En el cuarto domingo de cuaresma el color litúrgico cambia el morado por el rosa. Se trata del Domingo Laetare, o Domingo de la Alegría. Es un modo a través del cual la Iglesia anima a sus fieles a culminar el período de penitencia cuaresmal pensando en la alegría de la resurrección de Cristo. Se llama Domingo de la Alegría porque así comienza el introito de la misa: “Alégrate Jerusalén”.
Hace siglos, en el cuarto domingo de Cuaresma, el papa recorría el camino que separaba San Juan de Letrán, catedral de Roma, a la basílica de la Santa Cruz, donde la tradición señala que se custodian pedazos de la Cruz de Cristo. Llevaba en la mano una rosa dorada que entregaba al prefecto de Roma. De ahí luego nació la costumbre de enviar una rosa dorada a los soberanos católicos, personalidades públicas o como regalos de los pontífices a la Virgen María.
No está claro este origen de por qué este protagonismo de la rosa, aunque se piensa que podría venir de la Antigua Roma, donde esta flor escenificaba el paso de la dureza del invierno a la alegría de la primavera.
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