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15 diciembre 2013

Evangelio. Domingo III de Adviento.


Lectura de Santiago 5, 7-10.

Tened, pues, paciencia, hermanos, hasta la Venida del Señor. Mirad: el labrador espera el fruto precioso de la tierra aguardándolo con paciencia hasta recibir las lluvias tempranas y tardías. Tened también vosotros paciencia; fortaleced vuestros corazones porque la Venida del Señor está cerca. No os quejéis, hermanos, unos de otros para no ser juzgados; mirad que el Juez está ya a las puertas. Tomad, hermanos, como modelo de sufrimiento y de paciencia a los profetas, que hablaron en nombre del Señor.



+ Según San Lucas 11, 2-11.


En aquel tiempo, Juan, que en la cárcel había oído hablar de las obras de Cristo, envió a sus discípulos a decirle: ¿Eres tú el que ha de venir, o debemos esperar a otro?. Jesús les respondió: Id y contad a Juan lo que oís y veis: los ciegos ven y los cojos andan, los leprosos quedan limpios y los sordos oyen, los muertos resucitan y se anuncia a los pobres la Buena Nueva; ¡y dichoso aquel que no halle escándalo en mí!. Cuando éstos se marchaban, se puso Jesús a hablar de Juan a la gente: ¿Qué salisteis a ver en el desierto? ¿Una caña agitada por el viento? ¿Qué salisteis a ver, si no? ¿Un hombre elegantemente vestido? ¡No! Los que visten con elegancia están en los palacios de los reyes. Entonces, ¿a qué salisteis? ¿A ver un profeta? Sí, os digo, y más que un profeta. Éste es de quien está escrito: He aquí que yo envío mi mensajero delante de ti, que preparará por delante tu camino. En verdad os digo que no ha surgido entre los nacidos de mujer uno mayor que Juan el Bautista; sin embargo, el más pequeño en el Reino de los Cielos es mayor que él.





Reflexión.
(Tomada de la página web de la Diócesis de Cartagena. De su Obispo: José Manuel Lorca Planes)

Este es el grito del hombre de hoy. Son tantas las carencias y las promesas falsas que le han prometido y que nunca se cumplen, que está harto de esperar y esperar que los mercaderes de sueños le puedan mostrar un signo de verdad en medio de tantas palabras huecas. De tal forma que cuando oye la Palabra de Dios le causa tanta admiración, que despierta en su ser deseos de ver el rostro del Señor, ganas de gritar: ¡ven, Señor, y sálvanos! En las lecturas de este domingo escucharemos como Isaías ya anunciaba que Dios mismo, en persona, se haría presente en medio de nosotros para ofrecernos la salvación y con poder para alejar la pena y la aflicción y ¡esta Palabra está cumplida!

La Palabra nos está llamando a gritos para que participemos de la alegría perpetua y del gozo que nos regala el Señor, de los cánticos de alabanza a Dios y de la libertad que nos regala, ¿no lo estáis viendo? El Papa Francisco, como un nuevo Juan Bautista, ha salido al desierto del mundo diciendo en voz alta que escuchemos la voz de Jesucristo, que estemos atentos a las señales que nos ofrece, que no son humo, sino que nos libra de los pesos muertos que llevamos sobre nuestros hombros que nos impiden caminar: nuestros pecados, todas las tristezas individualistas que brotan del corazón cómodo y avaro, del vacío interior y del aislamiento, que te impide gozar de la alegría de su amor; nos libra el Señor de ser seres resentidos y quejosos, seres sin vida. El Papa Francisco, con voz de profeta, nos dice que renovemos ahora mismo el encuentro personal con Jesucristo, o al menos que tomemos la decisión de dejarnos encontrar por Él, de intentarlo cada día. ¡Dios quiere que saltes de gozo, que no eres una criatura sin nombre, el Creador te ha puesto un precioso nombre, "hijo mío", así que, si confías en el Señor, puedes esperar bienes de Él, gozo eterno y misericordia!

El Adviento nos sigue preparando al encuentro con el Señor Jesús, Luz del mundo y fuente de alegría. Piensa que tú mismo puedes ser una de esas personas-luz, otra antorcha de alegría para este mundo que vive a oscuras, pero no olvides que la luz verdadera es de Cristo y que tú, sólo la reflejas. Dios os bendiga.

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