26 abril 2017

Reina del Cielo, que en II días, estaremos a tus plantas, Madre de la Cabeza.



Reina del cielo alégrate; aleluya.
Porque el Señor a quien has merecido llevar; aleluya.
Ha resucitado según su palabra; aleluya.
Ruega al Señor por nosotros; aleluya.
Gózate y alégrate, Virgen María; aleluya.
Porque verdaderamente ha resucitado el Señor; aleluya.

Oremos:

Oh Dios, que por la resurrección de tu Hijo,
nuestro Señor Jesucristo, has llenado el mundo de alegría,
concédenos, por intercesión de su Madre, la Virgen María,
llegar a alcanzar los gozos eternos.

Por nuestro Señor Jesucristo.
Amén.

Catequesis de hoy miércoles del Papa Francisco: "Dios es cercano a los hombres!


Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

«Yo estaré siempre con ustedes hasta el fin del mundo» (Mt 28,20). Estas últimas palabras del Evangelio de Mateo evocan el anuncio profético que encontramos al inicio: «A Él le pondrán el nombre de Emanuel, que significa: Dios con nosotros» (Mt 1,23; Cfr. Is 7,14). Dios estará con nosotros, todos los días, hasta el fin del mundo. Jesús caminará con nosotros: todos los días, hasta el fin del mundo. Todo el Evangelio esta contenido entre estas dos citas, palabras que comunican el misterio de Dios cuyo nombre, cuya identidad es estar-con: no es un Dios aislado, es un Dios-con nosotros, en particular con nosotros, es decir, con la creatura humana. Nuestro Dios no es un Dios ausente, secuestrado en un cielo lejano; es en cambio un Dios “apasionado” por el hombre, así tiernamente amante de ser incapaz de separarse de él.

Nosotros humanos somos hábiles en arruinar vínculos y derribar puentes. Él en cambio no. Si nuestro corazón se enfría, el suyo permanece siempre incandescente. Nuestro Dios nos acompaña siempre, incluso si por desgracia nosotros nos olvidáramos de Él. En el punto que divide la incredulidad de la fe, es decisivo el descubrimiento de ser amados y acompañados por nuestro Padre, de no haber sido jamás abandonados por Él.

Nuestra existencia es una peregrinación, un camino. A pesar de que muchos son movidos por una esperanza simplemente humana, perciben la seducción del horizonte, que los impulsa a explorar mundos que todavía no conocen. Nuestra alma es un alma migrante. La Biblia está llena de historias de peregrinos y viajeros. La vocación de Abraham comienza con este mandato: «Deja tu tierra» (Gen 12,1). Y el patriarca deja ese pedazo de mundo que conocía bien y que era una de las cunas de la civilización de su tiempo. Todo conspiraba contra la sensatez de aquel viaje. Y a pesar de ello, Abraham parte. No se convierte en hombres y mujeres maduros si no se percibe la atracción del horizonte: aquel límite entre el cielo y la tierra que pide ser alcanzado por un pueblo de caminantes.

En su camino en el mundo, el hombre no está jamás sólo. Sobre todo el cristiano no se siente jamás abandonado, porque Jesús nos asegura que no nos espera sólo al final de nuestro largo viaje, sino nos acompaña en cada uno de nuestros días.

¿Hasta cuándo perdurará el cuidado de Dios en relación al hombre? ¿Hasta cuándo el Señor Jesús, caminará con nosotros, hasta cuándo cuidará de nosotros? La respuesta del Evangelio no deja espacio a la duda: ¡hasta el fin del mundo! Pasaran los cielos, pasará la tierra, serán canceladas las esperanzas humanas, pero la Palabra de Dios es más grande de todo y no pasará. Y Él será el Dios con nosotros, el Dios Jesús que camina con nosotros. No existirá un día de nuestra vida en el cual cesaremos de ser una preocupación para el corazón de Dios. Pero alguno podría decir: “¿Qué cosa esta diciendo usted?”.

Digo esto: no existirá un día de nuestra vida en el cual cesaremos de ser una preocupación para el corazón de Dios. Él se preocupa por nosotros, y camina con nosotros, y ¿Por qué hace esto? Simplemente porque nos ama. ¿Entendido? ¡Nos ama! Y Dios seguramente proveerá a todas nuestras necesidades, no nos abandonará en el tiempo de la prueba y de la oscuridad. Esta certeza pide hacer su nido en nuestra alma para no apagarse jamás. Alguno la llama con el nombre de “Providencia”. Es decir, la cercanía de Dios, el amor de Dios, el caminar de Dios con nosotros se llama también “Providencia de Dios”: Él provee nuestra vida”.

No es casual que entre los símbolos cristianos de la esperanza existe uno que a mí me gusta tanto: es el ancla. Ella expresa que nuestra esperanza no es banal; no se debe confundir con el sentimiento mutable de quien quiere mejorar las cosas de este mundo de manera utópica, haciendo, contando sólo en su propia fuerza de voluntad. La esperanza cristiana, de hecho, encuentra su raíz no en lo atractivo del futuro, sino en la seguridad de lo que Dios nos ha prometido y ha realizado en Jesucristo. Si Él nos ha garantizado que no nos abandonará jamás, si el inicio de toda vocación es un “Sígueme”, con el cual Él nos asegura de quedarse siempre delante de nosotros, entonces ¿Por qué temer? Con esta promesa, los cristianos pueden caminar donde sea.

También atravesando porciones de mundo herido, donde las cosas no van bien, nosotros estamos entre aquellos que también ahí continuamos esperando. Dice el salmo: «Aunque cruce por oscuras quebradas, no temeré ningún mal, porque tú estás conmigo» (Sal 23,4). Es justamente donde abunda la oscuridad que se necesita tener encendida una luz. Volvamos al ancla: el ancla es aquello que los navegantes, ese instrumento, que lanzan al mar y luego se sujetan a la cuerda para acercar la barca, la barca a la orilla. Nuestra fe es el ancla del cielo. Nosotros tenemos nuestra vida anclada al cielo. ¿Qué cosa debemos hacer? Sujetarnos a la cuerda: está siempre ahí. Y vamos adelante porque estamos seguros que nuestra vida es como un ancla que está en el cielo, en esa orilla a dónde llegaremos.

Cierto, si confiáramos solo en nuestras fuerzas, tendríamos razón de sentirnos desilusionados y derrotados, porque el mundo muchas veces se muestra contrario a las leyes del amor. Prefiere muchas veces, las leyes del egoísmo. Pero si sobrevive en nosotros la certeza de que Dios no nos abandona, de que Dios nos ama tiernamente y a este mundo, entonces en seguida cambia la perspectiva. “Homo viator, spe erectus”, decían los antiguos. A lo largo el camino, la promesa de Jesús «Yo estoy con ustedes» nos hace estar de pie, erguidos, con esperanza, confiando que el Dios bueno está ya trabajando para realizar lo que humanamente parece imposible, porque el ancla está en la orilla del cielo.

El santo pueblo fiel de Dios es gente que está de pie –“homo viator”–  y camina, pero de pie, “erectus”, y camina en la esperanza. Y a donde quiera que va, sabe que el amor de Dios lo ha precedido: no existe una parte en el mundo que escape a la victoria de Cristo Resucitado. ¿Y cuál es la victoria de Cristo Resucitado? La victoria del amor. Gracias.


(Roma. 26-4-2017)

Hoy, nuestras Hermanas Trinitarias celebran a la Patrona: Virgen del Buen Consejo.



“Nuestra Señora del Buen Consejo”, nos recuerda que hemos de ser sembradores de esperanza. “En la Casa de Dios, esperando se sirve”. Sembradores del bien, del buen trigo, nunca de “cizaña”. Aunque nosotros no recojamos ni veamos los frutos. Lo nuestro es sembrar en el campo del Señor, no en nuestro campo propio.

No tenemos parcelas propias. Por eso, lo nuestro no es recoger el fruto. Lo ha de recoger el Señor. Tampoco hagamos nuestra la cosecha de lo que otros han sembrado. Nosotros somos “campo de Dios”, “sementera de Dios”, “arada de Dios”, según San Pablo. El Señor siembra en nosotros, lo nuestro es acoger la semilla. Le dejemos actuar. Nos dejemos convertir. Lo nuestro es plantar y regar. Él da el crecimiento. “Das al vespertino lo que al mañanero, son tuyas las horas y tuyo el viñedo”.

“Nuestra Señora del Buen Consejo” nos ayuda a discernir cuál es el buen camino, y a buscar siempre la verdad. Le pidamos con audaz confianza que nadie equivoque el camino; que los que van por el buen camino no se cansen de caminar. Muchos que andan alejados de Dios no están alejados del todo de la Virgen a la que invocan a su manera, vienen a visitarla en los Santuarios, son como “mechas humeantes”. Sopla tú sus cenizas y reaviva la llama, Santa Madre del Buen Consejo. Lo pidamos con audaz confianza en este acontecimiento salvífico que estamos viviendo. Nuestra Señora lleva en brazos al Buen Consejo, Jesús: es Madre del Buen Consejo.

“Madre del Buen Consejo”, enséñanos a pensar bien, a buscar siempre la verdad, encontrarla, vivirla y proclamarla. Aparta de nosotros la ignorancia, para conocer al Señor. Dinos a dónde tenemos que mirar, para ver al Señor y no andar mirando cosas que no pueden salvar. Dinos por quién tenemos que preguntar para encontrar al Señor, cómo tenemos que mirar todo, para ver en todo al Señor. Enséñanos cómo llegar a Él, que es la Verdad, el Amor y la Belleza. Santa Madre de Dios.

Madre del Buen Consejo, haz que preguntemos y busquemos incesantemente a Dios, y que nada ni nadie nos salga al encuentro en lugar de Dios.

Santa María. Madre del Buen Consejo, ruega por nosotros.

25 abril 2017

En III días dará comienzo la Romería de la Virgen de la Cabeza.



Sin tu carita morena, no valgo nada...
Nada, no valgo nada, sin tu carita, nada
La llevo sobre mi pecho colgando de mi medalla
Sin tu carita, nada...


Sin tus manitas de seda, no valgo nada...
Nada, no valgo nada, sin tus manitas, nada
En ella pone la rienda mi caballo de batalla...

Sin tus manitas, nada...

Sin tu mirada hacia el cielo, no valgo nada
Nada, no valgo nada, sin tu mirada, nada
Con tus ojos los senderos, alumbras como bengalas 
Sin tu mirada, nada...

Sin tu figura chiquita, no valgo nada...
Nada, no valgo nada, sin tu figura, nada
Mi corazón necesita tomar sorbitos de tu agua
Si tu figura nada...


El Anuncio del Evangelio no es un carnaval.


Anunciar el Evangelio con valentía, sin miedo a los peligros y con humildad, “porque el Hijo de Dios se ha humillado. El anuncio de Evangelio no es un carnaval.

Hay que estar dispuestos a “salir para anunciar el Evangelio”.
Es necesario “ir a los lugares donde Jesús no es conocido, donde Jesús es perseguido, o donde Jesús es desfigurado, para proclamar el verdadero Evangelio”.

Ese “salir” no está exento de riesgos, y que quien no esté dispuesto a asumir esos riesgos, no es un verdadero predicador. En este ‘salir’ nos jugamos la vida, se juega la vida el predicador. No está seguro, no hay seguridad para su vida. Y si un predicador busca la seguridad de su vida, no es un verdadero predicador del Evangelio.

El Evangelio, el anuncio de Jesucristo, se hace siempre en salida, siempre. En camino, siempre. Ya sea en camino físico, en camino espiritual o en camino del sufrimiento. Pensemos en el anuncio del Evangelio que hacen tantos enfermos que ofrecen su dolor por la Iglesia, por los cristianos. Siempre salen de sí mismos.

El Evangelio no se puede anunciar con el poder humano.
Todos estamos llamados a revestirnos de humildad hacia los demás, porque Dios se resiste a los soberbios pero da gracia a los humildes.

Hay que tener una actitud de evangelizar con humildad.
¿Y por qué es necesaria esta humildad? Porque llevamos adelante un anuncio de humillación y gloria a través de la humillación.

El anuncio del Evangelio sufre la tentación: la tentación del poder, la tentación de la soberbia, la tentación de la mundanidad…, que lleva a predicar un Evangelio flojo, sin fuerza, un Evangelio sin Cristo resucitado. Por eso Pedro dice: ‘Vigilad, vigilad, vigilad… Vuestro enemigo, el diablo, como un león que ruge, busca en todo momento el modo de devoraros. Resistid, firmes en la fe, sabiendo que el mismo sufrimiento le es impuesto a vuestros hermanos dispersos por el mundo.

El anuncio, si es sincero, resiste a la tentación. En toda predicación sincera, hay tentación y también hay persecución.


(Papa Francisco. Santa Marta 25-4-2017)

Tira muros a patadas... Abre puertas y ventanas.



Dedicado a todas esas mujeres que luchan por la igualdad, el respeto y un sueño.

24 abril 2017

Poco más de IV días para que de comienzo la romería de la Virgen de la Cabeza.



(...) Por eso, nosotros, hoy aquí, podemos continuar alabando a Dios por las maravillas que ha obrado en la vida de los pueblos latinoamericanos. Dios, según su estilo, "ha ocultado estas cosas a sabios y entendidos, dándolas a conocer a los pequeños, a los humildes, a los sencillos de corazón".
En las maravillas que ha realizado el Señor en María, Ella reconoce el estilo y el modo de actuar de su Hijo en la historia de la salvación. Trastocando los juicios mundanos, destruyendo los ídolos del poder, de la riqueza, del éxito a todo precio, denunciando la autosuficiencia, la soberbia y los mesianismos secularizados que alejan de Dios, el cántico mariano confiesa que Dios se complace en subvertir las ideologías y jerarquías mundanas.

Enaltece a los humildes, viene en auxilio de los pobres y pequeños, colma de bienes, bendiciones y esperanzas a los que confían en su misericordia de generación en generación, mientras derriba de sus tronos a los ricos, potentes y dominadores.
El "Magnificat" nos introduce en las "bienaventuranzas", síntesis primordial del mensaje evangélico. A su luz, nos sentimos movidos a pedir que el futuro sea forjado por los pobres y los que sufren, por los humildes, por los que tienen hambre y sed de justicia, por los compasivos, por los de corazón limpio, por los que trabajan por la paz, por los perseguidos a causa del nombre de Cristo, "porque de ellos es el Reino de los cielos" (...)

(Papa Francisco)

23 abril 2017

Coronilla a la Divina Misericordia.


(Se utiliza un rosario común de cinco decenas)

1. Comenzar con un Padre Nuestro, Avemaría, y Credo (de los apóstoles).

Credo de los apóstoles:
Creo en Dios Padre todopoderoso,
creador del cielo y de la tierra.
Creo en Jesucristo, su único Hijo, nuestro Señor.
Fue concebido por obra y gracia del Espíritu Santo
y nació de la Virgen Maria.
Padeció bajo el poder de Poncio Pilato.
Fue crucificado, muerto y sepultado.
Descendió a los infiernos.
Al tercer día resucitó de entre los muertos.
Subió a los cielos,
y está sentado a la diestra de Dios Padre.
Desde allí ha de venir a juzgar a vivos y muertos.
Creo en el Espíritu Santo, la santa Iglesia católica,
la comunión de los santos, el perdón de los pecados,
la resurrección de los muertos,
y la vida eterna. Amén.

2. En las cuentas grandes correspondientes al Padre Nuestro (una vez) decir:

"Padre Eterno, te ofrezco el Cuerpo,
la Sangre, el Alma y la Divinidad
de Tu Amadísimo Hijo,
nuestro Señor Jesucristo,
como propiciación de nuestros
pecados y los del mundo entero."

3. En las cuentas pequeñas correspondientes al Ave María (diez veces) decir:

"Por Su dolorosa Pasión,
ten misericordia de nosotros
y del mundo entero."

4. Al finalizar las cinco decenas de la coronilla se repite tres veces:

"Santo Dios, Santo Fuerte,
Santo Inmortal, ten piedad de
nosotros y del mundo entero."

 5. Oración final (opcional):     

“Oh Sangre y agua que brotaste del Corazón de Jesús como una fuente de misericordia para nosotros,  en Ti confío.”

Jesucristo, muerto y resucitado, es la suprema manifestación y actuación de la Divina Misericordia.



Evangelio. Domingo II de Pascua.


Según San Juan 20, 19 - 31.

Al atardecer de aquel día, el primero de la semana, estando cerradas, por miedo a los judíos, las puertas del lugar donde se encontraban los discípulos, se presentó Jesús en medio de ellos y les dijo: «La paz con vosotros». Dicho esto, les mostró las manos y el costado. Los discípulos se alegraron de ver al Señor. Jesús les dijo otra vez: «La paz con vosotros. Como el Padre me envió, también yo os envío». Dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: «Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos». 

Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Los otros discípulos le decían: «Hemos visto al Señor». Pero él les contestó: «Si no veo en sus manos la señal de los clavos y no meto mi dedo en el agujero de los clavos y no meto mi mano en su costado, no creeré».

Ocho días después, estaban otra vez sus discípulos dentro y Tomás con ellos. Se presentó Jesús en medio estando las puertas cerradas, y dijo: «La paz con vosotros». Luego dice a Tomás: «Acerca aquí tu dedo y mira mis manos; trae tu mano y métela en mi costado, y no seas incrédulo sino creyente». Tomás le contestó: «Señor mío y Dios mío». Dícele Jesús: «Porque me has visto has creído. Dichosos los que no han visto y han creído».

Jesús realizó en presencia de los discípulos otras muchas señales que no están escritas en este libro. Éstas han sido escritas para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que creyendo tengáis vida en su nombre.


Reflexión.

La Divina Misericordia es la manifestación amorosa de Dios en una historia herida por el pecado. “Misericordia” proviene de dos palabras: “Miseria” y “Cor”. Dios pone nuestra mísera situación debida al pecado en su corazón de Padre, que es fiel a sus designios. Jesucristo, muerto y resucitado, es la suprema manifestación y actuación de la Divina Misericordia.

Reflexión. Domingo II de Pascua.


¡Feliz Pascua de Resurrección!

El Señor ha resucitado y por eso nuestro corazón está alegre.
Se nos da una nueva oportunidad para que vivamos como verdaderos cristianos.
Una alegría pascual que irradie al mundo entero, muchas veces inmersos en oscuridad y tristezas. Vivir la Pascua, es renovar cada día y en cada acontecimiento nuestra fe en ese Cristo que ha resucitado. Muchas veces, nos invaden la devoción del Crucificado, y no está mal, pero no nos podemos quedar en el sufrimiento… Debemos avanzar y llegar a ese Cristo que nos levanta de nuestros sufrimientos y muertes y nos da una vida llena de Alegría y Luz perpetua.

Hoy, Domingo II de Pascua, celebramos el día de la Divina Misericordia.
El Señor se presentó a Sor Faustina y le recordó que “Dios es Misericordioso y que nos ama a todos”. La misericordia es la actitud de amor activa por el prójimo. De aquí que nos definamos como cristianos coherentes o no.
Pidamos en este Domingo a Jesús nuestra Pascua, que nos otorgue confianza para que podamos ser misericordiosos con los demás.

En La Primera Lectura de los Hechos de los Apóstoles, nos enseñan a que la comunidad que reza unida, permanece siempre unida. Vemos como los apóstoles enseñaban, oraban y hacían la fracción del Pan. No podemos olvidar, como en esa comunidad naciente, surgían problemas y grandes dificultades. Pero, ellos seguían unidos. Ponían todo  en común. El Espíritu estaba con ellos e intentaban contagiar esa alegría y unidad que habían obtenido de Cristo.
Ojalá que esta unidad e igualdad entre los miembros, sigamos teniéndola hoy en nuestra Iglesia.

En la Segunda Lectura de la Carta de Apóstol Pedro, se dirige a comunidades que estaban pasando por momentos difíciles. Vivían en una sociedad mayoritariamente pagana y  eran perseguidos a casa de su fe en Cristo Jesús; Pedro, les  enseña, que para obtener la corona de gloria que no se marchita, hay que sufrir un poco. Esta “promesa-enseñanza” no es una felicidad pasajera, sino, su culmen es en Cristo Resucitado.
Por eso, es bueno recordarnos de vez en cuando, que la salvación no se obtiene por méritos propios, ni por doctorados ni títulos, ni por ser “trapas” en cargos eclesiásticos, sino por la humildad y la sencillez en que lo que decimos y hagamos, vayan de la mano. Una coherencia de vida en la fe.

En el Evangelio de Juan, no habla de Tomás y su fe. Vemos como Jesús se aparece en el primer día de la semana, y esto hace que sea el domingo el “Día del Señor”. Ya el sábado no es el día importante, como tenían por normas la religión Judía.
Los cimientos de la Resurrección es la Paz, la Alegría, el Perdón y el Testimonio. La injusticia que se había cometido con Jesús en la Cruz, pasa a ser PAZ Pascual. Esa paz, se transforma en alegría cuando nos dejamos encontrar con el Resucitado… Tomás no es solo discípulo de Jesús, sino, que está cerrado a la fe. No le basta con que los otros les digan “hemos visto”, sino que el necesita ver. Su inconformidad le hace querer ver con los ojos para poder creer. La fe aprendida y que le han transmitido otros, no le basta, quiere tocar. Por eso, la fe transmitida y heredada es un don que Cristo otorga pero que va de la mano con la inteligencia humana. Una no es contraria a la otra. Al revés, se compenetran y la hacen más verdadera.

Pidamos en este domingo, a la Virgen en su advocación de la Cabeza, que interceda por cada uno de nosotros ante su Hijo Resucitado y nos conceda ser verdaderos cristianos, coherentes con nuestras palabras y hechos. Que aunque vengan los momentos de dudas y seamos muchas veces como Tomás, que necesitamos tocar y ver, sepamos confiar y nos dejemos empapar de la alegría Pascual y le digamos, aunque estemos desganados y con dudas: Señor “Mío y Dios Mío”.

Que así sea. Aleluya Aleluya.


Más en:
http://www.revistaecclesia.com/senor-mio-y-dios-mio-por-fray-jose-borja/

19 abril 2017

Laetare, Alleluia.




Regina caeli, laetare, alleluia.
Quia quem meruisti portare, alleluia.

Resurrexit, sicut dixit, alleluia.
Ora pro nobis Deum, alleluia.

Gaude et laetare Virgo María, alleluia.
Quia surrexit Dominus vere, alleluia.

Oremus:

Deus, qui per resurrectionem Filii tui, Domini nostri Iesu Christi, mundum laetificare dignatus es: praesta, quaesumus; ut, per eius Genetricem Virginem Mariam, perpetuae capiamus gaudia vitae. Per eundem Christum Dominum nostrum. Amen.

Gloria Patri, et Fili, et Spiritui Sancto. Sicut erat in principio, et nunc et semper, et in saeccula saeculorum. Amen.

Catequesis de hoy miércoles del Papa Francisco: La Resurrección de Jesús.


Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!


Nos encontramos hoy, en la luz de la Pascua, que hemos celebrado y continuamos celebrándola en la Liturgia. Por esto, en nuestro itinerario de catequesis sobre la esperanza cristiana, hoy deseo hablarles de Cristo Resucitado, nuestra esperanza, así como lo presenta San Pablo en la Primera Carta a los Corintios (Cfr. cap. 15).

El apóstol quiere resolver una problemática que seguramente en la comunidad de Corinto estaba al centro de las discusiones. La resurrección es el último argumento afrontado en la Carta, pero probablemente, en orden de importancia, es el primero: de hecho todo se apoya en este presupuesto.

Hablando a los cristianos, Pablo parte de un dato indudable, que no es el éxito de una reflexión de algún hombre sabio, sino un hecho, un simple hecho que ha intervenido en la vida de algunas personas. El cristianismo nace de aquí. No es una ideología, no es un sistema filosófico, sino es un camino de fe que parte de un advenimiento, testimoniado por los primeros discípulos de Jesús. Pablo lo resume de este modo: Jesús murió por nuestros pecados, fue sepultado, resucitó al tercer día y se apareció a Pedro y a los Doce (Cfr. 1 Cor 15,3-5). Este es el hecho. Ha muerto, fue sepultado, ha resucitado, se ha aparecido. Es decir: Jesús está vivo. Este es el núcleo del mensaje cristiano.

Anunciando este advenimiento, que es el núcleo central de la fe, Pablo insiste sobre todo en el último elemento del misterio pascual, es decir, en el hecho de que Jesús ha resucitado. Si de hecho, todo hubiese terminado con la muerte, en Él tendríamos un ejemplo de entrega suprema, pero esto no podría generar nuestra fe. Ha sido un héroe. ¡No! Ha muerto, pero ha resucitado. Porque la fe nace de la resurrección. Aceptar que Cristo ha muerto, y ha muerto crucificado, no es un acto de fe, es un hecho histórico. En cambio, creer que ha resucitado sí. Nuestra fe nace en la mañana de Pascua. Pablo hace una lista de las personas a las cuales Jesús resucitado se les aparece (Cfr. vv. 5-7). Tenemos aquí una pequeña síntesis de todas las narraciones pascuales y de todas las personas que han entrado en contacto con el Resucitado. Al inicio de la lista están Cefas, es decir, Pedro, y el grupo de los Doce, luego “quinientos hermanos” muchos de los cuales podían dar todavía sus testimonios, luego es citado Santiago. El último de la lista – como el menos digno de todos – es él mismo, Pablo dice de sí mismo: “como un aborto” (Cfr. v. 8).

Pablo usa esta expresión porque su historia personal es dramática: pero él no era un monaguillo, ¿eh? Él era un perseguidor de la Iglesia, orgulloso de sus propias convicciones; se sentía un hombre realizado, con una idea muy clara de cómo es la vida con sus deberes. Pero, en este cuadro perfecto – todo era perfecto en Pablo, sabía todo – en este cuadro perfecto de vida, un día sucedió lo que era absolutamente imprevisible: el encuentro con Jesús Resucitado, en el camino a Damasco. Allí no había sólo un hombre que cayó en la tierra: había una persona atrapada por un advenimiento que le habría cambiado el sentido de la vida. Y el perseguidor se convierte en apóstol, ¿Por qué? ¡Porque yo he visto a Jesús vivo! ¡Yo he visto a Jesús resucitado! Este es el fundamento de la fe de Pablo, como de la fe de los demás apóstoles, como de la fe de la Iglesia, como de nuestra fe.


¡Qué bello es pensar que el cristianismo, esencialmente, es esto! No es tanto nuestra búsqueda en relación a Dios – una búsqueda, en verdad, casi incierta – sino mejor dicho la búsqueda de Dios en relación con nosotros. Jesús nos ha tomado, nos ha atrapado, nos ha conquistado para no dejarnos más. El cristianismo es gracia, es sorpresa, y por este motivo presupone un corazón capaz de maravillarse. Un corazón cerrado, un corazón racionalista es incapaz de la maravilla, y no puede entender que cosa es el cristianismo. Porque el cristianismo es gracia, y la gracia solamente se percibe, más: se encuentra en la maravilla del encuentro.

Y entonces, también si somos pecadores – pero todos lo somos – si nuestros propósitos de bien se han quedado en el papel, o quizás sí, mirando nuestra vida, nos damos cuenta de haber sumado tantos fracasos. En la mañana de Pascua podemos hacer como aquellas personas de las cuales nos habla el Evangelio: ir al sepulcro de Cristo, ver la gran piedra removida y pensar que Dios está realizando para mí, para todos nosotros, un futuro inesperado. Ir a nuestro sepulcro: todos tenemos un poco dentro. Ir ahí, y ver como Dios es capaz de resucitar de ahí. Aquí hay felicidad, aquí hay alegría, vida, donde todos pensaban que había sólo tristeza, derrota y tinieblas. Dios hace crecer sus flores más bellas en medio a las piedras más áridas.

Ser cristianos significa no partir de la muerte, sino del amor de Dios por nosotros, que ha derrotado a nuestra acérrima enemiga. Dios es más grande de la nada, y basta sólo una luz encendida para vencer la más oscura de las noches. Pablo grita, evocando a los profetas: «¿Dónde está, muerte, tu victoria? ¿Dónde está tu aguijón?» (v. 55). En estos días de Pascua, llevemos este grito en el corazón. Y si nos dirán del porqué de nuestra sonrisa donada y de nuestro paciente compartir, entonces podremos responder que Jesús está todavía aquí, que continúa estando vivo entre nosotros, que Jesús está aquí, en la Plaza, con nosotros: vivo y resucitado.


(Roma. 19-4-2017)

18 abril 2017

En la mar, se refleja la alegría de Cristo Resucitado.


video

Regina Coeli.



Reina del cielo alegrate; aleluya.
Porque el Señor a quien has merecido llevar; aleluya.
Ha resucitado segun su palabra; aleluya.
Ruega al Señor por nosotros; aleluya.
Gozate y alegrate, Virgen Maria; aleluya.
Porque verdaderamente ha resucitado el Señor; aleluya.

Oremos

Oh Dios,que por la resurreccion de tu Hijo,nuestro Señor Jesucristo,has llenado el mundo de alegría,
concedenos, por intercesion de su Madre, la Virgen MarÍa,llegar a alcanzar los gozos eternos.
Por nuestro Señor Jesucristo.
Amén.

SIT Informa: Los "otros Cristos" de nuestra sociedad.



17 abril 2017

Pascua Sagrada. Aleluya.


Pascua sagrada, ¡oh fiesta de la luz! - Este es el Día del Señor
Despierta, tú que duermes, y el Señor te alumbrará - Aleluya, Aleluya

Pascua sagrada, ¡oh fiesta universal!
El mundo renovado canta un himno a su Señor.

Pascua sagrada, ¡victoria de la cruz!
La muerte derrotada ha perdido su aguijón.

Pascua sagrada, ¡oh noche bautismal!
Del seno de las aguas renacemos al Señor.

Pascua sagrada, ¡eterna novedad!
Dejad al hombre viejo, revestíos del Señor.

Pascua sagrada, la sala del festín
se llena de invitados que celebran al Señor.

Pascua sagrada, ¡cantemos al Señor!
Vivamos la alegría dada a luz en el dolor.

Pascua sagrada, ¡oh fiesta universal!
El mundo renovado canta un himno a su Señor.

Dejemos el sepulcro y la tristeza porque ¡Cristo está vivo!.


«En la madrugada del sábado, al alborear el primer día de la semana, fueron María la Magdalena y la otra María a ver el sepulcro» (Mt 28,1). Podemos imaginar esos pasos…, el típico paso de quien va al cementerio, paso cansado de confusión, paso debilitado de quien no se convence de que todo haya terminado de esa forma… Podemos imaginar sus rostros pálidos… bañados por las lágrimas y la pregunta, ¿cómo puede ser que el Amor esté muerto?

A diferencia de los discípulos, ellas están ahí —como también acompañaron el último respiro de su Maestro en la cruz y luego a José de Arimatea a darle sepultura—; dos mujeres capaces de no evadirse, capaces de aguantar, de asumir la vida como se presenta y de resistir el sabor amargo de las injusticias. Y allí están, frente al sepulcro, entre el dolor y la incapacidad de resignarse, de aceptar que todo siempre tenga que terminar igual.

Y si hacemos un esfuerzo con nuestra imaginación, en el rostro de estas mujeres podemos encontrar los rostros de tantas madres y abuelas, el rostro de niños y jóvenes que resisten el peso y el dolor de tanta injusticia inhumana. Vemos reflejados en ellas el rostro de todos aquellos que caminando por la ciudad sienten el dolor de la miseria, el dolor por la explotación y la trata. En ellas también vemos el rostro de aquellos que sufren el desprecio por ser inmigrantes, huérfanos de tierra, de casa, de familia; el rostro de aquellos que su mirada revela soledad y abandono por tener las manos demasiado arrugadas. Ellas son el rostro de mujeres, madres que lloran por ver cómo la vida de sus hijos queda sepultada bajo el peso de la corrupción, que quita derechos y rompe tantos anhelos, bajo el egoísmo cotidiano que crucifica y sepulta la esperanza de muchos, bajo la burocracia paralizante y estéril que no permite que las cosas cambien. Ellas, en su dolor, son el rostro de todos aquellos que, caminando por la ciudad, ven crucificada la dignidad.

En el rostro de estas mujeres, están muchos rostros, quizás encontramos tu rostro y el mío. Como ellas, podemos sentir el impulso a caminar, a no conformarnos con que las cosas tengan que terminar así. Es verdad, llevamos dentro una promesa y la certeza de la fidelidad de Dios. Pero también nuestros rostros hablan de heridas, hablan de tantas infidelidades, personales y ajenas, hablan de nuestros intentos y luchas fallidas. Nuestro corazón sabe que las cosas pueden ser diferentes pero, casi sin darnos cuenta, podemos acostumbrarnos a convivir con el sepulcro, a convivir con la frustración. Más aún, podemos llegar a convencernos de que esa es la ley de la vida, anestesiándonos con desahogos que lo único que logran es apagar la esperanza que Dios puso en nuestras manos. Así son, tantas veces, nuestros pasos, así es nuestro andar, como el de estas mujeres, un andar entre el anhelo de Dios y una triste resignación. No sólo muere el Maestro, con él muere nuestra esperanza.

«De pronto tembló fuertemente la tierra» (Mt 28,2). De pronto, estas mujeres recibieron una sacudida, algo y alguien les movió el suelo. Alguien, una vez más salió, a su encuentro a decirles: «No teman», pero esta vez añadiendo: «Ha resucitado como lo había dicho» (Mt 28,6). Y tal es el anuncio que generación tras generación esta noche santa nos regala: No temamos hermanos, ha resucitado como lo había dicho. «La vida arrancada, destruida, aniquilada en la cruz ha despertado y vuelve a latir de nuevo» (cfr R. Guardini, El Señor). El latir del Resucitado se nos ofrece como don, como regalo, como horizonte. El latir del Resucitado es lo que se nos ha regalado, y se nos quiere seguir regalando como fuerza transformadora, como fermento de nueva humanidad. Con la Resurrección, Cristo no ha movido solamente la piedra del sepulcro, sino que quiere también hacer saltar todas las barreras que nos encierran en nuestros estériles pesimismos, en nuestros calculados mundos conceptuales que nos alejan de la vida, en nuestras obsesionadas búsquedas de seguridad y en desmedidas ambiciones capaces de jugar con la dignidad ajena.

Cuando el Sumo Sacerdote y los líderes religiosos en complicidad con los romanos habían creído que podían calcularlo todo, cuando habían creído que la última palabra estaba dicha y que les correspondía a ellos establecerla, Dios irrumpe para trastocar todos los criterios y ofrecer así una nueva posibilidad. Dios, una vez más, sale a nuestro encuentro para establecer y consolidar un nuevo tiempo, el tiempo de la misericordia. Esta es la promesa reservada desde siempre, esta es la sorpresa de Dios para su pueblo fiel: alégrate porque tu vida esconde un germen de resurrección, una oferta de vida esperando despertar

Y eso es lo que esta noche nos invita a anunciar: el latir del Resucitado, Cristo Vive. Y eso cambió el paso de María Magdalena y la otra María, eso es lo que las hace alejarse rápidamente y correr a dar la noticia (cf. Mt 28,8). Eso es lo que las hace volver sobre sus pasos y sobre sus miradas. Vuelven a la ciudad a encontrarse con los otros.

Así como ingresamos con ellas al sepulcro, los invito a que vayamos con ellas, que volvamos a la ciudad, que volvamos sobre nuestros pasos, sobre nuestras miradas. Vayamos con ellas a anunciar la noticia, vayamos… a todos esos lugares donde parece que el sepulcro ha tenido la última palabra, y donde parece que la muerte ha sido la única solución. Vayamos a anunciar, a compartir, a descubrir que es cierto: el Señor está Vivo. Vivo y queriendo resucitar en tantos rostros que han sepultado la esperanza, que han sepultado los sueños, que han sepultado la dignidad. Y si no somos capaces de dejar que el Espíritu nos conduzca por este camino, entonces no somos cristianos.

Vayamos y dejémonos sorprender por este amanecer diferente, dejémonos sorprender por la novedad que sólo Cristo puede dar. Dejemos que su ternura y amor nos muevan el suelo, dejemos que su latir transforme nuestro débil palpitar.


(Papa Francisco. 15-4-2017)

En XI días... estaremos ante tus plantas, Virgen de la Cabeza.



Regína coeli, laetáre. 
R. Allelúja. 

Quia quem meruísti portáre. 
R. Allelúja. 

Resurréxit, sicut dixit. 
R. Allelúja. 

Ora pro nobis Deum. 
R. Allelúja. 

Gaude et laetáre, Virgo María. Allelúja. 
Quia surréxit Dóminus vere. Allelúja.