La Iglesia recuerda a Santa Águeda de Catania -a veces también llamada “Ágata”-, una joven que consagró su virginidad a Dios y que murió martirizada durante la persecución organizada por el emperador romano Decio en el siglo III.
Águeda nació en Catania, Sicilia, sur de Italia, hacia el año 230. Como muchas mujeres de su tiempo, decidió consagrar su vida a Jesucristo manteniéndose virgen.
La tradición señala que Águeda logró sobrevivir milagrosamente a los espantos y crueldades que se cometieron con ella, y se dice que, durante la noche en la que se desangraba, el apóstol San Pedro se le apareció para curar sus heridas y animarla a permanecer firme.

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