29 mayo 2016

Una amiga que vale millones, se ha graduado hoy.


Todo comenzó hace cuatro años con una llamada que me decía, "lo más probable es que me vaya a Ronda a estudiar enfermería"... Mi cara de "no puede ser..."
Pues sí, llegó el momento de las despedidas, alguna que otra lagrimita... Y para colmo yo me iba a Granada.

Una de la frases que más hemos usado ha sido, "no hay distancia ni KM que separen a dos personas que se quieren y confían mutuamente".
Lo mejor de todo? Que a pesar de los KM no nos hemos acostumbrado, no nos hemos relajado, ni hemos caído en la indiferencia.
Hoy después de cuatro años (y aunque no pueda estar físicamente contigo en Ronda, sabes que te estoy acompañando y que me tienes muy cerca tuya.
Mi pequeña enfermera  se gradúa como enfermera.

Vas cerrando una etapa en la que has vivido momentos buenos, momentos malos, pero siempre siempre sabiendo que has sido un instrumento de Dios para acompañar, ayudar, y sobre todo, ser una sonrisa para tantas personas que has tenido que ver en el hospital y que por desgracia la vida les puso una enfermedad en el camino.

Pequeña te deseo lo mejor... y te mando millones de felicidades.
Gracias por todo lo que me aportas y eres!!

Alabado sea el Santísimo.


Alabado sea el Santísimo 
Sacramento del altar 
y la Virgen concebida 
sin pecado original 

Celebremos con fe viva 
Este pan angelical 
y la Virgen concebida 
sin pecado original. 

Es el Dios que da la vida, 
y nació en un portal, 
de la Virgen concebida 
sin pecado original 

Es el manjar regalado 
de este suelo terrenal 
es Jesús Sacramentado 
Dios eterno e inmortal.

Evangelio. Solemnidad del Cuerpo y Sangre del Señor.


Según San Juan 20, 19 - 23.

En aquel tiempo, Jesús les hablaba acerca del Reino de Dios, y curaba a los que tenían necesidad de ser curados. Pero el día había comenzado a declinar, y acercándose los Doce, le dijeron: «Despide a la gente para que vayan a los pueblos y aldeas del contorno y busquen alojamiento y comida, porque aquí estamos en un lugar deshabitado». Él les dijo: «Dadles vosotros de comer». Pero ellos respondieron: «No tenemos más que cinco panes y dos peces; a no ser que vayamos nosotros a comprar alimentos para toda esta gente». 

Pues había como cinco mil hombres. Él dijo a sus discípulos: «Haced que se acomoden por grupos de unos cincuenta». Hicieron acomodarse a todos. Tomó entonces los cinco panes y los dos peces, y levantando los ojos al cielo, pronunció sobre ellos la bendición y los partió, y los iba dando a los discípulos para que los fueran sirviendo a la gente. Comieron todos hasta saciarse. Se recogieron los trozos que les habían sobrado: doce canastos.


Reflexión.

Hoy es el día más grande para el corazón de un cristiano, porque la Iglesia, después de festejar el Jueves Santo la institución de la Eucaristía, adora a Jeús Sacramentado.
Ante esa sobreabundancia de amor, debería ser imposible una respuesta remisa.

Reflexión en la Solemnidad del Cuerpo y Sangre del Señor.


Hoy domingo, celebramos la Solemnidad del Cuerpo y Sangre del Señor, que está conectada con el jueves santo, día en que Jesús instituye la Eucaristía. Una fiesta donde se refleja la máxima entrega por Amor. Amor que va de la mano de la caridad. Como diría Santa María Goretti: “La Santa Eucaristía es la perfecta expresión del amor de Jesucristo por el hombre, es la quinta esencia de todos los misterios de su vida”.
La solemnidad del Corpus Christi se remonta a 1246, que comenzó a celebrarse en Bélgica. En 1264, el Papa Urbano IV extendió la conmemoración por toda la cristiandad. También, hoy celebramos el “Día de Caridad”.

La primera lectura del Génesis, nos habla de la bendición por parte del Sacerdote Melquisedec a Abrahán. Es como una prefiguración sacerdotal y eucarística en la misteriosa persona de Melquisedec. Ofrece un poco de pan y un poco de vino. Un gesto de solidaridad y con un gran carácter eucarístico con un rito de acción de gracias y sacrificio.

La segunda lectura de la primera carta a los Corintios, se nos presenta uno de los fragmentos más antiguos sobre la consagración en la Última Cena. Formula que proclama el sacerdote durante la plegaria Eucarística en el momento de la consagración en cada Misa.
Así Pablo aprovecha la oportunidad para recordar esa antigua tradición que ha recibido el sobre la cena eucarística, ya que a veces el descuido y la falta de atención a los pobres, estaban destruyendo la caridad entre ellos.

En el Evangelio de Lucas, nos relata la multiplicación de los panes. Este relato, nos aparece en dos Evangelio: en Marcos y en el que estamos leyendo ahora, Lucas. Se nos quiere recalcar la importancia de la enseñanza que se nos quiere transmitir, y cual es la misión del Señor.
La respuesta de Jesús: “dadles vosotros de comer” no sólo es provocativa por la poca cantidad de alimento, sino que sobre todo intenta poner de manifiesto la misión de los discípulos al interior del gesto misericordioso que realizará Jesús. Los discípulos, aquella tarde cerca de Betsaida y a lo largo de toda la historia de la Iglesia, están llamados a colaborar con Jesús preocupándose por conseguir el pan para sus hermanos. El gesto de partir el pan y distribuirlo indiscutiblemente recuerda la última cena de Jesús, en donde el Señor llena de nuevo sentido el pan y el vino de la comida pascual, haciéndolos signo sacramental de su vida.
Esta parábola anticipa el gesto realizado por Jesús en la última cena, cuando el Señor dona a la comunidad en el pan y el vino el signo sacramental de su presencia real.

La celebración eucarística abraza y llena toda la historia dándole un nuevo sentido: hace presente realmente a Jesús en su misterio de amor. La Eucaristía nace del amor de Cristo a su Iglesia. Que esta solemnidad nos transforme cada día a ser mejores cristianos, a llevar una vida coherente de fe. Que seamos conscientes de que Jesús sigue vivo y se hace alimento para nuestra vida de fe.
Que se haga vida en nosotros las palabras que Santa Teresa decía: “Acabando de recibir al Señor, pues tenéis la misma persona delante, procurad cerrar los ojos del cuerpo y abrir los del alma, y miraros al corazón”.
Acompañemos con devoción a Jesús por las calles de nuestras ciudades, para que no sólo demos un testimonio de que Jesús está presente sacramentalmente, sino que sea un gesto para compartir nuestra fe como signo del amor de Cristo en nosotros.
Que María, madre de Misericordia, nos ayude a cumplirlo fielmente.


Más en:
http://www.revistaecclesia.com/solemnidad-del-cuerpo-sangre-del-senor/

El Papa Francisco en el Ángelus, invita a rezar por la paz el 1 de junio a todos los niños del mundo.


Al final de esta celebración deseo dirigir un saludo particular a vosotros, queridos diáconos, que han venido de Italia y otros países. Gracias por su presencia aquí hoy, pero la mayor parte de su presencia en la Iglesia!

Saludo a todos los peregrinos, en particular, la Asociación Europea de historiadores Schützen; los participantes en el "Camino del Perdón", promovido por el Movimiento Celestiniano; y la Asociación Nacional para la Protección de Energía Renovable, dedicada a la obra de la educación para el cuidado de la creación.

También me acuerdo de hoy Día Nacional de Auxilio, cuyo objetivo es ayudar a la gente a vivir bien la etapa final de la existencia terrenal; así como la tradicional romería que tiene lugar hoy en Polonia al Santuario mariano de Piekary: la Madre de la Misericordia de apoyo a las familias y los jóvenes en su camino hacia la Jornada Mundial de Cracovia.

El próximo miércoles, 1 de junio con motivo del Día Internacional del Niño, las comunidades cristianas de Siria, tanto católicos como ortodoxos, vivir juntos una oración especial por la paz, que tendrá como protagonistas a los niños. Los niños sirios invitan a los niños de todo el mundo a unirse a su oración por la paz.

Invoquemos la intercesión por estas intenciones de la Virgen María, como confiando a su vida y el ministerio de todos los diáconos en el mundo.

Angelus Domini ...

27 mayo 2016

Amar a la Eucaristía.


1. Santo Tomás de Aquino 

"La Eucaristía produce una transformación progresiva en el cristiano. Es el Sol de las familias y de las Comunidades".

2. San Agustín

"Señor, tú alegras mi mente de alegría espiritual. Cómo es glorioso tu cáliz que supera todos los placeres probados anteriormente”.

3. San Francisco de Asís

"Cuando no puedo asistir a la Santa Misa, adoro el Cuerpo de Cristo con los ojos del espíritu en la oración, lo mismo que le adoro cuando le veo en la Misa”.

4. San Alfonso María de Ligorio

"Tened por cierto el tiempo que empleéis con devoción delante de este divinísimo Sacramento, será el tiempo que más bien os reportará en esta vida y más os consolará en vuestra muerte y en la eternidad. Y sabed que acaso ganaréis más en un cuarto de hora de adoración en la presencia de Jesús Sacramentado que en todos los demás ejercicios espirituales del día”.

5. San Francisco de Sales

"La oración, unida con ese divino sacrificio de la Misa, tiene una fuerza indecible; de modo que por este medio abunda el alma de celestiales favores como apoyada sobre su Amado".

6. Santa María Goretti

"La Santa Eucaristía es la perfecta expresión del amor de Jesucristo por el hombre, es la quinta esencia de todos los misterios de su vida”.

7. San Luis María Griñón de Monfort

"Antes de la Comunión... suplica a esta bondadosa Madre que te preste su corazón para recibir en él a su Hijo con sus propias disposiciones”.

8. Santa Teresa de Jesús

"Acabando de recibir al Señor, pues tenéis la misma persona delante, procurad cerrar los ojos del cuerpo y abrir los del alma, y miraros al corazón”.

Hoy acompañamos a María en los Misterios Dolorosos


 1º. JESúS ORA EN EL HUERTO

«Jesús, puesto de rodillas, oraba diciendo: Padre, si quieres, aparta de mí este cáliz; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya. Y entrando en agonía oraba con más intensidad. Y le vino un sudor como de gotas de sangre que caían hasta el suelo».

2º. JESÚS ES FLAGELADO

«Pilato se dirigió de nuevo a los judíos y les dijo: Yo no encuentro en El ninguna culpa. Hay entre vosotros la costumbre de que os suelte uno por la Pascua, ¿queréis, pues, que os suelte al Rey de los judíos? Entonces gritaron de nuevo: A Este no, a Barrabás. Barrabás era un ladrón. Entonces Pilato tomó a Jesús y mandó que lo azotaran».

3º. JESÚS CORONADO DE ESPINAS

«Los soldados del procurador llevaron a Jesús al pretorio y reunieron en torno a El a toda la cohorte. Le desnudaron, le pusieron una túnica roja y trenzaron una corona de espinas, se la pusieron en la cabeza, y en su mano derecha una caña; se arrodillaban ante El y se burlaban diciendo: Salve, Rey de los judíos».

4º. JESÚS CON LA CRUZ A CUESTAS

«Pilato entonces se lo entregó, para que fuera crucificado. Tomaron, pues, a Jesús, y El con la cruz a cuestas salió hacia el lugar llamado de la Calavera, en hebreo Gólgota».

5º. JESÚS MUERE EN LA CRUZ

«Le crucificaron, y con Él a otros dos, uno a cada lado y en el centro Jesús. Estaban junto a la cruz de Jesús su madre y la hermana de su madre, María de Cleofás, y María Magdalena; Jesús, viendo a su Madre, dijo: Mujer, he ahí a tu hijo. Después dice al discípulo: He ahí a tu madre. E inclinando la cabeza entregó el espíritu».

Audiencia del Papa Francisco el pasado 25 de mayo: "La perseverancia expresa una confianza que no se rinde ni se apaga".


Queridos hermanos y hermanas:

En la parábola que hemos escuchado, Jesús nos indica la necesidad de orar siempre y sin desfallecer. Del ejemplo de la viuda, una persona desvalida y sin defensor, el Señor saca una enseñanza: si ella, con su insistencia, consiguió obtener de un juez injusto lo que necesitaba, cuánto más Dios, que es nuestro padre bueno y justo, hará justicia a los que se la pidan con perseverancia, y además lo hará sin tardar.

La perseverancia expresa una confianza que no se rinde ni se apaga. Como Jesús en Getsemaní, tenemos que orar confiándolo todo al corazón del Padre, sin pretender que Dios se amolde a nuestras exigencias, a nuestros modos o a nuestros tiempos, esto provoca cansancio o desánimo, porque nos parece que nuestras plegarias no son escuchadas. Si, como Jesús, confiamos todo a la voluntad del Padre, el objeto de nuestra oración pasa a un segundo plano, y se manifiesta lo verdaderamente importante: nuestra relación con él. Este es el efecto de la oración, transformar el deseo y modelarlo según la voluntad de Dios, aspirando sobre todo a la unión con él, que sale al encuentro de sus hijos lleno de amor misericordioso.

Saludos

Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española, en particular a los grupos provenientes de España y Latinoamérica. Pidamos al Señor una fe que se convierta en oración incesante que se nutra de la esperanza en su venida y que nos haga experimentar la compasión de Dios.

Desde el comienzo la Eucaristía “ha sido el centro y la forma de la vida de la Iglesia”. Sigan el ejemplo de los santos y santas “que se han dejado ‘partir’ a sí mismos, sus propias vidas, para ‘alimentar a los hermanos’”.


«Haced esto en memoria mía» (1Co 11,24.25).

El apóstol Pablo, escribiendo a la comunidad de Corinto, refiere por dos veces este mandato de Cristo en el relato de la institución de la Eucaristía. Es el testimonio más antiguo de las palabras de Cristo en la Última Cena.

«Haced esto». Es decir, tomad el pan, dad gracias y partidlo; tomad el cáliz, dad gracias y distribuidlo. Jesús manda repetir el gesto con el que instituyó el memorial de su Pascua, por el que nos dio su Cuerpo y su Sangre. Y este gesto ha llegado hasta nosotros: es el «hacer» la Eucaristía, que tiene siempre a Jesús como protagonista, pero que se realiza a través de nuestras pobres manos ungidas de Espíritu Santo.

«Haced esto». Ya en otras ocasiones, Jesús había pedido a sus discípulos que «hicieran» lo que él tenía claro en su espíritu, en obediencia a la voluntad del Padre. Lo acabamos de escuchar en el Evangelio. Ante una multitud cansada y hambrienta, Jesús dice a sus discípulos: «Dadles vosotros de comer» (Lc 9,13). En realidad, Jesús es el que bendice y parte los panes, con el fin de satisfacer a todas esas personas, pero los cinco panes y los dos peces fueron aportados por los discípulos, y Jesús quería precisamente esto: que, en lugar de despedir a la multitud, ofrecieran lo poco que tenían. Hay además otro gesto: los trozos de pan, partidos por las manos sagradas y venerables del Señor, pasan a las pobres manos de los discípulos para que los distribuyan a la gente. También esto es «hacer» con Jesús, es «dar de comer» con él. Es evidente que este milagro no va destinado sólo a saciar el hambre de un día, sino que es un signo de lo que Cristo está dispuesto a hacer para la salvación de toda la humanidad ofreciendo su carne y su sangre (cf. Jn 6,48-58). Y, sin embargo, hay que pasar siempre a través de esos dos pequeños gestos: ofrecer los pocos panes y peces que tenemos; recibir de manos de Jesús el pan partido y distribuirlo a todos.

Partir: esta es la otra palabra que explica el significado del «haced esto en memoria mía». Jesús se ha dejado «partir», se parte por nosotros. Y pide que nos demos, que nos dejemos partir por los demás. Precisamente este «partir el pan» se ha convertido en el icono, en el signo de identidad de Cristo y de los cristianos. Recordemos Emaús: lo reconocieron «al partir el pan» (Lc 24,35). Recordemos la primera comunidad de Jerusalén: «Perseveraban [...] en la fracción del pan» (Hch 2,42). Se trata de la Eucaristía, que desde el comienzo ha sido el centro y la forma de la vida de la Iglesia. Pero recordemos también a todos los santos y santas –famosos o anónimos–, que se han dejado «partir» a sí mismos, sus propias vidas, para «alimentar a los hermanos». Cuántas madres, cuántos papás, junto con el pan de cada día, cortado en la mesa de casa, se parten el pecho para criar a sus hijos, y criarlos bien. Cuántos cristianos, en cuanto ciudadanos responsables, se han desvivido para defender la dignidad de todos, especialmente de los más pobres, marginados y discriminados. ¿Dónde encuentran la fuerza para hacer todo esto? Precisamente en la Eucaristía: en el poder del amor del Señor resucitado, que también hoy parte el pan para nosotros y repite: «Haced esto en memoria mía».

Que el gesto de la procesión eucarística, que dentro de poco vamos a hacer, responda también a este mandato de Jesús. Un gesto para hacer memoria de él; un gesto para dar de comer a la muchedumbre actual; un gesto para «partir» nuestra fe y nuestra vida como signo del amor de Cristo por esta ciudad y por el mundo entero.


(Homilía del Papa Francisco en la Solemnidad del Cuerpo y Sangre del Señor, 2016)

Catequesis del Papa Francisco el pasado miércoles 25 de mayo: “Todos sentimos momentos de cansancio y de desánimo, sobre todo cuando nuestra oración parece ineficaz”.


Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

La parábola evangélica que apenas hemos escuchado (Cfr. Lc 18, 1-8) contiene una enseñanza importante: «que es necesario orar siempre sin desanimarse» (v. 1). Por lo tanto, no se trata de orar algunas veces, cuando tengo ganas. No, Jesús dice que se necesita «orar siempre sin desanimarse». Y pone el ejemplo de la viuda y el juez.

El juez es un personaje poderoso, llamado a emitir sentencias basándose en la Ley de Moisés. Por esto la tradición bíblica exhortaba que los jueces sean personas timoratas de Dios, dignas de fe, imparciales e incorruptibles (Cfr. Ex 18,21). Nos hará bien escuchar esto también hoy, ¡eh! Al contrario, este juez «no temía a Dios ni le importaban los hombres» (V. 2). Era un juez perverso, sin escrúpulos, que no tenía en cuenta a la Ley pero hacia lo que quería, según sus intereses. A él se dirige una viuda para obtener justicia. Las viudas, junto a los huérfanos y a los extranjeros, eran las categorías más débiles de la sociedad. Sus derechos tutelados por la Ley podían ser pisoteados con facilidad porque, siendo personas solas e indefensas, difícilmente podían hacerse valer: una pobre viuda, ahí, sola, nadie la defiende, podían ignorarla, incluso no hacerle justicia; así también el huérfano, así el extranjero, el migrante. ¡Lo mismo! En aquel tiempo era muy fuerte esto. Ante la indiferencia del juez, la viuda recurre a su única arma: continuar insistentemente a fastidiarlo presentándole su pedido de justicia. Y justamente con esta perseverancia alcanza su objetivo. El juez, de hecho, en cierto momento la compensa, no porque es movido por la misericordia, ni porque la conciencia se lo impone; simplemente admite: «Pero como esta viuda me molesta, le haré justicia para que no venga continuamente a fastidiarme» (v. 5).

De esta parábola Jesús saca una doble conclusión: si la viuda ha logrado convencer al juez deshonesto con sus pedidos insistentes, cuanto más Dios, que es Padre bueno y justo, «hará justicia a sus elegidos, que claman a él día y noche»; y además no «les hará esperar por mucho tiempo», sino actuará «rápidamente» (vv. 7-8).

Por esto Jesús exhorta a orar “sin desfallecer”. Todos sentimos momentos de cansancio y de desánimo, sobre todo cuando nuestra oración parece ineficaz. Pero Jesús nos asegura: a diferencia del juez deshonesto, que Dios escucha rápidamente a sus hijos, aunque si esto no significa que lo haga en los tiempos y en los modos que nosotros quisiéramos. ¡La oración no es una barita mágica! ¡No es una varita mágica! Ésta nos ayuda a conservar la fe en Dios y a confiar en Él incluso cuando no comprendemos su voluntad. En esto, Jesús mismo – ¡que oraba tanto! – nos da el ejemplo. La Carta a los Hebreos recuerda que – así dice – «Él dirigió durante su vida terreno súplicas y plegarias, con fuertes gritos y lágrimas, a aquel que podía salvarlo de la muerte, y fue escuchado por su humilde sumisión» (5,7). A primera vista esta afirmación parece inverosímil, porque Jesús ha muerto en la cruz. No obstante la Carta a los Hebreos no se equivoca: Dios de verdad ha salvado a Jesús de la muerte dándole sobre ella la completa victoria, pero ¡el camino recorrido para obtenerla ha pasado a través de la misma muerte! La referencia a la súplica que Dios ha escuchado se refiere a la oración de Jesús en el Getsemaní. Invadido por la angustia oprimente, Jesús pide al Padre que lo libere del cáliz amargo de la pasión, pero su oración esta empapada de la confianza en el Padre y se encomienda sin reservas a su voluntad: «Pero – dice Jesús – no se haga mi voluntad, sino la tuya» (Mt 26,39). El objeto de la oración a un segundo plano; lo que importa antes de nada es la relación con el Padre. Es esto lo que hace la oración: transforma el deseo y lo modela según la voluntad de Dios, cualquiera que esa sea, porque quien ora aspira ante todo a la unión con Dios, que es Amor misericordioso.

La parábola termina con una pregunta: «Pero cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará fe sobre la tierra?» (v. 8). Y con esta pregunta estamos todos advertidos: no debemos desistir de la oración aunque no sea correspondida. ¡Es la oración que conserva la fe, sin ella la fe vacila! Pidamos al Señor una fe que se haga oración incesante, perseverante, como aquella de la viuda de la parábola, una fe que se nutre del deseo de su llegada. Y en la oración experimentamos la compasión de Dios, que como un Padre va al encuentro de sus hijos lleno de amor misericordioso. ¡Gracias!

Ayer se celebró la Festividad del Corpus Christi en Granada.






24 mayo 2016

Canción a María Auxiliadora.



"Yo tus auxilios vengo a pedir."

Hoy celebramos la festividad de María Auxiliadora.


En el siglo XVI, el Papa San Pío V, gran devoto de la Madre de Dios, después de la victoria del ejército cristiano sobre los musulmanes en la batalla de Lepanto, mandó que se invocara a María Auxilio de los cristianos en las letanías.
En la época de Napoleón, el Papa Pío VII estaba apresado por este emperador y el Pontífice prometió que si salía libre, decretaría una nueva fiesta mariana en la Iglesia. Napoleón cae, el Santo Padre retorna triunfante a su sede pontificia el 24 de mayo de 1814 y decreta que todos los 24 de ese mes se celebraría en Roma la Fiesta de María Auxiliadora.

Al año siguiente nació San Juan Bosco, a quien la Virgen se le apareció en sueños para que le construyera un templo con el título de Auxiliadora. Es así que el Santo inició dos monumentos: el físico que es la Basílica de María Auxiliadora de Turín y el “vivo” conformado por las Hijas de María Auxiliadora.
San Juan Bosco aseguraba a sus jóvenes que él y muchos fieles obtenían grandes favores del cielo con la novena a María Auxiliadora y la jaculatoria dada por San Juan Damasceno.
“Confiad siempre en Jesús Sacramentado y María Auxiliadora y veréis lo que son milagros”, afirmaba San Juan Bosco.

La santidad no se compra, no se gana con las propias fuerzas, sino que es “simplemente de todos los cristianos” y aquella “que debemos hacer todos los días.


Hay 4 elementos imprescindibles que lo sostienen: el coraje, la esperanza, la gracia y la conversión.
“Pequeño tratado sobre la santidad”, que es “caminar en la presencia de Dios de modo irreprochable”.

Coraje:

“Este caminar, la santidad es un camino, la santidad no se puede comprar, no se vende. Tampoco se regala. La santidad es un camino en la presencia de Dios que debo hacer yo: no puede hacerlo otro en mi nombre".
“Puedo orar para que el otro sea santo, pero el camino debe hacerlo él, no yo. Caminar en la presencia de Dios, de modo irreprochable. Y yo usaré hoy algunas palabras que nos enseñan como es la santidad de cada día, esa santidad –digamos- también anónima. Primero: coraje, el camino hacia la santidad requiere valentía”.

Esperanza:

“El Reino de los Cielos de Jesús” es para aquellos “que tienen el coraje de ir adelante” y a su vez es movido por la “esperanza”.

Gracia

“La santidad no podemos hacerla nosotros solos. No, es una gracia. Ser bueno, ser santo, dar todos los días un paso adelante en la vida cristiana es una gracia de Dios y tenemos que pedirla”.
“La valentía es un camino. Un camino que se debe hacer con coraje, con la esperanza y con la esperanza y con la disponibilidad de recibir esta gracia. Y la esperanza: la esperanza del Camino”.

Conversión:

Hay que cambiar el corazón: “la conversión, es de todos los días: ‘Ah, Padre, para convertirme debo hacer penitencia, darme golpes…’. ‘No, no, no: conversiones pequeñas. Pero si tú eres capaz de no hablar a espaldas del otro, es un buen camino para ser santo’”.
“¡Es así de simple!”, dijo para concluir. “Yo se que vosotros nunca habláis mal a espaldas de los otros, ¿verdad? Pequeñas cosas… Tengo ganas de criticar al vecino, al compañero de trabajo: morderse la lengua un poco. Se hará un poco grande la lengua, pero vuestro espíritu será más santo en este camino”.

Por tanto, “el camino de la santidad es sencillo. No volver atrás, sino ir siempre adelante. Y con fortaleza”.

(Homilía del Papa Francisco en Santa Marta el martes 24 de mayo)

No se puede ser cristianos sin alegría...


“Un cristiano es un hombre y una mujer de alegría, un hombre y una mujer con alegría en el corazón. No hay cristiano sin alegría”, y quienes actúen de manera contraria “¡no son cristianos! ¡Dicen que lo son, pero no lo son! Les falta algo.” Que la “carta de identidad cristiana es la alegría, la alegría del Evangelio”, “la alegría de la esperanza que Jesús nos está esperando”, esa alegría que incluso en momentos de sufrimiento se expresa de una manera distinta, “es la paz en la certeza de que Jesús está con nosotros”.

Nuestra alegría crece cuando ponemos nuestra confianza en Dios, en Dios que no olvida su alianza, que los recuerda, los ama, los acompaña, los está esperando. "Esta es la alegría".

El Evangelio de hoy que nos relata el encuentro de Jesús con el joven rico, que "no fue capaz de abrir el corazón a la alegría", eligiendo así la tristeza. "Él frunció el ceño y se fue triste".

Cuántas veces hemos encontrado personas así en nuestras parroquias, comunidades, instituciones, personas que dicen ser cristianos pero son tristes. A estas personas hay que ayudarlas a encontrar a Jesús, para así quitar la tristeza y que puedan tener la alegría que es propia del Evangelio.

“El estupor bueno ante la revelación, ante el amor de Dios, ante las emociones del Espíritu Santo”. El cristiano “es un hombre, una mujer de estupor”, explicando que cuando Jesús dijo que el joven rico se fue entristecido por estar apegado a las riquezas, los apóstoles se preguntaron, quién podría salvarse a lo que “el Señor responde: ¡Imposible para los hombres, pero no para Dios!”.

“El estupor de la alegría” es solo posible lograrla “con la fuerza de Dios, con la fuerza del Espíritu Santo”. “Pidamos hoy al Señor que nos dé el estupor ante Él”, “que con este estupor de la alegría” podamos “vivir con paz en el corazón”. “que nos proteja de buscar la felicidad en tantas cosas que al final nos entristecen: prometen tanto, ¡pero no nos darán nada! Acuérdense bien: un cristiano es un hombre y una mujer de alegría, de alegría en el Señor; un hombre y una mujer de estupor”.

(Papa Francisco en la homilía de Santa Marta el pasado lunes 23 de mayo)

Ángelus del Papa Francisco el domingo pasado en la Solemnidad de la Santísima Trinidad.


Queridos hermanos y hermanas, buenos días!

Hoy en día, la Santísima Trinidad, el Evangelio de San Juan nos presenta un trozo largo discurso de despedida, pronunciado por Jesús poco antes de su pasión. En este discurso explicó a sus discípulos las verdades más profundas que le conciernen; y por lo que se describe la relación entre Jesús, el Padre y el Espíritu. Jesús sabe cómo estar cerca de la realización del plan del Padre, que se cumplirá con su muerte y resurrección; Para esto él quiere asegurarse de que la suya no los abandonará, porque su misión se prolongará por el Espíritu Santo. Habrá Espíritu de extender la misión de Jesús, es decir, para dirigir la Iglesia hacia adelante.

Jesús revela de qué manera esta misión. En primer lugar, el Espíritu nos guía para entender las muchas cosas que el mismo Jesús aún no se ha dicho (cf. Jn 16:12). No se trata de doctrinas nuevas o especiales, sino una comprensión completa de todo lo que el Hijo ha oído del Padre y que ha dado a conocer a los discípulos (cf. v. 15). El Espíritu nos guía a las nuevas situaciones de la vida con la vista puesta en Jesús y, al mismo tiempo, abierto a eventos y para el futuro. Él nos ayuda a caminar en la historia firmemente enraizada en el Evangelio y con fidelidad dinámica a nuestras tradiciones y costumbres.

Pero el misterio de la Trinidad también habla de nosotros, de nuestra relación con el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. De hecho, por el bautismo, el Espíritu Santo nos ha puesto en el corazón y la vida de Dios, que es comunión de amor. Dios es una "familia" de tres personas que se aman tanto como para formar una sola cosa. Esta "familia divina" no está cerrada en sí misma, sino que está abierta, se comunica a sí mismo en la creación y de la historia y ha entrado en el mundo de los hombres para llamar a todos a unirse. El horizonte trinitario de la comunión nos abraza a todos, y nos anima a vivir en el amor y el compartir fraterno, aseguró que donde hay amor, allí está Dios.

Nuestro ser creado a imagen y semejanza de Dios-comunión nos llama a entendernos como seres-en-relación y vivir las relaciones interpersonales en la solidaridad y el amor por el otro. Estos informes se reproducen, en primer lugar, como parte de nuestras comunidades eclesiales, porque se está convirtiendo cada vez más clara la imagen de la Iglesia del icono de la Trinidad. Pero juegan en cualquier otra relación social, de la familia de las amistades del entorno de trabajo: son oportunidades concretas que se ofrecen para construir más y más humanamente relaciones ricas, capaces de respeto mutuo y el amor desinteresado.

La fiesta de la Santísima Trinidad nos invita a participar en los eventos diarios para ser fermento de comunión, de consuelo y de misericordia. En esta misión, nos sostiene, por el poder que el Espíritu Santo nos da: que se encarga de la carne herida de la humanidad de la injusticia, la opresión, el odio y la codicia. La Virgen María, en su humildad, aceptó la voluntad del Padre y el Hijo concebido por el Espíritu Santo. Que ella, la Trinidad del espejo, para fortalecer nuestra fe en el misterio trinitario y encarnarlo con opciones y actitudes de amor y unidad.

Después del Ángelus

Queridos hermanos y hermanas!

Ayer, en Cosenza, fue beatificada Francesco Maria griego, sacerdote diocesano, fundador de las Hermanas Pequeñas Trabajadores de los Sagrados Corazones. Entre el siglo XIX y XX fue el animador de la vida religiosa y social de su ciudad, Acre, donde practicó toda su ministerio fructífero. Damos gracias a Dios por este sacerdote ejemplar. Este aplauso es para muchos buenos sacerdotes que están aquí en Italia!

Mañana comenzará en Estambul, Turquía, la Cumbre Mundial Humanitario En primer lugar, con el objetivo de reflexionar sobre las medidas que deben tomarse para satisfacer las situaciones humanitarias dramáticas causadas por los conflictos, los problemas ambientales y la pobreza extrema. Acompañamos con la oración los participantes en dicha reunión debido a que se comprometan plenamente con el principal objetivo humanitario: para salvar la vida de todo ser humano, sin excepción, en especial a los inocentes y los indefensos. La Santa Sede participará en esta cumbre humanitaria, y por eso que hoy va a viajar para representar a la Santa Sede la secretaria de Estado, el cardenal Pietro Parolin.

Cerrado martes, 24 de mayo vamos a unirse espiritualmente a los fieles católicos en China, que en ese día celebran con especial devoción la memoria de la Bienaventurada "Auxiliadora" Virgen María, venerada en el Santuario de Sheshan en Shanghai. Pidamos a María para dar a sus hijos en China la capacidad de discernir en todo momento los signos de la presencia amorosa de Dios, que siempre da la bienvenida siempre perdona. En este Año de la Merced pueden los católicos chinos, además de aquellos que siguen otras tradiciones religiosas nobles, convirtiéndose en un signo concreto de amor y reconciliación. De esta manera, promoverán una auténtica cultura del encuentro y la armonía de toda la sociedad, la armonía que tanto ama el espíritu chino.

Saludo a todos ustedes, romanos y peregrinos! En particular, me complace dar la bienvenida a los fieles de la metropolitano ortodoxo de Berat, Albania, y les agradezco por su testimonio ecuménico.

Saludo a los niños de la Escuela de las Hermanas Salesianas de Cracovia; estudiantes de Pamplona; los fieles de Madrid, Bilbao y Gran Canaria en España, Meudon y Estrasburgo en Francia, Laeken en Bélgica; y el grupo de trabajadores de la salud en Eslovenia.

Saludo a la comunidad católica china en Roma, las Hermandades de Cagliari y Molfetta, los jóvenes de la diócesis de Cefalu, los ministros de Vall'Alta, diocesano de Acción Católica de Mileto-Nicotera-Tropea, y coros de Desenzano sul Garda, Ca 'David y Lungavilla.

Les deseo a todos un buen domingo. Por favor, no se olvide de rezar por mí. Buena comida y adiós!
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22 mayo 2016

Prefacio de la Santísima Trinidad.


En verdad es justo y necesario, es nuestro deber y salvación darte gracias siempre y en todo lugar, Señor, Padre santo, Dios todopoderoso y eterno. Que con tu único Hijo y el Espíritu Santo eres un solo Dios, un solo Señor, no una sola Persona, sino tres Personas en una sola naturaleza.
Y lo creemos de tu gloria, porque Tú lo revelaste, lo afirmamos también de tu Hijo, y también del Espíritu Santo, sin diferencia ni distinción.
De modo que, al proclamar nuestra fe en la verdadera y eterna Divinidad, adoramos tres Personas distintas, de única naturaleza e iguales en su dignidad.
A quién alaban los ángeles y los arcángeles y todos los coros celestiales, que no cesan de aclamarte con una sola voz.

Evangelio. Solemnidad de la Santísima Trinidad.


Según San Juan 16, 12 - 15.

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «Mucho tengo todavía que deciros, pero ahora no podéis con ello. Cuando venga Él, el Espíritu de la verdad, os guiará hasta la verdad completa; pues no hablará por su cuenta, sino que hablará lo que oiga, y os anunciará lo que ha de venir. Él me dará gloria, porque recibirá de lo mío y os lo anunciará a vosotros. Todo lo que tiene el Padre es mío. Por eso he dicho: Recibirá de lo mío y os lo anunciará a vosotros.



Reflexión.

Hoy celebramos la solemnidad del misterio que está en el centro de nuestra fe, del cual todo procede y al cual todo vuelve. El misterio de la unidad de Dios y, a la vez, de su subsistencia en tres Personas iguales y distintas. Padre, Hijo y Espíritu Santo.
Seamos conscientes de que este misterio está presente en nuestras vidas: desde el Bautismo que recibimos en nombre de la Santísima Trinidad.

Himno a la Santísima Trinidad.


¡Dios mío, Trinidad a quien adoro!,
La Iglesia nos sumerge en tu misterio;
te confesamos y te bendecimos,
Señor Dios nuestro.

Como un río en el mar de tu grandeza,
el tiempo desemboca en hoy eterno,
lo pequeño se anega en lo infinito,
Señor, Dios nuestro.

Oh, Palabra del Padre, te escuchamos;
oh, Padre, mira el rostro de tu Verbo;
oh, Espíritu de amor, ven a nosotros;
Señor, Dios nuestro.

¡Dios mío, Trinidad a quien adoro!,
haced de nuestros almas vuestro cielo,
llevadnos al hogar donde tú habitas,
Señor, Dios nuestro.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu:
Fuente de gozo pleno y verdadero,
al Creador del cielo y de la tierra,
Señor, Dios nuestro.

Amén.

Reflexión en la solemnidad de la Santísima Trinidad.

Con la fiesta del envío del Espíritu Santo el domingo pasado culminaba el tiempo Pascual. Ya tenemos la fuerza que Dios nos ha regala gratuitamente para poder dar testimonio con nuestra vida. Dios no es distante, no se desentiende. Dios es comunidad de amor.

Para entender esto, basta con mirar la imagen de la Santísima Trinidad. Como dice el Papa Francisco, “No es el producto de razonamientos humanos, es el rostro con el que Dios se ha revelado a sí mismo, no desde lo alto de un trono, sino caminando con la humanidad.”
Una persona que ama a los demás por la alegría misma de amar es reflejo de la Santísima Trinidad. El amor verdadero es ilimitado, pero sabe limitarse para salir al encuentro del otro, para ser libre y respetar la libertad del otro.
Acojamos esta solemnidad con gratitud y confianza.

En la lectura de los Proverbios, narra como Dios creó el mundo y como es el. Israel entiende a Dios como Sabiduría, y convierte la sabiduría de Dios en una “persona” que está con Él desde el principio de los tiempos. De este modo, la sabiduría es parte de la naturaleza misma de Dios. La sabiduría no se origina en nosotros, sino, más bien, se nos revela; caminar en nuestra propia luz, es caminar en oscuridad. Al seguir a Jesús y entrar en su camino, seremos alumbrados con la luz y la sabiduría verdadera.

En la lectura de la carta a los Romanos, nos deja claro, que el amor de Dios está en nuestros corazones, por la gracia obtenida por el Espíritu Santo en Pentecostés. Es una lectura muy Trinitaria, ya que expresa el amor de Dios, por medio de nuestro Señor Jesucristo, que nos ha sido regalado por el Espíritu Santo. Hemos sido salvados por la redención que tenemos en Cristo. Esta redención fue comprada con gran precio en la cruz. Nos libra de la culpa del pecado. La cuestión del pecado ya ha sido arreglada. El amor del Padre, es un torrente irresistible, que se desborda y se derrama por nosotros danos vida, y vida en abundancia.

En el Evangelio de Juan, nos recuerda la venida del Espíritu Santo como continuador de la obra maravillosa de Jesús. Jesús nos muestra quién es el Padre, y quién es el Espíritu. Aprendamos a ver todo desde Dios, con los ojos de Dios. Es cuestión de ser dóciles al Espíritu Santo, al Espíritu de la verdad. Él nos llevará hasta la verdad plena y nos ayudará a ver los signos de los tiempos, a comprender los acontecimientos de nuestra vida… No nos dejemos llevar por la pereza o el miedo. Tenemos a Cristo, y nos ha hecho Hijos de Dios y nos ha regalado la fuerza del Espíritu, seamos conscientes del tesoro que tenemos en nuestras manos. Seamos agradecidos por el Don gratuito.

El Misterio de la Trinidad es el misterio central de la vida Cristiana. Nos muestra a un Dios que es familia, que somos sus hijos. Un Dios amor que nos hace partícipe de las tres divinas personas. Que Dios es comunión; Él nos reúne en torno a la Mesa, se nos hace único alimento que nos da la verdadera Vida. Un alimento Trinitarios donde brota el amor y se nos revela en el amor. Un amor que se convierte en servicio con y para los demás. Jesús, es el mejor comunicador de la Trinidad.
Que María, madre de la Trinidad, nos ayude a ser partícipe de esa comunión, que es reflejo auténtico de AMOR.
Acojamos con gozo un recuerdo este domingo por tantos religiosos y religiosas que son contemplativos. Para que la Santísima Trinidad les vaya iluminando en la oración, fortaleciendo en su misión, y siendo comunión con nosotros a través de la oración constante.

¡Bendita sea, ahora y por siempre, y por todos los siglos, la Santa y Única Trinidad, que ha creado y gobierna todas las cosas!
Que así sea.


Más en:
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20 mayo 2016

El dogma de la Santísima Trinidad.


La Trinidad es una. No confesamos tres dioses sino un solo Dios en tres personas: "la Trinidad consubstancial" (Concilio de Constantinopla II, año 553: DS 421). Las personas divinas no se reparten la única divinidad, sino que cada una de ellas es enteramente Dios: "El Padre es lo mismo que es el Hijo, el Hijo lo mismo que es el Padre, el Padre y el Hijo lo mismo que el Espíritu Santo, es decir, un solo Dios por naturaleza" (Concilio de Toledo XI, año 675: DS 530). "Cada una de las tres personas es esta realidad, es decir, la substancia, la esencia o la naturaleza divina" (Concilio de Letrán IV, año 1215: DS 804).

254 Las Personas divinas son realmente distintas entre sí. "Dios es único pero no solitario" (Fides Damasi: DS 71). "Padre", "Hijo", Espíritu Santo" no son simplemente nombres que designan modalidades del ser divino, pues son realmente distintos entre sí: "El que es el Hijo no es el Padre, y el que es el Padre no es el Hijo, ni el Espíritu Santo el que es el Padre o el Hijo" (Concilio de Toledo XI, año 675: DS 530). Son distintos entre sí por sus relaciones de origen: "El Padre es quien engendra, el Hijo quien es engendrado, y el Espíritu Santo es quien procede" (Concilio de Letrán IV, año 1215: DS 804). La Unidad divina es Trina.

255 Las Personas divinas son relativas unas a otras. La distinción real de las Personas entre sí, porque no divide la unidad divina, reside únicamente en las relaciones que las refieren unas a otras: "En los nombres relativos de las personas, el Padre es referido al Hijo, el Hijo lo es al Padre, el Espíritu Santo lo es a los dos; sin embargo, cuando se habla de estas tres Personas considerando las relaciones se cree en una sola naturaleza o substancia" (Concilio de Toledo XI, año 675: DS 528). En efecto, "en Dios todo es uno, excepto lo que comporta relaciones opuestas" (Concilio de Florencia, año 1442: DS 1330). "A causa de esta unidad, el Padre está todo en el Hijo, todo en el Espíritu Santo; el Hijo está todo en el Padre, todo en el Espíritu Santo; el Espíritu Santo está todo en el Padre, todo en el Hijo" (Concilio de Florencia, año 1442: DS 1331).

256 A los catecúmenos de Constantinopla, san Gregorio Nacianceno, llamado también "el Teólogo", confía este resumen de la fe trinitaria:

«Ante todo, guardadme este buen depósito, por el cual vivo y combato, con el cual quiero morir, que me hace soportar todos los males y despreciar todos los placeres: quiero decir la profesión de fe en el Padre y el Hijo y el Espíritu Santo. Os la confío hoy. Por ella os introduciré dentro de poco en el agua y os sacaré de ella. Os la doy como compañera y patrona de toda vuestra vida. Os doy una sola Divinidad y Poder, que existe Una en los Tres, y contiene los Tres de una manera distinta. Divinidad sin distinción de substancia o de naturaleza, sin grado superior que eleve o grado inferior que abaje [...] Es la infinita connaturalidad de tres infinitos. Cada uno, considerado en sí mismo, es Dios todo entero[...] Dios los Tres considerados en conjunto [...] No he comenzado a pensar en la Unidad cuando ya la Trinidad me baña con su esplendor. No he comenzado a pensar en la Trinidad cuando ya la unidad me posee de nuevo...(Orationes,  40,41: PG 36,417).

IV Las obras divinas y las misiones trinitarias

257 O lux beata Trinitas et principalis Unitas! ("¡Oh Trinidad, luz bienaventurada y unidad esencial!") (LH, himno de vísperas "O lux beata Trinitas"). Dios es eterna beatitud, vida inmortal, luz sin ocaso. Dios es amor: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Dios quiere comunicar libremente la gloria de su vida bienaventurada. Tal es el "designio benevolente" (Ef 1,9) que concibió antes de la creación del mundo en su Hijo amado, "predestinándonos a la adopción filial en Él" (Ef 1,4-5), es decir, "a reproducir la imagen de su Hijo" (Rm 8,29) gracias al "Espíritu de adopción filial" (Rm 8,15). Este designio es una "gracia dada antes de todos los siglos" (2 Tm 1,9-10), nacido inmediatamente del amor trinitario. Se despliega en la obra de la creación, en toda la historia de la salvación después de la caída, en las misiones del Hijo y del Espíritu, cuya prolongación es la misión de la Iglesia (cf. AG 2-9).

258 Toda la economía divina es la obra común de las tres Personas divinas. Porque la Trinidad, del mismo modo que tiene una sola y misma naturaleza, así también tiene una sola y misma operación (cf. Concilio de Constantinopla II, año 553: DS 421). "El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo no son tres principios de las criaturas, sino un solo principio" (Concilio de Florencia, año 1442: DS 1331). Sin embargo, cada Persona divina realiza la obra común según su propiedad personal. Así la Iglesia confiesa, siguiendo al Nuevo Testamento (cf. 1 Co 8,6): "Uno es Dios [...] y Padre de quien proceden todas las cosas, Uno el Señor Jesucristo por el cual son todas las cosas, y Uno el Espíritu Santo en quien son todas las cosas (Concilio de Constantinopla II: DS 421). Son, sobre todo, las misiones divinas de la Encarnación del Hijo y del don del Espíritu Santo las que manifiestan las propiedades de las personas divinas.

259 Toda la economía divina, obra a la vez común y personal, da a conocer la propiedad de las Personas divinas y su naturaleza única. Así, toda la vida cristiana es comunión con cada una de las personas divinas, sin separarlas de ningún modo. El que da gloria al Padre lo hace por el Hijo en el Espíritu Santo; el que sigue a Cristo, lo hace porque el Padre lo atrae (cf. Jn 6,44) y el Espíritu lo mueve (cf. Rm 8,14).

260 El fin último de toda la economía divina es la entrada de las criaturas en la unidad perfecta de la Bienaventurada Trinidad (cf. Jn 17,21-23). Pero desde ahora somos llamados a ser habitados por la Santísima Trinidad: "Si alguno me ama —dice el Señor— guardará mi Palabra, y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada en él" (Jn 14,23).

«Dios mío, Trinidad que adoro, ayúdame a olvidarme enteramente de mí mismo para establecerme en ti, inmóvil y apacible como si mi alma estuviera ya en la eternidad; que nada pueda turbar mi paz, ni hacerme salir de ti, mi inmutable, sino que cada minuto me lleve más lejos en la profundidad de tu Misterio. Pacifica mi alma. Haz de ella tu cielo, tu morada amada y el lugar de tu reposo. Que yo no te deje jamás solo en ella, sino que yo esté allí enteramente, totalmente despierta en mi fe, en adoración, entregada sin reservas a tu acción creadora» (Beata Isabel de la Trinidad, Oración)

Resumen

261 El misterio de la Santísima Trinidad es el misterio central de la fe y de la vida cristiana. Sólo Dios puede dárnoslo a conocer revelándose como Padre, Hijo y Espíritu Santo.

262 La Encarnación del Hijo de Dios revela que Dios es el Padre eterno, y que el Hijo es "de la misma naturaleza que el Padre", es decir, que es en Él y con Él el mismo y único Dios.

263 La misión del Espíritu Santo, enviado por el Padre en nombre del Hijo (cf. Jn 14,26) y por el Hijo "de junto al Padre" (Jn 15,26), revela que él es con ellos el mismo Dios único. "Con el Padre y el Hijo recibe una misma adoración y gloria".

264 "El Espíritu Santo procede principalmente del Padre, y por concesión del Padre, sin intervalo de tiempo procede de los dos como de un principio común" (S. Agustín, De Trinitate, 15,26,47).

265 Por la gracia del bautismo "en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo" (Mt 28, 19) somos llamados a participar en la vida de la Bienaventurada Trinidad, aquí abajo en la oscuridad de la fe y, después de la muerte, en la luz eterna (cf. Pablo VI, Credo del Pueblo de Dios 9).

266 "La fe católica es ésta: que veneremos un Dios en la Trinidad y la Trinidad en la unidad, no confundiendo las Personas, ni separando las substancias; una es la persona del Padre, otra la del Hijo, otra la del Espíritu Santo; pero del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo una es la divinidad, igual la gloria, coeterna la majestad" (Símbolo "Quicumque": DS, 75).

267 Las Personas divinas, inseparables en su ser, son también inseparables en su obrar. Pero en la única operación divina cada una manifiesta lo que le es propio en la Trinidad, sobre todo en las misiones divinas de la Encarnación del Hijo y del don del Espíritu Santo.

Somos creados a imagen de la Santísima Trinidad.

Hoy contemplamos la Santísima Trinidad tal como nos la dio a conocer Jesús. Él nos reveló que Dios es amor "no en la unidad de una sola persona, sino en la trinidad de una sola sustancia" (Prefacio): es Creador y Padre misericordioso; es Hijo unigénito, eterna Sabiduría encarnada, muerto y resucitado por nosotros; y, por último, es Espíritu Santo, que lo mueve todo, el cosmos y la historia, hacia la plena recapitulación final. Tres Personas que son un solo Dios, porque el Padre es amor, el Hijo es amor y el Espíritu es amor. Dios es todo amor y sólo amor, amor purísimo, infinito y eterno. No vive en una espléndida soledad, sino que más bien es fuente inagotable de vida que se entrega y comunica incesantemente.

Lo podemos intuir, en cierto modo, observando tanto el macro-universo —nuestra tierra, los planetas, las estrellas, las galaxias— como el micro-universo —las células, los átomos, las partículas elementales—. En todo lo que existe está grabado, en cierto sentido, el "nombre" de la Santísima Trinidad, porque todo el ser, hasta sus últimas partículas, es ser en relación, y así se trasluce el Dios-relación, se trasluce en última instancia el Amor creador. Todo proviene del amor, tiende al amor y se mueve impulsado por el amor, naturalmente con grados diversos de conciencia y libertad.

"¡Señor, Dios nuestro, qué admirable es tu nombre en toda la tierra!" (Sal 8, 2), exclama el salmista. Hablando del "nombre", la Biblia indica a Dios mismo, su identidad más verdadera, identidad que resplandece en toda la creación, donde cada ser, por el mismo hecho de existir y por el "tejido" del que está hecho, hace referencia a un Principio trascendente, a la Vida eterna e infinita que se entrega; en una palabra, al Amor. "En él —dijo san Pablo en el Areópago de Atenas— vivimos, nos movemos y existimos" (Hch 17, 28). La prueba más fuerte de que hemos sido creados a imagen de la Trinidad es esta: sólo el amor nos hace felices, porque vivimos en relación, y vivimos para amar y ser amados. Utilizando una analogía sugerida por la biología, diríamos que el ser humano lleva en su "genoma" la huella profunda de la Trinidad, de Dios-Amor.

La Virgen María, con su dócil humildad, se convirtió en esclava del Amor divino: aceptó la voluntad del Padre y concibió al Hijo por obra del Espíritu Santo. En ella el Omnipotente se construyó un templo digno de él, e hizo de ella el modelo y la imagen de la Iglesia, misterio y casa de comunión para todos los hombres. Que María, espejo de la Santísima Trinidad, nos ayude a crecer en la fe en el misterio trinitario.

(Papa Benedicto XVI)

La Santísima Trinidad como contemplación y adoración.

La santísima Trinidad, que presenta a nuestra contemplación y adoración la vida divina del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo: una vida de comunión y de amor perfecto, origen y meta de todo el universo y de cada criatura, Dios. En la Trinidad reconocemos también el modelo de la Iglesia, en la que estamos llamados a amarnos como Jesús nos amó. Es el amor el signo concreto que manifiesta la fe en Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo. Es el amor el distintivo del cristiano, como nos dijo Jesús: «En esto conocerán todos que sois discípulos míos: si os amáis unos a otros» (Jn 13, 35). Es una contradicción pensar en cristianos que se odian. Es una contradicción. Y el diablo busca siempre esto: hacernos odiar, porque él siembra siempre la cizaña del odio; él no conoce el amor, el amor es de Dios.

Todos estamos llamados a testimoniar y anunciar el mensaje de que «Dios es amor», de que Dios no está lejos o es insensible a nuestras vicisitudes humanas. Está cerca, está siempre a nuestro lado, camina con nosotros para compartir nuestras alegrías y nuestros dolores, nuestras esperanzas y nuestras fatigas. Nos ama tanto y hasta tal punto, que se hizo hombre, vino al mundo no para juzgarlo, sino para que el mundo se salve por medio de Jesús (cf. Jn 3, 16-17). Y este es el amor de Dios en Jesús, este amor que es tan difícil de comprender, pero que sentimos cuando nos acercamos a Jesús. Y Él nos perdona siempre, nos espera siempre, nos quiere mucho. Y el amor de Jesús que sentimos, es el amor de Dios.

El Espíritu Santo, don de Jesús resucitado, nos comunica la vida divina, y así nos hace entrar en el dinamismo de la Trinidad, que es un dinamismo de amor, de comunión, de servicio recíproco, de participación. Una persona que ama a los demás por la alegría misma de amar es reflejo de la Trinidad. Una familia en la que se aman y se ayudan unos a otros, es un reflejo de la Trinidad. Una parroquia en la que se quieren y comparten los bienes espirituales y materiales, es un reflejo de la Trinidad.
El amor verdadero es ilimitado, pero sabe limitarse para salir al encuentro del otro, para respetar la libertad del otro. Todos los domingos vamos a misa, juntos celebramos la Eucaristía, y la Eucaristía es como la «zarza ardiendo», en la que humildemente habita y se comunica la Trinidad; por eso la Iglesia ha puesto la fiesta del Corpus Christi después de la de la Trinidad.
Que la Virgen María, criatura perfecta de la Trinidad, nos ayude a hacer de toda nuestra vida, en los pequeños gestos y en las elecciones más importantes, un himno de alabanza a Dios, que es amor.

(Papa Francisco, Año 2014)

La Santísima Trinidad, un gran misterio.

Este misterio, el más grande de todos los misterios, pues de todos es principio y fin, se llama por los doctores sagrados sustancia del Nuevo Testamento; para conocerlo y contemplarlo han sido , creados en el cielo los ángeles y en la tierra los hombres; para enseñar con más claridad lo prefigurado en el Antiguo Testamento, Dios mismo descendió de los ángeles a los hombres: «Nadie vio jamás a Dios; el Hijo unigénito que está en el seno del Padre, El nos lo ha revelado» (Jn 1,18).

Así pues, quien escriba o hable sobre la Trinidad siempre deberá tener ante la vista lo que prudentemente amonesta el Angélico: «Cuando se habla de la Trinidad, conviene hacerlo con prudencia y humildad, pues —como dice Agustín— en ninguna otra materia intelectual es mayor o el trabajo o el peligro de equivocarse o el fruto una vez logrado»[3]. Peligro que procede de confundir entre sí, en la fe o en la piedad, a las divinas personas o de multiplicar su única naturaleza; pues la fe católica nos enseña a venerar un solo Dios en la Trinidad y la Trinidad en un solo Dios.

4. Por ello, nuestro predecesor Inocencio XII no accedió a la petición de quienes solicitaban una fiesta especial en honor del Padre. Si hay ciertos días festivos para celebrar cada uno de los misterios del Verbo Encarnado, no hay una fiesta propia para celebrar al Verbo tan sólo según su divina naturaleza; y aun la misma solemnidad de Pentecostés, ya tan antigua, no se refiere simplemente al Espíritu Santo por sí, sino que recuerda su venida o externa misión. Todo ello fue prudentemente establecido para evitar que nadie multiplicara la divina esencia, al distinguir las Personas. Más aún: la Iglesia, a fin de mantener en sus hijos la pureza de la fe, quiso instituir la fiesta de la Santísima Trinidad, que luego Juan XXII mandó celebrar en todas partes; permitió que se dedicasen a este misterio templos y altares y, después de celestial visión, aprobó una Orden religiosa para la redención de cautivos, en honor de la Santísima Trinidad, cuyo nombre la distinguía.

Conviene añadir que el culto tributado a los Santos y Ángeles, a la Virgen Madre de Dios y a Cristo, redunda todo y se termina en la Trinidad. En las preces consagradas a una de las tres divinas personas, también se hace mención de las otras; en las letanías, luego de invocar a cada una de las Personas separadamente, se termina por su invocación común; todos los salmos e himnos tienen la misma doxología al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo; las bendiciones, los ritos, los sacramentos, o se hacen en nombre de la santa Trinidad, o les acompaña su intercesión. Todo lo cual ya lo había anunciado el Apóstol con aquella frase: «Porque de Dios, por Dios y en Dios son todas las cosas, a Dios sea la gloria eternamente» (Rm 11, 36); significando así la trinidad de las Personas y la unidad de naturaleza, pues por ser ésta una e idéntica en cada una de las Personas, procede que a cada una se tribute, como a uno y mismo Dios, igual gloria y coeterna majestad. Comentando aquellas palabras, dice San Agustín: «No se interprete confusamente lo que el Apóstol distingue, cuando dice "de Dios, por Dios, en Dios"; pues dice "de Dios", por el Padre; "por Dios", a causa del Hijo; "en Dios", por relación al Espíritu Santo»[4].

Apropiaciones

5. Con gran propiedad, la Iglesia acostumbra atribuir al Padre las obras del poder; al Hijo, las de la sabiduría; al Espíritu Santo, las del amor. No porque todas las perfecciones y todas las obras ad extra no sean comunes a las tres divinas Personas, pues «indivisibles son las obras de la Trinidad, como indivisa es su esencia»[5], porque así como las tres Personas divinas son inseparables, así obran inseparablemente[6]; sino que por una cierta relación y como afinidad que existe entre las obras externas y el carácter «propio» de cada Persona, se atribuyen a una más bien que a las otras, o —como dicen— «se apropian». Así como de la semejanza del vestigio o imagen hallada en las criaturas nos servimos para manifestar las divinas Personas, así hacemos también con los atributos divinos; y la manifestación deducida de los atributos divinos se dice «apropiación»[7].

De esta manera, el Padre, que es principio de toda la Trinidad[8], es la causa eficiente de todas las cosas, de la Encarnación del Verbo y de la santificación de las almas: «de Dios son todas las cosas»; «de Dios», por relación al Padre; el Hijo, Verbo e Imagen de Dios, es la causa ejemplar por la que todas las cosas tienen forma y belleza, orden y armonía, él, que es camino, verdad, vida, ha reconciliado al hombre con Dios; «por Dios», por relación al Hijo; finalmente, el Espíritu Santo es la causa última de todas las cosas, puesto que, así como la voluntad y aun toda cosa descansa en su fin, así El, que es la bondad y el amor del Padre y del Hijo, da impulso fuerte y suave y como la última mano al misterioso trabajo de nuestra eterna salvación: «en Dios», por relación al Espíritu Santo.

(Papa León XIII. DIVINUM ILLUD MUNUS)

La Santísima Trinidad no es un producto.

La Santísima Trinidad no es el producto de razonamientos humanos, es el rostro con el que Dios se ha revelado a sí mismo, no desde lo alto de un trono, sino caminando con la humanidad. Es Jesús quien nos ha revelado al Padre y quien nos ha prometido el Espíritu Santo. Dios ha caminado con su pueblo en la historia del pueblo de Israel y Jesús caminó siempre con nosotros y nos prometió el Espíritu Santo, que es fuego, que nos enseña todo lo que no sabemos, que nos guía en nuestro interior, que nos da buenas ideas y buenas inspiraciones.
Hoy alabamos a Dios, no por un misterio particular, sino por Sí mismo, "por su inmensa gloria", como dice el himno litúrgico. Lo alabamos y le damos las gracias porque Él es Amor, y porque nos llama a entrar en el abrazo de su comunión, que es la vida eterna.

(Papa Francisco)

Trisagio: Alabanza, Gloria y Acción de Gracias a la Santísima Trinidad.


P. Dios mío, ven en mi auxilio.
T. Señor, date prima en socorrerme.
T. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
T. Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.
Amén.

– Primera Parte.

P. Oramos y damos gracias a Dios Padre, que, en su sabiduría y bondad, ha credo el universo y, en el misterio de su amor, nos ha dado a su Hijo y el Espíritu Santo. A él, fuente de amor y misericordia.

P. Santo Dios, Santo Fuerte, Santo Inmortal,
T. Ten piedad de nosotros.

Oración:

Bendito seas tú, Señor, Padre amantísimo, porque en tu infinita sabiduría y bondad has creado el universo y con amor particular te has acercado al hombre, haciéndole partícipe de tu misma vida.
Gracias, Padre bueno, por habernos dado a Jesús, redentor, y el Espíritu consolador.
Concédenos el gozo de experimentar en el camino hacia ti, tu presencia y tu misericordia, para que toda nuestra existencia sea para ti, Padre de la vida, principio sin fin, suma bondad y eterna luz, un himno de gloria, alabanza, amor y gratitud.

V. Padre Nuestro…
R. Danos hoy… Amén.

V. A ti sea la alabanza, a ti la gloria, a ti la acción de gracias, por los siglos de los siglos, oh Beatísima Trinidad.
R. Santo, Santo, Santo es el Señor, Dios del universo, llenos está el cielo y la tierra de tu gloria.
(Las dos invocaciones precedentes se repiten nueves veces)

V. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
R. Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.
Amén.

– Segunda Parte.

P. Nos dirigimos al Hijo, que, para cumplir la voluntad del Padre y redimir al mundo, se hizo hermanos nuestro y, en el Don supremo de la Eucaristía, se ha quedado para siempre entre nosotros. A él, fuente de vida nueva y de paz, con el corazón lleno de esperanza le decimos.

P. Santo Dios, Santo Fuerte, Santo Inmortal,
T. Ten piedad de nosotros.

Oración:

Señor Jesús, Palabra eterna del Padre, danos un corazón puro para contemplar el misterio de tu Encarnación y el don de tu amor en la Eucaristía. Haz que, fieles a las promesas de nuestro Bautismo, vivamos con perseverante coherencia nuestra Fe; enciende en nosotros el fuego del amor, que nos hace una sola cosa contigo y con los hermano; envuélvenos en la luz de tu gracia; concédenos la abundancia de tu vida, inmolada por nosotros. A ti, Redentor nuestro, al Padre rico de bondad y de misericordia, y al Espíritu Santo, sello del infinito amor, todo honor y toda gloria por los siglos de los siglos.

V. Padre Nuestro…
R. Danos hoy… Amén.

V. A ti sea la alabanza, a ti la gloria, a ti la acción de gracias, por los siglos de los siglos, oh Beatísima Trinidad.
R. Santo, Santo, Santo es el Señor, Dios del universo, llenos está el cielo y la tierra de tu gloria.
(Las dos invocaciones precedentes se repiten nueves veces)

V. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
R. Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.
Amén.

Tercera Parte.

P. Nos dirigimos abandonamos al Espíritu Santo. Aliento divino que vivifica y renueva, fuente inagotable de comunión y de paz que inunda la Iglesia y vive cada corazón. A él, sello del infinito amor le decimos.

P. Santo Dios, Santo Fuerte, Santo Inmortal,
T. Ten piedad de nosotros.

Oración:

Espíritu de Amor, don del Padre y del Hijo, ven a nosotros y renueva nuestra vida.
Haznos dóciles a tu soplo divino, dispuestos a seguir tus indicaciones en las vías del Evangelio y del amor. Huésped dulcísimo de los corazones, revístenos del esplendor de tu luz, infunde en nosotros confianza y esperanza, transfórmanos en Jesús, para que, viviendo en él y con él, podamos ser siempre y en todas partes, fervorosos testigos de la Santa Trinidad.

V. Padre Nuestro…
R. Danos hoy… Amén.

V. A ti sea la alabanza, a ti la gloria, a ti la acción de gracias, por los siglos de los siglos, oh Beatísima Trinidad.
R. Santo, Santo, Santo es el Señor, Dios del universo, llenos está el cielo y la tierra de tu gloria.
(Las dos invocaciones precedentes se repiten nueves veces)

V. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
R. Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.
Amén.

– Antífona:

Bendita sea, ahora y por siempre, y por todos los siglos, la Santa y Única Trinidad, que ha creado y gobierna todas las cosas.

V. Bendigamos al Padre y al Hijo con el Espíritu Santo.
R. Ensalcémoslo por los siglos.

– Oremos:
Dios, Padre Todopoderoso, que has enviado al mundo la palabra de la verdad y el Espíritu de santificación para revelar a los hombres tu admirable misterio, concédenos profesar la fe verdadera, conocer la gloria de la eterna Trinidad, y adorar su Unidad todopoderosa.
Por Jesucristo, nuestro Señor.
Amén.

Conclusión:

En ti creo. En Ti espero. Te amo, te adoro, oh Beatísima Trinidad.


Más en:
http://www.revistaecclesia.com/trisagio-alabanza-gloria-y-accion-de-gracias-a-la-santisima-trinidad/

18 mayo 2016

Ves a la Santísima Trinidad si ves el amor.

En la Eucaristía se revela el designio de amor que guía toda la historia de la salvación (cf. Ef 1,10; 3,8-11). En ella, el Deus Trinitas, que en sí mismo es amor (cf. 1 Jn 4,7-8), se une plenamente a nuestra condición humana. En el pan y en el vino, bajo cuya apariencia Cristo se nos entrega en la cena pascual (cf. Lc 22,14-20; 1 Co 11,23-26), nos llega toda la vida divina y se comparte con nosotros en la forma del Sacramento. Dios es comunión perfecta de amor entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Ya en la creación, el hombre fue llamado a compartir en cierta medida el aliento vital de Dios (cf. Gn 2,7). Pero es en Cristo muerto y resucitado, y en la efusión del Espíritu Santo que se nos da sin medida (cf. Jn 3,34), donde nos convertimos en verdaderos partícipes de la intimidad divina.[16] Jesucristo, pues, « que, en virtud del Espíritu eterno, se ha ofrecido a Dios como sacrificio sin mancha » (Hb 9,14), nos comunica la misma vida divina en el don eucarístico. Se trata de un don absolutamente gratuito, que se debe sólo a las promesas de Dios, cumplidas por encima de toda medida. La Iglesia, con obediencia fiel, acoge, celebra y adora este don. El « misterio de la fe » es misterio del amor trinitario, en el cual, por gracia, estamos llamados a participar. Por tanto, también nosotros hemos de exclamar con san Agustín: « Ves la Trinidad si ves el amor ».

SACRAMENTUM CARITATIS

Catequesis de hoy miércoles del Papa Francisco: "Ignorar al pobre es despreciar a Dios".


Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Deseo detenerme con ustedes hoy en la parábola del hombre rico y del pobre Lázaro. La vida de estas dos personas parece recorrer caminos paralelos: las condiciones de vida son opuestas y del todo incomunicadas. La puerta de la casa del rico está siempre cerrada al pobre, que reposa allí afuera, buscando comer cualquier residuo de la mesa del rico. Él usa vestidos de lujo, mientras que Lázaro está cubierto de yagas; el rico cada día come generosamente, mientras que Lázaro muere de hambre. Sólo los perros cuidan de él, y lamen sus yagas. Esta escena recuerda el duro reclamo del Hijo del hombre en el juicio final: «Porque tuve hambre, y ustedes no me dieron de comer; tuve sed, y no me dieron de beber; estaba […] desnudo, y no me vistieron» (Mt 25, 42-43). Lázaro representa bien el grito silencioso de los pobres de todos los tiempos y la contradicción de un mundo en el cual las inmensas riquezas y recursos están en las manos de pocos.

Jesús dice que un día aquel hombre rico murió -los pobres y los ricos mueren, tienen el mismo destino, todos nosotros, no hay excepciones a esto- y entonces se dirigió a Abraham suplicándole con el apelativo de “padre” (v. 24.27). Reclama, por lo tanto, de ser su hijo perteneciente al pueblo de Dios. Y sin embargo en vida no ha mostrado alguna consideración hacia Dios, más bien ha hecho de sí mimos el centro de todo, cerrado en su mundo de lujo y de desperdicio. Excluyendo a Lázaro, no ha tenido en cuenta ni al Señor, ni a su ley. ¡Ignorar al pobre es despreciar a Dios! Y esto debemos aprenderlo bien ¡Ignorar al pobre es despreciar a Dios! Hay un particular en la parábola que cabe señalar: el rico no tiene un nombre, sólo el adjetivo “el rico”, mientras que aquel del pobre es repetido cinco veces, y “Lázaro” significa “Dios ayuda”. Lázaro, que reposa delante a la puerta, es una llamada viviente al rico para recordarse de Dios, pero el rico no acoge tal llamado. Será condenado por lo tanto no por sus riquezas, sino por haber sido incapaz de sentir compasión por Lázaro y socorrerlo.

En la segunda parte de la parábola, reencontramos a Lázaro y el rico después de su muerte (v. 22-31). En el más allá la situación se ha invertido: el pobre Lázaro es llevado por los ángeles al cielo con Abraham, el rico en cambio cae entre los tormentos. Entonces el rico  «levantó los ojos y vio de lejos a Abraham, y a Lázaro a su lado». Le parece ver a Lázaro por primera vez, pero sus palabras lo traicionan: «Padre Abraham  –dice– ten piedad de mí y manda a Lázaro, lo conocía eh, manda a Lázaro a meter en el agua la punta del dedo y a bañarme la lengua, porque sufro terriblemente en esta llama». Ahora el rico reconoce Lázaro y le pide ayuda, mientras que en vida fingía no verlo. Cuántas veces, cuántas veces, tanta gente finge no ver a los pobres, para ellos los pobres no existen ¡Antes le negaba los residuos de su mesa, y ahora querría que le llevara de beber! Cree todavía poder poseer derechos por su precedente condición social. Declarando imposible cumplir su solicitud, Abraham en persona ofrece las claves de toda la narración: él explica que los bienes y males han sido distribuidos de modo de compensar la injusticia terrena, y la puerta que separaba en vida al rico del pobre, se ha transformado en «un gran abismo». Hasta que Lázaro estaba bajo su casa, para el rico había posibilidad de salvación, abrir la puerta, ayudar a Lázaro, pero ahora que ambos están muertos, la situación se ha transformado en irreparable. Dios no es nunca llamado directamente en causa, pero la parábola pone claramente en guardia: la misericordia de Dios hacia nosotros está vinculada a nuestra misericordia hacia el prójimo; cuando falta esta, también aquella no encuentra espacio en nuestro corazón cerrado, no puede entrar. Si yo no abro la puerta de mi corazón al pobre, aquella puerta permanece cerrada, también para Dios, y esto es terrible.

A este punto, el rico piensa a sus hermanos, que corren el riesgo de tener el mismo fin, y pide que Lázaro pueda volver al mundo a advertirles. Pero Abraham responde: «Tienen a Moisés y a los profetas, que escuchen a ellos». Para convertirnos, no debemos esperar eventos prodigiosos, sino abrir el corazón a la Palabra de Dios, que nos llama a amar a Dios y al prójimo. La Palabra de Dios puede hacer revivir un corazón árido y curarlo de su sequedad. El rico conocía la Palabra de Dios, pero no la ha dejado entrar en el corazón, no la ha escuchado, por eso ha sido incapaz de abrir los ojos y de tener compasión del pobre. Ningún mensajero y ningún mensaje podrán sustituir los pobres que encontramos en el camino, porque en ellos nos viene al encuentro Jesús mismo: «Todo aquello que hicieron con el más pequeño de mis hermanos, lo hicieron conmigo» (Mt 25,40), dice Jesús. Así en la inversión de las suertes que la parábola describe está escondido el misterio de nuestra salvación, en que Cristo une la pobreza a la misericordia.

Queridos hermanos y hermanas, escuchando este Evangelio, todos nosotros, junto a los pobres de la tierra, podemos cantar con María: «Derribó a los poderosos de su trono, elevó a los humildes; colmó de bienes a los hambrientos y despidió a los ricos con las manos vacías» (Lc 1,52-53). Gracias.

Bendita sea tu pureza y eternamente lo sea, pues todo un Dios se recrea en tan graciosa belleza. A Ti, celestial princesa, Virgen Sagrada María, te ofrezco en este día, alma, vida y corazón. Mírame con compasión, no me dejes, Madre mía.




15 mayo 2016

Hoy la Orden Trinitaria está de fiesta. La provincia del Espíritu Santo, celebra su día.



Que el Señor nos de otorgue la fidelidad a los Dones que Él nos regala, para que lo podamos poner al servicio de la Iglesia y de los hermanos que más sufren.
Ven Espíritu Santo.

María, la rosa mas bella de la creación.


Mayo es un mes amado y llega agradecido por diversos aspectos. En nuestro hemisfero la primavera avanza con muchas y polícromas florituras; el clima es favorable a los paseos y a las excursiones. Para la Liturgia, mayo pertenece siempre al tiempo de Pascua, el tiempo del "aleluya", del desvelarse del misterio de Cristo a la luz de la Resurreción y de la fe pascual: y es el tiempo de la espera del Espíritu Santo, que descendió con poder sobre la Iglesia naciente en Pentescostés. En ambos contextos, el natural y el litúrgico, se combina bien la tradición de la Iglesia de dedicar el mes de mayo a la Virgen María.

Ella, en efecto, es la flor más bella surgida de la creación, la "rosa" aparecida en la plenitud del tiempo, cuando Dios, mandando a su Hijo, entregó al mundo una nueva primavera. Y es al mismo tiempo la protagonista, humilde y discreta, de los primeros pasos de la Comunidad cristiana: Maria es su corazón espiritual, porque su misma presencia en medio de los discípulos es memoria viviente del Señor Jesús y prenda del don de su Espíritu.

En el Evangelio, tomado del capítulo 14 de san Juan, nos ofrece un retrato espiritual implítico de la Virgen María, allí donde Jesús dice: Si alguno me ama, guardará mi Palabra, y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada en él (Jn 14,23). Estas expresiones se dirigen a los discípulos, pero se pueden aplicar al máximo grado a Aquella que es la primera y perfecta discípula de Jesús. María de hecho observó primera y plenamente la palabra de su Hijo, demostrando así que le amaba no sólo como madre, sino antes incluso, como sierva humilde y obediente; por esto Dios Padre la amó y tomó morada en ella la Santísima Trinidad. Y aún más, allí donde Jesús promete a sus amigos que el Espíritu Santo les asistirá ayudándoles a recordar cada una de sus palabras y a comprenderla profundamente (cfr Jn 14,26), ¿cómo no pensar en María, que en su corazón, templo del Espíritu, meditaba e interpretaba fielmente todo lo que su Hijo decía y hacía?

De esta forma, ya antes y sobre todo depués de la Pascua, la Madre de Jesús se convirtió también en la Madre y el modelo de la Iglesia.

Homilía del Papa Francisco en la Solemnidad de Pentecostés.


La misión de Jesús, culminada con el don del Espíritu Santo, tenía esta finalidad esencial: restablecer nuestra relación con el Padre, destruida por el pecado; apartarnos de la condición de huérfanos y restituirnos a la de hijos.

El apóstol Pablo, escribiendo a los cristianos de Roma, dice: «Los que se dejan llevar por el Espíritu de Dios, esos son hijos de Dios. Habéis recibido, no un espíritu de esclavitud, para recaer en el temor, sino un espíritu de hijos adoptivos, que nos hace gritar: ¡Abba, Padre!» (Rm 8,14-15). He aquí la relación reestablecida: la paternidad de Dios se reaviva en nosotros a través de la obra redentora de Cristo y del don del Espíritu Santo.

El Espíritu es dado por el Padre y nos conduce al Padre. Toda la obra de la salvación es una obra que regenera, en la cual la paternidad de Dios, mediante el don del Hijo y del Espíritu, nos libra de la orfandad en la que hemos caído. También en nuestro tiempo se constatan diferentes signos de nuestra condición de huérfanos: Esa soledad interior que percibimos incluso en medio de la muchedumbre, y que a veces puede llegar a ser tristeza existencial; esa supuesta independencia de Dios, que se ve acompañada por una cierta nostalgia de su cercanía; ese difuso analfabetismo espiritual por el que nos sentimos incapaces de rezar; esa dificultad para experimentar verdadera y realmente la vida eterna, como plenitud de comunión que germina aquí y que florece después de la muerte; esa dificultad para reconocer al otro como hermano, en cuanto hijo del mismo Padre; y así otros signos semejantes.

A todo esto se opone la condición de hijos, que es nuestra vocación originaria, aquello para lo que estamos hechos, nuestro «ADN» más profundo que, sin embargo, fue destruido y se necesitó el sacrificio del Hijo Unigénito para que fuese restablecido. Del inmenso don de amor, como la muerte de Jesús en la cruz, ha brotado para toda la humanidad la efusión del Espíritu Santo, como una inmensa cascada de gracia. Quien se sumerge con fe en este misterio de regeneración renace a la plenitud de la vida filial.

«No os dejaré huérfanos». Hoy, fiesta de Pentecostés, estas palabras de Jesús nos hacen pensar también en la presencia maternal de María en el cenáculo. La Madre de Jesús está en medio de la comunidad de los discípulos, reunida en oración: es memoria viva del Hijo e invocación viva del Espíritu Santo. Es la Madre de la Iglesia. A su intercesión confiamos de manera particular a todos los cristianos, a las familias y las comunidades, que en este momento tienen más necesidad de la fuerza del Espíritu Paráclito, Defensor y Consolador, Espíritu de verdad, de libertad y de paz.

Como afirma también san Pablo, el Espíritu hace que nosotros pertenezcamos a Cristo: «El que no tiene el Espíritu de Cristo no es de Cristo» (Rm 8,9). Y para consolidar nuestra relación de pertenencia al Señor Jesús, el Espíritu nos hace entrar en una nueva dinámica de fraternidad. Por medio del Hermano universal, Jesús, podemos relacionarnos con los demás de un modo nuevo, no como huérfanos, sino como hijos del mismo Padre bueno y misericordioso. Y esto hace que todo cambie.

Podemos mirarnos como hermanos, y nuestras diferencias harán que se multiplique la alegría y la admiración de pertenecer a esta única paternidad y fraternidad.

SIT Informa: Por las familias y por todos los Cristianos que están siendo perseguidos y torturados a causa de su Fe en Cristo.



Evangelio. Solemnidad de Pentecostés.


Según San Juan 20, 19 - 23.

Al anochecer de aquel día, el día primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo: Paz a vosotros. Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió: Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo.
Y, dicho esto, exhaló su aliento sobre ellos y les dijo: Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos.


Reflexión.


Todos quedaron llenos del Espíritu Santo, y se pusieron a predicar valientemente. Aquellos hombres atemorizados habían sido transformados en valientes predicadores que no temían la cárcel, ni la tortura, ni el martirio. No es extraño; la fuerza del Espíritu estaba en ellos.

Secuencia del Espíritu Santo.


Ven, Espíritu divino,
manda tu luz desde el cielo.
Padre amoroso del pobre;
don, en tus dones espléndido;
luz que penetra las almas;
fuente del mayor consuelo.

Ven, dulce huésped del alma,
descanso de nuestro esfuerzo,
tregua en el duro trabajo,
brisa en las horas de fuego,
gozo que enjuga las lágrimas
y reconforta en los duelos.

Entra hasta el fondo del alma,
divina luz, y enriquécenos.
Mira el vacío del hombre,
si tú le faltas por dentro;
mira el poder del pecado,
cuando no envías tu aliento.

Riega la tierra en sequia,
sana el corazón enfermo,
lava las manchas,
infunde calor de vida en el hielo,
doma el espíritu indómito,
guía al que tuerce el sendero.

Reparte tus siete dones,
según la fe de tus siervos;
por tu bondad y tu gracia,
dale al esfuerzo su mérito;
salva al que busca salvarse
y danos tu gozo eterno.

Lecturas de la Misa de la Solemnidad de Pentecostés.


- Lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles:

Al llegar el día de Pentecostés, estaban todos reunidos en el mismo lugar. De repente, un ruido del cielo, como de un viento recio, resonó en toda la casa donde se encontraban. Vieron aparecer unas lenguas, como llamaradas, que se repartían, posándose encima de cada uno. Se llenaron todos de Espíritu Santo y empezaron a hablar en lenguas extranjeras, cada uno en la lengua que el Espíritu le sugería. Se encontraban entonces en Jerusalén judíos devotos de todas las naciones de la tierra. Al oír el ruido, acudieron en masa y quedaron desconcertados, porque cada uno los oía hablar en su propio idioma.
Enormemente sorprendidos, preguntaban: «¿No son galileos todos esos que están hablando? Entonces, ¿cómo es que cada uno los oímos hablar en nuestra lengua nativa? Entre nosotros hay partos, medos y elamitas, otros vivimos en Mesopotamia, Judea, Capadocia, en el Ponto y en Asia, en Frigia o en Panfilia, en Egipto o en la zona de Libia que limita con Cirene; algunos somos forasteros de Roma, otros judíos o prosélitos; también hay cretenses y árabes; y cada uno los oímos hablar de las maravillas de Dios en nuestra propia lengua.»

Palabra de Dios


- Salmo

R/. Envía tu Espíritu, Señor,
y repuebla la faz de la tierra

Bendice, alma mía, al Señor:
¡Dios mío, qué grande eres!
Cuántas son tus obras, Señor;
la tierra está llena de tus criaturas. R/.

Les retiras el aliento, y expiran
y vuelven a ser polvo;
envías tu aliento, y los creas,
y repueblas la faz de la tierra. R/.

Gloria a Dios para siempre,
goce el Señor con sus obras.
Que le sea agradable mi poema,
y yo me alegraré con el Señor. R/.
Segunda lectura


- Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios:

Nadie puede decir: «Jesús es Señor», si no es bajo la acción del Espíritu Santo. Hay diversidad de dones, pero un mismo Espíritu; hay diversidad de ministerios, pero un mismo Señor; y hay diversidad de funciones, pero un mismo Dios que obra todo en todos. En cada uno se manifiesta el Espíritu para el bien común. Porque lo mismo que el cuerpo es uno y tiene muchos miembros, y todos los miembros del cuerpo, a pesar de ser muchos, son un solo cuerpo, así es también Cristo. Todos nosotros, judíos y griegos, esclavos y libres, hemos sido bautizados en un mismo Espíritu, para formar un solo cuerpo. Y todos hemos bebido de un solo Espíritu.

Palabra de Dios

Reflexión en la Solemnidad de Pentecostés


Hace cincuenta días, celebramos que Jesús había vencido a la muerte. Que la muerte no tiene cavidad en Él ni en los que nos llamamos cristianos. Que la Vida es la que tiene la última palabra; El domingo pasado, Jesús ascendía al cielo. Se reunía junto a Dios Padre, y nos hacia un hueco con Él. No nos deja huérfanos, ni se despreocupa de nosotros… Hoy cumple su promesa. El Espíritu se queda con nosotros. Baja sobre nosotros.
El mismo Espíritu que animaba a Jesús, que bajo sobre Él cuando se bautizó, está con nosotros. Lo recibimos en todos los sacramentos, en especial en el Bautismo porque nos hace ser Hijo de Dios, y en la confirmación, porque recibimos la plenitud del Espíritu siendo conscientes nosotros mismo de querer llevar una vida coherente de fe.
El espíritu es el que nos congrega, nos da fuerzas y nos une al Padre por medio del Hijo. Acojamos esta solemnidad con plena confianza y sintamos esa fuerza transformadora a través de los Dones.

La lectura de los Hechos de los Apóstoles nos narra la llegada del Espíritu Santo, y como para ellos, les pilló por sorpresa. Una de las características principales de la Iglesia primitiva, es que estaban llenos del Espíritu Santo. El Espíritu Santo pone en marcha a la Iglesia, nos une a pesar de las diferencias. Nosotros no estamos solos. El Espíritu vive y actúa en cada hombre y en cada mujer. Él nos impulsa a llevar el Evangelio a todas las partes del mundo. Y si creemos que lo tenemos, no debemos tener miedo por mucha persecución y martirio que nos encontremos.

La segunda lectura de los Corintios nos habla de los diferentes carismas y dones del Espíritu Santo. Tenemos una gran responsabilidad en transmitir el Evangelio. Todos somos importantes, no hay ninguno mejor que otro. Todos formamos un solo cuerpo, y ese cuerpo es el de Cristo. Somos cristianos en medio de un mundo donde si no se demuestra, ni se palpa, ni se ve, no se cree. Pentecostés debe ser un ejemplo claro de vida. Somos hijos e hijas de Dios. Él envía a su Hijo, y nos manda una fuerza que nos une. Si Cristo nos une, ¿Quiénes somos nosotros para separarnos o decir este es más importante que el otro?
El Bautismo nos incorpora a la comunidad eclesial. Que con nuestra vida, hagamos ver al mundo que el Espíritu sigue vivo y habla a través de los Dones que nos ha regalado el Señor a cada uno, y de los carismas que ha otorgado a la Iglesia.

En el Evangelio de Juan, se nos muestra como los discípulos estaban encerrados por miedo. Esto es lo que nos pasa a nosotros muchas veces. Encerramos nuestro “ser de cristianos” por miedo, cobardías, vergüenzas… por lo que puedan decirnos. Pero Jesús, se presenta en medio de los discípulos y lo primero que hace es donar su Espíritu Santo para una misión.
Esta donación del Espíritu del Resucitado, nos debe ayudar a ser valiente y a salir de nuestras propias cobardías e inseguridades. Desde este momento, Jesús nos invita a vivir siendo libres y a generar en otro libertad.
Ya no cabe lugar para condenar, ni juzgar. Ahora toca dar una palabra de aliento liberadora y mostrar al mundo que Cristo está vivo y que su Espíritu está en nosotros. Y de aquí pasamos de estar en una casa encerrados por miedo, a abrir puertas y salir a la calle llevando el Evangelio con nuestra propia vida, ayudados por la fuerza del Espíritu.

Que María, madre de la Misericordia, nos ayude a abrir nuestras vidas al Espíritu Santo. Que nos de la fuerza para comprometernos a vivir nuestra fe, a mantener la esperanza en los momentos de dificultad. Que no nos quedemos boquiabiertos mirando a las nubes o esperando grandes signos. Que nuestro mayor signo sea el que nos creamos que el Espíritu Santo está en y con nosotros y que este gozo llene nuestra vida.
Ven Espíritu Santo.
Que así sea.


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