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13 agosto 2017

Reflexión. Domingo XIX del Tiempo Ordinario.


En este Domingo XIX del Tiempo Ordinario, vamos a ver como Dios sigue llamando a todos y cada uno de nosotros. Un Dios que sigue estando en medio de nosotros, nos espera y nos sorprende. Un Dios que sale a nuestro encuentro de una forma singular. No es como nosotros nos esperamos, o como estamos acostumbrados… Muchas veces somos Pedro y desconfiamos del Señor. Pero Jesús nos pide hoy a través de las lecturas que tengamos confianza, creamos en el valor de su Palabra y sepamos transmitir esa confianza de hijos con nuestro Padre Dios.
Un Padre que quiere a todos sus hijos por igual, y que espera a que vuelvan a su regazo como el hijo pródigo.

En la Primera Lectura del Libro de los Reyes, vemos como Elías espera a Dos, y se le presenta no con gran poder y “parafernalia” sino en lo sencillo. En medio del silencio, a través de un susurro. Elías llega al monte Horeb después de haber estado cuarenta días y cuarenta noches porque tuvo que huir, ya que era perseguido.
Elías había desobedecido  a la invitación de Dios para ser “profeta entre los suyos”. Dios vuelve a invitar a Elías, y éste acepta a cambiar y seguir su voluntad. Se le revela a través de un susurro de la brisa. Esto lo pude hacer, porque estuvo atento y en silencio a la escucha.

En la Segunda Lectura de la carta de Pablo a los Romanos, se describe como Israel se cierra a la novedad de Jesucristo, es decir, la infidelidad de los judíos a Jesús. Pablo, como seguidor de Jesús, se ha encontrado con el Crucificado, y por consiguiente, ha experimentado y descubierto la muerte y resurrección del mismo Cristo. Su vida ha cambiado y quiere transmitir ese cambio, pero muchos de los judíos se niegan a ello. Esta revelación de ese Dios que es misericordia, es una realidad para todo Israel que lleva un mensaje de esperanza a ese pueblo pero que no se impone con fuerza, no se exige nada, solo se usa el arma del amor.

En el Evangelio de Mateo, yo le llamo el de la confianza en la Palabra de Jesús.
Se comprende este pasaje Evangélico después de la muerte y resurrección de Jesús. Mateo da un papel importante a Pedro, como el “responsable” en ese momento, la comunidad cristiana simbolizada a través de una barca, expresa como empiezan a experimentar los grandes sufrimientos (olas y tempestades) y empiezan a sentir la ausencia de Jesús por la desconfianza en los momentos de dificultad.

Pedro, que es el que está al frente de la Iglesia, es quién duda más de la presencia del Señor Resucitado, y si se hace presente, ni el ni la comunidad lo reconocen.
Jesús le da ánimo a Pedro a que no tenga miedo, a que confíe, pero éste sigue encerrado en sus miedos y preocupaciones. ¿Cuántas veces miramos para otro lado cuando Jesús nos habla? ¿Cuántas veces desconfiamos porque no salen las cosas como nosotros queremos que salgan?

Todos tenemos un Pedro dentro, que no nos deja escuchar ni ver a Dios. El cristiano, asume el miedo poniéndose en oración delante del Señor, oyendo el susurro de Jesús en medio del silencio y de los sacramentos.
Dios quiere entrar en nuestras vidas para convertir el miedo en confianza, pero, tenemos que dejarnos transformar por Aquél que sus manos nos agarran a pesar de que estemos a punto de ahogarnos.

Que María, nuestra madre, interceda por cada uno de nosotros, para que sepamos ser fieles al Evangelio y confiados a la Palabra de Dios. Que a pesar del miedo, la desconfianza y las dificultades, notemos su mano protectora que nos lleve a su hijo Jesús.
Que así sea.


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