos de hacer efectivo este permanecer, que los puede ayudar a permanecer en Jesús

1. Permanecemos en Jesús tocando la humanidad de Jesús:

Con la mirada y los sentimientos de Jesús, que contempla la realidad no como juez, sino como buen samaritano; que reconoce los valores del pueblo con el que camina, así como sus heridas y sus pecados; que descubre el sufrimiento callado y se conmueve ante las necesidades de las personas, sobre todo cuando estas se ven avasalladas por la injusticia, la pobreza indigna, la indiferencia, o por la perversa acción de la corrupción y la violencia.

Con los gestos y las palabras de Jesús, que expresan amor a los cercanos y búsqueda de los alejados; ternura y firmeza en la denuncia del pecado y el anuncio del Evangelio; alegría y generosidad en la entrega y el servicio, sobre todo a los más pequeños, rechazando con fuerza la tentación de dar todo por perdido, de acomodarnos o de volvernos solamente administradores de desgracias.

¡Cuántas veces escuchamos hombres y mujeres consagrados que parece que en vez de administrar gozo, alegría, crecimiento, vida, administran desgracia y se la pasan lamentándose de las desgracias de este mundo, es la esterilidad de quien es incapaz de tocar la carne sufriente de Jesús!.


2. Permanecemos contemplando su divinidad:

Despertando y sosteniendo la admiración por el estudio que acrecienta el conocimiento de Cristo porque, como recuerda San Agustín, no se puede amar a quien no se conoce (cf. La Trinidad, Libro X, cap. I, 3). Privilegiando para ese conocimiento el encuentro con la Sagrada Escritura, especialmente el Evangelio, donde Cristo nos habla, nos revela su amor incondicional al Padre, nos contagia la alegría que brota de la obediencia a su voluntad y del servicio a los hermanos.

Yo les quiero hacer una pregunta pero no me la respondan, se la responde cada uno a sí mismo ¿Cuántos minutos o cuantas horas leo el Evangelio, la Escritura por día? Se la contestan.

Quien no conoce las Escrituras, no conoce a Jesús. Quien no ama las Escrituras, no ama a Jesús (cf. San Jerónimo, Prólogo al comentario del profeta Isaías: PL 24,17). ¡Gastemos tiempo en una lectura orante de la Palabra! En auscultar en ella qué quiere Dios para nosotros y para nuestro pueblo.

Que todo nuestro estudio nos ayude a ser capaces de interpretar la realidad con los ojos de Dios, que no sea un estudio evasivo de los aconteceres de nuestro pueblo, que tampoco vaya al vaivén de modas o ideologías.

Que no viva de añoranzas ni quiera encorsetar el misterio, que no quiera responder a preguntas que ya nadie se hace y dejar en el vacío existencial a aquellos que nos cuestionan desde las coordenadas de sus mundos y sus culturas.

Permanecer y contemplar su divinidad haciendo de la oración parte fundamental de nuestra vida y de nuestro servicio apostólico. La oración nos libera del lastre de la mundanidad, nos enseña a vivir de manera gozosa, a elegir alejándonos de la superficialidad, en un ejercicio de auténtica libertad. En la oración crecemos en libertad, en la oración aprendemos a ser libres.

La oración nos saca de estar centrados en nosotros mismos, escondidos en una experiencia religiosa vacía y nos lleva a ponernos con docilidad en las manos de Dios para realizar su voluntad y hacer eficaz su proyecto de salvación.

Y en la oración, yo les quiero aconsejar una cosa también: pidan, contemplen, agradezcan, intercedan, pero también acostumbrense a adorar.  No está muy de moda adorar, acostúmbrense a adorar, a aprender a adorar en silencio. Aprendan a orar así.

Seamos hombres y mujeres reconciliados para reconciliar. Haber sido llamados no nos da un certificado de buena conducta e impecabilidad; no estamos revestidos de una aureola de santidad. ¡Ay el religioso, el consagrado, el cura o la monja que vive con cara de estampita. Por favor!

Todos somos pecadores, todos necesitamos del perdón y la misericordia de Dios para levantarnos cada día; Él arranca lo que no está bien y hemos hecho mal, lo echa fuera de la viña y lo quema, nos deja limpios para poder dar fruto. Así es la fidelidad misericordiosa de Dios para con su pueblo, del que somos parte. Él nunca nos dejará tirados al costado del camino, nunca.

Dios hace de todo para evitar que el pecado nos venza y que después nos cierre las puertas de nuestra vida a un futuro de esperanza y de gozo, Él hace de todo para evitar eso y sino lo logra se queda al lado hasta que se me ocurra mirar para arriba porque me doy cuenta que estoy cayendo, así es Él.

3. Finalmente, hay que permanecer en Cristo para vivir en la alegría:

Permanecer para vivir en alegría. Si permanecemos en Él, su alegría estará con nosotros. No seremos discípulos tristes y apóstoles amargados. Lean el final de Evangelii Nuntiandi, nos aconseja esto. Al contrario, reflejaremos y portaremos la alegría verdadera, el gozo pleno que nadie nos podrá quitar, difundiremos la esperanza de vida nueva que Cristo nos ha traído.

El llamado de Dios no es una carga pesada que nos roba la alegría. ¡Qué pesada!, a veces sí pero no nos roba la alegría, a través de ese peso también nos da la alegría. Dios no nos quiere sumidos en la tristeza, uno de los malos espíritus que se apoderaban del alma que ya anunciaban los monjes del desierto, Dios no nos quiere sumidos en el cansancio que vienen de las actividades mal vividas, sin una espiritualidad que haga feliz nuestra vida y aun nuestras fatigas.

Nuestra alegría contagiosa tiene que ser el primer testimonio de la cercanía y del amor de Dios. Somos verdaderos dispensadores de la gracia de Dios cuando transparentamos la alegría del encuentro con Él.

En el Génesis, después del diluvio, Noé planta una vid como signo del nuevo comienzo; finalizando el Éxodo, los que Moisés envió a inspeccionar la tierra prometida, volvieron con un racimo de uvas de este tamaño, signo de esa tierra que manaba leche y miel.

Dios se ha fijado en nosotros, en nuestras comunidades y familias. Están aquí presente y me parece de muy buen gusto que estén los padres y las madres de los consagrados, los sacerdotes y las religiosas.

El Señor ha puesto su mirada sobre Colombia: ustedes son signo de ese amor de predilección. Nos toca ahora ofrecer todo nuestro amor y servicio unidos a Jesucristo, que es nuestra vid. Y ser promesa de un nuevo inicio para Colombia, que deja atrás diluvios, como el de Noé, diluvios de desencuentro y violencia, que quiere dar muchos frutos de justicia y de paz, de encuentro y de solidaridad.

Que Dios los bendiga; que bendiga la vida consagrada en Colombia. Y no se olviden de rezar por mí para que me bendiga también. Gracias.


(Discurso Papa Francisco. Medellín, Colombia. 9-9-2017)

Vida, Dulzura y Esperanza nuestra.



03 septiembre 2017

Evangelio. Domingo XXII del Tiempo Ordinario.


Según San Mateo 16, 21 - 27.

En aquel tiempo, empezó Jesús a explicar a sus discípulos que tenía que ir a Jerusalén y padecer allí mucho por parte de los senadores, sumos sacerdotes y letrados y que tenía que ser ejecutado y resucitar al tercer día. Pedro se lo llevó aparte y se puso a increparlo: «¡No lo permita Dios, Señor! Eso no puede pasarte». Jesús se volvió y dijo a Pedro: «Quítate de mi vista, Satanás, que me haces tropezar; tú piensas como los hombres, no como Dios».

Entonces dijo a los discípulos: «El que quiera venirse conmigo que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Si uno quiere salvar su vida, la perderá; pero el que la pierda por mí, la encontrará. ¿De qué le sirve a un hombre ganar el mundo entero, si malogra su vida? ¿O qué podrá dar para recobrarla? Porque el Hijo del Hombre vendrá entre sus ángeles, con la gloria de su Padre, y entonces pagará a cada uno según su conducta».


Reflexión.

Jesús nos enseña qué quiere decir pensar como Dios: amar, con todo lo que esto comporta de renuncia por el bien del prójimo. Por esto, el seguimiento de Cristo pasa por la cruz.

Reflexión. Domingo XXII del Tiempo Ordinario.


Después de un merecido descanso y estrenando un nuevo curso, las lecturas que nos propone la liturgia en este Domingo XXII del Tiempo Ordinario, es una gran ayuda a mirarnos a nosotros mismos y a nuestro grado de coherencia de vida.

Hoy, Jesús nos plantea en el Evangelio una serie de “ingredientes para ganar”. No va a seguir los criterios que el mundo sigue, sino que para ganar, hay que dejar ciertas cosas a un lado.
Si nos paramos a pensar, seguir a Jesús, conlleva una serie de decisiones a la que las aceptamos libres y voluntariamente, y por consiguiente, dejamos unas para acoger otras.
Por tanto, seguir a Jesús, nos hace apartar todo lo que nos impide poder ser fieles y andar el camino libre.

En la Primera Lectura del Profeta Jeremías, nos ofrece la experiencia de un hombre que vive la vocación de una forma radical y con tensión. Jeremías, no “trabaja” como “profesional” de la enseñanza de la Palabra, sino, que a pesar de su fragilidad como humano, hace que en muchos momentos, tenga la tentación de abandonar esa misión.
Pero vamos viendo en su persona, y esto es aplicable a cada uno de nosotros, que la Palabra de Dios está con nosotros, y cuando la asumimos y somos conscientes de ello, ya puede venir momentos de tentaciones, violencia o persecución, que no podremos alejarnos de ella y seguiremos anunciándola por encima de todo.

En la Segunda Lectura de la Carta de Pablo a los Romanos, vemos como Pablo se enfrenta a una comunidad de Roma, que tiene orígenes Judíos, y la mayoría eran conversos del paganismo, con lo cual, la enseñanza que les presenta es una fe, que para el creyente, se incorpora a Cristo, que nace a una nueva vida, que hace una nueva moral y unas nuevas actitudes para afrontar las controversias que puedan aparecer; Pablo exhorta a que a pesar de que el entorno no ayude y la comunidad sea frágil y con pequeñas crisis, se mantengan firmes en la fe, que luchen por ser honestos, coherentes y sobre todo, que sean verdaderos cristianos. Esta lectura, la deberíamos reflexionar una y otra vez, para darnos cuenta, que no por tener dudas, momentos de dificultad, o vivir en una sociedad de espalda a la fe, debemos dejarnos arrastrar. Al revés, ahora, debemos dar razón de nuestra fe en medio de esas dificultades. Ya no sirve hablar de moralidades, normas y cátedras. Éste es el tiempo de hablar con nuestra propia vida.

En el Evangelio de Mateo, Si retomamos el Evangelio del domingo pasado, veíamos como Jesús pone a Pedro como su Vicario. Hoy, nos presenta el lado opuesto de Pedro. Él sigue anclado en los criterios humanos. Como buen amigo, se niega y se opone a que Jesús sufra, lo maten, se burlen. Pero, estos sentimientos se vuelven en contra de Jesús. Lo toma como tentaciones que le hacen tropezar. Es duro, pero los planes de Dios van en otro sentido a lo nuestros.
Seguir los planes de Jesús es entrar en temática de: “El que gana su vida la pierde, y el que la pierde la gana”. Ante los ojos humanos, un fracaso o una frustración nunca es un éxito, al revés. El éxito se entiende de otra forma muy diferente.
Por eso, aunque a veces nosotros podamos ser Pedro, con tentaciones similares, el que realmente sigue a Jesús, aunque a los ojos del mundo “pierda cosas”, las está ganando para el Reino de Dios. Los criterios del Reino, nunca pueden ser mirados por los del mundo.
Cada cristiano, responsable de sus actos, tiene y tenemos la obligación de tomar decisiones claras por el Reino. No podemos nadar y guardar la ropa. Un proyecto de vida, revisado a la luz del Evangelio, nos puede orientar hacia que tipo de seguimiento estamos haciendo.

Que la Virgen María nos ayude abrir los ojos con valentía para ser conscientes de que tipo de seguimiento queremos hacer. Ella que es nuestra Madre, Maestra y Modelo interceda por nosotros ante Jesús, su Hijo.
Que así sea.


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