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16 mayo 2018

Onomástica de Santa Gema Galgani.



Gema Galgani nació en 1878 en Camigliano, un pequeño pueblo de la provincia de Lucca (Italia), en el seno de una familia era de condición modesta: el padre farmacéutico y la madre ama de casa. Gema tuvo una infancia normal, asistió a la escuela pública de Lucca, donde la familia se había mudado, y tenía muchos amigos. Pero aquella normalidad fue destrozada por pruebas durísimas. En 1886 su madre murió, con solo 39 años, en 1894 su hermano Gino que era seminarista, con 18 años, y en 1897 su padre. A estas muertes siguieron un colapso económico de la familia, pues como resultado de la generosidad del padre, de la falta de escrúpulos de sus contactos en negocios y de sus acreedores, sus hijos se quedaron sin nada, y no tenían siquiera los medios para mantenerse.

Para Gema comenzaron también por aquella época una serie de enfermedades, algunas de ellas graves. Gema pronto comenzó a enfermar. Se le desarrolló una curvatura en la columna vertebral y le dio también una meningitis dejándola con una pérdida de oído temporal. Largos abscesos se le formaron en la cabeza, el pelo se le cayó, y finalmente las extremidades se le paralizaron. Un doctor fue llamado y trató muchos remedios, los cuales fallaron y ella sólo se puso peor. Gema comenzó entonces su devoción al entonces Venerable Gabriel de la Dolorosa, joven pasionista popularísimo en Italia, hoy canonizado. Además, en el invierno de 1898, fue curada milagrosamente por intercesión de Santa Margarita María de Alacoque de otra de las enfermedades.

Estas pruebas permitieron a Gema hacer grandes progresos en la vida espiritual. Siempre había tenido facilidad para la vida de piedad y había llegado a tener una gran familiaridad con Jesús, ya en la escuela llenaba sus cuadernos con pensamientos espirituales y oraciones. Y así, creciendo progresivamente en la vida espiritual, recibió extraordinarios dones místicos: sentía claramente junto a sí la presencia del ángel de la guarda y hablaba con Jesús y María.

Hasta que le fue concedido el don de los estigmas. Ella narra el acontecimiento: “Estábamos en la tarde del 8 de junio de 1899, cuando, de repente, siento un dolor interno por mis pecados… Jesús se apareció, tenía todas las heridas abiertas, pero de aquellas heridas ya no salía sangre, salían como unas llamas de fuego, que tocaron mis manos, mis pies, mi corazón. Me sentía morir...” No se puede pasar por alto el parecido de esta descripción a la que hizo San Pío de Pietrelcina sobre su estigmatización ocurrida el 20 de septiembre de 1918. Las heridas profundas en las manos, los pies y el costado se reabrían todos los jueves a las 8 de la tarde y los viernes a las 3, y este raro fenómeno venía acompañado por éxtasis. Para disimular las llagas usaba guantes.

Sobre los estigmas, escribirá su último director espiritual, como testigo directo y fiable: “La herida algunas veces era superficial, casi imperceptible a primera vista, pero de ordinario profunda y parecía unirse con la de la cara opuesta, atravesando la mano completamente. Y digo que parecía, porque de las heridas salía sangre, en parte líquida y en parte coagulada, y al cesar ésta de salir, la herida se contraía y no era fácil explorarla sin el auxilio de la sonda, instrumento que no me atrevía a usar, ya por el temor reverencial que me inspiraba la extática en aquellas condiciones, ya porque el dolor le hacía contraer convulsivamente las manos”.

Su confesor ordinario, Monseñor Volpi le dijo que no se dejase ver las manos porque la gente se podría reír de ella. En efecto Gema sufrió el desprecio, rechazo y la burla de muchos aun cuando caminaba por las calles de Lucca, la tenían por una farsante y una histérica, e gritaban insultos y burlas por las calles. Así comienza para Gema una vida de incomprensión, pues su propio confesor, Monseñor Volpi dudaba de la veracidad de los estigmas y pensaba que era obra de la histeria, apoyado por el parecer de un médico al que pidió que examinase los estigmas: Años después le sucedería algo parecido al P. Pío con alguno de los especialistas que le examinaron. También los familiares de Gema tenían dificultades para creerla y en secreto la espiaban para ver si se autoinfligía las heridas de los estigmas.

Rechazada para la vida religiosa por su salud débil y la sospecha de desequilibrio mental, en el mismo año 1899, la joven conoció a los Pasionistas y fueron estos religiosos los que le buscaron una familia que la cuidase, por su precaria situación económica. Los buenos esposos Giannini, que hospedaban a los Pasionistas cuando iban a Lucca, quisieron acoger a Gema en su casa, para salvarla de una vida de miseria, y la trataron como a una hija. La madre de la familia, Cecilia, la puso en contacto con un gran director espiritual Pasionista, el P. Germano de San Estanislao, que a partir de entonces la guiará con gran sabiduría. Con los Giannini Gema llevó una vida retirada de la casa a la iglesia, obediente a las directrices del director espiritual, el sacerdote Pasionista P Germano.

Mientras tanto, la enfermedad que había sufrido en la adolescencia se volvió a manifestar en 1902, haciéndola sufrir mucho. Con buena salud desde su cura milagrosa, se ofreció a Dios como víctima por la salvación de las almas y cayó peligrosamente enferma. No podía pasar ningún alimento. Aunque recobró brevemente la salud, rápidamente volvió a caer enferma y el 21 de septiembre de 1902, comenzó a vomitar pura sangre que venía de los espasmos violentos de amor de su corazón. Mientras tanto, pasaba por un martirio espiritual que ella experimentaba como aridez y desconsuelo en sus ejercicios espirituales

Los tiempos en los que vivió fueron de un positivismo triunfante y, sin embargo, su vida fue una gran refutación de esta certeza filosófica, pues muchos científicos acudieron a estudiarla y no entendieron nada de lo que le ocurría, ya que ninguna teoría humana podía explicar los fenómenos extraordinarios que experimentó esta mujer: Gema hablaba con su ángel de la guarda y le encargaba tareas delicadas, como la de hacer llegar a Roma la correspondencia de algunos de sus directores espirituales. Sobre esta curiosa tarea, escribió: “En cuanto termino la carta, se la doy al ángel. Está junto a mí, esperando”. Y curiosamente las cartas llegaban a su destino sin pasar por el servicio de correos. Además, Gema predecía acontecimientos futuros, caía en éxtasis, sudaba sangre, y muchos que acudían a ella simplemente por curiosidad, salían convencidos y a veces convertidos

Sin duda un aspecto especialmente misterioso de la vida de Gema Galgani fue su lucha contra el demonio, que se cebó con ella, por así decir, ya que la santa no solamente se ofrecía como víctima por la conversión de los pecadores, sino que también con sus dones extraordinarios conseguía la conversión de muchos. El demonio se ensañaba atrozmente contra ella, intentando hacerla expulsar de la casa de los Giannini; también intentaba engañar a sus confesores, dejaba sus huellas en el diario íntimo de Gema, la tentaba contra la castidad, la golpeaba, la levantaba de la tierra y la tiraba por tierra, bajo el armario de su habitación. Le aparecía bajo el aspecto de su ángel de la guarda para engañarla, le llenaba la comida de gusanos para impedirle comer.

El Señor permitió incluso que el demonio la poseyese, y en ese estado la lanzaba contra los objetos sagrados, la empujaba a escupir al crucifijo, la hacía gritar y sufrir las contorsiones típicas de los poseídos. La misma Gema lo describió en una carta enviada a su confesor, el P. Germano: “El demonio me hostiga, me hace todo tipo de cosas. No duerme. A saber las tentaciones que tendré que aguantar todavía… y qué pasará cuando muera y tenga que ser juzgada…” Un sacerdote que la conocía le regaló una reliquia de la Santa Cruz y desde entonces quedó libre de estas posesiones.

Pero el demonio atacaba a Gema de muchos otros modos, y los testigos presenciales del Proceso de Canonización que la asistían en sus últimos años aseguraron que no exageraba en lo que contaba: El P. Pedro Pablo la encontró por tierra llorando, Cecilia Giannini afirmó haberla visto como llena de golpes y en una ocasión la encontró como muerta con la boca llena de baba. Ella misma contó de haber visto algunas veces temblar su cama de modo violento. Una niña de 12 años, hija de los Giannini, que una noche se quedó a dormir con ella para hacerle compañía, se asustó tanto por los ruidos que oyó que nunca quiso volver. Las personas que la cuidaban, cuando volvían por la mañana, la encontraban agotada y notaban en el aire un fuerte olor a azufre.

Una de ellas, su amiga Eufemia, contó que la santa pedía siempre oraciones y agua bendita. Contó también que Gema veía con frecuencia seres horribles a su alrededor, veía peces que rodeaban su cama, o cubierta de gusanos y objetos repugnantes que ella llamaba “cosas del infierno”. Eufemia siguió contando en cierta ocasión: “No para de rociar el lecho con agua bendita. Está mal, hace pocos minutos ha lanzado un grito porqué le parecía tener en la garganta un escorpión que la mordía, pero que al rociar el agua bendita ha escapado de la cama con forma de gato. Dice que siente punzadas en cada parte del cuerpo”.

Un misionero Pasionista, el P. Pedro Pablo declaró: “El demonio la atacaba y, controlando sus sentidos, le obligaba a hacer actos de posesa. Se tiraba por tierra, se lanzaba contra las personas y si éstas le presentaban algún objeto de devoción, escupía al crucifijo y a la imagen de la Virgen, y recuerdo que un día me arrebató el rosario que llevaba en el cinto del hábito y me lo rompió en varios pedazos”. Todo esto nos podrían parecer exageraciones piadosas si no constasen bajo juramento en el Summarium del Proceso de Canonización de Gema Galgani.

Un auténtico calvario permitido por el Señor para que pudiese conformarse más a Él a través de la humillación, la soledad, la incomprensión y el despojo de sí. Pocos instantes antes de morir, Gema pronunció estas palabras: “Ya no pido nada, he sacrificado a Dio todo y todos” y dos lágrimas le cayeron de los ojos. El 11 de abril de 1903, víspera de la fiesta de Pascua, acabó su calvario. Cuatro años después de su muerte comenzó el proceso de beatificación, algo inusitado en aquella época. Fue beatificada en mayo de 1933 y canonizada por el Papa Pío XII en plena Segunda Guerra Mundial, en mayo de 1940, siendo la primera santa del siglo XX en llegar a los altares.

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