31 octubre 2016

Matices de “Ad resurgendum cum Christo”.

Hace apenas una semana, en los medios de comunicación, salía la polémica sobre la “cremación o la sepultura; antes de juzgar “que si la Iglesia dice o no dice, o si prohíbe o no prohíbe” tenemos que dejar claro varias cosas.

En primer lugar, la Iglesia, como Madre, se dirige a sus fieles. Se dirige a los creyentes.
He leído en varios sitios a personas que se definen “no creyentes” y que dicen que se les “obliga”. La Iglesia no obliga ni prohíbe, sino, que exhorta e informa, a veces con palabras más acertadas y otras con menos acierto, pero siempre, y digo siempre, se dirige a sus fieles, cristianos católicos.

En segundo lugar, la Iglesia no prohíbe la cremación. En el documento, no pone absolutamente en ninguna parte que prohíba la cremación.
Desde el minuto uno que somos engendrados, hasta “el después” de la muerte, somos de Dios. Somos creaturas de Dios.
Si nos vamos al rito de la liturgia “corpore insepulto” se dice: “No está muerto, sino que está dormido”; y al cuerpo se le derrama con agua bendita, como signo del bautismo, y se le perfuma con incienso, como signo que hemos sido templo del Espíritu Santo.

En tercer lugar, la Iglesia exhorta a no tener las urnas con las cenizas en casa, por el debido respeto que merecen. Ya que hay sitios designados para guardarlas con su debida dignidad y devoción.

En cuarto lugar, exhorta a no esparcir las cenizas en ninguna parte, porque merecen un lugar idóneo para que reposen en paz. Un lugar para el recuerdo y la oración.

En quinto lugar, no exhorta a que se le niegue a nadie el funeral. Lo que dice, es que, si la persona difunta, no es cristiana, por coherencia, no se le puede celebrar un funeral religioso católico. Es decir, a un no creyente, no se puede celebrar un funeral cristiano. No por nada, si no, porque va en contra de la persona, por coherencia.

En sexto lugar, las “Reliquias de los Santos”, se veneran en las parroquias. Después de un proceso que dura años, la iglesia, hace a esa persona Beata o Santa, y no esparce las reliquias. Sino, las conserva con devoción y respeto.

Estos pasos, son fruto de la reflexión sobre el documento que la Iglesia, no es que haya sacado ahora, porque ya estaba desde hace años, sólo que se ha hecho eco de nuevo.
Este documento, no es nada nuevo. Podremos estar más de acuerdo o menos, pero, no debemos olvidar, y lo repito de nuevo, que la Iglesia habla para sus fieles, que no obliga, sino, exhorta.
¡Cuidado con malinterpretar las palabras, o quedarnos solamente con titulares y sacar conclusiones erróneas!

Unidos en la oración,
Fray José Borja.


30 octubre 2016

Reflexión del Papa Francisco para el Evangelio del domingo XXXI del T.O.



A veces tratamos de corregir o de convertir a un pecador regañándolo, o sancionando sus errores y su comportamiento injusto. La actitud de Jesús con Zaqueo marca un camino diferente: muestra al pecador su valor, el valor que Dios nos da a pesar de todos nuestros errores y de nuestros pecados. Este comportamiento puede provocar una sorpresa positiva, ya que ablanda el corazón e impulsa a la persona a sacar el bien que tiene en su interior.

De esa manera se otorga a las personas la confianza necesaria para crecer y cambiar. Así se comporta Dios con todos nosotros, no permanece bloqueado por nuestro pecado, sino que lo supera con amor y nos hace sentir nostalgia del bien.

Todos hemos sentido esa nostalgia del bien tras haber cometido un error. Eso es lo que hace nuestro Padre Dios, lo que hace Jesús. No hay ninguna persona que no tenga algo bueno en su interior. Y eso es lo que mira Dios para tratar de sacarlo del mal.

Os recuerdo cómo Zaqueo, marginado por su comunidad por ser colaborador de los invasores romanos y por haberse enriquecido con los impuestos del pueblo, se subió a un árbol para ver pasar a Jesús. Cuando llega junto a aquel árbol, Jesús alza su mirada y le dice: Zaqueo, desciende rápido, porque hoy debo alojarme en tu casa. ¡Podemos imaginarnos el estupor de Zaqueo!”. Y ahora me pregunto yo: Pero, ¿por qué Jesús dice debo alojarme en tu casa? ¿De qué clase de deber se trata?.

Sabemos que su deber supremo es poner en práctica el plan diseñado por el Padre para toda la humanidad, que se cumple en Jerusalén con su condena a muerte, con la crucifixión y, al tercer día, la resurrección. En ese plan también entra la salvación de Zaqueo, un hombre deshonesto y despreciado por todos y, por lo tanto, necesitado de conversión.

Tras este gesto de Jesús, el Evangelio explica que todos murmuraban: ¡ha entrado en casa de un pecador!. Si Jesús le hubiera dicho: ¡Desciende, estafador, traidor del pueblo! ¡Ven a hablar conmigo, que vamos a ajustar cuentas!, seguro que el pueblo habría aplaudido. En su lugar murmuraban: Jesús ha entrado en casa de un pecador, de un explotador.

Jesús, guiado por la misericordia, lo trató como a sí mismo. Cuando entra en casa de Zaqueo, dice: Hoy a esta casa ha llegado la salvación, porque este también es hijo de Abraham. El hijo del hombre vino a buscar y a salvar al que estaba perdido. La mirada de Jesús va más allá de nuestros pecados y prejuicios. ¡Esto es lo importante! Deberíamos aprenderlo.

La mirada de Jesús va más allá de pecados y prejuicios, ve a la persona con los ojos de Dios, que no se detiene en los errores del pasado, sino que pone la mirada en el futuro. Jesús no se resigna ante las puertas cerradas, sino que las abre siempre, siempre abre nuevos espacios para la vida. No presta atención a las apariencias, sino que mira dentro del corazón.
En este caso, el corazón de este hombre permanecía herido, herido por el pecado de la codicia, por las muchas cosas malas que había hecho Zaqueo. Contempla aquel corazón herido y acude a él.

(30-10-2016)

Evangelio. Domingo XXXI del Tiempo Ordinario.


Según San Lucas 18, 9 - 14.

En aquel tiempo, entró Jesús en Jericó y atravesaba la ciudad. Un hombre llamado Zaqueo, jefe de publicanos y rico, trataba de distinguir quién era Jesús, pero la gente se lo impedía, porque era bajo de estatura. Corrió más adelante y se subió a una higuera, para verlo, porque tenía que pasar por allí. Jesús, al llegar a aquel sitio, levantó los ojos y dijo: Zaqueo, baja en seguida, porque hoy tengo que alojarme en tu casa. 
El bajó en seguida, y lo recibió muy contento. Al ver esto, todos murmuraban diciendo: Ha entrado a hospedarse en casa de un pecador. Pero Zaqueo se puso en pie, y dijo al Señor: Mira, la mitad de mis bienes, Señor, se la doy a los pobres; y si de alguno me he aprovechado, le restituiré cuatro veces más. Jesús le contestó: Hoy ha sido la salvación de esta casa; también éste es hijo de Abrahán. Porque el Hijo del Hombre ha venido a buscar y a salvar lo que estaba perdido.


Reflexión.

El encuentro del Maestro con el publicano cambió radicalmente la vida de este último. Después de haber oído el Evangelio, piensa en la oportunidad que Dios te brinda hoy y que tú no debes desaprovechar: Jesucristo pasa por tu vida y te llama por tu nombre, porque te ama y quiere salvarte,

Reflexión de XXXI domingo del Tiempo Ordinario.


El domingo pasado, las lecturas nos volvían a recordar que la oración es muy importante para ponernos en relación con Dios. Si oramos con constancia, confianza y fe, lo que le pidamos, si nos conviene se nos dará. Se nos ponía a nuestra consideración dos tipos de oración: la del fariseo, que es una oración de orgullo, “soy el mejor”, cumplo todo, estoy salvado; y la del publicano, que era una oración de súplica, de arrepentimiento, de humildad.

En este domingo XXXI del Tiempo Ordinario, nos mostrara que Dios se compadece de nosotros, tiene misericordia, nos ama tanto, que aunque no lo merezcamos, él nos regala y nos perdona siempre. Hoy, Jesús se hospeda en casa de Zaqueo. Lo mira con misericordia de Padre, y se “auto-invita” a su casa. Para Zaqueo, la Salvación ha llegado.
Ojalá que este domingo, nos dejemos mirar por Jesús, nos reconozcamos pecadores, y tengamos un corazón de apertura a Cristo.

En la Primera Lectura de la Sabiduría, nos habla de que para Dios, todo es posible. Él es el amigo de la vida, se compadece de nosotros, nos ama, nos perdona y nos mantiene con el.

En la Segunda Lectura de la Carta del Apóstol San Pablo a los Tesalonicenses, nos aconseja una vez más, que confiemos en Dios. Un Dios, que se he hecho presente a lo largo de la historia, que ha sido fiel a su pueblo. Dejemos de lado todos esos anuncios falsos que nos atemorizan… ¿Cuántas son las personas que nos engañan con falsas profecías, con superstición, con magia? Si todo el tiempo que perdemos en eso, lo “perdiéramos”, ojo, lo pongo entre comillas, en confiar en Dios y ver su itinerario durante toda la historia, confiaríamos y seríamos fieles Cristianos y más coherentes.

En el Evangelio de Lucas, se nos narra la historia de Zaqueo.
Zaqueo, pecador público, un recaudador de impuesto, que explotaba a las personas, y seguramente tenía todo lo que quería; en el fondo, se siente vacío. Lo material, no le hace feliz. Sólo le basta una mirada de Jesús, y su vida cambia.
Jesús, se hospeda en su casa, y no sólo material, sino, espiritual. Jesús quiere entrar en su corazón, en su vida, y el acepta. Cambia todo lo que tenía, por algo nuevo. Algo que le hará realmente feliz.

Que la Virgen, Madre de la Misericordia, nos ayude a que sepamos perdonar. A no juzgar, sino, a tener brazos que acojan a los que vengan a nosotros en busca de nuestro perdón o de nuestra ayuda. Que en la oración personal, busquemos la mirada de Dios y nuestra confianza en él, sea la piedra angular de nuestra vida.
Que así sea.


Más en:
http://www.revistaecclesia.com/reflexion-de-xxxi-domingo-del-tiempo-ordinario-por-fray-jose-borja/

26 octubre 2016

La rigidez en las normas, en la ley no es un don de Dios.


No es fácil caminar en la ley del Señor, es una gracia que debemos pedir.
Ante las acusaciones que hacen a Jesús por haber violado la ley del sábado, éste les llama hipócritas, una palabra que repite muchas veces a los rígidos, a aquellos que tienen una actitud de rigidez en cumplir la ley.

Sin embargo, la ley no ha sido hecha para hacernos esclavos, sino para hacernos libres, para hacernos hijos, que detrás de la rigidez hay otra cosa siempre.

Tras la rigidez hay algo escondido en la vida de una persona. La rigidez no es un don de Dios. La mansedumbre sí; la bondad sí; la benevolencia sí; el perdón sí. ¡Pero la rigidez no! Detrás de ella hay siempre algo escondido, en muchos casos una doble vida, pero también algo de enfermedad.

¡Cuánto sufren los rígidos: cuando son sinceros y se acuerdan de esto sufren!. “Porque no logran ver la libertad de los hijos de Dios, no saben como se camina en la ley del Señor y no son beatos.
¡Y sufren mucho! Parecen buenos, porque siguen la ley, pero detrás hay algo que no les hace buenos: o son malos, hipócritas o están enfermos.

Os recuerdo, "La parábola del hijo pródigo", en la que el padre acoge con alegría al hijo menor que regresa a casa arrepentido. Esta actitud hace ver que detrás hay una cierta bondad: la soberbia de creerse justo’: tras este hacer bien hay soberbia.
Ese sabía que tenía un padre y en el momento de más oscuridad de su vida fue donde el padre; en cambio, el hermano, solo entendía del padre que era el dueño de la casa, pero nunca lo había sentido como un padre. Era un rígido: caminaba en la ley con rigidez.
El otro ha dejado la ley aparte, se fue sin la ley, contra la ley, pero en un cierto punto ha pensado en el padre y regresó. Y obtuvo el perdón. No es fácil caminar en la ley del Señor sin caer en la rigidez.

Concluyo pidiendo por nuestros hermanos y nuestras hermanas que creen que caminar en la ley del Señor es convertirse en un rígido. Que el Señor haga sentir a ellos que Él es Padre y que a él le gusta la misericordia, la ternura, la bondad, la mansedumbre, la humildad.
Y que a todos nos enseñe a caminar en la ley del Señor con estas actitudes.


(Homilía del Papa Francisco en Santa Marta: 24-10-2016)

Catequesis de hoy miércoles del Papa Francisco: Ayudar al refugiado y al inmigrante, una actitud que todo cristiano debemos tener.


Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Proseguimos con la reflexión sobre las Obras de misericordia corporales, que el Señor Jesús nos ha transmitido para mantener siempre viva y dinámica nuestra fe. Estas obras, de hecho, muestran que los cristianos no están cansados e inactivos en la espera del encuentro final con el Señor, sino que cada día van a su encuentro, reconociendo su rostro en aquel de tantas personas que piden ayuda. Hoy nos detenemos en estas palabras de Jesús: «Estaba de paso, y me alojaron; desnudo, y me vistieron» (Mt 25,35-36). En nuestro tiempo es todavía actual la obra que se refiere a los forasteros. La crisis económica, los conflictos armados y los cambios climáticos llevan a tantas personas a emigrar. Sin embargo, las migraciones no son un fenómeno nuevo, sino que pertenecen a la historia de la humanidad. Es falta de memoria histórica pensar que estas sean algo propio de nuestro tiempo.

La Biblia nos ofrece muchos ejemplos concretos de migración. Basta pensar en Abrahán. La llamada de Dios lo llevó a dejar su país para ir a otro: «Deja tu tierra natal y la casa de tu padre, y ve al país que yo te mostraré» (Gen 12,1). Y así también fue para el pueblo de Israel, que de Egipto, donde era esclavo, caminó marchando por cuarenta años en el desierto hasta cuando llegó a la tierra prometida por Dios. La misma Sagrada Familia – María, José y el pequeño Jesús – fue obligada a emigrar para huir de las amenazas de Herodes: «José se levantó, tomó de noche al niño y a su madre, y se fue a Egipto. Allí permaneció hasta la muerte de Herodes» (Mt 2,14-15). La historia de la humanidad es una historia de migraciones: en cada latitud, no existe un pueblo que no haya conocido el fenómeno migratorio.

En el curso de los siglos hemos asistido a propósito a grandes expresiones de solidaridad, a pesar que no han faltado tensiones sociales. Hoy, el contexto de la crisis económica favorece lamentablemente el surgir de actitudes de cerrazón y de no acogida. En algunas partes del mundo surgen muros y barreras. A veces parece que la obra silenciosa de muchos hombres y mujeres que, de diversos modos, se ofrecen para ayudar y asistir a los prófugos y a los migrantes sea opacada por el murmullo de otros que dan voz a un instintivo egoísmo. Pero la cerrazón no es la solución, al contrario, termina por favorecer los tráficos criminales. La única vía de solución es aquella de la solidaridad. Solidaridad … solidaridad con los migrantes, solidaridad con los forasteros…

El compromiso de los cristianos en este campo es urgente hoy como en el pasado. Para mirar sólo al siglo pasado, recordemos la estupenda figura de Santa Francisca Cabrini, que dedicó su vida junto a la de sus compañeras a los migrantes hacia los Estados Unidos de América. También hoy tenemos necesidad de estos testimonios para que la misericordia pueda alcanzar a tantos que se encuentran en necesidad.

Es un compromiso que involucra a todos, ninguno excluido. Las diócesis, las parroquias, los institutos de vida consagrada, las asociaciones y movimientos, como también cada cristiano, todos estamos llamados a acoger a los hermanos y a las hermanas que huyen de la guerra, del hambre, de la violencia y de condiciones de vida deshumanos. Todos juntos somos una gran fuerza de ayuda para cuantos han perdido la patria, la familia, el trabajo y la dignidad. Hace algunos días, ha sucedido una pequeña historia, de ciudad. Había un refugiado que buscaba una calle y una señora se le acercó y le dijo: “¿Usted busca algo?”. Estaba sin zapatos, este refugiado. Y él dijo: “Yo quisiera ir a San Pedro para pasar por la Puerta Santa”. Y la señora pensó: “Pero, no tiene zapatos, ¿cómo iremos caminando?”. Y llamó un taxi. Para este migrante, aquel refugiado olía mal y el conductor del taxi casi no quería que subiera, pero al final lo dejó subir al taxi. Y la señora, junto a él. Y la señora le preguntó un poco de su historia de refugiado y de migrante, en el recorrido del viaje, los diez minutos para llegar hasta aquí. Este hombre narró su historia de dolor, de guerra, de hambre y porque había huido de su Patria para migrar aquí.


Cuando llegaron, la señora abrió la cartera para pagar al taxista y el taxista, el hombre, el conductor que al inicio no quería que este migrante subiera porque olía mal, le dijo a la señora: “No, señora, soy yo quien debo pagar a usted porque usted me ha hecho escuchar una historia que me ha cambiado el corazón”. Esta señora sabía que cosa era el dolo de un migrante, porque tenía sangre armenia y sabía el sufrimiento de su pueblo. Cuando nosotros hacemos una cosa de este tipo, al inicio nos negamos porque nos da un poco de incomodidad, “pero, huele mal…”. Pero al final, la historia nos perfuma el alma y nos hace cambiar. Piensen en esta historia y pensemos que cosa podemos hacer por los refugiados.

Y la otra cosa es vestir a quien está desnudo: ¿no quiere decir otra cosa que restituir la dignidad a quien lo ha perdido? Ciertamente dando de vestir a quien no tiene; pero pensemos también en las mujeres víctimas de la trata arrojadas a las calles, o a los demás, modos de usas el cuerpo humano como mercancía, incluso de los menores. Y así también no tener un trabajo, una casa, un salario justo es una forma de desnudez, o ser discriminado por la raza o per la fe, son todas formas de “desnudez”, ante las cuales como cristianos estamos llamados a estar atentos, vigilantes y listos a actuar.

Queridos hermanos y hermanas, no caigamos en la trampa de encerrarnos en nosotros mismos, indiferentes a las necesidades de los hermanos y preocupados sólo de nuestros intereses. Es justamente en la medida en la cual nos abrimos a los demás que la vida se hace fecunda, la sociedad consigue la paz y las personas recuperan su plena dignidad. Y no se olviden de aquella señora, no se olviden de aquel migrante que olía mal y no se olviden del taxista al cual el migrante había cambiado el alma. Gracias.

25 octubre 2016

Instrucción Ad resurgendum cum Christo acerca de la sepultura de los difuntos y la conservación de las cenizas en caso de cremación.


1. Para resucitar con Cristo, es necesario morir con Cristo, es necesario «dejar este cuerpo para ir a morar cerca del Señor»(2 Co 5, 8). Con la Instrucción Piam et constantem del 5 de julio de 1963, el entonces Santo Oficio, estableció que «la Iglesia aconseja vivamente la piadosa costumbre de sepultar el cadáver de los difuntos», pero agregó que la cremación no es «contraria a ninguna verdad natural o sobrenatural» y que no se les negaran los sacramentos y los funerales a los que habían solicitado ser cremados, siempre que esta opción no obedezca a la «negación de los dogmas cristianos o por odio contra la religión católica y la Iglesia»[1]. Este cambio de la disciplina eclesiástica ha sido incorporado en el Código de Derecho Canónico (1983) y en el Código de Cánones de las Iglesias Orientales (1990).

Mientras tanto, la práctica de la cremación se ha difundido notablemente en muchos países, pero al mismo tiempo también se han propagado nuevas ideas en desacuerdo con la fe de la Iglesia. Después de haber debidamente escuchado a la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, el Consejo Pontificio para los Textos Legislativos y muchas Conferencias Episcopales y Sínodos de los Obispos de las Iglesias Orientales, la Congregación para la Doctrina de la Fe ha considerado conveniente la publicación de una nueva Instrucción, con el fin de reafirmar las razones doctrinales y pastorales para la preferencia de la sepultura de los cuerpos y de emanar normas relativas a la conservación de las cenizas en el caso de la cremación.

2. La resurrección de Jesús es la verdad culminante de la fe cristiana, predicada como una parte esencial del Misterio pascual desde los orígenes del cristianismo: «Les he trasmitido en primer lugar, lo que yo mismo recibí: Cristo murió por nuestros pecados, conforme a la Escritura. Fue sepultado y resucitó al tercer día, de acuerdo con la Escritura. Se apareció a Pedro y después a los Doce» (1 Co 15,3-5).

Por su muerte y resurrección, Cristo nos libera del pecado y nos da acceso a una nueva vida: «a fin de que, al igual que Cristo fue resucitado de entre los muertos… también nosotros vivamos una nueva vida» (Rm 6,4). Además, el Cristo resucitado es principio y fuente de nuestra resurrección futura: «Cristo resucitó de entre los muertos, como primicia de los que durmieron… del mismo modo que en Adán mueren todos, así también todos revivirán en Cristo» (1 Co 15, 20-22).

Si es verdad que Cristo nos resucitará en el último día, también lo es, en cierto modo, que nosotros ya hemos resucitado con Cristo. En el Bautismo, de hecho, hemos sido sumergidos en la muerte y resurrección de Cristo y asimilados sacramentalmente a él: «Sepultados con él en el bautismo, con él habéis resucitado por la fe en la acción de Dios, que le resucitó de entre los muertos»(Col 2, 12). Unidos a Cristo por el Bautismo, los creyentes participan ya realmente en la vida celestial de Cristo resucitado (cf. Ef 2, 6).

Gracias a Cristo, la muerte cristiana tiene un sentido positivo. La visión cristiana de la muerte se expresa de modo privilegiado en la liturgia de la Iglesia: «La vida de los que en ti creemos, Señor, no termina, se transforma: y, al deshacerse nuestra morada terrenal, adquirimos una mansión eterna en el cielo»[2]. Por la muerte, el alma se separa del cuerpo, pero en la resurrección Dios devolverá la vida incorruptible a nuestro cuerpo transformado, reuniéndolo con nuestra alma. También en nuestros días, la Iglesia está llamada a anunciar la fe en la resurrección: «La resurrección de los muertos es esperanza de los cristianos; somos cristianos por creer en ella»[3].

3. Siguiendo la antiquísima tradición cristiana, la Iglesia recomienda insistentemente que los cuerpos de los difuntos sean sepultados en los cementerios u otros lugares sagrados[4].

En la memoria de la muerte, sepultura y resurrección del Señor, misterio a la luz del cual se manifiesta el sentido cristiano de la muerte[5], la inhumación es en primer lugar la forma más adecuada para expresar la fe y la esperanza en la resurrección corporal[6].

La Iglesia, como madre acompaña al cristiano durante su peregrinación terrena, ofrece al Padre, en Cristo, el hijo de su gracia, y entregará sus restos mortales a la tierra con la esperanza de que resucitará en la gloria[7].

Enterrando los cuerpos de los fieles difuntos, la Iglesia confirma su fe en la resurrección de la carne[8], y pone de relieve la alta dignidad del cuerpo humano como parte integrante de la persona con la cual el cuerpo comparte la historia[9]. No puede permitir, por lo tanto, actitudes y rituales que impliquen conceptos erróneos de la muerte, considerada como anulación definitiva de la persona, o como momento de fusión con la Madre naturaleza o con el universo, o como una etapa en el proceso de re-encarnación, o como la liberación definitiva de la “prisión” del cuerpo.

Además, la sepultura en los cementerios u otros lugares sagrados responde adecuadamente a la compasión y el respeto debido a los cuerpos de los fieles difuntos, que mediante el Bautismo se han convertido en templo del Espíritu Santo y de los cuales, «como herramientas y vasos, se ha servido piadosamente el Espíritu para llevar a cabo muchas obras buenas»[10].

Tobías el justo es elogiado por los méritos adquiridos ante Dios por haber sepultado a los muertos[11], y la Iglesia considera la sepultura de los muertos como una obra de misericordia corporal[12].

Por último, la sepultura de los cuerpos de los fieles difuntos en los cementerios u otros lugares sagrados favorece el recuerdo y la oración por los difuntos por parte de los familiares y de toda la comunidad cristiana, y la veneración de los mártires y santos.

Mediante la sepultura de los cuerpos en los cementerios, en las iglesias o en las áreas a ellos dedicadas, la tradición cristiana ha custodiado la comunión entre los vivos y los muertos, y se ha opuesto a la tendencia a ocultar o privatizar el evento de la muerte y el significado que tiene para los cristianos.

4. Cuando razones de tipo higiénicas, económicas o sociales lleven a optar por la cremación, ésta no debe ser contraria a la voluntad expresa o razonablemente presunta del fiel difunto, la Iglesia no ve razones doctrinales para evitar esta práctica, ya que la cremación del cadáver no toca el alma y no impide a la omnipotencia divina resucitar el cuerpo y por lo tanto no contiene la negación objetiva de la doctrina cristiana sobre la inmortalidad del alma y la resurrección del cuerpo[13].

La Iglesia sigue prefiriendo la sepultura de los cuerpos, porque con ella se demuestra un mayor aprecio por los difuntos; sin embargo, la cremación no está prohibida, «a no ser que haya sido elegida por razones contrarias a la doctrina cristiana»[14].

En ausencia de razones contrarias a la doctrina cristiana, la Iglesia, después de la celebración de las exequias, acompaña la cremación con especiales indicaciones litúrgicas y pastorales, teniendo un cuidado particular para evitar cualquier tipo de escándalo o indiferencia religiosa.

5. Si por razones legítimas se opta por la cremación del cadáver, las cenizas del difunto, por regla general, deben mantenerse en un lugar sagrado, es decir, en el cementerio o, si es el caso, en una iglesia o en un área especialmente dedicada a tal fin por la autoridad eclesiástica competente.

Desde el principio, los cristianos han deseado que sus difuntos fueran objeto de oraciones y recuerdo de parte de la comunidad cristiana. Sus tumbas se convirtieron en lugares de oración, recuerdo y reflexión. Los fieles difuntos son parte de la Iglesia, que cree en la comunión «de los que peregrinan en la tierra, de los que se purifican después de muertos y de los que gozan de la bienaventuranza celeste, y que todos se unen en una sola Iglesia»[15].

La conservación de las cenizas en un lugar sagrado puede ayudar a reducir el riesgo de sustraer a los difuntos de la oración y el recuerdo de los familiares y de la comunidad cristiana. Así, además, se evita la posibilidad de olvido, falta de respeto y malos tratos, que pueden sobrevenir sobre todo una vez pasada la primera generación, así como prácticas inconvenientes o supersticiosas.

6. Por las razones mencionadas anteriormente, no está permitida la conservación de las cenizas en el hogar. Sólo en casos de graves y excepcionales circunstancias, dependiendo de las condiciones culturales de carácter local, el Ordinario, de acuerdo con la Conferencia Episcopal o con el Sínodo de los Obispos de las Iglesias Orientales, puede conceder el permiso para conservar las cenizas en el hogar. Las cenizas, sin embargo, no pueden ser divididas entre los diferentes núcleos familiares y se les debe asegurar respeto y condiciones adecuadas de conservación.

7. Para evitar cualquier malentendido panteísta, naturalista o nihilista, no sea permitida la dispersión de las cenizas en el aire, en la tierra o en el agua o en cualquier otra forma, o la conversión de las cenizas en recuerdos conmemorativos, en piezas de joyería o en otros artículos, teniendo en cuenta que para estas formas de proceder no se pueden invocar razones higiénicas, sociales o económicas que pueden motivar la opción de la cremación.

8. En el caso de que el difunto hubiera dispuesto la cremación y la dispersión de sus cenizas en la naturaleza por razones contrarias a la fe cristiana, se le han de negar las exequias, de acuerdo con la norma del derecho[16].

El Sumo Pontífice Francisco, en audiencia concedida al infrascrito Cardenal Prefecto el 18 de marzo de 2016, ha aprobado la presente Instrucción, decidida en la Sesión Ordinaria de esta Congregación el 2 de marzo de 2016, y ha ordenado su publicación.

Roma, de la sede de la Congregación para la Doctrina de la Fe, 15 de agosto de 2016, Solemnidad de la Asunción de la Santísima Virgen María.

GerhardCard. Müller
Prefecto

+Luis F. Ladaria, S.I.
Arzobispo titular de Thibica
Secretario


Más en:
http://www.vatican.va/roman_curia/congregations/cfaith/documents/rc_con_cfaith_doc_20160815_ad-resurgendum-cum-christo_sp.html

23 octubre 2016

Ángelus Dominical del Papa Francisco.


En este pasaje autobiográfico de San Pablo se refleja la Iglesia, especialmente hoy, jornada Misionera Mundial, cuyo tema es Iglesia misionera, testimonio de misericordia.

En Pablo la comunidad cristiana encuentra su modelo, en la convicción que es la presencia del Señor a hacer eficaz el trabajo apostólico y la obra de evangelización. La experiencia del Apóstol de los gentiles nos recuerda que debemos comprometernos en las actividades pastorales y misioneras, por una parte, como si el resultados dependiese de nuestros esfuerzos, con el Espíritu de sacrificio del atleta que no se detiene ni si quiera frente a las derrotas; por otra, sabiendo que el verdadero éxito de nuestra misión es don de la gracia”, dijo el Papa. “Es el Espíritu Santo que hace eficaz la misión de la Iglesia en el mundo".

¡Hoy es tiempo de misión y tiempo de coraje!. Coraje para reforzar los pasos vacilantes, de retomar el gusto el ‘gastarse’ por el Evangelio, de adquirir confianza en la fuerza que la misión lleva consigo.
Es tiempo a coraje también aunque tener coraje no signifique tener garantía de éxito. Se nos pide el coraje para luchar, no necesariamente para vencer; para anunciar, no necesariamente para convertir.

Todavía más: Nos es pedido el coraje para ser alternativos al mundo, pero sin ser agresivos o polemistas. Se nos pide la valentía para abrirnos a todos, sin disminuir nunca el carácter absoluto y la singularidad de Cristo, único salvador de todo. También se nos pide valentía para resistir a la incredulidad, sin ser arrogantes.

Que la Virgen María, modelo de la Iglesia ‘en salida’ nos ayude a todos, con la fuerza de nuestro bautismo, discípulos misioneros para llevar el mensaje de la salvación a toda la familia humana.

(23-10-2016)

Evangelio. Domingo XXX del Tiempo Ordinario.


Según San Lucas 18, 9 - 14.

En aquel tiempo, a algunos que se tenían por justos y despreciaban a los demás, Jesús les dijo esta parábola: Dos hombres subieron al templo a orar; uno fariseo, otro publicano. 
El fariseo, de pie, oraba en su interior de esta manera: ‘¡Oh Dios! Te doy gracias porque no soy como los demás hombres, rapaces, injustos, adúlteros, ni tampoco como este publicano. Ayuno dos veces por semana, doy el diezmo de todas mis ganancias’. 
En cambio el publicano, manteniéndose a distancia, no se atrevía ni a alzar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho, diciendo: ‘¡Oh Dios! ¡Ten compasión de mí, que soy pecador!’. Os digo que éste bajó a su casa justificado y aquél no. Porque todo el que se ensalce, será humillado; y el que se humille, será ensalzado.


Reflexión.

La autenticidad es, ¡hoy más que nunca!, una necesidad para descubrirnos a nosotros mismos y resaltar la realidad liberadora de Dios en nuestras vidas y en nuestra sociedad. Es la actitud adecuada para que la Verdad de nuestra fe llegue, con toda su fuerza, al hombre y a la mujer de ahora. Tres ejes vertebran a esta autenticidad evangélica: la firmeza, el amor y la sensatez

Reflexión de XXX domingo del Tiempo Ordinario.


El domingo pasado las lecturas nos hablaban de que tenemos que rezar con constancia y con insistencia. Todo lo que pidamos en la oración, se nos concede, pero tenemos que confiar. A veces nos parecerá que Dios no nos oye, que hablamos solos… pero, nuestro mundo nos ha acostumbrado a que el “aquí y el ahora” es lo importante, todo instantáneo, rápido. Pero las cosas de Dios no es así. Tenemos que aprender a perseverar, a rezar con calma.
En la Lectura del Éxodo, nos hablaba de que Moisés no rezaba solo. Necesitaba de los otros, hacía comunidad y era constante a pesar del cansancio; La lectura de Pablo nos volvía a recordar que pasaremos momentos de dificultad, de “no sentir nada en la oración”, pero que a pesar de la desgana, insistamos en la oración, que Él nos escucha; Lucas, en el evangelio nos ponía el ejemplo de la viuda para demostrarnos que Dios no es como el juez injusto, sino, que Dios es misericordioso. Que nosotros tenemos que ser como la viuda, ser insistentes en pedir, en rezar.

En este domingo XXX del Tiempo Ordinario, las lecturas nos vuelven a recordar que la oración es muy importante para ponernos en relación con Dios y que nos da lo que pedimos, si lo hacemos con constancia, confianza y fe. Vamos a ver la diferencia entre la oración del fariseo que es orgulloso y soberbio, frente a la del publicano arrepentido que es una oración de súplica humilde, sencillo y con un corazón humillado.

También celebramos hoy la Jornada del Domund. Rezamos por las misiones, lugares que son conocidos como te territorios llamados de “Misión” para la Evangelización. Los responsables de esa misión son tantos misioneros y misioneras que dedican toda su vida a llevar el Evangelio en forma de oración humilde, sencilla y cercana a tantos pobres. Darles una dignidad y hacerlos sentir personas.
Este año, el lema escogido es: “Sal de tu tierra”.
Es la invitación que el Papa Francisco nos hace siempre, a salir de nosotros mismos, de nuestras comodidades, al ponernos al servicio del otro, poner en prácticas nuestros dones, nuestras experiencias. Para un Cristiano, la misión es universal, no hay fronteras… El radio de Evangelización debe de ser ilimitado, debe ser el mundo entero. A veces, salir de nosotros y de nuestra tierra no será fácil, a veces nos rechazarán al llegar a un sitio, pero tenemos lo mejor que poseemos, a Cristo.

En la Primera Lectura del libro del Eclesiástico, nos habla de cómo Dios escucha las súplicas del oprimido y del pobre. Él oye cuando alguien lo necesita. Aplica la justicia divina a la oración y nos enseña que Dios es un juez justo y misericordioso, que no mira a las personas, no hace discriminación ni acepción, el escucha cuando se hace una oración sencilla, humilde, que hasta “atraviesa las nubes” y es aceptada.

En la Segunda Lectura, que es de la carta del Apóstol Pablo a Timoteo, nos presenta una “despedida”. Se despide de Timoteo porque pronto va a ser martirizado. Pablo se pone como ejemplo de haber “luchado bien el combate, correr hasta la meta y haber perseverado en la fe” y así es como el dice, que se recibe la “corona merecida”. Para poder luchar y combatir sólo hay un arma: la oración y la perseverancia. Y no se trata de orar con muchas palabras o grandes dogmas, sino con palabras sencillas y humildes, como por ejemplo, el Padrenuestro. Orando despacio, saboreando cada palabra, siendo consciente de lo que se dice, y confiando en que nos escucha.

En el Evangelio de Lucas, narra la parábola del fariseo y el publicano que van a rezar al templo. Uno de ellos hace una oración de soberbia, de egoísmo; el otro hace una oración de abandono, de humildad, de perdón, de arrepentimiento. Podíamos decir, que hace una oración de “vergüenza” por sus pecados. Nosotros podemos correr el riesgo de que creernos que ante Dios somos gran cosa, que somos los mejores, que cumplimos con los ritos, que rezamos, que vamos a Misa, que relativamente solemos perdonar, llevarnos más o menos bien con los demás… En definitiva, que nos merecemos la corona de gloria, que somos “obedientes y cumplidores”. Pero no nos paramos a pensar que corremos un grave riesgo de que Dios sabe y conoce nuestras intenciones. Pecamos de ese pecado que Dios aborrece: la soberbia y el orgullo.
Ser humildes, significa actuar con corazón limpio y sensato. Ser coherentes con lo que creemos, queremos y hacemos. El mundo vive de espalda a Dios. En nuestros alrededores seguramente se fomente la rivalidad, el orgullo, el olvidarnos de que somos creados por Dios, y esto es lo que hoy el Evangelio nos pide: HUMILDAD.
No mirar por encima del hombre, no creernos salvados por ser cumplidores. Porque… si nos examinan del amor, ¿aprobaríamos?.

Que la Virgen, madre de la Misericordia nos ayude e interceda por nosotros a ser conductos de paz y humildad en nuestros amientes. Que si en algún momento nos creemos los mejores, en vez de ponernos medallas, tengamos la humildad de servir al prójimo, perdonar, y orar con corazón coherente.
Que así sea.


Más en:
http://www.revistaecclesia.com/reflexion-de-xxx-domingo-del-tiempo-ordinario-por-fray-jose-borja/

La Orden Trinitaria celebramos a Cristo Redentor.


En 1682 los redentores españoles Miguel de Jesús María, Juan de la Visitación y Martín de la Resurrección dieron la libertad a 211 cautivos, recogidos en Mequínez, Fez y Tetuán, y rescataron a su vez 17 imágenes sagradas (15 esculturas y dos cuadros) que estaban en las mazmorras musulmanas. Para el rescate de las quince imágenes, el rey de Fez exigió el canje de quince moros cautivos en Ceuta y Málaga, los trinitarios pagaron por los moros y los enviaron a Fez, consiguiendo así la redención de las imágenes. Del mismo modo que hacían con los cautivos redimidos, como signo de haber pagado por ellos el rescate exigido, colocaron a las imágenes el escapulario con la cruz trinitaria.

La principal de las diecisiete imágenes rescatadas fue la de Jesús Nazareno, de estatura natural, con las manos cruzadas adelante y túnica tafetán morado. Se desconoce el origen de la imagen, ni se sabe cuándo, cómo, ni quién la llevó a Mámora. Las muchas leyendas que a lo largo de los siglos han rodeado esta imagen no son más que eso, leyendas. Lo que sí es cierto es que participó en la procesión de cautivos de Madrid y la imagen fue expuesta en la iglesia de los trinitarios descalzos de Madrid, donde pronto le construyeron una suntuosa capilla. Los duques de Medinaceli, D. Juan Francisco de la Cerda y Doña Catalina de Aragón y Sandoval, concedieron de limosna el 2 de octubre de 1686 al convento trinitario "un sitio de cuarenta y cuatro pies de longitud y doce pies de latitud para hacer y labrar en dicho sitio una capilla de la milagrosa imagen de Jesús Nazareno del Rescate, aplicando dicha capilla al patronatoo de sus Excelencias".

A esta imagen está ligada estrechamente la fiesta del Santísimo Redentor, que se celebra en la Orden Trinitaria cada 23 de octubre desde el siglo XVIII. Pronto todas las casas de trinitarios descalzos encargaron copias de aquel Redentor rescatado, y hasta el día de hoy es, tal vez, una de las imágenes del Señor y devociones trinitarias más extendidas en el mundo. Muchas cofradías y hermandades de penitencia se fundaron en las casas trinitarias descalzas en torno a esta imagen.

A causa de la exclaustración general de 1835, los trinitarios tuvieron que abandonar su casa e iglesia de Madrid. En 1891 se hicieron cargo de la capilla los franciscanos capuchinos, que en 1930 levantaron un nuevo templo consagrado poco después como Basílica de Jesús Nazareno de Medinaceli, nombre que adoptó a finales del siglo XIX a causa del patronazgo de la casa ducal homónima, pero que no corresponde con la historia de la imagen.

20 octubre 2016

Domund 2016. Cartel y Lema.




Sal... Es la invitación que nos hace el papa Francisco a salir de nosotros mismos, de nuestras fronteras y de la propia comodidad, para, como discípulos misioneros, poner al servicio de los demás los propios talentos y nuestra creatividad, sabiduría y experiencia.Es una salida que implica un envío y un destino.

... de tu tierra” La expresión resulta evocadora del origen del que parte el misionero que es enviado a la misión, y también del destino al que llega. La misión ad gentes es universal y no tiene fronteras. Solo quedan excluidos aquellos ámbitos que rechazan al misionero. Aun así, también en ellos se hace presente con su espíritu y su fuerza.

Domund 2016: ¿Qué hace Dios por los que sufren?.




19 octubre 2016

La hermana Carmen, hermana carnal del Beato Mártir Juan Duarte Martín, ha fallecido.


"Si el grano de trigo no muere, no da fruto"

Hoy a las 12:50 se iba en olor de santidad y con una paz en la cara, la hermana Carmen.
Era Carmelita Descalza en el convento de Ronda y hermana carnal del Beato Mártir Juan Duarte Martín.

En navidades pude visitarla y fue un gran placer el poder compartir con ella y su comunidad un rato de fraternidad y compartir experiencias.

Que el Señor te haya apremiado todo el bien que hicistes mediante la oración y el trabajo conventual.
D.E.P.

Catequesis de hoy miércoles del Papa Francisco: “La pobreza en abstracto no nos interpela, pero nos hace pensar, nos hace acusar; pero cuando tú ves la pobreza en la carne de un hombre, de una mujer, de un niño, ¡esto sí que nos interpela!".


Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Una de las consecuencias del llamado “bienestar” es aquella de llevar a las personas a encerrarse en sí mismas, haciéndolas insensibles a las exigencias de los demás. Se hace de todo para ilusionarlas presentándoles modelos de vida efímeros, que desaparecen después de algunos años, como si nuestra  vida fuera una moda a seguir y cambiar en cada estación. No es así. La realidad debe ser acogida y afrontada por aquello que es, y muchas veces nos presenta situaciones de urgente necesidad. Es por esto que, entre las obras de misericordia, se encuentra el llamado al hambre y a la sed: dar de comer al hambriento – existen muchos hoy, ¡eh! – y de beber al sediento. Cuantas veces los medios de comunicación nos informan de poblaciones que sufren la falta de alimentos y de agua, con graves consecuencias especialmente para los niños.

Ante estas noticias y especialmente ante ciertas imágenes, la opinión pública se siente afectada y de vez en cuando se inician campañas de ayuda para estimular a la solidaridad. Las donaciones se hacen generosas y de este modo se puede contribuir a aliviar el sufrimiento de muchos. Esta forma de caridad es importante, pero tal vez no nos involucra directamente. En cambio cuando, caminando por la calle, encontramos a una persona en necesidad, o quizás un pobre viene a tocar a la puerta de nuestra casa, es muy distinto, porque no estamos más ante una imagen, sino somos involucrados en primera persona. No existe más alguna distancia entre él o ella y yo, y me siento interpelado.

La pobreza en abstracto no nos interpela, pero nos hace pensar, nos hace acusar; pero cuando tú ves la pobreza en la carne de un hombre, de una mujer, de un niño, ¡esto sí que nos interpela! Y por esto, esa costumbre que nosotros tenemos de huir de la necesidad, de no acercarnos o enmascarar un poco la realidad de los necesitados con las costumbres de la moda. Así nos alejamos de esta realidad. No hay más alguna distancia entre el pobre y yo cuando lo encuentro. En estos casos, ¿Cuál es mi reacción? ¿Dirijo la mirada a otro lugar y paso adelante? O ¿Me detengo a hablar y me intereso de su estado? Y si tú haces esto no faltara alguno que diga: “¡Pero este está loco al hablar con un pobre!” ¿Veo si puedo acoger de alguna manera a aquella persona o busco de librarme lo más antes posible? Pero tal vez ella pide solo lo necesario: algo de comer y de beber. Pensemos un momento: cuantas veces recitamos el “Padre Nuestro”, es más, no damos verdaderamente atención a aquellas palabras. “Danos hoy nuestro pan de cada día”.

En la Biblia, un Salmo dice que Dios es aquel que «da el alimento a todos los vivientes» (136,25). La experiencia del hambre es dura. Lo sabe quién ha vivido periodos de guerra o carestía. Sin embargo esta experiencia se repite cada día y convive junto a la abundancia y al derroche. Son siempre actuales las palabras del apóstol Santiago: «¿De qué le sirve a uno, hermanos míos, decir que tiene fe, si no tiene obras? ¿Acaso esa fe puede salvarlo? ¿De qué sirve si uno de ustedes, al ver a un hermano o una hermana desnudos o sin el alimento necesario, les dice: “Vayan en paz, caliéntense y coman”, y no les da lo que necesitan para su cuerpo? Lo mismo pasa con la fe: si no va acompañada de las obras, está completamente muerta» (2,14-17): es incapaz de hacer obras, de hacer caridad, de dar amor. Hay siempre alguien que tiene hambre y sed y tiene necesidad de mí. No puedo delegar a ningún otro. Este pobre necesita de mí, de mi ayuda, de mi palabra, de mi empeño. Estamos todos comprometidos en esto.

Lo es también la enseñanza de aquella página del Evangelio en el cual Jesús, viendo a tanta gente que desde algunas horas lo seguía, pide a sus discípulos: «¿Dónde compraremos pan para darles de comer?» (Jn 6,5). Y los discípulos responden: “Es imposible, es mejor que los despidas…”. En cambio Jesús les dice a ellos: “No. Denles de comer ustedes mismos” (Cfr. Mt 14,16). Se hace dar los pocos panes y peces que tenían consigo, los bendijo, los partió y los hizo distribuir a todos. Es una lección muy importante para nosotros. Nos dice que lo poco que tenemos, si lo ponemos en las manos de Jesús y lo compartimos con fe, se convierte en una riqueza superabundante.

El Papa Benedicto XVI, en la Encíclica Caritas in veritate, afirma: «Dar de comer a los hambrientos es un imperativo ético para la Iglesia universal. […] El derecho a la alimentación y al agua tiene un papel importante para conseguir otros derechos. […] Por tanto, es necesario que madure una conciencia solidaria que considere la alimentación y el acceso al agua como derechos universales de todos los seres humanos, sin distinciones ni discriminaciones» (n. 27). No olvidemos las palabras de Jesús:  «Yo soy el pan de Vida» (Jn 6,35) y «El que tenga sed, venga a mí» (Jn 7,37). Son para todos nosotros creyentes una provocación estas palabras, una provocación a reconocer que, a través del dar de comer al hambriento y el dar de beber al sediento, pasa nuestra relación con Dios, un Dios que ha revelado en Jesús su rostro de misericordia.

(19-10-2016)

SIT Informa: Solidaridad con los Cristianos perseguidos.



16 octubre 2016

Evangelio. Domingo XXIX del Tiempo Ordinario.



Según San Lucas 18, 1 - 18.

En aquel tiempo, Jesús les decía una parábola para inculcarles que es preciso orar siempre sin desfallecer. Había un juez en una ciudad, que ni temía a Dios ni respetaba a los hombres. Había en aquella ciudad una viuda que, acudiendo a él, le dijo: ‘¡Hazme justicia contra mi adversario!’. Durante mucho tiempo no quiso, pero después se dijo a sí mismo: ‘Aunque no temo a Dios ni respeto a los hombres, como esta viuda me causa molestias, le voy a hacer justicia para que no venga continuamente a importunarme’.
Dijo, pues, el Señor: Oíd lo que dice el juez injusto; y Dios, ¿no hará justicia a sus elegidos, que están clamando a él día y noche, y les hace esperar? Os digo que les hará justicia pronto. Pero, cuando el Hijo del hombre venga, ¿encontrará la fe sobre la tierra?.


Reflexión.

Hoy, Jesús nos recuerda que «es preciso orar siempre sin desfallecer. Enseña con sus obras y con las palabras. Santa María es modelo de oración, también de petición. En Caná de Galilea es capaz de avanzar la hora de Jesús, la hora de los milagros, con su petición, llena de amor por aquellos esposos y llena de confianza en su Hijo

Reflexión de XXIX domingo del Tiempo Ordinario.


El domingo pasado, las lecturas tenían dos pilares fuertes: sanación y perseverancia. Veíamos como no sólo se puede estar enfermo corporalmente, sino también espiritualmente. En nuestro mundo hay enfermedades que no se curan con medicamentos, sino con nuestra propia voluntad, por ejemplo: la soberbia, la mentira, la envidia… Enfermedades que destruyen las relaciones interpersonales y llenan el corazón de odio.
Veíamos en el libro de los Reyes la curación de Naamán a través de un “instrumento de Dios” que era el Profeta Eliseo. Al quedarse curado, reconoce a Dios y empieza a alabarlo; en la segunda lectura de Pablo a Timoteo, en un contexto de cárcel y a punto de ser mártir Pablo, habla de que llevemos la Palabra de Dios sin miedo de lo que pueda pasar. Que seamos coherentes en la fe hasta las últimas consecuencias; y el Evangelio nos aconsejaba, que no busquemos el reconocimiento social (como hicieron los 9 leprosos), si no que agradezcamos a Dios, que Él es quien nos salva por medio de nuestra fe.

En este domingo XXIX del Tiempo Ordinario nos recuerda el Evangelio “la parábola del juez malvado y de la viuda pobre” como hay que rezar siempre y con insistencia. Todo lo que pidamos en la oración, se nos concederá. En este acto de fe en la oración entra el grado de confianza que tenemos con Dios. A mayor confianza, mayor será nuestra oración… A veces nos parecerá que Dios no nos oye, que hablamos solos, pero esto es fruto de que estamos acostumbrados al “aquí y ahora” en llamadas, mensajes de móviles. Dios no actúa así. Hoy es un buen momento para tomar como ejemplo al reciente obispo Santo Manuel González García. Que aprendamos de el a perseverar en la oración, a ponernos delante de Jesús sacramentado, aunque a veces estemos desganados. Pero “ve y reza. Reza mucho ante Jesús en el Sagrario. No lo abandonemos”.

En la Primera Lectura del Libro del Éxodo, nos muestra como Moisés no reza solo, sino que es acompañado de Jur y Aarón. Al rezar, eleva las manos al cielo, como símbolo de la oración que se eleva al cielo. Cuando sus brazos se cansaban después de estar horas rezando, su oración se debilitaba, ahí atacaba el enemigo. Pero fruto de una oración constante y repetitiva positivamente, encontró apoyo en Aarón y Jur, y así pudieron derrotar al enemigo.

En la Segunda Lectura que es de la carta del Apóstol Pablo a Timoteo, que es continuación de los domingos anteriores, escribe que sean insistentes en la oración y que enseñen la Palabra. Hay que orar sin desanimarse ni desfallecer. Pasaremos por momentos de debilidad, desierto, prueba, pero, no hay que dejar de orar. Cuando Dios parece que esta “mudo”, que creemos que no sirve para nada o que Dios no escucha, con más insistencia hay que orar. No la abandonemos. Cojamos el hábito de rezar, busquemos un rato fijo siempre. Al principio iremos como una “obligación o desgana”, pero con el paso del tiempo pasará de ser una “obligación desganada” a una necesidad.

En el Evangelio de Lucas, se nos narra la parábola de un malvado juez que satisface la necesidad de una viuda y éste lo hace vaya a que siga yendo a cada momento a importunarle. Es un juez injusto que no quiere saber nada de una pobre viuda. Ella lo busca para que le ayude, y el le ayuda por así decirlo, “porque es pesada” es insistente y perseverante; Jesús usa este ejemplo para que entendamos que Dios, NO es como el juez inhumano e injusto, sino que infinitamente misericordioso, es justo, es bueno, y escucha SIEMPRE (aunque nosotros no lo creamos) nuestras oraciones. Ojalá que tengamos fuertes momentos de encuentro con Dios, para que así nuestra vida en actos, sea coherencia con nuestra fe.
Seamos perseverantes y saquemos un momento en nuestro día a día para sentarnos delante de quien nunca nos falla y nos invita a estar con Él.

Hoy damos gracias a Dios por los nuevos santos que han sido canonizados en Roma.

Le pedimos a la Virgen, Madre de la Misericordia, que por intercesión y a ejemplo de San Manuel González, nos ayude a que seamos perseverantes en el encuentro con el Señor, mediante la oración.
Que a pesar de nuestras limitaciones, nuestras desganas, como dijo en una de las oraciones San Manuel González: “Morir antes que cansarnos”, que nunca la oración nos canse.


Más en:
http://www.revistaecclesia.com/reflexion-de-xxix-domingo-del-tiempo-ordinario-por-fray-jose-borja/

San Manuel Gónzalez García, Ruega por nosotros.



A través de esta fórmula, el Papa Francisco canoniza a los siete nuevo Santos.



(16-10-2016)

Homilía del Papa Francisco en la canonización de los siete nuevos Santos.

Al inicio de la celebración eucarística de hoy hemos dirigido al Señor esta oración: «Crea en nosotros un corazón generoso y fiel, para que te sirvamos siempre con fidelidad y pureza de espíritu» (Oración Colecta).

Nosotros solos no somos capaces de alcanzar un corazón así, sólo Dios puede hacerlo, y por eso lo pedimos en la oración, lo imploramos a él como don, como «creación» suya. De este modo, hemos sido introducidos en el tema de la oración, que está en el centro de las Lecturas bíblicas de este domingo y que nos interpela también a nosotros, reunidos aquí para la canonización de algunos nuevos Santos y Santas. Ellos han alcanzado la meta, han adquirido un corazón generoso y fiel, gracias a la oración: han orado con todas las fuerzas, han luchado y han vencido.

Orar, por tanto, como Moisés, que fue sobre todo hombre de Dios, hombre de oración. Lo contemplamos hoy en el episodio de la batalla contra Amalec, de pie en la cima del monte con los brazos levantados; pero, en ocasiones, dejaba caer los brazos por el peso, y en esos momentos al pueblo le iba mal; entonces Aarón y Jur hicieron sentar a Moisés en una piedra y mantenían sus brazos levantados, hasta la victoria final.Este es el estilo de vida espiritual que nos pide la Iglesia: no para vencer la guerra, sino para vencer la paz. En el episodio de Moisés hay un mensaje importante: el compromiso de la oración necesita del apoyo de otro. El cansancio es inevitable, y en ocasiones ya no podemos más, pero con la ayuda de los hermanos nuestra oración puede continuar, hasta que el Señor concluya su obra.

San Pablo, escribiendo a su discípulo y colaborador Timoteo le recomienda que permanezca firme en lo que ha aprendido y creído con convicción (cf. 2 Tm 3,14). Pero tampoco Timoteo no podía hacerlo solo: no se vence la «batalla» de la perseverancia sin la oración. Pero no una oración esporádica e inestable, sino hecha como Jesús enseña en el Evangelio de hoy: «Orar siempre sin desanimarse» (Lc 18,1). Este es el modo del obrar cristiano: estar firmes en la oración para permanecer firmes en la fe y en el testimonio. Y de nuevo surge una voz dentro de nosotros: «Pero Señor, ¿cómo es posible no cansarse? Somos seres humanos, incluso Moisés se cansó». Es cierto, cada uno de nosotros se cansa. Pero no estamos solos, hacemos parte de un Cuerpo. Somos miembros del Cuerpo de Cristo, la Iglesia, cuyos brazos se levantan al cielo día y noche gracias a la presencia de Cristo resucitado y de su Espíritu Santo. Y sólo en la Iglesia y gracias a la oración de la Iglesia podemos permanecer firmes en la fe y en el testimonio.

Hemos escuchado la promesa de Jesús en el Evangelio: Dios hará justicia a sus elegidos que le gritan día y noche (cf. Lc 18,7). Este es el misterio de la oración: gritar, no cansarse y, si te cansas, pide ayuda para mantener las manos levantadas. Esta es la oración que Jesús nos ha revelado y nos ha dado a través del Espíritu Santo. Orar no es refugiarse en un mundo ideal, no es evadir a una falsa quietud. Por el contrario, orar y luchar, y dejar que también el Espíritu Santo ore en nosotros. Es el Espíritu Santo quien nos enseña a rezar, quien nos guía en la oración y nos hace orar como hijos.

Los santos son hombres y mujeres que entran hasta el fondo del misterio de la oración. Hombres y mujeres que luchan con la oración, dejando al Espíritu Santo orar y luchar en ellos; luchan hasta el extremo, con todas sus fuerzas, y vencen, pero no solos: el Señor vence a través de ellos y con ellos. También estos siete testigos que hoy han sido canonizados, han combatido con la oración la buena batalla de la fe y del amor. Por ello han permanecido firmes en la fe con el corazón generoso y fiel. Que, con su ejemplo y su intercesión, Dios nos conceda también a nosotros ser hombres y mujeres de oración; gritar día y noche a Dios, sin cansarnos; dejar que el Espíritu Santo ore en nosotros, y orar sosteniéndose unos a otros para permanecer con los brazos levantados, hasta que triunfe la Misericordia Divina.




(16-10-2016)

Ya tenemos siete nuevos Santos para la Iglesia Católica. Entre ellos, San Manuel González García.




15 octubre 2016

Todo preparado en Roma para la canonización de los siete nuevos santos.




Hoy celebra la Iglesia a Santa Teresa de Jesús. Doctora de la Iglesia.


Nació en Ávila (España) el año 1515. Ingresó en la Orden del Carmelo, donde realizó grandes progresos en el camino de la perfección y gozó de místicas revelaciones. Habiendo emprendido la reforma de su Orden, tuvo que sufrir muchas dificultades, que superó con gran fortaleza de ánimo. También escribió varias obras, insignes por lo elevado de su doctrina, fruto de su experiencia personal. Murió en Alba de Tormes el año 1582.

De las Obras de santa Teresa de Jesús, virgen y doctora de la Iglesia.

Con tan buen amigo presente -nuestro Señor Jesucristo-, con tan buen capitán, que se puso en lo primero en el padecer, todo se puede sufrir. Él ayuda y da esfuerzo, nunca falta, es amigo verdadero. Y veo yo claro, y he visto después, que para contentar a Dios y que nos haga grandes mercedes quiere que sea por manos de esta Humanidad sacratísima, en quien dijo Su Majestad se deleita.

Muy muchas veces lo he visto por experiencia; hámelo dicho el Señor. He visto claro que por esta puerta hemos de entrar, si queremos nos muestre la soberana Majestad grandes secretos. Así que no queramos otro camino, aunque estemos en la cumbre de contemplación; por aquí vamos seguros. Este Señor nuestro es por quien nos vienen todos los bienes. Él lo enseñará; mirando su vida, es el mejor dechado.

¿Qué más queremos que un tan buen amigo al lado, que no nos dejará en los trabajos y tribulaciones, como hacen los del mundo? Bienaventurado quien de verdad le amare y siempre le trajere cabe de sí. Miremos al glorioso san Pablo, que no parece se le caía de la boca siempre Jesús, como quien le tenía bien en el corazón. Yo he mirado con cuidado, después que esto he entendido, de algunos santos, grandes contemplativos, y no iban por otro camino: san Francisco, san Antonio de Padua, san Bernardo, santa Catalina de Siena.

Con libertad se ha de andar en este camino, puestos en las manos de Dios; si su Majestad nos quisiere subir a ser de los de su cámara y secreto, ir de buena gana.

Siempre que se piense de Cristo, nos acordemos del amor con que nos hizo tantas mercedes y cuán grande nos le mostró Dios en darnos tal prenda del que nos tiene: que amor saca amor. Procuremos ir mirando esto siempre y despertándonos para amar, porque, si una vez nos hace el Señor merced que se nos imprima en el corazón este amor, sernos ha todo fácil, y obraremos muy en breve y muy sin trabajo.

Sólo queda un día para la Canonización del Beato Manuel González García.






«Mi único sueño pastoral: ¡formar y conservar muchos y cabales sacerdotes! ¡Tengo tan metido en lo más hondo de mi alma lo que puede un cura! ¡Creo y confío tanto en el poder del sacerdote que cree y confía en su sacerdocio!» (Beato Manuel González García)





Canción compuesta por el grupo IXCIS con motivo de la canonización del Beato Manuel González García.



Beato Manuel González García, "Un Sueño Pastoral".



"A un día de la canonización del Beato Manuel González García, el sacerdote malagueño, Don Alfonso Crespo, escribes unas líneas sobre el futuro Santo."


En 1916 el Papa nombra al arcipreste de Huelva, D. Manuel González, obispo de Málaga. Su experiencia
en Huelva, le hace reflexionar sobre la figura del sacerdote. Dejará sus intuiciones en un libro sencillo y profundo, casi un programa de espiritualidad sacerdotal: «Lo que puede un cura hoy».

La labor episcopal de D. Manuel se centra en una necesidad vital: la falta de sacerdotes y su escasa formación. Emprendió la construcción de un nuevo Seminario, no sólo un nuevo edificio sino también un nuevo estilo formativo y una espiritualidad renovada, adelantada al Concilio. Todo ello, lo recoge en un libro precioso titulado «Un sueño pastoral».

Su estilo formativo está injertado en el ADN de los sacerdotes malagueños, y sus frases como slogan programáticos fluyen constantemente entre nosotros: quería que sus sacerdotes fueran «evangelios vivos con pies de curas», que sirvieran al pueblo «de balde y con todo lo nuestro», y con cierta premonición de futuros mártires anhelaba que sus sacerdotes fueran «sacerdotes hostia». El Seminario de Málaga, junto a otros, se erigió en foco de espiritualidad y renovación sacerdotal en aquellos difíciles años.
Desde entonces, el Seminario mira a Málaga y Málaga a su Seminario y, para los sacerdotes: «Don Manuel es su Seminario»

"Un Obispo para la Reconciliación"

D. Manuel es, también, una página ejemplar de su tiempo. En 1931, con la llegada de la República, su situación se torna delicada, le incendian el Palacio Episcopal y se traslada a Gibraltar para no poner en peligro la vida de quienes lo acogen.

Desterrado, desde 1932 rige la Diócesis desde Madrid. En 1935 es nombrado obispo de Palencia, donde entregó los últimos años de su ministerio episcopal.

Nuestra historia moderna está marcada profundamente por la guerra civil. Y nuestra memoria histórica tiene el sesgo de una herida no cicatrizada. Alguien escribió que «toda guerra civil es siempre la victoria de un bando sobre otro y la derrota de los dos». Todavía sufrimos sus rescoldos.

D. Manuel fue testigo y victima de los acontecimientos acaecidos en nuestra diócesis en los años anteriores a la guerra civil, nunca se oyó de él una palabra de reproche y soportó heróicamente
la calumnia y la incomprensión.

Ojalá su canonización pueda abrir una línea de investigación histórica marcada por la objetividad, la verdad y la reconciliación, sin anclarse en el odio del pasado y proyectando la ilusión de un futuro integrador. D. Manuel es también «un obispo para la reconciliación».


www.diocesismalaga.es

Documental sobre el Futuro Santo Manuel González García, Obispo de los Sagrarios Abandonados.



13 octubre 2016

Ya luce en San Pedro el tapiz de D. Manuel González.




Gracias a las Hermanas Nazarenas por compartir estas fotos en sus redes sociales. Un Don el poder compartir la canonización de un gran obispo Malagueño.

12 octubre 2016

El Papa Francisco aprobó este lunes 10 de octubre mediante un decreto las virtudes heroicas del P. Arnáiz, y lo proclama "venerable". Un paso para la beatificación.


¿Quién es el P. Arnáiz?

Nació en Valladolid el 11 de agosto de 1865, de familia humilde. Se ordenó de sacerdote a los 25 años, el 20 de abril de 1890. Estuvo tres años de párroco en su diócesis y nueve en Ávila. Se doctora en Teología en Toledo el 19 de diciembre de 1896. A la muerte de su padre, entra el noviciado de la Compañía de Jesús en Granada, el 30 de marzo de 1902, y dos años más tarde, hace sus primeros votos como jesuita. Los cursos de 1911 a 1912 está destinado en Murcia.
Luego permanece en Loyola, para hacer la Tercera Probación con que la Compañía culmina la formación de sus miembros. En 1912 es destinado a Málaga donde, el 15 de agosto, hace sus últimos votos de religioso.

El curso de 1916 a 1917 lo pasa destinado en Cádiz. En ese año 1917 vuelve a Málaga, donde permanece hasta su muerte. En enero de 1922 da comienzo a su obra de las Doctrinas Rurales junto con su colaboradora Mª Isabe González del Valle.

El 18 de julio de 1926 muere en Málaga en olor de santidad. Sus restos mortales se encuentran en la iglesia del Sagrado Corazón de Málaga.

Al finalizar la audiencia general, el Papa Francisco exigió a los contendientes en la guerra de Siria un nuevo alto el fuego.


"Enfatizo y reitero mi solidaridad con todas las víctimas del inhumano conflicto en Siria, y, con urgencia hago un llamamiento implorando con todas mis fuerzas, a los responsables, para que tomen medidas para un alto el fuego inmediato. Que se imponga y respete al menos durante el tiempo necesario para evacuar a los civiles, especialmente a los niños que todavía siguen atrapados bajo los crueles bombardeos."

La última tregua pactada por Rusia y Estados Unidos e impuesta a los bandos enfrentados en Siria, se produjo entre el 12 y el 19 de septiembre. El alto el fuego alivió de manera especial a la población de la ciudad de Alepo, la ciudad más importante del país, donde se están produciendo los combates más encarnizados entre el ejército sirio leal al presidente Bashar al-Asad, y el conglomerado de fuerzas rebeldes.

Tras el fin del cese temporal de hostilidades, más de 500 civiles han muerto y 1.200 han resultado heridos en los combates y bombardeos en Alepo, así como en los barrios y localidades de su extrarradio.

Antes del conflicto, Alepo era una pujante ciudad de más de 2 millones de habitantes. En la actualidad, y tras más de cinco años de guerra, es una ciudad completamente destruida –incluida su ciudad vieja de alto valor patrimonial– en la que sobreviven 300.000 civiles que deambulan entre los escombros.

(Roma, 12-10-2016)

Catequesis de hoy miércoles del Papa Francisco: "Las obras de misericordia despiertan en nosotros la exigencia y la capacidad de hacer de viva y operante la fe con la caridad."


Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

En las catequesis anteriores nos hemos ido metiendo un poco a la vez en el gran misterio de la misericordia de Dios. Hemos meditado sobre el actuar del Padre en el Antiguo Testamento y luego, a través de las narraciones evangélicas, hemos visto como Jesús, en sus palabras y en sus gestos, sea la encarnación de la Misericordia. Él, a su vez, ha enseñado a los discípulos: «Sean misericordiosos como el Padre» (Lc 6,36). Es un empeño que interpela la conciencia y la acción de todo cristiano. De hecho, no basta tener la experiencia de la misericordia de Dios en la propia vida; es necesario que quien la reciba también se convierta en signo e instrumento para los demás. La misericordia, además, no está reservada solo a los momentos particulares, sino abraza toda nuestra experiencia cotidiana.

Por lo tanto, ¿Cómo podemos ser testigos de misericordia? No pensemos que se trate de realizar grandes esfuerzos o gestos sobre humanos. No, no es así. El Señor nos indica un camino mucho más simple, hecho de pequeños gestos pero que a sus ojos tienen un gran valor, a tal punto que nos ha dicho que sobre esto seremos juzgados.

De hecho, una página entre las más bellas del Evangelio de Mateo nos presenta la enseñanza que podríamos considerar de alguna manera como el “testamento de Jesús” por parte del evangelista, que experimentó directamente en sí la acción de la Misericordia. Jesús dice que cada vez que damos de comer a quien tiene hambre y de beber a quien tiene sed, que vestimos a una persona desnuda y acogemos a un forastero, que visitamos a un enfermo o a un encarcelado, lo hacemos a Él (Cfr. Mt 25,31-46). La Iglesia ha llamado a estos gestos “obras de misericordia corporales”, porque ayudan a las personas en sus necesidades materiales.

Existen también otras siete obras de misericordia llamadas “espirituales”, que se refieren a otras exigencias también importantes, sobre todo hoy, porque tocan el interior de las personas y muchas veces hacen sufrir más. Todos ciertamente recordamos uno que ciertamente ha entrado en el lenguaje común: “Soportar pacientemente a las personas molestas”. ¡Y existen eh! ¡Existen personas molestas!

Podría parecer una cosa poco importante, que nos hace sonreír, en cambio contiene un sentimiento de profunda caridad; y así es también para las otras seis, que es bueno recordar: aconsejar a los inciertos, enseñar a los ignorantes, corregir al que se equivoca, consolar a los afligidos, perdonar las ofensas, rezar a Dios por los vivos y por los difuntos. ¡Son cosas de todos los días! “Pero yo estoy afligido…” “Dios te ayudará, no tengo tiempo”. ¡No! ¡Me detengo, lo escucho, pierdo el tiempo y lo consuelo, este es un gesto de misericordia y esto nos es hecho sólo a él, sino es hecho a Jesús!


En las próximas Catequesis nos detendremos sobre estas obras, que la Iglesia nos presenta como el modo concreto de vivir la misericordia. A lo largo de los siglos, muchas personas sencillas las ha puesto en práctica, dando así un genuino testimonio de fe. La Iglesia por otra parte, fiel a su Señor, nutre un amor preferencial por los más débiles. Muchas veces son las personas más cercanas a nosotros las que tienen necesidad de nuestra ayuda. No debemos ir en búsqueda de quien sabe qué acciones por realizar. Es mejor iniciar por aquellas más sencillas, que el Señor nos indica como las más urgentes. En un mundo lamentablemente herido por el virus de la indiferencia, las obras de misericordia son el mejor antídoto. Nos educan, de hecho, a la atención hacia las exigencias más elementales de nuestros «hermanos más pequeños» (Mt 25,40), en los cuales está presente Jesús. Siempre Jesús está presente allí donde hay necesidad, una persona que tiene necesidad, sea material que espiritual, pero  Jesús está ahí. Reconocer su rostro en aquel que está en necesidad es un verdadero desafío contra la indiferencia. Nos permite estar siempre vigilantes, evitando que Cristo pase a nuestro lado sin que lo reconozcamos. Me viene a la mente la frase de San Agustín: «Timeo Iesum transeuntem» (Serm., 88, 14, 13), “Tengo miedo que el Señor pase” y no lo reconozca, que el Señor pase delante a mí en una de estas personas pequeñas, necesitadas y yo no me dé cuenta que es Jesús. Tengo miedo que el Señor pase y no lo reconozca. Me he preguntado porque San Agustín ha dicho temer el paso de Jesús. La respuesta, lamentablemente, está en nuestro comportamiento: porque muchas veces estamos distraídos, indiferentes, y cuando el Señor pasa a nuestro lado perdemos la ocasión del encuentro, de encuentro con Él.

Las obras de misericordia despiertan en nosotros la exigencia y la capacidad de hacer de viva y operante la fe con la caridad. Estoy convencido que a través de estos simples gestos cotidianos podemos cumplir una verdadera revolución cultural, como lo ha sido en el pasado. Si cada uno de nosotros, cada día, hace una de estas, esta será una revolución en el mundo. ¡Pero todos eh! Cada uno de nosotros.  ¡Cuántos santos hoy son todavía recordados no por las grandes obras que han realizado, sino por la caridad que han sabido transmitir! Pensemos en Madre Teresa, canonizada hace poco: no la recordamos por las casas que ha abierto en el mundo, sino porque se inclinaba en cada persona que encontraba en medio a la calle para restituirle la dignidad. ¡Cuántos niños abandonados ha abrazado entre sus brazos; cuantos moribundos ha acompañado al umbral de la eternidad sujetándolos por la mano!

Estas obras de misericordia con los rasgos del Rostro de Jesucristo que cuida de sus hermanos más pequeños para llevar a cada uno la ternura y la cercanía de Dios. Que el Espíritu Santo nos ayude, que el Espíritu Santo encienda en nosotros el deseo de vivir con este estilo de vida: al menos hacer una cada día. Aprendamos de nuevo de memoria las obras de misericordia corporales y espirituales y pidamos al Señor nos ayude a ponerlos en práctica cada día y en el momento en el cual veamos a Jesús en una persona que está necesitada.

(12-10-2016)

Hoy celebramos a la Virgen del Pilar.


Según una piadosa y antigua tradición, ya desde los albores de su conversión, los primitivos cristianos levantaron una ermita en honor de la Virgen María, a las orillas del Ebro, en la ciudad de Zaragoza. La primitiva y pequeña capilla, con el correr de los siglos, se ha convertido hoy en una basílica grandiosa que acoge, como centro vivo y permanente de peregrinaciones, a innumerables fieles que, desde todas las partes del mundo, vienen a rezar a la Virgen y a venerar su Pilar.

La advocación de nuestra Señora del Pilar ha sido objeto de un especial culto por parte de los españoles: difícilmente podrá encontrarse en el amplio territorio patrio un pueblo que no guarde con amor la pequeña imagen sobre la santa columna. Muchas instituciones la veneran también como patrona.

Muy por encima de milagros espectaculares, de manifestaciones clamorosas y de organizaciones masivas, la virgen del Pilar es invocada como refugio de pecadores, consoladora de los afligidos, madre de España. Su quehacer es, sobre todo, espiritual. Y su basílica en Zaragoza es un lugar privilegiado de oración, donde sopla con fuerza el Espíritu.

La devoción al Pilar tiene una gran repercusión en Iberoamérica, cuyas naciones celebran la fiesta del descubrimiento de su continente el doce de octubre, es decir, el mismo día del Pilar. Como prueba de su devoción a la Virgen, los numerosos mantos que cubren la sagrada imagen y las banderas que hacen guardia de honor a la Señora ante su santa capilla testimonian la vinculación fraterna que Iberoamérica tiene, por el Pilar, con la patria española.

Abierta la basílica durante todo el día, jamás faltan fieles que llegan al Pilar en busca de reconciliación, gracia y diálogo con Dios.

(II). El dibujante Fano, ha realizado algunos dibujos del Beato Manuel González García con motivo de la canonización que será el próximo domingo 16 de octubre.











11 octubre 2016

(I). El dibujante Fano, ha realizado algunos dibujos del Beato Manuel González García con motivo de la canonización que será el próximo domingo 16 de octubre.











Mensaje de los Obispos: canonización de D. Manuel González.


Mensaje de la Comisión Permanente de la Conferencia Episcopal Española, con motivo de la canonización del obispo Manuel González.

Un modelo de fe eucarística para nuestro tiempo

Damos gracias a Dios porque el próximo día 16 de octubre de este Año jubilar de la Misericordia el Papa Francisco canonizará en Roma al beato Manuel González García, obispo de Palencia y antes de Málaga, junto a con los beatos José Sánchez, José Gabriel del Rosario Brochero, Salomone Leclercq, Lodovico Pavoni, Alfonso Mª Fusco y Sor Elisabeth de la Santísima Trinidad (Elisabeth Catez).

La vida y obra del nuevo santo obispo español, centradas en la Eucaristía, constituyen un modelo para la Iglesia y para nuestro tiempo, tan necesitados de espíritu contemplativo, de entregada actividad caritativa y de volver a la mesa eucarística donde Cristo se hace presencia cercana y Pan vivo que alimenta y fortalece (cfr. Jn 6, 22-59).

El obispo Manuel González nos ha dejado en sus fundaciones y en sus obras (escritas con el gracejo y sabiduría de un excepcional párroco y catequista) la invitación a una fuerte vida eucarística que ayude a los cristianos a vivir y testimoniar su fe. Más aún, el santo obispo animó siempre a los fieles a participar en la Santa Misa y a vivir lo que ella significa en el servicio a los pobres y excluidos, no menos que a relacionarse frecuentemente con el Señor, realmente presente en el sagrario. Una presencia de Amor no siempre correspondido: entrar a la adoración eucarística para abrazar y salir para servir.

Por otro lado, al nuevo santo no le fue ahorrada la cruz en su vida y así experimentó, en no pocas ocasiones, la dura tribulación del desafecto; sufrió también callada y ejemplarmente el destierro en la España de los dramáticos años 30 del siglo pasado. Al mismo tiempo es justo también subrayar que él supo siempre perdonar a todos al calor de Cristo-Eucaristía, que une lo dividido y reconcilia lo enemistado (cfr. Ef 2,14). “Porque el pan es uno, nosotros, siendo muchos, formamos un solo cuerpo, pues todos comemos del mismo pan” (1 Cor 10, 17).

Corresponder al amor de Cristo
Don Manuel González había nacido en 1877 en Sevilla. De su catedral fue niño cantor (seise), y en esta misma ciudad fue ordenado sacerdote por el beato cardenal Marcelo Spínola el 21 de septiembre de 1901. Se recuerda aún su primera labor pastoral en la localidad sevillana de Palomares del Río, donde robusteció y forjó su espiritualidad eucarística y su amor por los más pobres. Ante el sagrario solitario de esta parroquia tuvo una experiencia interior sobrenatural que marcaría toda su vida y mensaje: “Allí de rodillas… mi fe veía a un Jesús tan callado, tan paciente, tan bueno, que me miraba… que me decía mucho y me pedía más, una mirada en la que se reflejaba todo lo triste del Evangelio… La mirada de Jesucristo en esos sagrarios es una mirada que se clava en el alma y no se olvida nunca. Vino a ser para mí como punto de partida para ver, entender y sentir todo mi ministerio sacerdotal”.

Esta vivencia marcó su entera existencia y misión, verdaderamente ejemplar para una genuina espiritualidad sacerdotal. Así, cuando en 1905 es nombrado párroco de Huelva, al encontrarse con una situación de indiferencia religiosa, su amor y celo apostólico abrieron caminos para reavivar la vida cristiana de sus feligreses y se preocupó también de la situación de las familias más necesitadas y de los niños, para los que fundó escuelas. El 4 de marzo de 1910 ante un grupo de colaboradoras manifestó el gran anhelo de su corazón: “Permitidme que yo, que invoco muchas veces la solicitud de vuestra caridad en favor de los niños pobres y de todos los abandonados, invoque hoy vuestra atención y cooperación en favor del más abandonado de todos los pobres: el Santísimo Sacramento. Os pido una limosna de cariño para Jesucristo sacramentado… Os pido, por el amor de María Inmaculada y por el amor de ese Corazón tan mal correspondido, que os hagáis las Marías de esos sagrarios abandonados”. Así, con la sencillez del Evangelio, nació la “Obra para los Sagrarios-Calvarios” para dar una respuesta de amor reparador al amor de Cristo resucitado, real y verdaderamente presente en la Eucaristía.

Cuando en 1920 fue nombrado obispo de Málaga, de la que era auxiliar desde 1916, lo celebró reuniendo, en una comida festiva, a los niños pobres, a quienes autoridades, sacerdotes y seminaristas sirvieron en una mesa que era verdadera prolongación de la mesa eucarística.

Apostolado eucarístico
Don Manuel es también conocido como el fundador e impulsor de la gran familia seglar “Unión Eucarística Reparadora”. Fundó además en 1921 la congregación de las Misioneras Eucarísticas de Nazaret (conocidas popularmente como “Hermanas Nazarenas”), presentes con su labor apostólica en ocho países de dos continentes, y puso en marcha, fruto de su gran afán evangelizador, la popular revista El Granito de Arena, con un especial acento en la propagación del amor a la Eucaristía.

El santo obispo llegó a la diócesis castellana de Palencia en 1935, después de cuatro años de forzada ausencia de su diócesis anterior. Aceptó ser obispo de Palencia con un verdadero amor pastoral hasta su muerte, acaecida en Madrid el 4 de enero de 1940. Enterrado en la capilla del Sagrario de la catedral palentina, sobre su tumba se lee una última voluntad que es también humilde súplica: “Pido ser enterrado junto a un Sagrario, para que mis huesos, después de muerto, como mi lengua y mi pluma en vida, estén siempre diciendo a los que pasen: ¡Ahí está Jesús! ¡Ahí está! ¡No lo dejéis abandonado!”.

Sus enseñanzas poseen permanentes valores teológicos e intuiciones que se asoman a una piedad eucarística renovadora, como desea el Concilio Vaticano II que sea impulsada en la Iglesia, ya que “la Liturgia es la cumbre a la cual tiende la actividad de la Iglesia y al mismo tiempo la fuente de donde mana toda su fuerza…, la renovación de la Alianza del Señor con los hombres en la Eucaristía enciende y arrastra a los fieles a la apremiante caridad de Cristo” (Const. A. Sacrosanctum Concilium, n.10; cf. Ritual de la Sgda. Comunión y del culto a la Eucaristía fuera de la Misa, n.25).

Adoración y caridad
Por esto mismo, la propuesta cristiana que propagaba don Manuel González de “eucaristizar” la vida, de trasformarla en adoración, ofrenda y compromiso permanente, constituye un valioso programa de vida cristiana también para nuestro tiempo. Él nunca separó la Eucaristía del servicio a los excluidos, ya que siempre la orientó hacia el descubrimiento del rostro de Cristo pobre y abandonado en las múltiples marginaciones de cada día. El santo obispo de Palencia dio forma concreta en su vida pastoral a lo que  pediría el papa Benedicto XVI al afirmar que “sólo en la adoración (eucarística) puede madurar una acogida profunda y verdadera. Y precisamente en este acto personal de encuentro con el Señor madura luego también la misión social contenida en la Eucaristía y que quiere romper las barreras no sólo entre el Señor y nosotros, sino también y sobre todo las barreras que nos separan a los unos de los otros” (Exh. A. Sacamentum caritatis, 66).

Es así como don Manuel González fue un hombre de su tiempo y los avatares de la España en que le tocó vivir dejaron honda huella en sus preocupaciones y realizaciones pastorales. No predicó la huida del mundo, sino que siempre contempló la presencia de Cristo en la Eucaristía como un momento de intimidad particular para después movilizar a los fieles hacia el compromiso social y caritativo. Esta actividad la veía no como un lugar sin retorno, sino como medio para retornar de nuevo a la intimidad con Cristo al que se había escuchado y servido en el propio quehacer apostólico, ya que, como señala el Papa Francisco, “para nosotros toda persona y más si está marginada, si está enferma, es la carne de Cristo” (Disc. Caritas Internationalis, 16-05.2013).  ¿Cómo no reconocer en esta intuición un bello ideal de vida cristiana para nuestro tiempo?

Actualidad de su mensaje
“Sería triste –señalaba S. Juan Pablo II en la misa de beatificación de D. Manuel el 29 de abril de 2001- que la presencia amorosa del Salvador (en la Eucaristía), después de tanto tiempo, fuera aún desconocida por la humanidad. Esa fue la gran pasión del beato Manuel González García…, (el nuevo beato) es un modelo de fe eucarística, cuyo ejemplo sigue hablando a la Iglesia de hoy”.

Efectivamente, ochenta y seis años después de su muerte, la vida y mensaje del nuevo santo español recobran actualidad. Siempre cerca de Cristo-Eucaristía, nos ayuda a descubrir, en contraste con los olvidos humanos, las palabras y latidos más profundos de la misericordia divina y nos señala insistentemente al Santísimo Sacramento, que como dice el Vaticano II, es fuente y cumbre de toda vida cristiana, no menos que expresión concreta de la unidad del pueblo de Dios (cf. LG, n. 11).

Precisamente, el “camino, recorrido por Jesús hasta el extremo (cf. Jn 13,1), se hace presencia y memoria permanente para nosotros en este sacramento. Por eso nosotros, ante Jesús-Eucaristía, queremos renovar nuestra unión con Él y nuestro seguimiento (cf. Col 3,9-15) y lo hacemos manteniendo vivo su proyecto compasivo, como nos pide el Papa Francisco: «En este Año Santo, podremos realizar la experiencia de abrir el corazón a cuantos viven en las más contradictorias periferias existenciales, que con frecuencia el mundo moderno dramáticamente crea. ¡Cuántas situaciones de precariedad y sufrimiento existen en el mundo hoy! Cuántas heridas sellan la carne de muchos que no tienen voz porque su grito se ha debilitado y silenciado a causa de la indiferencia de los pueblos ricos». (Misericordiae vultus, 2015, nº 15)” Contemplando el misterio de la Eucaristía y configurados por él, trabajemos por una cultura de la compasión (Comisión E. de Pastoral Social. Mensaje para el Corpus Christi-2016).

Con el ejemplo de la Virgen María, “primer sagrario” y “mujer eucarística”
San Juan Pablo II nos pedía que siguiéramos “la enseñanza de los santos, grandes intérpretes de la verdadera piedad eucarística. Con ellos la teología de la Eucaristía adquiere todo el esplendor de la experiencia vivida, nos «contagia» y, por así decir, nos «enciende». Pongámonos, sobre todo, a la escucha de María Santísima, en quien el Misterio eucarístico se muestra, más que en ningún otro, como misterio de luz. Mirándola a ella conocemos la fuerza trasformadora que tiene la Eucaristía. En ella vemos el mundo renovado por el amor” (Ecclesia de Eucharistia, n.62).

Con estos sentimientos, deseamos que la canonización de D. Manuel González, en el marco del Jubileo Extraordinario de la Misericordia que estamos celebrando, anime a los fieles de la Iglesia en España a una verdadera y frecuente adoración del Señor en el sacramento de la Eucaristía, así como  a una mayor vivencia personal y comunitaria del Domingo y a  cuidar con esmero la reserva del Santísimo Sacramento. Esto nos ayudará a avanzar en el camino de la santidad y de la misericordia, y a generar una verdadera cultura del encuentro y la compasión en nuestro mundo mediante el testimonio cristiano de la caridad.

Madrid, 28 de septiembre de 2016