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20 noviembre 2016

Reflexión de la Solemnidad de Jesucristo, Rey del Universo.


El domingo pasado, Jesús nos ofrecía y nos regalaba gratuitamente su Reino.
A pesar de los tiempos difíciles que vivimos, Él tiene la última palabra. Una palabra que de esperanza, de reconciliación de misericordia, de perdón.
En Malaquías veíamos nuestro desacuerdo. Ellos pensaban que los malvados, al final de los tiempos sufrirían y pagarían por todos sus males; pero nosotros vemos, como Jesús viene para los buenos y los malos. Sólo que nosotros aceptamos si nos dejamos empapar por Jesús o no.
En la carta de Pablo a los Tesalonicenses, nos exhortaba a que el Evangelio se anuncia con la vida. Hace falta ser coherentes, ser Evangelios Vivos en nuestros ambientes.
Lucas, nos decía que tuviéramos cuidado, vaya a que nos pareciéramos a esos judíos que se quedan mirando la belleza del templo, se entretienen en mirar los adornos y las piedras, y se pierden lo esencial. La mejor expresión de belleza es mostrarnos ante Dios como somos, con nuestros fallos y virtudes, con nuestras alegrías y penas.

En este Domingo, celebramos la Solemnidad de Nuestro Señor Jesucristo, Rey del Universo.
Esta solemnidad cierra el Tiempo Ordinario, y nos preparamos para las fiestas de la preparación de la Navidad. El próximo domingo, empezaremos con el Tiempo de Adviento.
Al celebrar que Jesús es Rey, debemos entender que no es como los “reyes” de nuestro mundo. No es un rey poderoso, con un gran ejército ni que tiene mano dura. Su reinado viene de otra forma, con otros ingredientes. Su trono, fue una Cruz donde de ella, quiso salvar a toda la humanidad. Que este domingo descubramos que el Rey de Reyes viene para implantar verdad, justicia, amor, perdón y vida plena.
Demos gracias a Dios por este Año de la Misericordia que hoy acaba. Que sepamos ser reflejo de Dios en medio de este mundo.

En la Primera Lectura del Libro de Samuel, nos relata cómo es ungido como rey de Israel ente todo el pueblo. Si indagamos un poco, vemos como David, tiene orígenes humildes. Al ser el hermanos más pequeño de los (ochos hijos) en aquel tiempo, si no era el primogénito, no contaba mucho. Al salir el como rey, es como si Dios tuviera un plan nuevo para Israel;
Esta imagen de ser el último, el insignificante, tiene unión con Jesús.
Desde que Dios lo miró, cambio su destino.

En la Carta del Apóstol Pablo a los Colosenses, nos van configurando al Reino del Hijo de Dios.
Los primeros cristianos, se reunían para comer, celebrar la Cena del Señor, para hacer vida con sus vidas la Escritura, ponían todo al servicio del otro.
Esto nos tiene que preguntarnos si somos coherentes con lo que creemos, pensamos y actuamos. Las primeras comunidades cristianas eran una familia, había unión entre los miembros, había más consciencia de Jesús de difundir su mensaje con ganas y sin miedo.
Pensemos cada uno, que aportamos a la comunidad, si somos coherentes y si somos ejemplo de unidad, familia y coherencia Evangélica. Si sale una respuesta “negativa”, mejor pararnos y ver que estamos haciendo mal a nivel individual.

En el Evangelio de Lucas, se nos narra la crucifixión del Señor. Nos paramos en el letrero “Rey de los Judios”, y en el buen ladrón, que le hace una confesión de fe.
Vemos a Jesús colgado de un madero que es rechazado, humillado, y por sus seguidores, es como si todo hubiera sido un fracaso, un error.
Ellos tenían una imagen de Dios que Jesús no representaba. Jesús para ellos quedó como un “fracaso”.
El problema, no es de Jesús, es de ellos. Ellos esperaban un Rey que les sacara de todos sus problemas. Un Rey que estuviera con la espada en mano, con ejército, que ganara en las batallas… Ellos esperaban a un rey mundano.
No se dan cuenta, que Dios estaba acompañado a Jesús en la Cruz. Dios actúa sin que nosotros le veamos, de una forma silenciosa. Estamos acostumbrados a funcionar en el aquí y el ahora, y Dios no juega igual.

Jesús se hace Rey en la Cruz para salvarnos. Nos dona lo más preciado que tiene: su vida, y nos salva con el mismo. Alomejor nosotros pensamos como aquellos que estaban viendo a Jesús en la hora del sufrimiento, o a veces pensaremos… Pero, Jesús se hace grande en la Cruz.
Jesús en Dios, salva a la creación, implanta su Reinado. La cuestión es si nosotros queremos ser y estamos dispuestos a seguirle hasta las últimas consecuencias.

Que María, Madre de la Misericordia, nos ayude a ser más coherentes con nuestra vida de Fe.
Seamos coherentes con lo que creemos, y veamos en los demás, el rostro de Dios Misericordia.
Que así sea.


Más en:
http://www.revistaecclesia.com/reflexion-la-solemnidad-jesucristo-rey-del-universo-fray-jose-borja/

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