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23 enero 2017

Evangelio de ayer. Domingo III del Tiempo Ordinario.


Según San Mateo 4, 12 - 23.

En aquel tiempo, al enterarse Jesús de que habían arrestado a Juan, se retiró a Galilea. Dejando Nazaret se estableció en Cafarnaún, junto al mar, en el territorio de Zabulón y Neftalí, para que se cumpliera lo dicho por medio del profeta Isaías: Tierra de Zabulón y tierra de Neftalí, camino del mar, al otro lado del Jordán, Galilea de los gentiles. El pueblo que habitaba en tinieblas vio una luz grande; a los que habitaban en tierra y sombras de muerte, una luz les brilló».
Desde entonces comenzó Jesús a predicar diciendo: «Convertíos, porque está cerca el reino de los cielos.
Pasando junto al mar de Galilea, vio a dos hermanos, a Simón, llamado Pedro, y a Andrés, que estaban echando la red en el mar, pues eran pescadores. Les dijo: «Venid en pos de mí y os haré pescadores de hombres».
Inmediatamente dejaron las redes y lo siguieron. Y, pasando adelante, vio a otros dos hermanos, a Santiago, hijo de Zebedeo, y a Juan, su hermano, que estaban en la barca repasando las redes con Zebedeo, su padre, y los llamó. Inmediatamente dejaron la barca y a su padre y lo siguieron.
Jesús recorría toda Galilea, enseñando en sus sinagogas, proclamando el evangelio del reino y curando toda enfermedad y toda dolencia en el pueblo.


Reflexión.

En el Evangelio de hoy, Jesús empieza su vida pública. Él llama a seguirle con radicalidad, no a medias tintas. Su misión no empieza en su pueblo, sino al lado. Él va a los sencillos, a los necesitados y pobres. Que el Señor nos ayude a que Él sea nuestro centro. Que sepamos seguirle con prontitud y ánimo.

Reflexión de ayer III Domingo del Tiempo Ordinario.


En este III domingo del Tiempo Ordinario, vemos como Jesús es la gran luz que ilumina la tierra. Se instala en Cafarnaún e inicia su vida de predicación, anunciando con urgencia que el Reino de Dios está al llegar. Veremos también hoy, como Jesús llama a sus primeros discípulos: Aquí y ahora.

La Iglesia viene celebrando desde el pasado miércoles 18, la semana de oración por la Unidad de los Cristianos. Pidamos a Dios Uno y Trino para que el cuerpo de la Iglesia no tenga divisiones. Que sepamos aceptarnos, acogernos y respetarnos. Da igual el camino Doctrinal que profesemos y creamos, lo importante es que Él nos convoca, en Él nos movemos, existimos y vivimos.

También celebramos este domingo la Jornada de la Infancia Misionera. Se nos pide que miremos a los más pequeños de nuestras comunidades y que con ellos tengamos bien abiertos los ojos y los oídos ante la realidad que nos rodea. Ser misionero hoy, no es sólo irte fuera del país, es también dar testimonio en nuestros ambientes, con las personas que nos rodean. Que sepamos seguir al Señor con fidelidad y ternura de niño.

En la Primera Lectura del Profeta Isaías, nos muestra como el pueblo se iba adentrando en la realidad de que allí estaría el Mesías. Un Mesías que iba a poner luz ante tantas tinieblas, y no solo en Israel, sino que llegaría a todo el orbe; A pesar de todo el sufrimiento que había padecido Judá, Isaías espera a que llegue la luz. Tiempo del gozo y la alegría. Y en esto se cumple la esperanza de que llegue el Emmanuel.

En la Segunda Lectura de la Carta de Pablo a los Corintios, se nos exhorta a que tengamos cuidado con las divisiones que vivimos los fieles. Pablo les habla y nos habla a nosotros hoy a que andemos con cuidado con las rivalidades dentro de la Iglesia. Predicar a Jesús y dar testimonio del Evangelio, no consiste en ser más que otros, ser más sabios, tener un buen puesto, que te hagan reverencias y te llamen de Don, o inclusive tener un doctorado y colgar el título en la pared. Ser predicador del Evangelio es hacer pequeñas cosas, dar testimonio con tu propia vida, tus propios actos. En la Cruz de Cristo se muestra la mayor entrega generosa y de humildad para todos y cada uno de nosotros. Y si hay algún preferido, esos son los últimos de la sociedad.
Que como Pablo, sepamos no perder el tiempo en rivalidades de “yo soy más”. Que nuestra única preocupación, nuestro único título, nuestras fuerzas sean desgastadas por anunciar el Reino con coherencia y sencillez.

En el Evangelio de Mateo, resuena un poco la lectura que hemos escuchado antes de Isaías. Jesús se queda en Cafarnaún y comienza la predicación en Galilea. Mateo nos quiere mostrar con su Evangelio quién es Jesús, por dónde se mueve y qué importancia tiene su mensaje y su vida. El cumplimiento de las promesas llega por medio de Jesús.
Hoy comienza su vida pública y lo hace anunciando que el Reino de Dios está cerca y llama a sus primeros discípulos para que le ayuden en esta tarea. Un Reino que es vida, que las personas que participan de tienen que ser sencillos, humildes, tienen que perdonar, sanarán enfermos, curarán, serán coherente entre lo que predican, sus actos y como tratan a los demás. Si esto no se cumple, pasará como leímos antes en Pablo, que no estaremos siguiendo a Cristo. Estaremos siguiendo y buscando que los demás nos aplaudan, tendremos muchos títulos, escribiremos muchos libros, pero nos estaremos alejando de Dios y de su Reino. Y de ahí a la división, hay un paso.

Que la Virgen María interceda por cada uno de nosotros para que no perdamos la sencillez y la humildad de un niño. Que el Ecumenismo lo vayamos trabajando cada día sintiéndonos parte todos por igual del cuerpo místico de Cristo. Que nos dejemos iluminar por esa Luz que viene a todos nosotros para sacarnos de nuestras comodidades, de nuestras cegueras del orgullo, del poder… y dejemos que Dios actúe en nosotros para que seamos verdaderos Evangelios Vivos.
Que así sea.


http://www.revistaecclesia.com/reflexion-iii-domingo-del-tiempo-ordinario-fray-jose-borja/

20 enero 2017

Viernes. Rezamos por la Unidad de los Cristianos.


- Isaías 53, 4-12

Entregó su vida como ofrenda expiatoria

- Salmo 118, 1. 14-29

No me ha entregado a la muerte

- 1 Juan 2, 1-2.

Jesucristo murió para que nuestros pecados sean perdonados

- Juan 15, 13-17.

Dar la vida por los amigos

- Comentario

Cuando Pablo se convirtió a Cristo llegó a un entendimiento radicalmente nuevo: una persona murió por todos. Jesús no murió solo por su pueblo, ni solo por aquellos que simpatizaban con sus enseñanzas. Murió por todos los pueblos, pasados, presentes y futuros. Muchos cristianos, fieles al Evangelio, han entregado sus vidas por sus amigos a lo largo de los siglos. Una de estas personas fue el franciscano Maximiliano Kolbe, que fue encarcelado en el campo de concentración nazi de Auschwitz, y que en 1941, voluntariamente, entregó su vida para que un compañero prisionero pudiera vivir.

Ya que Cristo murió por todos, «todos en cierto modo han muerto» (2 Co 5, 14). Muriendo con Cristo, nuestro viejo modo de vida se ha vuelto una cosa del pasado y hemos entrado en una nueva forma de existencia: la vida en abundancia –una vida en la que podemos experimentar consuelo, confianza y perdón, también hoy– una vida que continúa teniendo sentido también después de la muerte. Esta nueva vida es vida en Dios.

Habiendo llegado a este entendimiento, Pablo sentía que el amor de Cristo lo apremiaba a predicar la Buena Noticia de la reconciliación con Dios. Las Iglesias cristianas comparten este mismo mandato de proclamar el mensaje evangélico. Debemos preguntarnos a la luz de nuestras divisiones cómo podemos anunciar este Evangelio de la reconciliación.

- Preguntas

¿Qué significa decir que Jesús «murió por todos»?
El pastor alemán Dietrich Bonhoeffer escribía: «Soy hermano de otra persona gracias a lo que Jesucristo hizo por mí y me hizo a mí; la otra persona se ha vuelto un hermano para mí gracias a lo que Jesucristo hizo por él». ¿Cómo afecta esto a la forma en la que veo a los demás?
¿Cuáles son las consecuencias de esto para el diálogo ecuménico e interreligioso?

- Oración:

Dios y Padre,
en Jesús nos diste a aquel que murió por todos.
Él vivió nuestra vida y murió nuestra muerte.
Tú aceptaste su sacrificio y lo elevaste a una nueva vida junto a ti.
Concédenos a nosotros, que hemos muerto con él,
poder hacernos uno por el Espíritu Santo,
y vivir en la abundancia de tu divina presencia
ahora y por siempre. Amén

El P. Tiburcio Arnaiz. Jesuita y Apóstol del Corazón de Cristo.


Tiburcio Arnaiz Muñoz nació en Valladolid el 11 de agosto de 1865, en el seno de una humilde familia de tejedores. Dos días después, sus cristianos padres, Ezequiel y Romualda, lo llevaron a bautizar a la iglesia parroquial de San Andrés, imponiéndole el nombre del santo del día.
Con sólo cinco años quedó huérfano de padre, y su madre hubo de ingeniárselas para educar y sacar adelante a los dos hijos: Gregoria y Tiburcio.

SEMINARISTA Y SACERDOTE

Era un joven vivo, alegre y de buen corazón, cuando entró en el seminario con trece años. Sacó los estudios con bastante aprovechamiento y brillantez porque “tenía talento”, pero advierte un compañero suyo que “era un calavera de estudiante, en el buen sentido de la palabra; no cogía un libro de texto en casa, si acaso lo que pescaba en los claustros del Seminario antes de la clase”.

Para ayudar algo a la precaria economía de su casa ejerció las funciones de sacristán, en el convento de Dominicas de S. Felipe de la Penitencia en el mismo Valladolid. A veces llegaba tarde y las religiosas tenían que avisar a la recadera del convento; la pobre mujer abría, pero después regañaba severamente al seminarista. Tiburcio no protestaba ni contestaba; callado, escuchaba la reprimenda y reconocía su falta, dejando admiradas a las religiosas que comenzaron a vislumbrar su virtud.

Al acercarse la fecha de su Ordenación Sacerdotal, lo notaban serio y encerrado en sí, llegando a preocupar a su madre y hermana. Un día se sinceró con una de las monjas diciéndole: “Piensan en casa que no tengo vocación. Pero lo que me sucede  es que cuanto más Ejercicios hago, más temor tengo, porque veo más la dignidad sacerdotal y mi indignidad. Pero cada vez me siento con más vocación”.

Fue ordenado sacerdote el 20 de abril de 1890. Se le confió primero, durante tres años, la parroquia  de Villanueva de Duero, en Valladolid, y después, durante nueve, la de Poyales del Hoyo, en Ávila. Las atendió siempre con amorosa solicitud. Cuando hubo de dejar Poyales para entrar en la Compañía de Jesús decía conmovido: “Amo tanto a mi pueblo que no le cambiaría por una mitra; sólo la voz de Dios tiene poder para arrancarme de mi parroquia”.
En estos años había obtenido la licenciatura y el doctorado en Teología, en la ciudad primada de Toledo.

CONVERSIÓN

Como párroco iba pasando los días y los años, trabajando en la viña de Señor y al abrigo de su familia. Sin embargo, Dios lo iba espoleando a mayor entrega, pues en cierta ocasión confesó: “Yo vivía muy a gusto y me daba muy buena vida, pero temía condenarme”. Su pensamiento volaba a la vida religiosa pero veía un obstáculo insuperable en su anciana madre, a quien amaba y veneraba, y él era el único amparo de su vejez. Hasta que un buen día, dispuso Dios llevársela al cielo; la separación le causó tanta pena que su corazón quedó destrozado: “Fue tanto lo que sufrí, que me dije: ya no se me vuelve a morir a mí nadie, porque voy a morir yo a todo lo que no sea Dios”.

Su hermana Gregoria, una noche después de leer el “Año Cristiano”, exclamó derramando lágrimas: “¡Ay Tiburcio, cuántas cosas hicieron los santos por Dios y nosotros qué poco hacemos! ¿Vamos a pasarnos la vida sin hacer nada por Él?, deberíamos irnos cada uno a un convento y allí servir a Dios con perfección lo que nos queda de vida”…  Así quedó libre el camino para seguir, cada cual, su particular vocación: ella entró en las Dominicas de S. Felipe, y D. Tiburcio, después de cerciorarse que quedaba “contenta”, con un: “Pues entonces, ¡hasta el cielo!”, la despidió y marchó gozoso a pedir su admisión en la Compañía de Jesús.

ENTRA EN LA COMPAÑÍA DE JESÚS

Corría el año 1902 cuando entró en el noviciado de la Compañía en Granada; Tiburcio tenía 37 años. Desde un principio se dispuso a la práctica de toda virtud. Dos propósitos hizo en este tiempo y los cumplió con exactitud: “No pedir nunca nada y contentarme con lo que me den”, “Nunca me negaré a ningún trabajo, bajo ningún pretexto”. La idea del tiempo perdido y de la edad avanzada, lo espoleaban a buscar ansiosamente la perfección.

Hizo sus primeros votos el 3 de abril, de 1904. Durante este tiempo asimiló admirablemente la espiritualidad ignaciana y comenzó a dirigir tandas de Ejercicios Espirituales; además, se inició en el difícil ministerio de las Misiones Populares.

Antes de marchar a Loyola en 1911, donde hizo lo que se llama la “Tercera Probación” (experiencia con la cual la Compañía de Jesús culminaba la formación de sus miembros), fue destinado a Murcia. Pasó en esta ciudad dos años, entregado a las almas y dirigiéndolas con admirable acierto. “Este Padre es un santo y hace santos”, decían cuantos lo trataban. Allí descubrió la necesidad de acoger a las jóvenes de los campos y pueblecitos inmediatos que venían a servir y que estaban expuestas a mil peligros. Para ellas buscó una casa donde tuvieran, además de albergue y amparo, quien las enseñase a conocer y amar a Dios.

Pasada su estancia de formación en Loyola, y tras unos breves ministerios durante la cuaresma en Canarias y Cádiz, marchó a Málaga donde tuvo lugar su incorporación definitiva a la Compañía de Jesús, pronunciando sus últimos votos el 15 de agosto de 1912.

MINISTERIOS

Su incansable apostolado como misionero popular, director de Ejercicios Espirituales, confesor y director de almas, aunque se extendió por varios puntos de España, se multiplicó en Andalucía: Cádiz, Córdoba, Sevilla, Granada..., y principalmente por toda la diócesis de Málaga, donde tuvo su residencia habitual y desplegó un celo incansable.

Al terminar las misiones volvía el P. Arnaiz a su casa de Málaga y a veces ni subía a la habitación, dejaba el maletín en la portería y “volaba” a visitar enfermos, así, literalmente, porque ocasión hubo en que quisieron seguirlo y no pudieron.

Acudía a las salas de los hospitales pero también a las casas particulares. En estos encuentros personales la caridad del Padre se desbordaba. Una vez una buena señora que pedía limosna en las puertas de las iglesias, al llegar a casa sorprendió al Padre atendiendo a su madre que estaba enferma y repetía admirada: “Es un santo, es un santo. ¡Si le hubieran visto ustedes preparando una yema a mi madre, y con la gracia y agrado con que lo hacía!”.

Su creatividad a la hora de paliar la ignorancia o el sufrimiento humano no conocía límites. En la calle Cañaveral, de la misma ciudad, impulsó la construcción de una casa de acogida para señoras con pocos recursos, con más de treinta viviendas unipersonales. Promovió la apertura de la Librería Católica de Málaga y atendió con sumo interés algunas escuelitas y talleres de gente humilde.

También las cárceles eran objeto de sus desvelos; allí, a su paso, “tocaba” el Señor con su predicación y caridad muchos corazones destrozados, algunos de los cuales, al salir, buscaban al Padre para seguir sus consejos y su guía espiritual.

Su influencia benéfica se multiplicaba gracias a un plantel de incondicionales colaboradores que tenía ocupados en los diversos apostolados que se le ocurrían, unos en la ciudad y otros incluso preparándole misiones en los pueblos.

En sus visitas por los barrios marginales, se hizo idea cabal del espíritu hostil a la religión que en ellos reinaba (una vez le llegaron a tirar una rata), y fiel al Evangelio y lleno de compasión por tanta ignorancia, que veía ser la causa de tal animadversión, se dispuso a remediarla.

Los famosos “corralones” eran casas de vecinos donde cada familia únicamente disponía, para su intimidad, de una habitación o dos, alrededor de un gran patio. El Padre alquilaba, o pedía, una de estas estancias y mandaba a algunas de sus dirigidas para tener allí una escuela improvisada; enseñaban a leer y escribir a aquellas gentes, nociones de cultura general, y lo más elemental de nuestra fe: que hay Dios y que nos ama hasta el extremo de dar la vida por nosotros, que tenemos alma, la vida eterna... El Padre se presentaba al cabo de un mes o dos y les predicaba a todos como una Misión; se los ganaba pronto y se hacía sentir la influencia de su santidad, por lo que casi todos se ponían en gracia. Después, solía dejar a alguna mujer piadosa al frente de esta singular escuelita llamada “miga”, para que siguiese enseñando a los niños y sostuviese el fruto logrado. Durante su vida se trabajó así en unos veinte corralones, y el cambio obrado en ellos redundó en beneficio de la vida social de Málaga.

Esta misma forma de evangelización, desarrollada por señoritas que se instalaran temporalmente  en los pueblos y cortijadas, fue la Obra más propiamente original del P. Arnaiz y que continúa hasta nuestros días: LA OBRA DE LAS DOCTRINAS RURALES.

MUERTE Y ENTIERRO

A principios de julio de 1926 estaba el P. Arnaiz en Algodonales, predicando una Misión, cuando se encontró extraordinariamente mal dispuesto. El médico diagnosticó bronquitis y pleuritis. Él murmuró expresivo: “Me entrego”.

Fue trasladado a Málaga, y cuando se supo que el P. Arnaiz había llegado en esas condiciones, la ciudad se movilizó, incluso hubo que poner, en sitio visible, el parte médico de cada día.

El 10 de julio le administraron los últimos Sacramentos quedando desde entonces alegre y ansioso por irse al cielo; no podía hablar de otra cosa. “¡Qué hermosísimo es el Corazón de Jesús!... ya le veré pronto… ¡y me hartaré! ¡Qué bueno es! ¡Cuánto nos quiere!... Y la Virgen, ¡vaya si es amable y me quiere!”.
A las 10 de la noche del 18  de julio de 1926, entregaba su alma a Dios.

El duelo por su pérdida fue general. Lo lloraron los humildes y también los de condición económica elevada. Se obtuvo licencia de Roma y del Ministerio de Gobernación para que pudiese ser enterrado en la iglesia del Corazón de Jesús.

Su cadáver fue expuesto a la veneración pública durante tres días. Y todavía, antes de ser inhumado en el crucero derecho del templo, fue llevado por las calles de la ciudad, por donde durante años, había dirigido él la procesión del Corazón de Jesús. Cerró el comercio y el cortejo fúnebre fue presidido por las autoridades religiosas, civiles y militares. Había muerto en olor de santidad.

El santo Obispo de Málaga que lo conocía bien, y presidió la oración fúnebre, definió con gran acierto su personalidad, diciendo del P. Arnaiz que era “un persuadido, un enamorado, un loco de Jesús”.

El P. Arnaiz desde el cielo continúa su labor apostólica y sigue haciendo el bien entre sus devotos, y son muchos los favores y hechos milagrosos que se atribuyen a su intercesión, y numerosas las personas que, diariamente, visitan su sepultura confiándole sus sufrimientos y anhelos.


http://www.revistaecclesia.com/el-padre-tiburcio-arnaiz-jesuita-y-apostol-del-corazon-de-cristo/

18 enero 2017

Hoy se inicia la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos.


“Reconciliación. El amor de Cristo nos apremia”


- Introducción

En el hemisferio norte la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos se celebra tradicionalmente del 18 al 25 de enero. Estas fechas fueron propuestas en 1908 por Paul Watson para cubrir el periodo entre la fiesta de san Pedro y la de san Pablo, que tienen un hondo significado. En el hemisferio sur donde el mes de enero es tiempo de vacaciones de verano, las Iglesias frecuentemente adoptan otras fechas para celebrar la Semana de Oración, por ejemplo en torno a Pentecostés (sugerido por el movimiento Fe y Constitución en 1926), que representa también otra fecha significativa para la unidad de la Iglesia. Teniendo presente esta exigencia de flexibilidad, invitamos a utilizar estos materiales a lo largo de todo el año para expresar el grado de comunión que las Iglesias ya han alcanzado y para orar juntos para llegar a la plena unidad querida por Cristo.

- El tema de la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos 2017

Cuando el comité nacional alemán de planificación se reunió en otoño de 2014, enseguida se vio con claridad que los materiales para esta Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos tendrían que poner dos énfasis: por un lado, debería haber una celebración de la gracia y el amor de Dios, la «justificación de la humanidad a través de la sola gracia», reflejando la preocupación principal de las Iglesias marcadas por la Reforma de Martín Lutero. Por otro lado, también se debería reconocer el dolor por las profundas divisiones subsiguientes que afligieron a la Iglesia, hablar claramente de culpa y ofrecer una oportunidad para dar pasos hacia la reconciliación.

Finalmente, fue la Exhortación Apostólica del papa Francisco de 2013 Evangelii Gaudium («La alegría del Evangelio») la que aportó el tema de este año, al utilizar la cita: «El amor de Cristo nos apremia» (número 9). Con este texto de la Escritura (2 Co 5, 14), tomado en el contexto de todo el quinto capítulo de la segunda Carta a los Corintios, el comité alemán formuló el tema para la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos 2017.

- El texto bíblico: 2 Co 5, 14-20

El texto bíblico subraya que la reconciliación es un don de Dios destinado a toda la creación: «Porque sin tomar en cuenta los pecados de la humanidad, Dios hizo la paz con el mundo (kosmos) por medio de Cristo y a nosotros nos ha confiado ese mensaje de paz» (v.19). Como consecuencia de la acción de Dios, la persona que ha sido reconciliada en Cristo está llamada a su vez a proclamar esta reconciliación con palabras y obras: «El amor de Cristo nos apremia» (v.14). «Somos, pues, embajadores de Cristo y es como si Dios mismo os exhortara sirviéndose de nosotros. En nombre de Cristo os pedimos que hagáis las paces con Dios» (v.20). El texto pone de relieve que esta reconciliación no se da sin sacrificio: Jesús entregó su vida, murió por todos. Los embajadores de la reconciliación están llamados, en su nombre, a dar su vida de forma parecida. Ya no viven para sí mismos; viven para aquel que por ellos murió.

- Apremiados a dar testimonio

El amor de Cristo nos apremia a orar, pero también a ir más allá de nuestras oraciones por la unidad entre los cristianos. Las Iglesias y las congregaciones necesitan el don de la reconciliación con Dios como fuente de vida. Pero aún más, lo necesitan para su testimonio común ante el mundo: «Te pido que todos vivan unidos. Como tú, Padre, estás en mí y yo en ti, que también ellos estén en nosotros. De este modo el mundo creerá que tú me has enviado» (Juan 17, 21).

El mundo necesita embajadores de reconciliación que rompan barreras, construyan puentes, hagan la paz, abran puertas a nuevas formas de vida en el nombre de aquel que nos reconcilió con Dios, Jesucristo. Su Espíritu Santo nos conduce por el camino de la reconciliación en su nombre.

Mientras se escribía este texto en 2015, muchas personas e Iglesias en Alemania practicaban la reconciliación ofreciendo hospitalidad a los numerosos refugiados que llegaban de Siria, Afganistán, Eritrea y de países de los Balcanes occidentales, buscando protección y una nueva vida. La ayuda concreta y las importantes acciones que se llevaron a cabo contra el odio al extranjero fueron un claro testimonio de reconciliación para la población alemana. Como embajadores de reconciliación, las Iglesias ayudaron activamente a los refugiados a encontrar nuevas viviendas y, al mismo tiempo, intentaban mejorar las condiciones de vida en sus países de origen. Actos concretos de ayuda son tan necesarios como orar juntos por la reconciliación y la paz si queremos que aquellos que están escapando de situaciones terribles puedan tener algo de esperanza y de consuelo.

¡Que la fuente de la gracia reconciliadora de Dios pueda manar en la Semana de Oración de este año, de modo que muchas personas puedan encontrar paz y se puedan construir puentes! ¡Que muchas personas e Iglesias sean apremiadas por el amor de Cristo a vivir vidas reconciliadas y a derribar los muros que dividen!

Catequesis de hoy miércoles del Papa Francisco: La Esperanza y la Oración.


Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

En la Sagrada Escritura, entre los profetas de Israel, resalta una figura un poco anómala, un profeta que trata de escaparse de la llamada del Señor rechazando en ponerse al servicio al plan divino de salvación. Se trata del profeta Jonás, de quien se narra la historia en un pequeño libro de sólo cuatro capítulos, una especie de parábola que contiene una gran enseñanza, aquella de la misericordia de Dios que perdona.

Jonás es un profeta “en salida” – pero también un profeta en fuga –, es un profeta en salida que Dios invita ir “a las periferias”, a Nínive, para convertir a los habitantes de aquella gran ciudad. Pero Nínive, para un israelita como Jonás, representa una realidad peligrosa, el enemigo que ponía en peligro a la misma Jerusalén, y por lo tanto de destruir, no cierto para salvar. Por eso, cuando Dios envía a Jonás a predicar en aquella ciudad, el profeta, que conoce la bondad del Señor y su deseo de perdonar, trata de escapar a su misión y huye.

Durante su fuga, el profeta entra en contacto con algunos paganos, los marineros del navío en el cual se había embarcado para alejarse de Dios y de su misión. Y huye lejos, porque Nínive estaba en la zona de Irak y él huye a España, huye en serio. Y es justamente el comportamiento de estos hombres, como después será el de los habitantes de Nínive, que nos permite hoy reflexionar un poco sobre la esperanza que, ante el peligro y la muerte, se expresa en oración.

De hecho, durante la travesía en el mar, se desata una fuerte tormenta, y Jonás baja a la bodega del barco y se queda dormido. Los marineros en cambio, viéndose perdidos, «invocaron cada uno a su dios», eran paganos (Jon 1,5). El capitán de la nave despertó a Jonás diciéndole: «¿Qué haces aquí dormido? Levántate e invoca a tu dios. Tal vez ese dios se acuerde de nosotros, para que no perezcamos» (Jon 1,6).

La reacción de estos “paganos” es la justa reacción ante la muerte, ante el peligro; porque es entonces que el hombre tiene la completa experiencia de la propia fragilidad y de la necesidad de salvación. El instintivo horror de morir revela la necesidad de esperar en el Dios de la vida. «Tal vez Dios se acuerde de nosotros, para que no perezcamos»: son las palabras de la esperanza que se convierte en oración, aquella suplica llena de angustia que sale de los labios del hombre ante un inminente peligro de muerte.

Con demasiada facilidad despreciamos el dirigirnos a Dios en la necesidad como si fuera solo una oración interesada, y por ello imperfecta. Pero Dios conoce nuestra debilidad, sabe que nos recordamos de Él para pedir ayuda, y con la sonrisa indulgente de un padre, Dios responde afectuosamente.

Cuando Jonás, reconociendo sus propias responsabilidades, se hace arrojar al mar para salvar a sus compañeros de viaje, la tempestad se calma. La muerte inminente ha llevado a aquellos hombres paganos a la oración, ha hecho también que el profeta, no obstante todo, viviera su propia vocación al servicio de los demás aceptando sacrificarse por ellos, y ahora conduce a los sobrevivientes al reconocimiento del verdadero Señor y a la alabanza. Los marineros, que habían orado por miedo dirigiéndose a sus dioses, ahora, con sincero temor del Señor, reconocen al verdadero Dios y ofrecen sacrificios y elevan votos. La esperanza, que les había llevado a orar para no morir, se revela aún más potente y obra en una realidad que va más allá de cuanto ellos esperaban: no solo no perecen en la tempestad, sino se abren al reconocimiento del verdadero y único Señor del cielo y de la tierra.

Sucesivamente, también los habitantes de Nínive, ante la perspectiva de ser destruidos, oraran, impulsados por la esperanza en el perdón de Dios. Harán penitencia, invocaran al Señor y se convertirán a Él, empezando por el rey, que, como el capitán del barco, da voz a la esperanza diciendo: «Tal vez Dios se vuelva atrás y se arrepienta, […] de manera que no perezcamos» (Jon 3,9). También para ellos, como para la tripulación en la tormenta, haber enfrentado la muerte y haber salido vivos los ha llevado a la verdad. Así, bajo la misericordia divina, y todavía más a la luz del misterio pascual, la muerte puede convertirse, como ha sido para San Francisco de Asís, en “nuestra hermana muerte” y representar, para todo hombre y para cada uno de nosotros, la sorprendente ocasión para conocer la esperanza y encontrar al Señor. Que el Señor nos haga entender esto, la relación entre oración y esperanza. La oración te lleva adelante en la esperanza y cuando las cosas se vuelven oscuras, más oración. Y habrá más esperanza. Gracias.

Visitar y cuidar a los enfermos.



El tiempo que se pasa junto al enfermo es un tiempo santo.
Que el Espíritu Santo nos otorgue la gracia de comprender el valor del acompañamiento,
con frecuencia silencioso,
que nos lleva a dedicar tiempo
a estas hermanas y a estos hermanos nuestros.

16 enero 2017

El Vaticano dispone una iglesia como refugio nocturno para indigentes.



La Limosnería Apostólica de la Santa Sede informó que la iglesia de San Calisto en Trastévere y sus locales adjuntos en Roma se mantendrán abiertos, hasta el fin de la alerta por bajas temperaturas, para que las personas sin techo que no tienen dónde protegerse de las bajas temperaturas puedan refugiarse por las noches.

Así se ha informado por medio de un comunicado de prensa este viernes, en el que se explica que la iglesia permanece abierta desde el pasado sábado 7 de enero. La semana pasada las temperaturas llegaron hasta 5 grados bajo 0 y se espera que en estos días se mantenga entre 0 y 2 grados.
La iglesia es una rectoría anexa a la Parroquia de Santa María en Trastévere, y de su administración se encarga la Comunidad de San Egidio, que se ocupa también de la actividad de culto y de la catequesis, de forma particular con los ancianos y las personas con discapacidad.

La iglesia y los locales que de ella dependen acoge actualmente a 30 personas sin hogar, italianos y extranjeros. Los dormitorios están dotados con calefacción y provistos de camas, mantas y servicios higiénicos.
Los hospedados pueden cenar a partir de las 19.00 de la tarde en el cercano comedor de Via Dandolo, y después acceder a la iglesia de San Calisto entre las 20.00 y las 22.00 de la noche. Por la mañana, abandonan el edificio alrededor de las 8:00 a.m.

La acogida está garantizada por los voluntarios de la Comunidad de San Egidio, que están presentes durante todo el horario de apertura y, mediante turnos, también por la noche.

Cada huésped recibe atención de los voluntarios, quienes les acompañan en su búsqueda de soluciones a sus necesidades materiales y de salud. En los días sucesivos a la primera acogida se busca, en la medida de lo posible, soluciones de acogida más estables.

La iglesia, del siglo XVII, y los locales parroquiales se encuentran en zona extraterritorial, propiedad de la Santa Sede. La iglesia es un antiguo lugar de culto edificado sobre el lugar donde sufrió martirio el Papa Calisto I, en el año 222.

Ángelus del Papa Francisco: 15-1-2017.


La misión de la Iglesia es la de anunciar al mismo Cristo porque Él es solo el que salva a su pueblo.

San Juan predica que el reino de los cielos está cerca, que el Mesías está por manifestarse y necesita prepararse, convertirse y comportarse con justicia y se pone a bautizar en el Jordán para dar al pueblo un medio concreto de penitencia.

Su primer acto público, lo primero que hace cuando deja la casa de Nazaret, cuando tiene 30 años, es este: desciende a Judea, va al Jordán y se hace bautizar por Juan.

Juan queda desconcertado porque el Mesías se ha manifestado de una manera impensable: en medio de pecadores, bautizado como ellos, es más, por ellos. Pero el Espíritu ilumina a Juan y le hace entender que así se cumple la justicia de Dios, se cumple el diseño de salvación: Jesús es el Mesías, el Rey de Israel, pero no con la potencia de este mundo, sino como el Cordero de Dios que toma sobre sí y borra los pecados del mundo.

La Iglesia, en cada tiempo, está llamada a hacer eso que hizo Juan el Bautista. Este gesto litúrgico representa toda la misión de la Iglesia, la cual no se anuncia a sí misma, sino a Cristo; no se lleva a sí misma, sino a Cristo. Porque es solo Él quien salva a su pueblo del pecado, lo libra y lo guía a la tierra de la vida y de la libertad.

15 enero 2017

Evangelio. Domingo II del Tiempo Ordinario.


Según San Juan 1, 29 - 34.

En aquel tiempo, vio Juan venir Jesús y dijo: «He ahí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. Éste es por quien yo dije: ‘Detrás de mí viene un hombre, que se ha puesto delante de mí, porque existía antes que yo’. Y yo no le conocía, pero he venido a bautizar en agua para que Él sea manifestado a Israel». 
Y Juan dio testimonio diciendo: «He visto al Espíritu que bajaba como una paloma del cielo y se quedaba sobre Él. Y yo no le conocía pero el que me envió a bautizar con agua, me dijo: ‘Aquel sobre quien veas que baja el Espíritu y se queda sobre él, ése es el que bautiza con Espíritu Santo’. Y yo le he visto y doy testimonio de que éste es el Elegido de Dios».


Reflexión.

Cristo es el cordero que quita el pecado del mundo, que ha sido inmolado para darnos la gracia. Luchemos para vivir siempre en gracia, luchemos contra el pecado.

Reflexión II Domingo del Tiempo Ordinario.


Con la fiesta del Bautismo del Señor, que celebramos el domingo pasado, concluíamos el tiempo de Navidad.
En este II Domingo del Tiempo Ordinario, empezamos a ver a un Jesús que después de ser bautizado por Juan en el Jordán, empieza su vida pública. Aunque hoy, el Evangelio nos recordará de nuevo el Bautismo. Dejemos empaparnos por Aquél que nos ama tal y como somos.

Hoy la Iglesia también celebra la Jornada Mundial del Migrante y del Refugiado.
EL Papa Francisco, en su mensaje nos dice que “ya no es un fenómeno limitado a algunas zonas del planeta, sino que afecta a todos los continentes y está adquiriendo una dimensión cada vez más dramática a nivel mundial”. Tengamos un recuerdo especial en nuestras oraciones por tantas personas (hombres, mujeres y niños) que no sólo buscan un trabajo, sino que son obligados a salir de sus tierras para nada más y nada menos que salvar sus vidas.

En la Primera Lectura que es del Libro de Isaías, se nos muestra un pequeño fragmento del llamado: Cántico del Siervo de Yahvé. En este texto se nos habla que el Siervo no sólo vendrá a restaurar Israel, sino a ser verdadera “luz de las naciones” sin dejar a nadie fuera. En ese tiempo se tenía el pensamiento que había ciertas personas que quedaban fuera de ese ámbito. Pero no. Aunque el Siervo venga, y en muchas personas y pueblos no sea aceptado su mensaje, Yahvé estará a su lado.

En la Segunda Lectura que es del comienzo de la Carta del Apóstol Pablo a Corintios, se nos muestra como Pablo, a pesar de las distancia física, quiere hacerse sentir cercano en sus comunidades y apoyarles en los diferentes momentos y circunstancias. Sus cartas se leían a modo profético y eran proclamadas en voz alta en las reuniones, ya que la mayoría de las personas no sabían leer ni escribir. Les animaba a vivir con coherencia, a pesar de las dificultades, el Evangelio.

En el Evangelio de San Juan, como en los otros tres Evangelio se nos narra el Bautismo del Señor. A nosotros nos puede parecer raro como decíamos el domingo pasado, que Dios se Bautice. Pero el objetivo de este acto, es el mismo que el de su nacimiento: identificarse con la humanidad pecadora. Él, en el Jordán, nos representa a todos. Le da al Bautismo un nuevo sentido, una gracia especial que hasta entonces no tenía.
En el contexto de la comunidad de Juan, se narra el Bautismo desde la propia boca de Juan el Bautista, esto nos hace que pensar que la comunidad va haciendo una comprensión y conocimiento de Jesús.

Que la Virgen María nos ayude a ir descubriendo en nuestra vida las acciones de Dios por medio de Jesús con la fuerza del Espíritu. Que tengamos presentes que somos bautizados y por ello, tenemos un gran compromiso: ser testigos en medio de nuestros ambientes del que seguimos. Y ella interceda ante su Hijo para que nos haga un corazón de carne, sensible ante las dificultades e injusticias que viven de tantos hermanos nuestros, y que a veces miremos para otro lado para no mancharnos las manos.
Que así sea.


Más en:
http://www.revistaecclesia.com/reflexion-ii-domingo-del-tiempo-ordinario-fray-jose-borja/

12 enero 2017

Mensaje de los obispos de la Comisión Episcopal para la Jornada Mundial del Migrante y el Refugiado 2017.


“Menores migrantes, vulnerables y sin voz”

El Santo Padre ha propuesto para la Jornada mundial de las migraciones que celebraremos el próximo día 15 de enero de 2017 el lema: “Menores migrantes, vulnerables y sin voz”. Es una llamada a la conciencia de cada persona adulta y especialmente a la de los gobernantes para que tengan en cuenta en sus decisiones políticas los sufrimientos de los niños en situación de riesgo y pongan remedio cuanto antes a sus males. Nos invita el Papa a fijar nuestra mirada en los niños migrantes porque “son menores, extranjeros e indefensos… Ellos quienes más sufren las graves consecuencias de la emigración, casi siempre causada por la violencia, la miseria y las condiciones ambientales, factores a los que hay que añadir la globalización en sus aspectos negativos.”

La Convención sobre los Derechos del Niño fue aprobada por la Asamblea General de Naciones Unidas el 20 de noviembre de 1989. En dicha Convención se reconocen al niño los derechos fundamentales de toda persona humana.  Uno de los derechos más importantes de la infancia es el derecho a ser protegidos por la sociedad y el Estado cuando se encuentran en situación de vulnerabilidad. Los artículos 20,22, 34, 35,36 y 37 de la mencionada Convención obligan a los gobiernos de los Estados a tomar medidas para proteger a los niños de la violencia, de toda clase de explotación, de la trata de personas y de toda aquello que pueda dañar su desarrollo humano integral.

Las leyes Internacionales y nacionales están muy claras respecto a la protección de los menores frente a toda agresión. Entonces nos preguntamos   ¿por qué existen en estos momentos, según las cifras que facilita UNICEF, 1,8 millones de niños víctimas de la explotación sexual, 300.000 niños víctimas de la violencia y de la guerra, 168 millones sometidos al trabajo infantil? Esta pregunta sólo tiene una respuesta: la irrelevancia política de los niños en situación de exclusión y, por tanto ,  que no sean tenidos en cuenta por los gobiernos a la hora  de las  decisiones políticas. El Santo Padre nos recuerda en su Mensaje que “Los niños constituyen el grupo más vulnerable entre los emigrantes, porque, mientras se asoman a la vida, son invisibles y no tienen voz: la precariedad los priva de documentos, ocultándolos a los ojos del mundo; la ausencia de adultos que los acompañen impide que su voz se alce y sea escuchada.”

Debemos tomar conciencia de que los niños migrantes son una parte de esos menores de edad que sufren las consecuencias de la injusticia, de la falta de respeto a sus derechos fundamentales y de la indiferencia de la sociedad.  Un niño migrante no acompañado no tiene nada más que el día y la noche. Pensemos, por un momento las penurias que tiene que sufrir cuando sale de su país con lágrimas en los ojos mirando hacia atrás donde deja a sus padres porque no le pueden dar un futuro digno. Con arrojo y valentía, el adolescente migrante mira hacia adelante, busca un mundo mejor. Se une a los adultos que huyen de la hambruna, de la guerra o de la falta de libertad.  Sufre las penalidades propias del camino migrante sin el calor del hogar, sin poder estudiar y jugar, con hambre y con sed. Sus almas laceradas por la injusticia se reflejan en sus rostros trises, inmóviles y sin expresión.

¿Quién saldrá a su encuentro al llegar, si llega, a su destino? La calle, la plaza pública donde, si acaso, con otros menores emprenderán la huida permanente hacia adelante para que las autoridades no los internen en los Centros preparados para acogerlos. La vía pública es como el hampa, está plagada de violencia, intereses bastardos y trapicheos. En este ambiente crecerán los menores migrantes, solos, sin una caricia ni un gesto de ternura que calme su angustia. Este panorama es el que, desgraciadamente, viven los niños migrantes en bastantes países del mundo.

Los gritos de dolor de estos pequeños, habitualmente se oyen muy poco en los medios de comunicación o en los Parlamentos. Alguien ha de gritar con ellos y en su nombre. Alguien ha de prestar su voz para que su situación llegue a oídos de quienes tienen la posibilidad de solucionar sus problemas. La Iglesia quiere estar al lado de estos menores migrantes y hacer todo lo posible para sensibilizar a la sociedad sobre esta dramática situación que están viviendo millones de niños que no tienen futuro porque la injusta sociedad humana se lo niega.

El Papa Francisco nos recuerda en su Mensaje que “Nadie es extranjero en la comunidad cristiana, que abraza «todas las naciones, razas, pueblos y lenguas» y propone que trabajemos todos unidos para “proteger, integrar y dar soluciones estables” a la situación que vive cada niño o adolescente inmigrante. En este sentido el Pontífice propone “que se adopten adecuados procedimientos nacionales y planes de cooperación acordados entre los países de origen y los de acogida, para eliminar las causas de la emigración forzada de los niños entre las que se encuentran los conflictos armados.”

En nuestro país, el número creciente de menores sin hogar como consecuencia de la inmigración, de las rupturas familiares y de otras circunstancias, nos debe hacer pensar a todos sobre los retos que plantea, ya hoy, el crecimiento de estos niños sin el deseado ambiente familiar, escolar y lúdico.  Es necesario parar este flujo de menores que, si bien, durante el periodo de escolarización están tutelados, sin embargo, en cuanto alcanzan la mayoría de edad, quedan solos en la calle con todos los riesgos y peligros que ello conlleva.

Queremos agradecer la dedicación y entrega generosa para con estos menores y jóvenes en riesgo que hacen las Congregaciones, Delegaciones o secretariados diocesanos  de migraciones, Caritas , las instituciones  de la vida consagrada, parroquias, asociaciones de carácter social etc . Precisamente desde la Comisión Episcopal de Migraciones hemos articulado una Sección nueva para servir mejor a las diócesis,  procurando espacios en red con una dimensión de comunión y en contacto con  las entidades que se dedican a la atención a estos menores vulnerables.

Ni la sociedad ni el gobierno pueden mirar para otro lado y cerrar los ojos ante esta realidad. Es necesario seguir trabajando para que se promulguen leyes justas que apoyen la unidad familiar y respeten escrupulosamente los derechos del menor. Urge realizar todos los esfuerzos posibles para que la acogida de los menores migrantes, en los centros o en las familias, sea digna de modo que los menores puedan disfrutar de los medios necesarios para desarrollar su personalidad y superar los traumas que han dejado en ellos las circunstancias de la inmigración. Por último, aunque deberá ser lo primero, es absolutamente necesario  un nuevo orden económico internacional basado en el diálogo, la cooperación y la solidaridad entre los pueblos para que el mundo sea casa común de todos los hombres. Recordemos lo que el Papa Francisco afirma en la Encíclica Laudato “Las crisis económicas internacionales han mostrado con crudeza los efectos dañinos que trae aparejado el desconocimiento de un destino común, del cual no pueden ser excluidos quienes vienen detrás de nosotros. Ya no puede hablarse de desarrollo sostenible sin una solidaridad intergeneracional.” (Ls 159)

Hacemos una llamada  a nuestras comunidades  para que  estén atentas a este fenómeno, que forma parte de las nuevas esclavitudes, y ofrezcan  los recursos humanos, pastorales  y materiales para  responder  a este  desafío, especialmente dolorosos,   por  afectar a los niños, las personas  más desvalidas y, por eso ,  las más  necesitadas de protección  y ayuda.
Tarea que  encomendamos a la Bienaventurada Virgen María, madre de Dios y Madre nuestra.

Emigrantes menores de edad, vulnerables y sin voz.


Queridos hermanos y hermanas:

«El que acoge a un niño como este en mi nombre, me acoge a mí; y el que me acoge a mí, no me acoge a mí, sino al que me ha enviado» (Mc 9,37; cf. Mt 18,5; Lc 9,48; Jn 13,20). Con estas palabras, los evangelistas recuerdan a la comunidad cristiana una enseñanza de Jesús que apasiona y, a la vez, compromete. Estas palabras en la dinámica de la acogida trazan el camino seguro que conduce a Dios, partiendo de los más pequeños y pasando por el Salvador. Precisamente la acogida es condición necesaria para que este itinerario se concrete: Dios se ha hecho uno de nosotros, en Jesús se ha hecho niño y la apertura a Dios en la fe, que alimenta la esperanza, se manifiesta en la cercanía afectuosa hacia los más pequeños y débiles. La caridad, la fe y la esperanza están involucradas en las obras de misericordia, tanto espirituales como corporales, que hemos redescubierto durante el reciente Jubileo extraordinario.

Pero los evangelistas se fijan también en la responsabilidad del que actúa en contra de la misericordia: «Al que escandalice a uno de estos pequeños que creen en mí, más le valdría que le colgasen una piedra de molino al cuello y lo arrojasen al fondo del mar» (Mt 18,6; cf. Mc 9,42; Lc 17,2). ¿Cómo no pensar en esta severa advertencia cuando se considera la explotación ejercida por gente sin escrúpulos, ocasionando daño a tantos niños y niñas, que son iniciados en la prostitución o atrapados en la red de la pornografía, esclavizados por el trabajo de menores o reclutados como soldados, involucrados en el tráfico de drogas y en otras formas de delincuencia, obligados a huir de conflictos y persecuciones, con el riesgo de acabar solos y abandonados?

Por eso, con motivo de la Jornada Mundial del Emigrante y del Refugiado, que se celebra cada año, deseo llamar la atención sobre la realidad de los emigrantes menores de edad, especialmente los que están solos, instando a todos a hacerse cargo de los niños, que se encuentran desprotegidos por tres motivos: porque son menores, extranjeros e indefensos; por diversas razones, son forzados a vivir lejos de su tierra natal y separados del afecto de su familia.

Hoy, la emigración no es un fenómeno limitado a algunas zonas del planeta, sino que afecta a todos los continentes y está adquiriendo cada vez más la dimensión de una dramática cuestión mundial. No se trata sólo de personas en busca de un trabajo digno o de condiciones de vida mejor, sino también de hombres y mujeres, ancianos y niños que se ven obligados a abandonar sus casas con la esperanza de salvarse y encontrar en otros lugares paz y seguridad. Son principalmente los niños quienes más sufren las graves consecuencias de la emigración, casi siempre causada por la violencia, la miseria y las condiciones ambientales, factores a los que hay que añadir la globalización en sus aspectos negativos. La carrera desenfrenada hacia un enriquecimiento rápido y fácil lleva consigo también el aumento de plagas monstruosas como el tráfico de niños, la explotación y el abuso de menores y, en general, la privación de los derechos propios de la niñez sancionados por la Convención Internacional sobre los Derechos de la Infancia.

La edad infantil, por su particular fragilidad, tiene unas exigencias únicas e irrenunciables. En primer lugar, el derecho a un ambiente familiar sano y seguro donde se pueda crecer bajo la guía y el ejemplo de un padre y una madre; además, el derecho-deber de recibir una educación adecuada, sobre todo en la familia y también en la escuela, donde los niños puedan crecer como personas y protagonistas de su propio futuro y del respectivo país. De hecho, en muchas partes del mundo, leer, escribir y hacer cálculos elementales sigue siendo privilegio de unos pocos. Todos los niños tienen derecho a jugar y a realizar actividades recreativas, tienen derecho en definitiva a ser niños.

Sin embargo, los niños constituyen el grupo más vulnerable entre los emigrantes, porque, mientras se asoman a la vida, son invisibles y no tienen voz: la precariedad los priva de documentos, ocultándolos a los ojos del mundo; la ausencia de adultos que los acompañen impide que su voz se alce y sea escuchada. De ese modo, los niños emigrantes acaban fácilmente en lo más bajo de la degradación humana, donde la ilegalidad y la violencia queman en un instante el futuro de muchos inocentes, mientras que la red de los abusos a los menores resulta difícil de romper.

¿Cómo responder a esta realidad?

En primer lugar, siendo conscientes de que el fenómeno de la emigración no está separado de la historia de la salvación, es más, forma parte de ella. Está conectado a un mandamiento de Dios: «No oprimirás ni vejarás al forastero, porque forasteros fuisteis vosotros en Egipto» (Ex 22,20); «Amaréis al forastero, porque forasteros fuisteis en Egipto» (Dt 10,19). Este fenómeno es un signo de los tiempos, un signo que habla de la acción providencial de Dios en la historia y en la comunidad humana con vistas a la comunión universal. Sin ignorar los problemas ni, tampoco, los dramas y tragedias de la emigración, así como las dificultades que lleva consigo la acogida digna de estas personas, la Iglesia anima a reconocer el plan de Dios, incluso en este fenómeno, con la certeza de que nadie es extranjero en la comunidad cristiana, que abraza «todas las naciones, razas, pueblos y lenguas» (Ap 7,9). Cada uno es valioso, las personas son más importantes que las cosas, y el valor de cada institución se mide por el modo en que trata la vida y la dignidad del ser humano, especialmente en situaciones de vulnerabilidad, como es el caso de los niños emigrantes.

También es necesario centrarse en la protección, la integración y en soluciones estables.

Ante todo, se trata de adoptar todas las medidas necesarias para que se asegure a los niños emigrantes protección y defensa, ya que «estos chicos y chicas terminan con frecuencia en la calle, abandonados a sí mismos y víctimas de explotadores sin escrúpulos que, más de una vez, los transforman en objeto de violencia física, moral y sexual» (Benedicto XVI, Mensaje para la Jornada Mundial del Emigrante y el Refugiado 2008).

Por otra parte, la línea divisoria entre la emigración y el tráfico puede ser en ocasiones muy sutil. Hay muchos factores que contribuyen a crear un estado de vulnerabilidad en los emigrantes, especialmente si son niños: la indigencia y la falta de medios de supervivencia ―a lo que habría que añadir las expectativas irreales inducidas por los medios de comunicación―; el bajo nivel de alfabetización; el desconocimiento de las leyes, la cultura y, a menudo, de la lengua de los países de acogida. Esto los hace dependientes física y psicológicamente. Pero el impulso más fuerte hacia la explotación y el abuso de los niños viene a causa de la demanda. Si no se encuentra el modo de intervenir con mayor rigor y eficacia ante los explotadores, no se podrán detener las numerosas formas de esclavitud de las que son víctimas los menores de edad.

Es necesario, por tanto, que los inmigrantes, precisamente por el bien de sus hijos, cooperen cada vez más estrechamente con las comunidades que los acogen. Con mucha gratitud miramos a los organismos e instituciones, eclesiales y civiles, que con gran esfuerzo ofrecen tiempo y recursos para proteger a los niños de las distintas formas de abuso. Es importante que se implemente una cooperación cada vez más eficaz y eficiente, basada no sólo en el intercambio de información, sino también en la intensificación de unas redes capaces que puedan asegurar intervenciones tempestivas y capilares. No hay que subestimar el hecho de que la fuerza extraordinaria de las comunidades eclesiales se revela sobre todo cuando hay unidad de oración y comunión en la fraternidad

En segundo lugar, es necesario trabajar por la integración de los niños y los jóvenes emigrantes. Ellos dependen totalmente de la comunidad de adultos y, muy a menudo, la falta de recursos económicos es un obstáculo para la adopción de políticas adecuadas de acogida, asistencia e inclusión. En consecuencia, en lugar de favorecer la integración social de los niños emigrantes, o programas de repatriación segura y asistida, se busca sólo impedir su entrada, beneficiando de este modo que se recurra a redes ilegales; o también son enviados de vuelta a su país de origen sin asegurarse de que esto corresponda realmente a su «interés superior».

La situación de los emigrantes menores de edad se agrava más todavía cuando se encuentran en situación irregular o cuando son captados por el crimen organizado. Entonces, se les destina con frecuencia a centros de detención. No es raro que sean arrestados y, puesto que no tienen dinero para pagar la fianza o el viaje de vuelta, pueden permanecer por largos períodos de tiempo recluidos, expuestos a abusos y violencias de todo tipo. En esos casos, el derecho de los Estados a gestionar los flujos migratorios y a salvaguardar el bien común nacional se tiene que conjugar con la obligación de resolver y regularizar la situación de los emigrantes menores de edad, respetando plenamente su dignidad y tratando de responder a sus necesidades, cuando están solos, pero también a las de sus padres, por el bien de todo el núcleo familiar.

Sigue siendo crucial que se adopten adecuados procedimientos nacionales y planes de cooperación acordados entre los países de origen y los de acogida, para eliminar las causas de la emigración forzada de los niños.

En tercer lugar, dirijo a todos un vehemente llamamiento para que se busquen y adopten soluciones permanentes. Puesto que este es un fenómeno complejo, la cuestión de los emigrantes menores de edad se debe afrontar desde la raíz. Las guerras, la violación de los derechos humanos, la corrupción, la pobreza, los desequilibrios y desastres ambientales son parte de las causas del problema. Los niños son los primeros en sufrirlas, padeciendo a veces torturas y castigos corporales, que se unen a las de tipo moral y psíquico, dejándoles a menudo huellas imborrables.

Por tanto, es absolutamente necesario que se afronten en los países de origen las causas que provocan la emigración. Esto requiere, como primer paso, el compromiso de toda la Comunidad internacional para acabar con los conflictos y la violencia que obligan a las personas a huir. Además, se requiere una visión de futuro, que sepa proyectar programas adecuados para las zonas afectadas por la inestabilidad y por las más graves injusticias, para que a todos se les garantice el acceso a un desarrollo auténtico que promueva el bien de los niños y niñas, esperanza de la humanidad.

Por último, deseo dirigir una palabra a vosotros, que camináis al lado de los niños y jóvenes por los caminos de la emigración: ellos necesitan vuestra valiosa ayuda, y la Iglesia también os necesita y os apoya en el servicio generoso que prestáis. No os canséis de dar con audacia un buen testimonio del Evangelio, que os llama a reconocer y a acoger al Señor Jesús, presente en los más pequeños y vulnerables.

Encomiendo a todos los niños emigrantes, a sus familias, sus comunidades y a vosotros, que estáis cerca de ellos, a la protección de la Sagrada Familia de Nazaret, para que vele sobre cada uno y os acompañe en el camino; y junto a mi oración os imparto la Bendición Apostólica.

Vaticano, 8 de septiembre de 2016.

Papa Francisco

El domingo 15 de enero celebramos la Jornada Mundial del Emigrante, Refugiado y Apátrida.



SIT Informa: Historia de Shafia.



Catequesis de ayer miércoles del Papa Francisco: Los ídolos que los hombres suelen fabricarse creyendo que le darán la felicidad pero que sin embargo no lo hacen.


Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

El pasado mes de diciembre y en la primera parte de enero hemos celebrado el tiempo de Adviento y luego el de Navidad: un periodo del año litúrgico que despierta en el pueblo de Dios la esperanza. Esperar es una necesidad primaria del hombre: esperar en el futuro, creer en la vida, el llamado “pensamiento positivo”.

Pero es importante que tal esperanza sea colocada en lo que verdaderamente puede ayudar a vivir y a dar sentido a nuestra existencia. Es por esto que la Sagrada Escritura nos pone en guardia contra las falsas esperanzas: estas falsas esperanzas que el mundo nos presenta, encubriendo su inutilidad y mostrando su insensatez.

Y lo hace de varios modos, pero sobre todo denunciando la falsedad de los ídolos en el cual el hombre está tentado de poner su confianza, haciéndolo el objeto de su esperanza.

En particular los profetas y los sabios insisten en esto, tocando un punto central del camino de fe del creyente. Porque la fe es confiar en Dios – quien tiene fe, confía en Dios – pero llega el momento en el cual, enfrentándose a las dificultades de la vida, el hombre experimenta la fragilidad de esta confianza y siente la necesidad de certezas distintas, de seguridades tangibles, concretas.

Yo confío en Dios, pero la situación es un poco fea y yo necesito una certeza un poco más concreta. ¡Y ahí está el peligro! Y entonces estamos tentados en buscar consolaciones incluso efímeras, que parecen colmar el vacío de la soledad y mitigar el cansancio de creer.

Y pensamos de poderlas encontrar en la seguridad que puede dar – por ejemplo – el dinero, en las alianzas con los potentes, o seguridades de la mundanidad, o en las falsas ideologías. A veces las buscamos en un dios que pueda doblegarse a nuestros pedidos y mágicamente intervenir para cambiar la realidad y hacerla como nosotros queremos; un ídolo, precisamente, que en cuanto tal no puede hacer nada, impotente y mentiroso.

¡Pero a nosotros nos gustan los ídolos, nos gustan mucho! Una vez, en Buenos Aires, debía ir de una iglesia a otra, a mil metros, más o menos. Y lo hice, caminando. Y había un parque por ahí, y en el parque había pequeñas mesas, muchas, donde estaban sentados los videntes.

Y estaba lleno de gente, incluso hacían colas, había mucha gente; y tú le dabas la mano y él comenzaba… Pero, el discurso era siempre el mismo: hay una mujer en tu vida, hay una sombra que viene, pero todo saldrá bien… y luego, pagabas. Y ¿esto te da seguridad? Es la seguridad de una – permítanme la palabra – de una estupidez.

Y este es un ídolo: he ido al vidente, a la vidente y me han leído las cartas – yo sé que ninguno de ustedes hace esto – y he salido mejor. Me recuerda a esa película, “Milagro en Milán”, “que cara, que nariz… 100 liras”. Te hacen pagar para que te alaben y ten una falsa esperanza.

Este es un ídolo, y nosotros estamos tan atentos: compramos falsas esperanzas. Y aquello que es la esperanza de la gratuidad, aquella que nos ha traído Jesucristo, gratuitamente, ha dado su vida por nosotros, en aquella no confiamos tanto…

Un salmo lleno de sabiduría nos describe de modo muy sugestivo la falsedad de estos ídolos que el mundo ofrece a nuestra esperanza y a la cual los hombres de todo tiempo son tentados a encomendarse. Es el Salmo 115, que recita así: «Los ídolos, en cambio, son plata y oro, obra de las manos de los hombres.

Tienen boca, pero no hablan, tienen ojos, pero no ven; tienen orejas, pero no oyen, tienen nariz, pero no huelen. Tienen manos, pero no palpan, tienen pies, pero no caminan; ni un solo sonido sale de su garganta. Como ellos serán los que los fabrican, los que ponen en ellos su confianza» (vv. 4-8).

El salmista nos presenta, incluso de modo un poco irónico, la realidad absolutamente efímera de estos ídolos. Y debemos entender que no se trata solo de representaciones hechas de metal o de otro material, sino también de aquellas construidas con nuestra mente, cuando confiamos en realidades limitadas que transformamos en absolutas, o cuando reducimos a Dios a nuestros esquemas y a nuestras ideas de divinidad; un dios que se nos asemeja, comprensible, predecible, justamente como los ídolos del cual habla el salmo.

El hombre, imagen de Dios, se fabrica un dios a su propia imagen, y es incluso una imagen mal hecha: no escucha, no actúa, y sobre todo no puede hablar. Pero, nosotros estamos más contentos de ir en los ídolos que ir al Señor. Estamos muchas veces más contentos de las efímeras esperanzas que te da esto que es falso, este ídolo, que la gran esperanza segura que nos da el Señor.

A la esperanza en un Señor de la vida que con su Palabra ha creado el mundo y conduce nuestras existencias, se contrapone la confianza en imágenes mudas.


Las ideologías con sus pretensiones de absoluto, las riquezas – y este es un gran ídolo –, el poder y el suceso, la vanidad, con sus ilusiones de eternidad y de omnipotencia, los valores como la belleza física y la salud, cuando se convierten en ídolos a los cuales sacrificar cada cosa, son todas realidades que confunden la mente y el corazón, y en vez de favorecer la vida la conducen a la muerte.

Y es muy feo escuchar y hace tanto mal al alma aquello que una vez, hace años, he escuchado, en otra diócesis: una mujer, una buena mujer, muy bella, era muy bonita y se vanagloriaba de su belleza, comentaba, como si fuera natural: “He debido abortar, para mí, mi figura es muy importante”. Estos son los ídolos, y te llevan por el camino equivocado y no te dan la felicidad.

El mensaje del salmo es muy claro: si se pone la esperanza en los ídolos, se termina siendo como ellos: imágenes vacías con manos que no tocan, pies que no caminan, bocas que no pueden hablar.

No se tiene nada más que decir, se es incapaz de ayudar, cambiar las cosas, incapaces de sonreír, donarse, incapaces de amar. Y también nosotros, hombres de Iglesia, corremos este riesgo cuando nos “mundanizamos”. Es necesario permanecer en el mundo pero defenderse de las ilusiones del mundo, que son estos ídolos que yo he mencionado.

Como prosigue el Salmo, se necesita confiar y esperar en Dios, y Dios donará bendición: «Pueblo de Israel, confía en el Señor […] Familia de Aarón, confía en el Señor […] Confíen en el Señor todos los que lo temen […] Que el Señor se acuerde de nosotros y nos bendiga» (vv. 9.10.11.12).

Siempre el Señor se recuerda, también en los momentos difíciles; pero Él se recuerda de nosotros. Y esta es nuestra esperanza. Y la esperanza no defrauda. Jamás. Jamás. Los ídolos defraudan siempre: son fantasías, no son realidades.

Esta es la estupenda realidad de la esperanza: confiando en el Señor nos hacemos como Él, su bendición nos transforma, nos transforma en sus hijos, que comparten su vida.

La esperanza en Dios nos hace entrar, por así decir, en el rayo de acción de su recuerdo, de su memoria que nos bendice y nos salva. Y entonces puede surgir el aleluya, la alabanza al Dios vivo y verdadero, que por nosotros ha nacido de María, ha muerto en la cruz y ha resucitado en la gloria. Y en este Dios nosotros tenemos esperanza, y este Dios – que no es un ídolo – no defrauda jamás. Gracias

11 enero 2017

Discurso del Papa Francisco al Cuerpo Diplomático en el Vaticano: "Nunca matar en nombre de Dios".


Les doy la bienvenida y les agradezco su presencia tan numerosa y fiel a esta cita tradicional, que nos permite manifestar recíprocamente el deseo de que el año apenas iniciado sea para todos un tiempo de alegría, de prosperidad y de paz.

Me dirijo con un sentimiento de especial reconocimiento al Decano del Cuerpo Diplomático, el Excelentísimo Señor Armindo Fernandes do Espírito Santo Vieira, Embajador de Angola, por las deferentes palabras que me ha dirigido en nombre de todo el Cuerpo Diplomático acreditado ante la Santa Sede, que ha aumentado recientemente con el establecimiento de las relaciones diplomáticas con la República Islámica de Mauritania, hace apenas un mes.

Deseo igualmente agradecer a los numerosos Embajadores residentes en la Urbe, cuyo número ha aumentado a lo largo del último año, así como a los Embajadores no residentes, que con su presencia en el día de hoy pretenden subrayar los vínculos de amistad que unen a sus pueblos con la Santa Sede. Igualmente, quiero dirigir de modo especial un mensaje de pésame al Embajador de Malasia, recordando a su predecesor, Dato’ Mohd Zulkephli Bin Mohd Noor, fallecido el pasado mes de febrero.

Durante el año transcurrido, las relaciones entre sus Países y la Santa Sede han tenido ocasión de profundizarse aún más gracias a las cordiales visitas de numerosos Jefes de Estado y de Gobierno, a veces en concomitancia con los diversos encuentros que han marcado el Jubileo Extraordinario de la Misericordia, recientemente concluido.

Han sido también varios los Acuerdos bilaterales firmados o ratificados, unos de carácter general, dirigidos a reconocer el estatuto jurídico de la Iglesia con la República Democrática del Congo, la República Centroafricana, Benín y con Timor Oriental; otros de carácter más específico, como el Avenant firmado con Francia, o la Convención en materia fiscal con la República Italiana, que ha entrado recientemente en vigor, a los que hay que añadir el Memorandum de Acuerdo entre la Secretaría de Estado y el Gobierno de los Emiratos Árabes Unidos.

Además, en línea con el compromiso de la Santa Sede de cumplir con las obligaciones asumidas en los acuerdos subscritos, se ha dado también la plena actuación al Comprehensive Agreement con el Estado de Palestina, que entró en vigor hace un año.

Estimados Embajadores.

Hace un siglo, el mundo se encontraba en medio del primer conflicto mundial. Una inútil matanza[1], en la que las nuevas técnicas de combate sembraban muerte y causaban enormes sufrimientos a una población civil inerme.

En 1917, el rostro del conflicto cambió profundamente, adquiriendo una fisonomía cada vez más mundial mientras surgían en el horizonte aquellos regímenes totalitarios que durante mucho tiempo fueron causa de lacerantes divisiones.

Cien años después, muchas zonas del mundo pueden decir que se han beneficiado de prolongados períodos de paz, que han favorecido unas oportunidades de desarrollo económico y formas de bienestar sin precedentes. Si hoy para muchos la paz les parece de alguna manera un bien que se da por descontado, casi un derecho adquirido al que no se le presta demasiada atención, para demasiadas personas esa paz es todavía una simple ilusión lejana.

Millones de personas viven hoy en medio de conflictos insensatos. Incluso en aquellos lugares que en otro tiempo se consideraban seguros se advierte un sentimiento general de miedo. Con frecuencia nos sentimos abrumados por las imágenes de muerte, por el  dolor de los inocentes que imploran ayuda y consuelo, por el luto del que llora un ser querido a causa del odio y de la violencia, por el drama de los refugiados que escapan de la guerra o de los emigrantes que perecen trágicamente.

Por eso quisiera dedicar el encuentro de hoy al tema de la seguridad y de la paz, porque en el clima general de preocupación por el presente y de incertidumbre y angustia por el futuro, en el que nos encontramos inmersos, considero importante dirigir una palabra de esperanza, que nos señale también un posible camino para recorrer.

Hace tan solo unos días hemos celebrado la 50 Jornada Mundial de la Paz, instituida por mi predecesor el beato Pablo VI, «como presagio y como promesa, al principio del calendario que mide y describe el camino de la vida en el tiempo, de que sea la Paz con su justo y benéfico equilibrio la que domine el desarrollo de la historia futura»[2].

Para los cristianos, la paz es un don del Señor, aclamada y cantada por los ángeles en el momento del nacimiento de Cristo: «Gloria a Dios en el cielo, y en la tierra paz a los hombres de buena voluntad» (Lc 2,14). Es un bien positivo, «el fruto del orden asignado a la sociedad humana»[3] por Dios y «no es la mera ausencia de la guerra»[4]. No se «reduce solo al establecimiento de un equilibrio de las fuerzas adversarias»[5], sino que más bien exige el compromiso de personas de buena voluntad «sedientos de una justicia más perfecta»[6].

En esa línea, manifiesto la viva convicción de que toda expresión religiosa está llamada a promover la paz. Lo he podido experimentar de manera significativa en la Jornada Mundial de Oración por la Paz, que se celebró en Asís el pasado mes de septiembre, durante la cual los representantes de las diversas religiones se han encontrado para «dar voz a los que sufren, a los que no tienen voz y no son escuchados»[7],así como en mi visita al Templo Mayor de Roma o a la Mezquita de Bakú.

Sabemos que se ha cometido violencia por razones religiosas, comenzando precisamente por Europa, donde las divisiones históricas entre cristianos han durado mucho tiempo. En mi reciente viaje a Suecia, quise recordar que tenemos una urgente necesidad de sanar las heridas del pasado y de caminar juntos hacia metas comunes.

En la base de ese camino ha de estar el diálogo auténtico entre las diversas confesiones religiosas. Es un dialogo posible y necesario, como he tratado de atestiguar en el encuentro que he tenido en Cuba con el Patriarca Cirilo de Moscú, así como en los viajes apostólicos a Armenia, Georgia y Azerbaiyán, donde he percibido la aspiración de aquellos pueblos a solucionar los conflictos que desde hace años perjudican la concordia y la paz.

Al mismo tiempo, no debemos olvidar las muchas iniciativas, inspiradas en la religión, que contribuyen, incluso a menudo con el sacrificio de los mártires, a la construcción del bien común por medio de la educación y la asistencia, sobre todo en las regiones más desfavorecidas y en las zonas de conflicto.

Tales obras contribuyen a la paz y dan testimonio concreto de que, cuando se coloca en el centro de la propia actividad la dignidad de la persona humana, es posible vivir y trabajar juntos, a pesar de pertenecer a pueblos, culturas y tradiciones diferentes.

Desgraciadamente, somos conscientes de que todavía hoy, la experiencia religiosa, en lugar de abrirnos a los demás, puede ser utilizada a veces como pretexto para cerrazones, marginaciones y violencias. Me refiero en particular al terrorismo de matriz fundamentalista, que en el año pasado ha segado la vida de numerosas víctimas en todo el mundo: en Afganistán, Bangladesh, Bélgica, Burkina Faso, Egipto, Francia, Alemania, Jordania, Irak, Nigeria, Pakistán, Estados Unidos de América, Túnez y Turquía.

Son gestos viles, que usan a los niños para asesinar, como en Nigeria; toman como objetivo a quien reza, como en la Catedral copta de El Cairo, a quien viaja o trabaja, como en Bruselas, a quien pasea por las calles de la ciudad, como en Niza o en Berlín, o sencillamente celebra la llegada del año nuevo, como en Estambul.

Se trata de una locura homicida que usa el nombre de Dios para sembrar muerte, intentando afirmar una voluntad de dominio y de poder. Hago por tanto un llamamiento a todas las autoridades religiosas para que unidos reafirmen con fuerza que nunca se puede matar en nombre de Dios.

El terrorismo fundamentalista es fruto de una grave miseria espiritual, vinculada también a menudo a una considerable pobreza social. Solo podrá ser plenamente vencido con la acción común de los líderes religiosos y políticos.


A los primeros les corresponde la tarea de transmitir aquellos valores religiosos que no admiten una contraposición entre el temor de Dios y el amor por el prójimo. A los segundos les corresponde garantizar en el espacio público el derecho a la libertad religiosa, reconociendo la aportación positiva y constructiva que ésta comporta para la edificación de la sociedad civil, en donde la pertenencia social, sancionada por el principio de ciudadanía, y la dimensión espiritual de la vida no pueden ser concebidas como contrarias.

A quien gobierna le corresponde, además, la responsabilidad de evitar que se den las condiciones favorables para la propagación de los fundamentalismos. Eso requiere adecuadas políticas sociales que combatan la pobreza, y que requieren de una sincera valorización de la familia, como lugar privilegiado de la maduración humana, y de abundantes esfuerzos en el ámbito educativo y cultural.

En este sentido, acojo con interés la iniciativa del Consejo de Europa sobre la dimensión religiosa del diálogo intercultural, que el año pasado se ha centrado en el papel de la educación en la prevención de la radicalización, que conduce al terrorismo y al extremismo violento.

Se trata de una oportunidad para profundizar en el papel que tiene el fenómeno religioso y la educación en la pacificación real del tejido social, necesaria para la convivencia en una sociedad multicultural.

A este respecto, deseo expresar la convicción de que la autoridad política no solo debe garantizar la seguridad de sus propios ciudadanos ?concepto que puede ser fácilmente reducido al de un simple «vivir tranquilo»?, sino que también está llamada a ser verdadera promotora y constructora de paz.

La paz es una «virtud activa», que requiere el compromiso y la cooperación de cada persona y de todo el cuerpo social en su conjunto. Como advertía el Concilio Vaticano II, «la paz jamás es una cosa del todo hecha, sino un perpetuo quehacer»[8], salvaguardando el bien de las personas y respetando su dignidad. Construirla requiere en primer lugar renunciar a la violencia en la reivindicación de los propios derechos[9].

Precisamente a este principio he dedicado el Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz de 2017, titulado: «La no violencia: un estilo de política para la paz», para recordar sobre todo cómo la no violencia es un estilo político basado en la primacía del derecho y de la dignidad de toda persona.

Construir la paz requiere también que «se desarraiguen las causas de discordia entre los hombres, que son las que alimentan las guerras»[10], empezando por las injusticias. Existe, de hecho, una íntima relación entre la justicia y la paz[11]. «Pero, ?observaba San Juan Pablo II? puesto que la justicia humana es siempre frágil e imperfecta, expuesta a las limitaciones y a los egoísmos personales y de grupo, debe ejercerse y en cierto modo completarse con el perdón, que cura las heridas y restablece en profundidad las relaciones humanas truncadas (...).

El perdón en modo alguno se contrapone a la justicia, [sino] tiende más bien a esa plenitud de la justicia que conduce a la tranquilidad del orden y que (...) pretende una profunda recuperación de las heridas abiertas. Para esta recuperación, son esenciales ambos, la justicia y el perdón»[12]. Estas palabras, hoy más actuales que nunca, se han encontrado con la disponibilidad de algunos Jefes de Estado o de Gobierno para acoger mi invitación a tener un gesto de clemencia a favor de los encarcelados.

A ellos, como también a quienes trabajan para crear condiciones de vida digna para los detenidos y favorecer su reinserción en la sociedad, deseo expresarles mi especial reconocimiento y gratitud.

Estoy convencido de que para muchos el Jubileo extraordinario de la Misericordia ha sido una ocasión particularmente propicia para descubrir también la «incidencia importante y positiva de la misericordia como valor social»[13]. Cada uno puede contribuir a dar vida a «una cultura de la misericordia, basada en el redescubrimiento del encuentro con los demás: una cultura en la que ninguno mire al otro con indiferencia ni aparte la mirada cuando vea el sufrimiento de los hermanos»[14].

Solo así se podrán construir sociedades abiertas y hospitalarias para los extranjeros y, al mismo tiempo, seguras y pacíficas internamente. Esto es aún más necesario hoy en día en que siguen aumentando, en diferentes partes del mundo, los grandes flujos migratorios. Pienso sobre todo en los numerosos refugiados y desplazados en algunas zonas de África, en el Sudeste asiático y en aquellos que huyen de las zonas de conflicto en Oriente Medio.

El año pasado, la comunidad internacional se vio interpelada por dos importantes eventos convocados por las Naciones Unidas: la primera Cumbre Humanitaria Mundial y la Cumbre sobre los grandes Desplazamientos de Refugiados y Migrantes.

Es necesario un compromiso común en favor de los inmigrantes, los refugiados y los desplazados, que haga posible el darles una acogida digna. Esto implica saber conjugar el derecho de «cada hombre (…) a emigrar a otros países y fijar allí su domicilio»[15] y, al mismo tiempo, garantizar la posibilidad de una integración de los inmigrantes en los tejidos sociales en los que se insertan, sin que éstos sientan amenazada su seguridad, su identidad cultural y sus propios equilibrios políticos y sociales.

Por otra parte, los mismos inmigrantes no deben olvidar que tienen el deber de respetar las leyes, la cultura y las tradiciones de los países que los acogen.

Un enfoque prudente de parte de las autoridades públicas no comporta la aplicación de políticas de clausura hacia los inmigrantes, sino que implica evaluar, con sabiduría y altura de miras, hasta qué punto su país es capaz, sin provocar daños al bien común de sus ciudadanos, de proporcionar a los inmigrantes una vida digna, especialmente a quienes tienen verdadera necesidad de protección.

No se puede de ningún modo reducir la actual crisis dramática a un simple recuento numérico. Los inmigrantes son personas con nombres, historias y familias, y no podrá haber nunca verdadera paz mientras quede un solo ser humano al que se le vulnere la propia identidad personal y se le reduzca a una mera cifra estadística o a objeto de interés económico.

El problema de la inmigración es un tema que no puede dejar indiferentes a algunos países mientras que otros sobrellevan, a menudo con un esfuerzo considerable y graves dificultades, el compromiso humanitario de hacer frente a una emergencia que no parece tener fin.

Todos deberían sentirse constructores y corresponsables del bien común internacional, incluso a través de gestos concretos de humanidad, que son requisitos fundamentales para la paz y el desarrollo que naciones enteras y millones de personas siguen aún esperando. Por eso, estoy agradecido a todos los países que acogen generosamente a los necesitados, comenzando por algunas naciones europeas, especialmente Italia, Alemania, Grecia y Suecia.

Me quedará grabado para siempre el viaje que hice a la isla de Lesbos, junto a mis hermanos el Patriarca Bartolomé y el Arzobispo Jerónimo, donde vi y toqué con la mano la dramática situación de los campos de refugiados, así como la humanidad y el espíritu de servicio de muchas personas comprometidas en su asistencia.

Tampoco se debe olvidar la hospitalidad ofrecida por otros países europeos y de Oriente Medio, como Líbano, Jordania y Turquía, así como el compromiso de diferentes países de África y Asia.

También en mi viaje a México, donde pude experimentar la alegría del pueblo mexicano, me sentí cerca de los miles de inmigrantes centroamericanos que sufren terribles injusticias y peligros en su intento de alcanzar un futuro mejor, y que son víctimas de extorsión y objeto de ese despreciable comercio ?horrible forma de esclavitud moderna? que es la trata de personas.

Enemiga de la paz es una «visión reductiva» del hombre, que abre el camino a la propagación de la iniquidad, las desigualdades sociales y la corrupción. Justo con relación a este último fenómeno, la Santa Sede ha asumido nuevos compromisos, depositando formalmente, el 19 de septiembre, el instrumento de adhesión a la Convención de las Naciones Unidas contra la Corrupción, aprobada por la Asamblea General de las Naciones Unidas el 31 de octubre de 2003.

En la encíclica Populorum Progressio, que este año celebra su cincuenta aniversario, el beato Pablo VI recordó cómo estas desigualdades provocan discordias. «El camino de la paz pasa por el desarrollo»[16] que las autoridades públicas tienen la obligación de estimular y fomentar, creando las condiciones para una distribución más equitativa de los recursos e incentivando oportunidades de trabajo, sobre todo para los más jóvenes.

En el mundo hay todavía muchas personas, especialmente niños, que aún sufren por causa de una pobreza endémica y viven en situaciones de inseguridad alimentaria ?más bien, de hambre? mientras que los recursos naturales son objeto de la ávida explotación de unos pocos, desperdiciándose cada día enormes cantidades de alimentos.

Los niños y los jóvenes son el futuro, se trabaja y se construye para ellos. No podemos descuidarlos y olvidarlos egoístamente. Por esta razón, como he advertido recientemente en una carta enviada a todos los obispos, considero prioritaria la defensa de los niños, cuya inocencia ha sido frecuentemente rota bajo el peso de la explotación, del trabajo clandestino y esclavo, de la prostitución o de los abusos de los adultos, de los pandilleros y de los mercaderes de muerte[17].

Durante mi viaje a Polonia, con ocasión de la Jornada Mundial de la Juventud, me encontré con miles de jóvenes llenos de entusiasmo y ganas de vivir. He visto, en cambio, el dolor y el sufrimiento de muchos otros. Pienso en los chicos y chicas que sufren las consecuencias del terrible conflicto en Siria, privados de la alegría de la infancia y de la juventud: desde la posibilidad de jugar libremente a la oportunidad de ir a la escuela.

A ellos, y a todo el querido pueblo sirio, dirijo constantemente mi pensamiento, a la vez que hago un llamamiento a la comunidad internacional para que trabaje con diligencia para poner en marcha una seria negociación, que ponga definitivamente fin a un conflicto que está provocando un verdadero desastre humanitario.

Cada una de las partes implicadas ha de tener como prioridad el respeto del derecho humanitario internacional, asegurando la protección de la población civil y la necesaria ayuda humanitaria. El deseo común es que la tregua que se ha firmado recientemente sea para todo el pueblo sirio un signo de la esperanza que tanto necesita.

Esto requiere también que se hagan esfuerzos para erradicar el despreciable tráfico de armas y la continua carrera para producir y distribuir armas cada vez más sofisticadas. Causan un gran desconcierto las pruebas llevadas a cabo en la Península coreana, que desestabilizan a la región y plantean a la comunidad internacional unos inquietantes interrogantes acerca del riesgo de una nueva carrera de armamentos nucleares.

Siguen siendo actuales las palabras de San Juan XXIII en la Pacem in terris cuando afirmaba que «la recta razón y el sentido de la dignidad humana exigen urgentemente que cese ya la carrera de armamentos; que, de un lado y de otro, las naciones que los poseen los reduzcan simultáneamente; que se prohíban las armas atómicas»[18]. En tal sentido, y también en vista de la próxima Conferencia de Desarme, la Santa Sede trabaja por promover una ética de la paz y de la seguridad que supere a la del miedo y de la «cerrazón» que condiciona el debate sobre las armas nucleares.

También por lo que respecta a las armas convencionales, hay que señalar que la facilidad con la que a menudo se puede acceder al mercado de las armas, incluso las de pequeño calibre, además de agravar la situación en las diversas zonas de conflicto, produce una sensación muy extendida y generalizada de inseguridad y temor, que es más peligrosa en los momentos de incertidumbre social y de profunda transformación como el que vivimos.

La ideología, que se sirve de los problemas sociales para fomentar el desprecio y el odio y ve al otro como un enemigo que hay que destruir, es enemiga de la paz. Desafortunadamente, nuevas formas de ideología aparecen constantemente en el horizonte de la humanidad. Haciéndose pasar por portadoras de beneficios para el pueblo, dejan en cambio detrás de sí pobreza, divisiones, tensiones sociales, sufrimiento y con frecuencia incluso la muerte.

La paz, sin embargo, se conquista con la solidaridad. De ella brota la voluntad de diálogo y de colaboración, del que la diplomacia es un instrumento fundamental. La misericordia y la solidaridad es lo que mueve a la Santa Sede y a la Iglesia Católica en su compromiso decidido por solucionar los conflictos o seguir los procesos de paz, de reconciliación y la búsqueda de soluciones negociadas a los mismos.

Llena de esperanza ver que algunos de los intentos realizados se deben a la buena voluntad de tantas personas diferentes que se empeñan de modo activo y eficaz en favor de la paz. Pienso en los esfuerzos realizados en los últimos dos años para un nuevo acercamiento entre Cuba y los Estados Unidos. También pienso en el esfuerzo llevado a cabo con tenacidad, a pesar de las dificultades, para terminar con años de conflicto en Colombia.

Este planteamiento busca fomentar la confianza mutua, mantener caminos de diálogo y hacer hincapié en la necesidad de gestos valientes, que son muy urgentes también en la vecina Venezuela, donde las consecuencias de la crisis política, social y económica, están pesando desde hace tiempo sobre la población civil; o en otras partes del mundo, empezando por Oriente Medio, no solo para poner fin al conflicto sirio, sino también para promover una sociedad plenamente reconciliada en Irak y en Yemen.

La Santa Sede renueva también su urgente llamamiento para que se reanude el diálogo entre israelíes y palestinos, para que se alcance una solución estable y duradera que garantice la convivencia pacífica de dos Estados dentro de fronteras reconocidas internacionalmente. Ningún conflicto ha de convertirse en un hábito del que parece que nadie se puede librar. Israelíes y palestinos necesitan la paz. Todo el Oriente Medio necesita con urgencia la paz.

También espero que se cumplan plenamente los acuerdos destinados a restablecer la paz en Libia, donde es más urgente que nunca sanar las divisiones de los últimos años. Del mismo modo, animo todos los esfuerzos que en ámbito local e internacional estén destinados a restaurar la convivencia civil en Sudán y en Sudán del Sur, en la República Centroafricana, atormentados por continuos enfrentamientos armados, masacres y devastaciones, así como en otras naciones del Continente marcadas por tensiones e inestabilidad política y social.

En particular, espero que el reciente acuerdo firmado en la República Democrática del Congo contribuya a hacer que los que tienen responsabilidades políticas se esfuercen diligentemente para promover la reconciliación y el diálogo entre todos los miembros de la sociedad civil. Mi pensamiento se dirige también a Myanmar, de modo que se promueva una convivencia pacífica y, con la ayuda de la comunidad internacional, no se deje de atender a aquellos que están en grave y urgente necesidad.

También en Europa, donde no faltan las tensiones, la disponibilidad al diálogo es la única manera de garantizar la seguridad y el desarrollo del Continente. Por tanto, celebro las iniciativas destinadas a promover el proceso de reunificación de Chipre, que hoy precisamente ve una reanudación de las negociaciones, mientras espero que en Ucrania se sigan buscando con determinación soluciones viables para la plena aplicación de los compromisos asumidos por las partes y, sobre todo, para que se le dé una pronta respuesta a una situación humanitaria que sigue siendo grave.

Toda Europa está atravesando un momento decisivo de su historia, en el que está llamada a redescubrir su propia identidad. Para ello es necesario volver a descubrir sus raíces con el fin de plasmar su propio futuro.

Frente a las fuerzas disgregadoras, es más urgente que nunca actualizar la «idea de Europa» para dar a luz un nuevo humanismo basado en la capacidad de integrar, de dialogar y de generar[19]. que han hecho grande al así llamado Viejo Continente. El proceso de unificación europea, que comenzó después de la Segunda Guerra Mundial, ha sido y sigue siendo una oportunidad única para la estabilidad, la paz y la solidaridad entre los pueblos.

Aquí solo puedo reiterar el interés y la preocupación de la Santa Sede por Europa y su futuro, consciente de que los valores que han animado y fundado este proyecto, del que este año se cumple el sexagésimo aniversario, son comunes a todo el Continente y se extienden más allá de la misma Unión Europea.

Excelencias, señoras y señores.

Construir la paz significa también trabajar activamente para el cuidado de la Creación. El Acuerdo de París sobre el clima, que ha entrado recientemente en vigor, es un signo importante de nuestro compromiso común por dejar a los que vengan después de nosotros un mundo hermoso y habitable.

Espero que los esfuerzos realizados en los últimos tiempos para abordar el cambio climático cuenten con una cooperación más amplia por parte de todos, ya que la Tierra es nuestra casa común, y es necesario tener en cuenta que las decisiones de cada uno repercuten sobre la vida de todos.

Sin embargo, es evidente también que hay fenómenos que sobrepasan la capacidad de la acción humana. Me refiero a los numerosos terremotos que han golpeado a algunas regiones del mundo. Pienso sobre todo en los que se produjeron en Ecuador, Italia e Indonesia, que han provocado numerosas muertes y donde todavía muchas personas viven en condiciones muy precarias.

Pude visitar personalmente algunas zonas afectadas por el terremoto en el centro de Italia, donde he comprobado las heridas que el terremoto ha causado en una tierra rica en arte y cultura, he podido compartir el dolor de tanta gente, junto con su valor y determinación para reconstruir todo lo que se ha destruido. Espero que la solidaridad que ha unido al querido pueblo italiano en las horas siguientes al terremoto, siga animando a toda la Nación, especialmente en estos delicados momentos de su historia.

La Santa Sede e Italia están particularmente ligadas por obvias razones históricas, culturales y geográficas. Ese vínculo se ha apreciado con claridad en el año jubilar y agradezco a todas las Autoridades italianas por su ayuda en la organización de este evento, también para garantizar la seguridad de los peregrinos que llegaron de todo el mundo.

Estimados Embajadores.

La paz es un don, un desafío y un compromiso. Un don porque brota del corazón de Dios; un desafío, porque es un bien que no se da nunca por descontado y debe ser conquistado continuamente; un compromiso, ya que requiere el trabajo apasionado de toda persona de buena voluntad para buscarla y construirla.

No existe, por tanto, la verdadera paz si no se parte de una visión del hombre que sepa promover su desarrollo integral, teniendo en cuenta su dignidad trascendente, ya que «el desarrollo es el nuevo nombre de la paz»[20], como recordaba el beato Pablo VI. Por tanto, este es mi deseo para el próximo año: que crezcan en nuestros países y sus pueblos las oportunidades para trabajar juntos y construir una paz verdadera.

Por su parte, la Santa Sede, y en particular la Secretaría de Estado, estarán siempre dispuestas a cooperar con todos los que trabajan para poner fin a los conflictos abiertos y para dar apoyo y esperanza a las poblaciones que sufren.

En la liturgia pronunciamos el saludo «la paz esté con vosotros». Con esta expresión, prenda de abundantes bendiciones divinas, les renuevo a ustedes, distinguidos miembros del cuerpo diplomático, a sus familias, a los países que representan, mis mejores deseos para el Año Nuevo.

Gracias.

**

[1] Benedicto XV, Carta a los jefes de los pueblos beligerantes, 1 agosto 1917: AAS IX (1917), 423.

[2] Pablo VI, Mensaje para la celebración de la I Jornada Mundial de la Paz, 1 enero 1968.

[3] Concilio Ecuménico Vaticano II, Constitución pastoral Gaudium et Spes (GS), 7 diciembre 1965, 78.

[4] Ibíd.

[5] Ibíd.

[6] Ibíd.

[7] Discurso en la Jornada Mundial de Oración por la Paz, Asís, 20 septiembre 2016.

[8] GS, 78.

[9] Cf. Ibíd.

[10] Ibíd., 83.

[11] Cf. Sal  85, 11 e Is 32, 17.

[12] Juan Pablo II, Mensaje para la XXXV Jornada Mundial de la Paz: No hay paz sin justicia, no hay justicia sin perdón,1 enero 2002.

[13] Carta apostólica Misericordia et misera, 20 noviembre 2016, 18.

[14] Ibíd., 20.

[15] Juan XXIII, Carta encíclica Pacem in terris, 11 abril 1963, 25.

[16] Pablo VI, Carta Encíclica Populorum Progressio, 26 marzo 1967, 83.

[17] Cf. Carta a los Obispos en la fiesta de los Santos Inocentes, 28 diciembre 2016.

[18] N. 112.

[19] Cf. Discurso en la entrega del Premio Carlo Magno, 6 mayo 2016.

[20] Pablo VI, Populorum Progressio, 87.