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12 junio 2018

La calumnia te hace familia del diablo.


(...) Es fundamental acoger la palabra de Jesús y no entregarse a la tentación de la calumnia: “Acoger la palabra de Jesús nos hace hermanos entre nosotros, nos hace familia de Jesús. La calumnia destruye la fama de los demás y nos hace familia del diablo”.

Os exhorto a estar atentos a las “malas hierbas” de la envidia que puedan surgir en el interior de la persona. “Si examinando nuestra conciencia descubrimos que esta mala hierba ha germinado dentro de nosotros, debemos ir rápidamente a confesarlo en el sacramento de la Penitencia, antes de que se desarrolle y produzca sus efectos malignos”.

“Estad atentos, porque esta actitud destruye las familias, las amistades, la comunidad y, por último, la sociedad”.

Los ataques de los escribas a Jesús, que lo acusaban de endemoniado, se debían a la envidia: “Puede suceder que una envidia fuerte por la bondad y por las buenas obras de una persona pueda llevar a acusarlo falsamente. Aquí hay un veneno mortal: la maldad con la que, de forma premeditada, se quiere destruir la buena fama de otro. ¡Dios nos libre de esta terrible tentación!”.

En este sentido, los escribas eran hombres instruidos en las Sagradas Escrituras y encargados de explicarlas al pueblo. A algunos de ellos los enviaban desde Jerusalén a Galilea, donde la fama de Jesús comenzaba a difundirse, para desacreditar al Señor ante los ojos de la gente.

Estos escribas llegaban con una acusación concreta y terrible: Está poseído por Belcebú y por el príncipe de los demonios expulsa los demonios. De hecho, Jesús curaba a muchos enfermos, y ellos querían hacer creer que lo hacía no con el Espíritu de Dios, sino con el del Maligno. Con la fuerza del diablo.

Ante estas acusaciones de los escribas Jesús reacciona con palabras fuertes y claras. No tolera esto porque aquellos escribas, quizás sin saberlo, estaban cayendo en el pecado más grave: negar y blasfemar contra el Amor de Dios que está presente en la obra de Jesús. Es el pecado contra el Espíritu Santo, único pecado imperdonable porque parte de una cerrazón del corazón a la misericordia de Dios que actúa en Jesús.

Por otro lado, el Evangelio presenta también la incomprensión de los familiares de Jesús, que estaban preocupados porque su nueva vida itinerante les parecía una locura. De hecho, Él se mostraba tan disponible con la gente, sobre todo con los enfermos y los pecadores, que ni siquiera tenía tiempo para comer.

Jesús era así: primero, la gente; servir a la gente, curar a la gente, ayudar a la gente, enseñar a la gente y no tenía tiempo ni para comer.

Entonces, los familiares de Jesús habían decidido llevarlo a Nazareth. Llegaron al lugar donde Jesús se encontraba predicando y lo llamaron. Entonces le dijeron: Tu madre, tus hermanos y tus hermanas están fuera y te buscan. Él les responde: ¿Quién es mi madre y mis hermanos?, y mirando a las personas que estaban a su alrededor para escucharlo, añadió: Estos son mi madre y mis hermanos.

Jesús ha formado una nueva familia, no basada en los vínculos naturales, sino en la fe en Él, en su amor que acoge y que nos une entre nosotros en el Espíritu Santo. Todos aquellos que acojan la palabra de Jesús son hijos de Dios y hermanos entre ellos.

Aquella respuesta de Jesús no es una falta de respeto hacia su madre y sus familiares. De hecho, para María es el reconocimiento más grande, porque precisamente ella es la perfecta discípula que ha obedecido en todo a la voluntad de Dios. Que la Virgen Madre nos ayude a vivir siempre en comunión con Jesús, reconociendo la obra del Espíritu Santo que actúa en Él y en la Iglesia, regenerando el mundo a una nueva vida.


(Papa Francisco. 10-06-2018)

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