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26 junio 2017

El cristiano no consulta horóscopos, vive la voluntad de Dios.


Un cristiano “que está parado” no es un verdadero cristiano, es peligro el “instalarse demasiado” en horóscopos en lugar de “fiarse de Dios”.

En la lectura del Génesis, en la que se habla de Abraham, vemos un estilo de vida cristiana, el estilo de nosotros como pueblo que se basa en 3 puntos: “despojarse”, la “promesa” y la “bendición”.

Ser cristiano lleva siempre esta dimensión de despojarse que encuentra su plenitud en el despojarse de Jesús en la Cruz. Siempre hay un ‘ir’, ‘deja’, para dar el primer paso: ‘deja y vete de tu tierra, de tu parentela, de la casa de tu padre’.
Si hacemos un poco de memoria veremos que en los evangelios la vocación de los discípulos es un ‘ve’, ‘deja’, ‘ven’”.

Por tanto, los cristianos deben tener “la capacidad” de ser despojados porque si no se dejan “despojar y crucificar con Jesús”, no son cristianos auténticos.

El cristiano no tiene el horóscopo para ver el futuro; no va al adivino que tiene la bola de cristal, o a que le lean la mano. No, no. No sabe dónde va. Es guiado. Y esto es como una primera dimensión de nuestra vida cristiana: el despojarse.

¿Pero despojarse para qué? Para ir hacia una promesa.
Y esta es la segunda. Somos hombres y mujeres que caminamos hacia una promesa, hacia un encuentro, hacia algo que debemos recibir en herencia.

Abraham se “fía de Dios”, y siempre está en camino. El camino comienza todos los días desde la mañana; el camino de fiarse del Señor, el camino abierto a las sorpresas del Señor, muchas veces no son buenas, son feas. Pensemos en una enfermedad, en una muerte. Pero es un camino abierto porque yo sé que Tú me llevarás a un lugar seguro, a una tierra que has preparado para mí: el hombre en camino, el hombre que vive en una tienda, una tienda espiritual.

Cuando el alma se acomoda demasiado, se instala demasiado, pierde esa dimensión de ir hacia la promesa y en lugar de caminar hacia la promesa, lleva la promesa y posee la promesa, y esto no funciona, no es cristiano.

El tercer punto es la “bendición”. El cristiano “bendice”, es decir, “dice bien de Dios y dice bien de los otros” y “se hace bendecir por Dios y por los demás”.
Y este es el esquema de nuestra vida cristiana, porque todos debemos bendecir a los otros, ‘decir bien de los demás y decir bien a Dios de los demás.

Estamos acostumbrados a no decir bien del prójimo cuando “la lengua se mueve un poco como quiere”, en lugar de seguir a nuestro Padre.


(Papa Francisco. Lunes 26-6-2017)

SIT Informa: A pesar de la persecución, crece el número de cristianos.



25 junio 2017

Evangelio. Domingo XII del Tiempo Ordinario.


Según San Mateo 10, 26 - 33.

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus Apóstoles: «No tengáis miedo a los hombres. Pues no hay nada encubierto que no haya de ser descubierto, ni oculto que no haya de saberse. Lo que yo os digo en la oscuridad, decidlo vosotros a la luz; y lo que oís al oído, proclamadlo desde los terrados. 

»Y no temáis a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma; temed más bien a aquel que puede llevar a la perdición alma y cuerpo en la gehenna. ¿No se venden dos pajarillos por un as? Pues bien, ni uno de ellos caerá en tierra sin el consentimiento de vuestro Padre. En cuanto a vosotros, hasta los cabellos de vuestra cabeza están todos contados. No temáis, pues; vosotros valéis más que muchos pajarillos. 

»Porque todo aquel que se declare por mí ante los hombres, yo también me declararé por él ante mi Padre que está en los cielos; pero a quien me niegue ante los hombres, le negaré yo también ante mi Padre que está en los cielos».


Reflexión.

Confiar en que Dios estará junto a nosotros en los momentos difíciles nos da valentía para anunciar las palabras de Jesús a plena luz, y nos da la energía capaz de obrar el bien, para que por medio de nuestras obras la gente pueda dar gloria al Padre celestial.

23 junio 2017

Hoy celebramos la Solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús.



Catequesis del miércoles pasado del Papa Francisco: La Esperanza.


Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!En el día de nuestro bautismo resonó para nosotros la invocación de los santos. Muchos de nosotros en aquel momento eran niños, llevados en  brazos por sus padres. Poco antes de  la unción con el óleo de los catecúmenos,  símbolo de la fuerza de Dios en la lucha contra el mal, el sacerdote invitó a  toda la asamblea a rezar por los que estaban a punto de recibir el bautismo, invocando la intercesión de los santos.

Esa fue la primera vez que, en el curso de nuestras vidas, nos regalaban esta compañía de  hermanos y hermanas "mayores", -lo santos-  que habían pasado por nuestro mismo camino, conocieron nuestros mismos esfuerzos y viven para siempre en el abrazo de Dios. La  carta a los Hebreos define a esta compañía con la expresión “una nube ingente de testigos” (12.1). Eso son los santos: una nube ingente de testigos.

Los cristianos, en la lucha contra el mal, no desesperan.  El cristianismo cultiva una confianza incurable: no cree que las fuerzas negativas y disgregadoras puedan prevalecer. La última palabra sobre la historia del hombre no es el odio, no es la muerte, no es la guerra.

En cada momento de la vida nos ayuda  la mano de Dios, e incluso la presencia discreta de todos los creyentes que "nos han precedido con el signo de la fe" (Canon Romano). Su existencia nos dice,  en primer lugar, que la vida cristiana no es un ideal inalcanzable.

Y al mismo tiempo nos conforta: no estamos solos, la Iglesia se compone de innumerables hermanos, a menudo anónimos, que nos han precedido y que por la acción del Espíritu Santo están involucrados en las vicisitudes de los que todavía viven aquí.

La del bautismo no es la única invocación de los santos que jalona el camino de la vida cristiana. Cuando dos novios consagran su amor en el sacramento del matrimonio, se invoca para ellos de nuevo - esta vez como pareja - la intercesión de los santos. Y esta invocación es fuente de confianza para los jóvenes que  parten  para el "viaje" de la vida conyugal.

El que ama realmente tiene el deseo y el valor de decir "para siempre", para siempre;  pero sabe que necesita la gracia de Cristo y la ayuda de los santos para poder vivir la vida matrimonial para siempre. No como algunos dicen: “Hasta que dure el amor”. No. ¡Para siempre! Sino, es mejor que no te cases. O para siempre o nada.

Por esto en la liturgia nupcial se  invoca la presencia de los santos. Y en los momentos difíciles hay que tener el valor de levantar los ojos al cielo,  pensando en tantos cristianos que han pasado por la tribulación, y han mantenido blancas  las vestiduras  de su bautismo, lavándolas en la sangre del Cordero (Ap 7:14): así dice el Libro del Apocalipsis.

Dios nunca nos abandona: cada vez que lo necesitamos vendrá uno de  sus ángeles a levantarnos  e infundir consuelo. "Ángeles" a veces con un rostro y un corazón humano, porque los santos de Dios están siempre aquí, escondidos entre nosotros. Es difícil de entender y también de imaginar, pero los santos están presentes en nuestra vida. Y cuando alguno invoca a un santo o a una santa es precisamente porque está cerca de nosotros.

También  los sacerdotes conservan el recuerdo de una invocación de los santos pronunciada sobre ellos. Es uno de los momentos más emotivos de la liturgia de la ordenación. Los candidatos se tienden en el suelo, rostro a tierra. Y toda la asamblea, guiada por el obispo, invoca la intercesión de los santos.

Un hombre quedaría aplastado bajo el peso de la misión que se  le confía, pero cuando escucha  que todo el paraíso está detrás de él, que la gracia de Dios no fallará porque Jesús permanece siempre fiel, entonces  puede  partir sereno y  aliviado. No estamos solos.

Y ¿qué somos nosotros? Somos polvo que aspira al cielo. Débiles nuestras fuerzas, pero fuerte el misterio de la gracia que está presente en la vida de los cristianos. Somos fieles a esta tierra que Jesús amó en  cada momento de su vida, pero sabemos y queremos esperar en  la transfiguración del mundo, en su cumplimiento definitivo donde finalmente no habrá lágrimas, maldad y sufrimiento.

¡Que el Señor nos dé  la esperanza de ser santos! Pero alguno de vosotros podría preguntarme: “Padre, ¿se puede ser santo en la vida diaria? Sí, se puede. “¿Pero esto significa que tenemos que rezar todo el día?”.

No; significa que tienes que hacer lo que debes todo el día: rezar, ir al trabajo, cuidar de tus hijos. Pero es necesario hacerlo todo con el corazón abierto hacia Dios, de forma que tu tarea, también en  la enfermedad, en los sufrimientos, en las dificultades, esté abierta a Dios. Y así podemos ser santos.

¡Que el Señor nos dé la esperanza de ser santos! No pensemos que es algo difícil, que es más fácil ser delincuentes que ser santos. ¡No!. Se puede ser santo porque nos ayuda el Señor; es El quien nos ayuda.

Es el gran regalo que cada uno de nosotros puede hacer al mundo. Que el Señor nos conceda la gracia de creer en él tan profundamente como para convertirnos en  imagen de Cristo para este mundo.

Nuestra historia necesita "místicos": personas que rechazan cualquier dominio, que aspiran a la caridad y a la fraternidad. Hombres y  mujeres que viven aceptando incluso una porción de sufrimiento, porque se hacen cargo del esfuerzo de los demás. Pero sin estos hombres y mujeres, el mundo no tendría ninguna esperanza.

Por eso os deseo, y también lo deseo para mí, que el Señor nos de la esperanza de ser santos. Gracias.


(Roma. Papa Francisco, 21-6-2017)

19 junio 2017

Primer día. Oración al Padre Méndez.



Padre nuestro,
que estás en el cielo,
santificado sea tu Nombre;
venga a nosotros tu reino;
hágase tu voluntad
en la tierra como en el cielo.

Danos hoy nuestro pan de cada día;
perdona nuestras ofensas,
como también nosotros perdonamos
a los que nos ofenden;
no nos dejes caer en la tentación,
y líbranos del mal. Amén.

Vida de San Juan de Mata.











Letanias de desagravio.




Bendito sea Dios.
Bendito sea su Santo Nombre.
Bendito sea Jesucristo verdadero Dios y verdadero hombre.
Bendito sea el Nombre de Jesús.
Bendito sea su Sacratísimo Corazón.
Bendita sea su Preciosísima Sangre.
Bendito sea Jesús en el Santísimo Sacramento del Altar.
Bendito sea el Espíritu Santo Paráclito.
Bendita sea María Santísima la excelsa Madre de Dios
Bendita sea su Santa e Inmaculada Concepción.
Bendita sea su gloriosa Asunción.
Bendito sea el nombre de Maria Virgen y Madre.
Bendita sea María Santísima Madre de la Iglesia.
Bendito sea su castísimo esposo San José.
Bendito sea Dios en sus Ángeles y en sus Santos.

Procesión Corpus Christi.







Reflexión. Solemnidad del Corpus Christi.


El pasado domingo celebrábamos la Solemnidad de la Santísima Trinidad.
Una fiesta que todos los que somos Bautizados en el Nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo, formamos parte y tenemos que celebrar. Todos somos Trinitarios desde el nacimiento e incorporación a la Iglesia. Dios se revela en Jesús y el Espíritu es la fuerza de amor de los tres. Por eso, no hay que esforzarnos por entender lo que nuestra a mente se le escapa. Podemos ver y experimentar que la Trinidad es fuente de AMOR, y no un amor como nosotros podemos entender, sino que es verdadero y debemos ser reflejo en nuestro mundo de esa unidad entrelazada en el amor.

Este domingo, celebramos otras de las Solemnidades más conocidas y queridas por los cristianos: El Cuerpo y Sangre del Señor (Corpus Christi), día de la Caridad.
En muchas de nuestras ciudades y pueblos tendremos ocasión de acompañar a Jesús Sacramentado por las calles adornadas y cantando. Esta manifestación pública de fe en Cristo Eucaristía, nos debe ayudar a que no nos quedemos en el simple hecho de salir a la calle para ver o participar de la procesión, que está bien, sino que debe movernos a algo más.
Procesionar, acompañar y rezar a Jesús Sacramentado es participar con Él de su vida.
La caridad debe ser nuestra vestimenta para con los más necesitados. Celebrar el Corpus, es comprometerse a ser Hostia viva en medio de mundo, ser custodia para elevar a tantos hermanos que son rechazado por nuestra sociedad y darle una dignidad.
Si el día del Corpus no nos lleva a examinar nuestra caridad, nuestro ser Hostia viva y a limpiar nuestra custodia para elevar a los más necesitados, desgraciadamente, acompañar a Jesús por las calles no tendrá sentido.

En la Primera Lectura del Libro del Deuteronomio, nos recuerda que no se puede vivir en plenitud si se da la espalda a Dios. Por eso, nos lleva al desierto, porque allí nos ayuda a vivir nuestro presente con intensidad. A veces nos pasa como a ese pueblo que nos distraen tantas cosas, que es imposible, o no queremos sacar un tiempo para acercarnos a Dios. Pero pasar por el desierto como lo hizo Israel, es pararse y recomenzar a discernir lo que verdaderamente alimenta y nos sacia, lo que es importante de verdad.
Y eso lo encontraremos cuando Dios sea nuestro centro.

En la Segunda Lectura de Pablo a los Corintios, el mensaje central es la Eucaristía. Pablo nos exhorta a que si bebemos del cáliz y participamos del pan que partimos, nos lleva a una unidad en la diversidad, unidad a pesar de la distancia y kilómetros que no separe.
Cristo es uno. Se parte y se reparte totalmente en la unidad de un mismo pan y de un mismo cáliz que es un solo cuerpo y una sola sangre de nuestro Señor Jesucristo.
Celebrar la Eucaristía, por tanto, es participar con Cristo en la única entrega y ser unidad y unión de vida. Todos somos invitados a participar de ella, todos formamos partes y todos somos dichosos por haber sido llamados al gran banquete de unidad.

En el Evangelio de Juan, Jesús nos dice tajantemente que es Pan Vivo bajado del cielo, y al comerlo, nos hace partícipe de la vida eterna. En las primeras comunidades cristianas,  cuando ya empiezan a vivir la experiencia del Resucitado, sus vidas son transformadas y comienzan a vivir el estilo de Jesús. Amar a todos como quieres que te amen a ti, es la primera norma para ser discípulo de  Cristo Resucitado. Todo eso se podrá vivir gracias a que somos llamados a ser comunidad para mantener la llama viva de Jesús; Jesús entrega su cuerpo y su sangre para que seamos alimentado en este camino de la vida nueva.
Hoy, deberíamos  preguntarnos, ¿quién es Jesús para nosotros?
Que la Virgen María nos ayude a vivir esta solemnidad del Corpus con devoción a Jesús Sacramentado y desde ahí, podamos ser alimento para los más necesitados de nuestra sociedad.
Que así sea.


Más en:
http://www.revistaecclesia.com/solemnidad-del-corpus-christi-2/

16 junio 2017

Catequesis de antes de ayer miércoles del Papa Francisco: Dios siempre ama el primero.


¡Queridos hermanos y hermanas, buenos días!

Hoy hacemos esta Audiencia en dos sitios, unidos a través de las pantallas gigantes: los enfermos están en el Aula pablo VI para que no sufran tanto el calor, y nosotros aquí. Pero todos juntos. Y nos une el Espíritu Santo, que es el que hace siempre la unidad. Saludemos a los que están en el Aula...

Ninguno de nosotros puede vivir sin amor. Y una de las más feas esclavitudes en la que podemos caer es la de creer que el amor se merece. Seguramente gran parte de la angustia del hombre contemporáneo deriva de esto: creer que si no somos fuertes, atrayentes y bellos, nadie se ocupará de nosotros. ¿Es la vía de la “meritocracia” no?

Tantas personas hoy día buscan una visibilidad sólo para colmar el vacío interior: como si fuéramos personas eternamente necesitadas de ser confirmados. Pero ¿imagináis un mundo donde todos mendigan la atención de los demás, y nadie está dispuesto a amar gratuitamente a otra persona? Imaginad un mundo así…un mundo sin la gratuidad del querer bien… Parece un mundo humano, pero en realidad está enfermo.

Tantos narcisismos del ser humano, nacen de un sentimiento de soledad. Y también de orfandad. Detrás de tantos comportamientos aparentemente inexplicables se esconde una pregunta: ¿puede ser que yo no merezca ser llamado por mi nombre; o lo que es lo mismo, no merezca ser amado? Porque el amor siempre te llama por tu nombre…

Cuando el que no se siente ser, no se siente querido, es un adolescente; entonces es cuando puede nacer la violencia. Detrás de tantas formas de odio social y de vandalismo, se esconde con frecuencia un corazón que no ha sido reconocido.

No existen los niños malos, como tampoco existen los adolescentes del todo malvados, existen personas infelices. ¿Y qué nos puede hacer felices más que la experiencia de dar y recibir amor? La vida del ser humano es un intercambio de miradas: alguien que al mirarnos, nos arranca una primera sonrisa, y en la sonrisa que ofrecemos gratuitamente a quien está encerrado en la tristeza, y así es cómo abrimos el camino. Intercambio de miradas: mirarse a los ojos….y así se abren las puertas del corazón.

El primer paso que Dios realiza en nosotros, es un amor que se anticipa, incondicional. Dios siempre ama el primero. Dios no nos ama porque en nosotros hay motivos para ser amados. Dios nos ama porque El mismo es amor, y el amor por su propia naturaleza tiende a difundirse, a darse. Dios no vincula su benevolencia a nuestra conversión: aunque ésta sea una consecuencia del Amor de Dios. San Pablo lo dice de manera perfecta: “Dios demuestra su amor hacia nosotros, en el hecho de que aunque éramos todavía pecadores, Cristo murió por nosotros” (Rom. 5,8).

Mientras aún éramos pecadores. Un amor incondicional. Estábamos lejos, como el hijo pródigo de la parábola: “cuando todavía estaba lejos, su padre lo vió, tuvo compasión….” (Lc 15,20). Por amor hacia nosotros, Dios ha realizado un éxodo de Si Mismo, para venir a nuestro encuentro, en esta tierra, dónde no era previsible encontrarle. Dios nos ha amado, aun cuando estábamos equivocados.

¿Quién de nosotros ama de esta manera, si no quien es madre o padre? Una madre sigue amando a su hijo aunque éste hijo esté en la cárcel. Yo recuerdo tantas madres, haciendo la fila para entrar en la cárcel, en la primera diócesis dónde estuve: tantas madres. Y no se avergonzaban. El hijo estaba en la cárcel, pero era su hijo. Y sufrían tantas humillaciones en la antesala, antes de entrar, pero “es hijo mío”. “¡Pero señora, su hijo es un delincuente! – “Es hijo mío”.

Sólo este amor de madre y de padre, nos hace comprender cómo es el amor de Dios.  Una madre, no pide que no se aplique la justicia de los hombres, porque todo error necesita de una redención, pero una madre no deja nunca de sufrir por el propio hijo. Lo ama a pesar de saber que es pecador. Dios hace lo mismo con nosotros: somos sus amados hijos. ¿Pero puede ser que Dios tenga algún hijo al que no ame? No. Todos somos hijos amados de Dios. No hay ninguna maldición sobre nuestra vida, solamente la Palabra de Dios, que ha sacado nuestra existencia de la nada.

La verdad de todo está en esa relación de amor que liga al Padre con el Hijo mediante el Espíritu Santo, relación en la cual, nosotros somos acogidos mediante la Gracia. En El, en Cristo Jesús, hemos sido queridos, amados, deseados. Es El quien ha impreso en nosotros una belleza primordial, que ningún pecado, ninguna elección equivocada podrá nunca borrar del todo. Nosotros, ante los ojos de Dios, somos siempre pequeños manantiales hechos para dejar brotar agua buena. Lo dijo Jesús a la samaritana: “ El agua que yo te daré, se hará en ti una corriente de agua, de la que fluye la vida eterna”. (Jn. 4,14)

Para cambiar el corazón de una persona infeliz, ¿cuál es la medicina? ¿Cuál es la medicina para cambiar el corazón de una persona que no es feliz? (responden: el amor) ¡Más fuerte! (gritan: ¡el amor!) ¡Muy listos!, muy listos, ¡todos muy listos! ¿Y cómo hacemos sentir a una persona que la amamos? Hace falta sobretodo abrazarla. Hacerle sentir que es deseada, que es importante, y dejará de estar triste.

El amor llama al amor, de un modo mucho más fuerte de cuanto el odio llama a la muerte. Jesús no murió y resucitó para si mismo, sino por nosotros, para que nuestros pecados sean perdonados. Así que es tiempo de Resurrección para todos: tiempo de levantar a los pobres de la desesperanza, sobre todo a aquellos que yacen en el sepulcro muchos más días de tres.  Sopla aquí, sobre nuestros rostros, un viento de liberación. Haz que germine aquí, el don de la esperanza. Y la esperanza es la de Dios padre que nos ama como somos: nos ama siempre, a todos. Buenos y malos. ¿De acuerdo? ¡Gracias!


(Roma. Miércoles, 14-6-2017)

11 junio 2017

"Somos vasos escogidos para llevar por el mundo el nombre de la Santísima Trinidad"



El misterio de la Trinidad, misterio de AMOR.


Hoy celebramos la fiesta de la Santísima Trinidad, que nos recuerda el misterio del único Dios en tres Personas: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. La Trinidad es comunión de Personas divinas, las cuales son una con la otra, una para la otra y una en la otra: esta comunión es la vida de Dios, el misterio de amor del Dios Vivo. Y Jesús nos ha enseñado este misterio. Él nos ha hablado de Dios como Padre; nos ha hablado del Espíritu; y nos ha hablado de Sí mismo como Hijo de Dios. Y así nos ha revelado este misterio. Y cuando, resucitado, ha enviado a los discípulos a evangelizar a todos los pueblos les dijo que los bautizaran “en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”.

Este mandato, Cristo lo encomienda en todo tiempo a la Iglesia, que ha heredado de los Apóstoles el mandato misionero. Lo dirige también a cada uno de nosotros, que, gracias al Bautismo, formamos parte de su Comunidad.

Por lo tanto, la solemnidad litúrgica de hoy, al tiempo que nos hace contemplar el misterio estupendo – del cual provenimos y hacia el cual vamos – nos renueva la misión de vivir la comunión con Dios y vivir la comunión entre nosotros, sobre el modelo de esa comunión de Dios. No estamos llamados a vivir ‘los unos sin los otros, encima o contra los otros’, sino ‘los unos con los otros, por los otros y en los otros’. Ello significa acoger y testimoniar concordes la belleza del Evangelio; vivir el amor recíproco y hacia todos, compartiendo alegrías y sufrimientos, aprendiendo a pedir y conceder el perdón, valorizando los diversos carismas, bajo la guía de los Pastores. En una palabra, se nos encomienda la tarea de edificar comunidades eclesiales que sean cada vez más familia, capaces de reflejar el esplendor de la Trinidad y de evangelizar, no sólo con las palabras, sino con la fuerza del amor de Dios, que habita en nosotros.

La Trinidad, como había empezado a decir, es también el fin último hacia el cual está orientada nuestra peregrinación terrenal. El camino de la vida cristiana es, en efecto, un camino esencialmente ‘trinitario’: el Espíritu Santo nos guía al conocimiento pleno de las enseñanzas de Cristo. Y también nos recuerda lo que Jesús nos ha enseñado. Su Evangelio; y Jesús, a su vez, ha venido al mundo para hacernos conocer al Padre, para guiarnos hacia Él, para reconciliarnos con Él. Todo, en la vida cristiana, gira alrededor del misterio trinitario y se cumple en orden a este misterio infinito. Intentemos pues, mantener siempre elevado el ‘tono’ de nuestra vida, recordándonos para qué fin, para cuál gloria nosotros existimos, trabajamos, luchamos, sufrimos. Y a cuál inmenso premio estamos llamados.

Este misterio abraza toda nuestra vida y todo nuestro ser cristiano. Lo recordamos, por ejemplo, cada vez que hacemos la señal de la cruz: en nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Y ahora los invito a hacer todos juntos – y con voz fuerte – la señal de la cruz ¡todos juntos! En nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.

En este último día del mes de mayo, el mes mariano, nos encomendamos a la Virgen María. Que Ella – que más que cualquier otra criatura, ha conocido, adorado, amado el misterio de la Santísima Trinidad – nos guíe de la mano; nos ayude a percibir, en los eventos del mundo, los signos de la presencia de Dios, Padre Hijo y Espíritu Santo; nos obtenga amar al Señor Jesús con todo el corazón, para caminar hacia la visión de la Trinidad, meta maravillosa a la cual tiende nuestra vida.

Le pedimos también que ayude a la Iglesia a ser, misterio de comunión, a ser siempre una Iglesia comunidad hospitalaria, donde toda persona, especialmente pobre y marginada, pueda encontrar acogida y sentirse hija de Dios, querida y amada.


(Papa Francisco, 2015)

Evangelio. Solemnidad de la Santísima Trinidad.


Según San Juan 3, 16 - 18.

En aquel tiempo, dijo Jesús a Nicodemo: «Tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en Él no perezca, sino que tenga vida eterna. Porque Dios no ha enviado a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por Él. El que cree en Él, no es juzgado; pero el que no cree, ya está juzgado, porque no ha creído en el Nombre del Hijo único de Dios».


Reflexión.

Se habla tanto del amor, que quizá pierde su originalidad. Amor es lo que Dios nos tiene. ¡Ama y serás feliz! Porque amor es dar la vida por aquellos que amamos. Amor es gratuidad y sencillez. Amor es vaciarse de uno mismo, para esperarlo todo de Dios. Amor es acudir con diligencia al servicio del otro que nos necesita. Amor es perder para recobrarlo al ciento por uno. Amor es vivir sin pasar cuentas de lo que uno va haciendo.

De San Atanasio sobre la Santísima Trinidad.


Siempre resultará provechoso esforzarse en profundizar el contenido de la antigua tradición, de la doctrina y la fe de la Iglesia católica, tal como el Señor nos la entregó, tal como la predicaron los apóstoles y la conservaron los santos Padres. En ella, efectivamente, está fundamentada la Iglesia, de manera que todo aquel que se aparta de esta fe deja de ser cristiano y ya no merece el nombre de tal.

Existe, pues, una Trinidad, santa y perfecta, de la cual se afirma que es Dios en el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, que no tiene mezclado ningún elemento extraño o externo, que no se compone de uno que crea y de otro que es creado, sino que toda ella es creadora, es consistente por naturaleza y su actividad es única. El Padre hace todas las cosas a través del que es su Palabra, en el Espíritu Santo. De esta manera queda a salvo la unidad de la santa Trinidad. Así, en la Iglesia se predica un solo Dios, que lo trasciende todo, y lo penetra todo, y lo invade todo. Lo trasciende todo, en cuanto Padre, principio y fuente; lo penetra todo, por su Palabra; lo invade todo, en el Espíritu Santo.

San Pablo, hablando a los corintios acerca de los dones del Espíritu, lo reduce todo al único Dios Padre, como al origen de todo, con estas palabras: Hay diversidad de dones, pero un mismo Espíritu; hay diversidad de servicios, pero un mismo Señor; y hay diversidad de funciones, pero un mismo Dios que obra todo en todos.

El Padre es quien da, por mediación de aquel que es su Palabra, lo que el Espíritu distribuye a cada uno. Porque todo lo que es del Padre es también del Hijo; por esto, todo lo que da el Hijo en el Espíritu es realmente don del Padre. De manera semejante, cuando el Espíritu está en nosotros, lo está también la Palabra, de quien recibimos el Espíritu, y en la Palabra está también el Padre, realizándose así aquellas palabras: El Padre y yo vendremos a fijar en él nuestra morada. Porque donde está la luz, allí está también el resplandor; y donde está el resplandor, allí está también su eficiencia y su gracia esplendorosa.

Es lo que nos enseña el mismo Pablo en su segunda carta a los Corintios, cuando dice: La gracia de Jesucristo el Señor, el amor de Dios y la participación del Espíritu Santo estén con todos vosotros. Porque toda gracia o don que se nos da en la Trinidad se nos da por el Padre, a través del Hijo, en el Espíritu Santo. Pues así como la gracia se nos da por el Padre, a través del Hijo, así también no podemos recibir ningún don si no es en el Espíritu Santo, ya que hechos partícipes del mismo poseemos el amor del Padre, la gracia del Hijo y la participación de este Espíritu.

Solemnidad de la Santísima Trinidad.


Uno es Amor, y tres son los amados,
bajo el techo del alma trasladados,
que le son huertos, montes y collados;
y es sueño lo demás.

Una es la Luz, y tres los resplandores,
una la Llama viva en tres ardores,
que consumen el alma en sus fulgores;
y es sueño lo demás.

Tres los hermosos son,
y una Hermosura sola,
en que el alma abreva más dulzura
cuanto más se remonta en la espesura;
y es sueño lo demás. Amén.

Los Trinitarios y la vinculación con la Trinidad.

La Santa Regla arranca poniéndonos delante del misterio de la Santísima Trinidad, que da título de reconocimiento a la Orden.

In nomine sanctae et individuae Trinitatis, es la invocación de cabecera e, inmediatamente después, se identifica a los hermanos de la casa de Santa Trinidad (fratres domus Sanctae Trinitatis) como destinatarios de la nueva regla de vida.
El encabezamiento, que no era innovativo pues se conoce uso en tiempos anteriores, fue elegido seguramente por su sintonía con el enfoque trinitario del texto.
El nombre distintivo de la Orden denota más originalidad, ya que nuestro fundador San Juan de Mata, es el primero en la historia de las órdenes religiosas que titula su Orden con el nombre de un misterio, en nuestro caso en el de la Santa Trinidad.

La fraternidad de los hermanos Trinitarios, desde sus orígenes, se ha estructurado a partir de la experiencia trinitaria… De esa experiencia trinitaria nace una fraternidad trinitaria.

Al comenzar la primera norma de la Regla, observamos la íntima relación que expresa entre el ser “hermanos de la casa de la Santa Trinidad” y profesar los consejos evangélicos, o, como diríamos con lenguaje de hoy, entre la consagración a la Trinidad y seguimiento de Cristo.
Así, “todas las Iglesias de esta Orden se intitulen con el nombre de la Santa Trinidad” dato particularmente extraño, porque en el siglo XII había pocas Iglesias dedicadas a la Santa Trinidad.
Juan de Mata, quiso asegurar para sus iglesias y casas un clima trinitario, que al par que sirve de culto a la Trinidad, fuera un horno donde se forjase el trinitario apóstol-redentor-caritativo que él buscaba.

La fiesta de la Trinidad fue desde sus comienzos una ocasión propicia que los trinitarios aprovecharon para dar a conocer el misterio trinitario y difundir su devoción.
Por eso, en la bula de aprobación del Papa Inocencio II, se dirige a Juan de Mata y afirma: “tu deseo de la nueva Orden, está fundada en Cristo. Buscáis más el interés de Cristo que el propio vuestro” todo lo cual tiene que ver con sentimientos de misericordia que proceden de la raíz de la caridad.
Como se refleja en la Regla, muestra a la Trinidad como paradigma y modelo para la realización de una alteridad vivida en lo concreto, en una intención y tensión liberadora.

(Fuente: Identidad carismática de los Trinitarios hoy)


http://www.revistaecclesia.com/los-trinitarios-y-la-vinculacion-con-la-trinidad/

09 junio 2017

Hoy viernes celebramos a la Beata Ana María Taigi.


Anna-Maria Gesualda Antonia Gianetti nació en Siena, 23 de marzo de 1769 hija de Luigi Giannetti y Maria Masi fueron que tenían una botica en Siena, pero perdieron toda su fortuna y se vieron obligados a ir a Roma para buscar una vida mejor. Quedó huérfana a muy temprana edad, pues sus padres fueron detenidos y asesinados por las tropas napoleónicas. Contrajo matrimonio el 7 de enero de 1789 con Domenico Taigi, un oficial del ejército italiano. Domenico era un hombre trabajador y serio, pero rudo y colérico, y Ana Maria tuvo que hacer una gran prueba de paciencia para soportar su carácter agrio y difícil.

En 1792, con cuatro hijos, enviuda; tiempo atrás, 3 de sus hijos habían muerto a corta edad. Ese mismo año fue recibida públicamente en la Tercera Orden Trinitaria en la Iglesia de San Carlo alle Quattro Fontane de Roma.

Era una mujer muy piadosa y seguidora del Evangelio. Su marido diría de ella: Habla de Dios sin ser fastidiosa como lo son muchos devotos. Su casa era un lugar donde recibía a los pobres al mismo tiempo que se ocupaba activamente de sus hijos y de su esposo.

Todo el dinero que podía ahorrar lo dedicó a los pobres y miserables y, aunque no era muy rica, era muy caritativa. Durante muchos años, cuando oraba en su capilla, tuvo frecuentes visiones y éxtasis, en la que preveía el futuro. Se dice que predijo la caída y muerte de Napoleón Bonaparte. También se afirma que un día se le aparecieron la Virgen María y el Niño Jesús sentados dentro del sol, y que fue
la segunda mujer del siglo XIX en ser estigmatizada.

Murió en Roma el 26 de novuembre de 1837 a la edad de 68 años, y fue beatificada en 1920. Sus restos se veneran en la basílica romana de San Crisógono, de los trinitarios italianos.


http://www.revistaecclesia.com/hoy-viernes-celebramos-la-beata-ana-maria-taigi/

08 junio 2017

Hoy jueves celebramos al Trinitario San Miguel de los Santos.


Miquel Argemir i Mitjà nació en Vich, Barcelona, el 29 de septiembre de 1591. Sus padres se llaman Enrique y Montserrat, que tuvieron ocho hijos, de los que Miguel era el séptimo. Pertenecía, pues, a una familia numerosa y cristiana, que recitaba diariamente el Rosario, leían los evangelios y los sábados iban juntos al rezo de vísperas en la catedral. Los conocidos decían de Miguel que era un niño bueno. Llamaban la atención su piedad y su espíritu de sacrificio, se cuenta que se acostaba debajo de la cama y que usaba una piedra como almohada. Muy pronto siente inclinación hacia la vida religiosa y por retirarse del mundo, lo que llevó a escaparse de su casa y refugiarse en el Macizo del Montseny para hacer vida como ermitaño. Con apenas once años queda huérfano de sus dos padres y pasó a la tutela de unos tíos que se dedicaban al comercio. Pero Miguel no ponía mucho interés en ese trabajo, lo suyo no era vender y lo despedían de todos los oficios como vendedor. Cuando tiene doce años es admitido como monaguillo en los trinitarios calzados de Barcelona. Comenzó entonces a llamar la atención por su fervor y devoción hacia el sacramento de la Eucaristía.

Al cumplir quince años, en febrero de 1606, se traslada al convento trinitario de San Lamberto, extramuros de Zaragoza, para comenzar su noviciado, siendo su maestro fr Pablo Aznar. Emite su profesión el 30 de septiembre de 1607 y enseguida comienza sus estudios superiores en Zaragoza. Su Maestro de Novicios declaró en el proceso de canonización afirmando que Fr. Miguel era de una humildad profundísima, tenía una especial diligencia para hacer los servicios más modestos y para prestar la ayuda en lo más pequeño. En el mismo año de su profesión pasa por Zaragoza un trinitario descalzo, fr. Manuel de la Cruz, procedente de la nueva fundación de trinitarios descalzos en Pamplona. Fr. Miguel queda prendado del testimonio de santidad y se identifica con ese camino de austeridad y recolección. Siente una voz interior que le llama por el camino de la descalcez trinitaria y le pide ir con él. Es así como el 28 de enero de 1608 comienza su noviciado recibiendo el hábito descalzo en Oteiza, cerca de Pamplona, aunque el noviciado lo realizó en Madrid. Un año después, en Alcalá de Henares, el 30 de enero de 1609 emitía sus votos como trinitario descalzo tomando el nombre de Miguel de los Santos. Es precisamente durante su año de noviciado en Madrid cuando conoce al reformador de la Orden Trinitaria, San Juan Bautista de la Concepción, que en aquel momento era ya Ministro Provincial de la Provincia Trinitaria Descalza del Espíritu Santo.

Fue enviado al convento de La Solana, donde vivió medio año, y al de Sevilla, donde residió más de dos años. En estos años estuvo por poco tiempo en los conventos de Valdepeñas, Córdoba, Granada y Socuéllamos. Después estudió filosofía en Baeza, desde octubre de 1611 hasta mediados de 1614, año en que fue enviado a Salamanca para cursar la teología. De su estancia en la ciudad del Tormes se cuenta que estando el maestro Antolínez predicando sobre el misterio de la Encarnación, fr. Miguel dio un grito y se elevó, como a la altura de un metro, con los brazos en cruz y con su mirada fijamente clavada en un punto misterioso. Así estuvo durante un cuarto de hora. Ante tal fenómeno, el profesor comentó: Cuando un alma está llena del amor de Dios, difícilmente puede esconderlo

Hacia finales de 1616, o a principios del siguiente, regresó a Baeza donde recibió la ordenación sacerdotal y vivió varios años, desempeñando los oficios de confesor, predicador y vicario conventual. Su fama de santo empezó a circular por toda España gracias a las conversiones milagrosas que conseguía. Para preparar sus sermones se pasaba tres días en oración a los pies de un crucificado y otros tres estudiando lo que en el cuaderno había escrito. Celebrando la Eucaristía y predicando con frecuencia se extasiaba, quedaba elevado del suelo, con los brazos en cruz, con la mirada fija en la altura y la cabeza echada hacia atrás. Fue tal la fama que consiguió que pronto le empezaron a llamar el extático, lo que a él mismo le daba poca paz interior y evitaba que le vieran así en público siempre que podía. Dejó reflejadas sus experiencias místicas en un pequeño tratado espiritual que tituló La tranquilidad del alma. El fenómeno místico más famoso, y que él mismo relata, es el intercambio místico de corazones entre Jesús y Miguel, sucedió ante el sagrario cuando estaba de oración una noche de gracia.

A consecuencia de unas fiebras tifoideas, murió el convento trinitario de Valladolid el 10 de abril de 1625, a los 33 años. A pesar de llevar poco tiempo en Valladolid, toda la ciudad se volcó en sus honras fúnebres. Más que un funeral fue una celebración de las maravillas de Dios obradas en fr. Miguel de los Santos. Recibió sepultura en el mismo convento, como era tradición entonces. Con la desamortización la iglesia pasó a ser diocesana y cambió su título a San Nicolás, donde se siguen venerando sus reliquias. El papa Pío VI lo beatificó el 24 de mayo de 1779 y fue canonizado por el papa Pío IX el 8 de junio de 1862.


Más en:
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07 junio 2017

Trisagio a la Santísima Trinidad


Dios mío, ven en mi auxilio.
Señor, date prisa en socorrerme.
Gloria al Padre, y al Hijo y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos,
Amén.

- Primera Parte

Oremos y demos gracias a Dios Padre, que, en su sabiduría y bondad, ha creado el universo y, en el misterio de su amor, nos ha dado a su Hijo y al Espíritu Santo. A él, fuente de amor y de misericordia, le decimos:

Santo Dios, Santo Fuerte, Santo Inmortal,
Ten piedad de nosotros.

Oración:

Bendito seas tú, Señor, Padre amantísimo, porque en tu infinita sabiduría y bondad has creado el universo y con amor particular te has acercado al hombre, haciéndolo partícipe de tu misma vida.
Gracias, Padre Bueno, por habernos dado a Je´sus, tu Hijo, nuestro salvador, amigo, hermano y redentor, y el Espíritu consolador.
Concédenos el gozo de experimentar en el camino hacia ti tu presencia y tu misericordia, para que toda nuestra existencia sea para ti, Padre de la vida, principio sin fin, suma bondad y eterna luz, suma bondad y eterna luz, un himno de gloria, alabanza, amor y gratitud.

Padre Nuestro..

A ti sea la alabanza, a ti la gloria, a ti la acción de gracias por los siglos de los siglos, oh, Beatísima Trinidad.
Santo, Santo, Santo es el Señor, Dios del universo,
llenos están el cielo y la tierra de tu gloria.

Gloria al Padre, y al Hijo y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos,
Amén.


- Segunda Parte

Nos dirigimos al Hijo, que, para cumplir la voluntad del Padre y redimir al mundo, se hizo hermano nuestro y, en el don supremo de la Eucaristía, se ha quedado para siempre entre nosotros. A él, fuente de vida nueva y de paz, con el corazón lleno de esperanza, le decimos:

Santo Dios, Santo Fuerte, Santo Inmortal,
Ten piedad de nosotros.

Oración:

Señor Jesús, Palabra eterna del Padre, danos un corazón puro para contemplar el misterio de tu Encarnación y el del don de tu amor en la Eucaristía. Haz que, fieles a las promesas de nuestro bautismo, vivamos con perseverante coherencia nuestra fe; enciende en nosotros el fuego de tu amor, que nos hace una sola cosa contigo y con los hermanos; envuélvenos en la luz de tu gracia; concédenos la abundancia de tu vida, inmolada por nosotros. A ti, Redentor nuestro, al Padre, rico en bondad y de misericordia, y al Espíritu Santo, sello del infinito amor, todo honor y toda gloria por los siglos de los siglos.

Padre Nuestro..

A ti sea la alabanza, a ti la gloria, a ti la acción de gracias por los siglos de los siglos, oh, Beatísima Trinidad.
Santo, Santo, Santo es el Señor, Dios del universo,
llenos están el cielo y la tierra de tu gloria.

Gloria al Padre, y al Hijo y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos,
Amén.


- Tercera Parte

Nos dirigimos y nos abandonamos al Espíritu Santo, aliento divino que vivifica y renueva, fuente inagotable de comunión y de paz que inunda la Iglesia y vive en cada corazón. A él, sello del infinito amor, le decimos:

Santo Dios, Santo Fuerte, Santo Inmortal,
Ten piedad de nosotros.

Oración:

Espíritu de Amor, don del Padre y del Hijo, ven a nosotros y renueva nuestra vida. Haznos dóciles a tu soplo divino, dispuestos a seguir tus indicaciones en las vías del Evangelio y del amor. Huésped dulcísimo de los corazones, revístenos del esplendor de tu luz, infunde en nosotros confianza y esperanza, transfórmanos en Jesús, para que, viviendo en él y con él, podamos ser siempre y en todas las partes, fervorosos testigos de la Santa Trinidad.

Padre Nuestro..

A ti sea la alabanza, a ti la gloria, a ti la acción de gracias por los siglos de los siglos, oh, Beatísima Trinidad.
Santo, Santo, Santo es el Señor, Dios del universo,
llenos están el cielo y la tierra de tu gloria.

Gloria al Padre, y al Hijo y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos,
Amén.


- Final

Bendita sea, ahora y por siempre, y por todos los siglos, la santa y única Trinidad, que ha creado y gobierna todas las cosas.

Bendigamos al Padre y al Hijo y la Espíritu Santo,
Ensalcémoslo por los siglos.

Oración:

Dios, Padre rico en Misericordia, que has enviado al mundo la Palabra de la Verdad y el Espíritu de santificación para revelar a los hombres tu admirable misterio, concédenos profesar la fe verdadera, conocer la gloria de la eterna Trinidad y adorar su Unidad todopoderosa.
Por Jesucristo nuestro Señor.
Amén.

En ti creo +
En ti Espero +
Te amor y te Adoro

Catequesis de hoy miércoles del Papa Francisco: "Llamar a Dios Padre, Papá".


Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Había algo de atractivo en la oración de Jesús, era tan fascinante que un día sus discípulos le pidieron que les enseñara. El episodio se encuentra en el Evangelio de Lucas, que entre los Evangelistas es quien ha documentado mayormente el misterio del Cristo “orante”: el Señor oraba. Los discípulos de Jesús están impresionados por el hecho de que Él, especialmente en la mañana y en la tarde, se retira en la soledad y se “inmerge” en la oración. Y por esto, un día, le piden de enseñarles también a ellos a orar. (Cfr. Lc 11,1).

Es entonces que Jesús transmite aquello que se ha convertido en la oración cristiana por excelencia: el “Padre Nuestro”. En verdad, Lucas, en relación a Mateo, nos transmite la oración de Jesús en una forma un poco abreviada, que inicia con una simple invocación: «Padre» (v. 2).

Todo el misterio de la oración cristiana se resume aquí, en esta palabra: tener el coraje de llamar a Dios con el nombre de Padre. Lo afirma también la liturgia cuando, invitándonos a recitar comunitariamente la oración de Jesús, utiliza la expresión «nos atrevemos a decir».

De hecho, llamar a Dios con el nombre de “Padre” no es para nada un hecho sobre entendido. Somos conducidos a usar los títulos más elevados, que nos parecen más respetuosos de su trascendencia. En cambio, invocarlo como “Padre” nos pone en una relación de confianza con Él, como un niño que se dirige a su papá, sabiendo que es amado y cuidado por él. Esta es la gran revolución que el cristianismo imprime en la psicología religiosa del hombre. El misterio de Dios, que siempre nos fascina y nos hace sentir pequeños, pero no nos da más miedo, no nos aplasta, no nos angustia. Esta es una revolución difícil de acoger en nuestro ánimo humano; tanto es así que incluso en las narraciones de la Resurrección se dice que las mujeres, después de haber visto la tumba vacía y al ángel, «salieron corriendo del sepulcro, porque estaban temblando y fuera de sí» (Mc 16,8). Pero Jesús nos revela que Dios es Padre bueno, y nos dice: “No tengan miedo”.

Pensemos en la parábola del padre misericordioso (Cfr. Lc 15,11-32). Jesús narra de un padre que sabe ser sólo amor para sus hijos. Un padre que no castiga al hijo por su arrogancia y que es capaz incluso de entregarle su parte de herencia y dejarlo ir fuera de casa. Dios es Padre, dice Jesús, pero no a la manera humana, porque no existe ningún padre en este mundo que se comportaría como el protagonista de esta parábola. Dios es Padre a su manera: bueno, indefenso ante el libre albedrio del hombre, capaz sólo de conjugar el verbo “amar”. Cuando el hijo rebelde, después de haber derrochado todo, regresa finalmente a su casa natal, ese padre no aplica criterios de justicia humana, sino siente sobre todo la necesidad de perdonar, y con su brazo hace entender al hijo que en todo ese largo tiempo de ausencia le ha hecho falta, ha dolorosamente faltado a su amor de padre.

¡Qué misterio insondable es un Dios que nutre este tipo de amor en relación con sus hijos!

Tal vez es por esta razón que, evocando el centro del misterio cristiano, el Apóstol Pablo no se siente seguro de traducir en griego una palabra que Jesús, en arameo, pronunciaba: “abbà”. En dos ocasiones San Pablo, en su epistolario (Cfr. Rom 8,15; Gal 4,6), toca este tema, y en las dos veces deja esa palabra sin traducirla, de la misma forma en la cual ha surgido de los labios de Jesús, “abbà”, un término todavía más íntimo respecto a “padre”, y que alguno traduce “papá, papito”.

Queridos hermanos y hermanas, no estamos jamás solos. Podemos estar lejos, hostiles, podemos también profesarnos “sin Dios”. Pero el Evangelio de Jesucristo nos revela que Dios no puede estar sin nosotros: Él no será jamás un Dios “sin el hombre”; es Él quien no puede estar sin nosotros, y esto es un gran misterio. Dios no puede ser Dios sin el hombre: ¡este es un gran misterio! Y esta certeza es la fuente de nuestra esperanza, que encontramos conservada en todas las invocaciones del Padre Nuestro. Cuando tenemos necesidad de ayuda, Jesús no nos dice de resignarnos y cerrarnos en nosotros mismos, sino de dirigirnos al Padre y pedirle a Él con confianza. Todas nuestras necesidades, desde las más evidentes y cotidianas, como el alimento, la salud, el trabajo, hasta aquellas de ser perdonados y sostenidos en la tentación, no son el espejo de nuestra soledad: existe en cambio un Padre que siempre nos mira con amor, y que seguramente no nos abandona.

Ahora les hago una propuesta: cada uno de nosotros tiene tantos problemas y tantas necesidades. Pensemos un poco, en silencio, en estos problemas y en estas necesidades. Pensemos también en el Padre, en nuestro Padre, que no puede estar sin nosotros, y que en este momento nos está mirando. Y todos juntos, con confianza y esperanza, oremos: “Padre nuestro, que estas en los cielos…”. Gracias.


(Roma. 07-06-2017)

06 junio 2017

Mensaje del Papa Francisco para este mes: "Eliminar el comercio de armas".



El perdón libera el corazón y permite recomenzar: sin perdón no se construye la Iglesia.


Hoy Domingo concluye el tiempo de Pascua, cincuenta días que, desde la Resurrección de Jesús hasta Pentecostés, están marcados de una manera especial por la presencia del Espíritu Santo. Él es, en efecto, el Don pascual por excelencia. Es el Espíritu creador, que crea siempre cosas nuevas. En las lecturas de hoy se nos muestran dos novedades: en la primera lectura, el Espíritu hace que los discípulos sean un pueblo nuevo; en el Evangelio, crea en los discípulos un corazón nuevo.

Un pueblo nuevo. En el día de Pentecostés el Espíritu bajó del cielo en forma de «lenguas, como llamaradas, que se dividían, posándose encima de cada uno de ellos. Se llenaron todos de Espíritu Santo y empezaron a hablar en otras lenguas» (Hch 2, 3-4). La Palabra de Dios describe así la acción del Espíritu, que primero se posa sobre cada uno y luego pone a todos en comunicación. A cada uno da un don y a todos reúne en unidad. En otras palabras, el mismo Espíritu crea la diversidad y la unidad y de esta manera plasma un pueblo nuevo, variado y unido: la Iglesia universal. En primer lugar, con imaginación e imprevisibilidad, crea la diversidad; en todas las épocas en efecto hace que florezcan carismas nuevos y variados. A continuación, el mismo Espíritu realiza la unidad: junta, reúne, recompone la armonía: «Reduce por sí mismo a la unidad a quienes son distintos entre sí» (Cirilo de Alejandría, Comentario al Evangelio de Juan, XI, 11). De tal manera que se dé la unidad verdadera, aquella según Dios, que no es uniformidad, sino unidad en la diferencia.

Para que se realice esto es bueno que nos ayudemos a evitar dos tentaciones frecuentes. La primera es buscar la diversidad sin unidad. Esto ocurre cuando buscamos destacarnos, cuando formamos bandos y partidos, cuando nos endurecemos en nuestros planteamientos excluyentes, cuando nos encerramos en nuestros particularismos, quizás considerándonos mejores o aquellos que siempre tienen razón. Entonces se escoge la parte, no el todo, el pertenecer a esto o a aquello antes que a la Iglesia; nos convertimos en unos «seguidores» partidistas en lugar de hermanos y hermanas en el mismo Espíritu; cristianos de «derechas o de izquierdas» antes que de Jesús; guardianes inflexibles del pasado o vanguardistas del futuro antes que hijos humildes y agradecidos de la Iglesia. Así se produce una diversidad sin unidad. En cambio, la tentación contraria es la de buscar la unidad sin diversidad. Sin embargo, de esta manera la unidad se convierte en uniformidad, en la obligación de hacer todo juntos y todo igual, pensando todos de la misma manera. Así la unidad acaba siendo una homologación donde ya no hay libertad. Pero dice san Pablo, «donde está el Espíritu del Señor, hay libertad» (2 Co 3,17).

Nuestra oración al Espíritu Santo consiste entonces en pedir la gracia de aceptar su unidad, una mirada que abraza y ama, más allá de las preferencias personales, a su Iglesia, nuestra Iglesia; de trabajar por la unidad entre todos, de desterrar las murmuraciones que siembran cizaña y las envidias que envenenan, porque ser hombres y mujeres de la Iglesia significa ser hombres y mujeres de comunión; significa también pedir un corazón que sienta la Iglesia, madre nuestra y casa nuestra: la casa acogedora y abierta, en la que se comparte la alegría multiforme del Espíritu Santo.

Y llegamos entonces a la segunda novedad: un corazón nuevo. Jesús Resucitado, en la primera vez que se aparece a los suyos, dice: «Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados» (Jn 20, 22-23). Jesús no los condena, a pesar de que lo habían abandonado y negado durante la Pasión, sino que les da el Espíritu de perdón. El Espíritu es el primer don del Resucitado y se da en primer lugar para perdonar los pecados. Este es el comienzo de la Iglesia, este es el aglutinante que nos mantiene unidos, el cemento que une los ladrillos de la casa: el perdón. Porque el perdón es el don por excelencia, es el amor más grande, el que mantiene unidos a pesar de todo, que evita el colapso, que refuerza y fortalece. El perdón libera el corazón y le permite recomenzar: el perdón da esperanza, sin perdón no se construye la Iglesia.

El Espíritu de perdón, que conduce todo a la armonía, nos empuja a rechazar otras vías: esas precipitadas de quien juzga, las que no tienen salida propia del que cierra todas las puertas, las de sentido único de quien critica a los demás. El Espíritu en cambio nos insta a recorrer la vía de doble sentido del perdón ofrecido y recibido, de la misericordia divina que se hace amor al prójimo, de la caridad que «ha de ser en todo momento lo que nos induzca a obrar o a dejar de obrar, a cambiar las cosas o a dejarlas como están» (Isaac de Stella, Sermón 31). Pidamos la gracia de que, renovándonos con el perdón y corrigiéndonos, hagamos que el rostro de nuestra Madre la Iglesia sea cada vez más hermoso: sólo entonces podremos corregir a los demás en la caridad.

Pidámoslo al Espíritu Santo, fuego de amor que arde en la Iglesia y en nosotros, aunque a menudo lo cubrimos con las cenizas de nuestros pecados: «Ven Espíritu de Dios, Señor que estás en mi corazón y en el corazón de la Iglesia, tú que conduces a la Iglesia, moldeándola en la diversidad. Para vivir, te necesitamos como el agua: desciende una vez más sobre nosotros y enséñanos la unidad, renueva nuestros corazones y enséñanos a amar como tú nos amas, a perdonar como tú nos perdonas. Amén».


(Papa Francisco. Homilía Pentencostés. 4-6-2017)

04 junio 2017

Frutos del Espíritu Santo.



AMOR

ALEGRÍA

P A Z

PACIENCIA

LONGAMINIDAD

BENIGNIDAD

BONDAD


MANSEDUMBRE

FIDELIDAD

MODESTIA

CONTINENCIA

CASTIDAD

Dones del Espíritu Santo.



Evangelio. Solemnidad de Pentecostés.


Según San Juan 20, 19 - 23.

Al atardecer de aquel día, el primero de la semana, estando cerradas, por miedo a los judíos, las puertas del lugar donde se encontraban los discípulos, se presentó Jesús en medio de ellos y les dijo: «La paz con vosotros». Dicho esto, les mostró las manos y el costado. Los discípulos se alegraron de ver al Señor. Jesús les dijo otra vez: «La paz con vosotros. Como el Padre me envió, también yo os envío». Dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: «Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos»


Reflexión.

Todos quedaron llenos del Espíritu Santo, y se pusieron a predicar valientemente. Aquellos hombres atemorizados habían sido transformados en valientes predicadores que no temían la cárcel, ni la tortura, ni el martirio. No es extraño; la fuerza del Espíritu estaba en ellos

Reflexión. Solemnidad de Pentecostés.


¡Ven Espíritu Santo!

Cerramos el Tiempo de Pascua con la Solemnidad de Pentecostés.
El domingo pasado, veíamos como el Señor ascendía al cielo, pero no nos deja solos.
Hoy, el Señor nos dona a cada uno de nosotros su Espíritu Santo.
Un Espíritu que da forma al cuerpo de la Iglesia y la hace universal, nos alienta a ser fuerte y ser anunciadores de mensaje del Evangelio.
Un Espíritu que da paz, alegría y confianza de que Cristo Resucitado está con nosotros, camina con nosotros y nos ayuda a levantarnos cada vez que nos caemos.
El mismo Espíritu que recibió Jesús en el Bautismo, le acompañó durante toda su vida. El nos acompaña a todos nosotros.

A pesar de que los discípulos estuvieran encerrados por medio, el Espíritu baja sobre cada uno de ellos, y los empuja a ser valientes, a salir a la calle y predicar el Evangelio.
Igual que en la Primera Lectura de los Hechos de los Apóstoles, el Espíritu Santo ayuda a la comunidad y empiezan a testimoniar en diferentes lenguas, la Iglesia en su dimensión universal, está unida por Cristo y se constituye una sola comunidad de creyentes con el fin de enviar a transmitir la Buena Noticia.

Esto mismo dice nuestra Segunda Lectura de Pablo a los Corintios, que a pesar de que seamos muchos miembros, somos un solo cuerpo. Cristo es la cabeza y todos nosotros somos el cuerpo. Todos somos importantes, todos pertenecemos a Cristo. En Cristo y en su Iglesia, nadie es más que nadie. Podremos creernos los mejores, pero ante los ojos de Dios y de la Iglesia, desde el recién nacido hasta el Papa, todos son iguales porque hemos sido Bautizados  para formar un solo cuerpo: el de Cristo.

Juan, en su Evangelio, nos cuenta como Jesús dona su Espíritu, y como éste renueva todas las cosas. Por eso, al recibir el Espíritu Santo, debemos renovar nuestra mirada ante el mundo. Una mirada donde el olor que dejemos a los demás sea la verdadera paz, la alegría y una fuerza que recree la unidad entre todos.

Si dejamos que el Espíritu nos lleve a cada uno como cristianos y como Iglesia, podremos dejar marca viva del amor más puro que se pueda experimentar.

Ya no nos hará falta ser como Tomás que necesitemos meter el dedo en la herida o la mano en el costado, sino, que seremos verdaderos testigos del RESUCITADO y nuestra carta de presentación será nuestros actos y la forma de vivir con los demás.

Que la Virgen María nos ayude a recibir al Espíritu Santo y sea un impulso renovador en la Iglesia y para cada uno de nosotros.
Que así sea.


http://www.revistaecclesia.com/solemnidad-de-pentecostes/

El joven no se asusta de orar, pero sí de repetir rezos.


Lo primero que a uno le viene a la cabeza es la necesidad de preguntar a quien en sus carnes vive con 20 o 25 años su camino espiritual en la vida religiosa. Lo segundo releer los planes de formación de nuestras congregaciones y descubrir, una vez más, que «el deber ser», cada vez más, tiene menos que ver con la realidad de nuestro tiempo. Lo tercero es pensar en nuestras comunidades como escuelas de espiritualidad. ¿Qué frescura, qué novedad, qué vida es la que ora y comparte la vida religiosa adulta como pedagoga de las nuevas generaciones?

Hace un tiempo en la revista Vida Religiosa hacíamos una entrevista al Cardenal Lacunza1, Obispo de David en Panamá. Este agustino recoleto de más de setenta años, nos reconocía que a pesar de tanta renovación, en la vida religiosa seguimos orando como hace 30, 50 o 70 años. Y además afirmó sin dudarlo que «el joven no se asusta de orar, pero sí de repetir rezos». Ingenuamente hemos podido pensar que renovando el entorno y las formas, también aprenderíamos a dirigirnos personal y comunitariamente a Dios como hombres y mujeres de nuestro tiempo. La verdad, sin embargo, es que los ritmos oracionales de las comunidades de vanguardia y misión, que somos nosotros, son ritmos y, a veces, contenidos, de ayer. La persona queda al margen, con su «otra vida». El crecimiento y convencimiento; la adhesión y la fraternidad, entonces, se transforman en funcionalidad. Un momento, la mañana y la noche, que jamás empapa el día.

En las primeras páginas de su libro, Esto no es un diario, Sygmunt Bauman afirma: «Las cosas fluyen demasiado deprisa como para que propicien esperanza alguna de darles alcance. Por eso las cartas no me deparan ya ningún tema nuevo de estudio, ningún objeto original para un análisis en profundidad que le haga verdaderamente justicia. Y no es ni mucho menos porque escaseen los conocimientos disponibles para tal tarea, sino justamente por lo contrario: porque son tantos que superan y desafían todo intento de mi parte por absorberlos y digerirlos2». Comprenderán que si a él  le supera la pluralidad, a nosotros a la hora de pensar y organizar qué ora, y qué expresa un joven o una joven que está en sus primeros años de vida religiosa, no va a ser menor el vértigo.

Por eso, con temor y temblor, nos acercamos a estas generaciones anónimas (cada uno, cada una y su mundo), plurales (interculturales), nuevas (plenamente del siglo XXI), sin padre (de un patrón cultural y religioso abierto) y sin herencia (quieren hacer su historia y no desarrollar lo que se encuentran). Aquellos que se han encontrado con un Dios concreto que los ha mirado con amor y ha bastado esa mirada para una experiencia antropológica de primera magnitud: El Dios llamada, los ha hecho nuevos y posibles, no se fijó en sus heridas, sino en su capacidad de y para amar.

Estos jóvenes de tantos lugares recónditos de nuestro planeta no responden siquiera al tradicional punto de encuentro de nuestras congregaciones. Es cierto que nuestras presencias, con el paso de los años, fueron creando también cadenas de entradas… pero muchos no han tenido nada que ver con nosotros ni nuestras familias. Algunos se han tropezado con la congregación que hoy somos. Es otra manifestación más del milagro vocacional de Dios. Además, estamos reconociendo de esos jóvenes llegados a nosotros a «cuenta gotas», una        especial capacidad para la intergeneracionalidad. Llegan a carismas y comunidades que encarnamos quienes podríamos ser sus padres o abuelos… y aprenden a llamarnos hermanos. Aunque también percibimos que no siempre lo sienten.

La generación del nuevo milenio

La denominada generación «Y» está integrada por algo menos de ochenta millones de jóvenes en el mundo. Se dice que, en conjunto, son entusiastas y dinámicos. Es de suponer que ni todos entusiastas, ni todos dinámicos. Entre ellos, muy pocos dan el paso hacia la vida religiosa. Los que lo hacen, traen los rasgos que comparten con sus contemporáneos. Esta realidad afecta su modo de orar y la integración del principio espiritual en la construcción de su persona3.

¿Qué define a nuestros juniores de la, denominada, generación «Y»?

Lo primero que llama la atención es que gozan de mucha energía, lo cual es una virtud que se convierte en desventaja porque tienen dificultades para saber esperar. Los procesos formativos de crecimiento espiritual les resultan lentos y sin novedad. Es, obviamente, un problema para entender esa cadencia silenciosa y lenta mediante la cual Dios se «desvela» como posibilidad real para la propia vida.

Valoran el tiempo y necesitan que se ocupe en «cosas importantes», aquello que resulta resonante y se convierte en acontecimiento para su vida. No siempre lo que es importante para ellos, lo es para la comunidad muy «madura» con la que conviven.  Una vez más el contraste de estructuras forjadas en «grandes relatos» aparentemente inamovibles, choca con la experiencia personal informada por el «microrelato» o acontecimiento en el que la juniora o junior, siente que tiene que estar, participar o vivir.

No se conforman con las cosas como están, ni con los ritmos que les ofrecemos. Han nacido ya en contextos de posibilidad y saben que se pueden cambiar las cosas. Este aspecto es muy importante. La vida religiosa es una «sociedad a la que le cuesta cambiar», tiene historia y resultados en la historia. Esta generación encarna no solo el cambio de paradigma, sino que con sus cuestionamientos, sabe que lo está cambiando. Participan del cambio y además conocen que son la expresión del mismo. Ya nada es seguro, ni firme, ni definitivo. Este clamor de «cambio» no se hace más fuerte o expresivo fundamentalmente por dos razones. Una, la presencia, casi unipersonal de los jóvenes en los lugares con historia –Europa y algunos lugares de América– y, dos, las promociones numerosas se sitúan, sin embargo, en «zonas jóvenes» de los carismas como son Asia y África. No se atan ni a un estilo, ni a unas formas, ni a un modo de proceder. Albergan tantas posibilidades como circunstancias cambiantes tiene la vida y estados de ánimo en una jornada.

Forma parte de su ADN las nuevas tecnologías, éstas contribuyen de una manera «desconcertante» a su entramado espiritual y vital. Aquellos principios de crecimiento espiritual que subrayan los proyectos de formación en los cuales se significaba el silencio, la capacidad para la concentración y la ruptura con los espacios y círculos de procedencia, están fuertemente cuestionados. Hoy, los juniores en la vida religiosa, son jóvenes de sus generaciones fuertemente relacionados y vinculados. Convive con la comunidad espiritual, otras comunidades virtuales de pertenencia fuertes en el sentimiento, aunque fragmentadas en la intensidad.

Los conceptos habituales de silencio, concentración «mundo aparte» se han transformado. No se sienten descentrados por los ruidos, interrupciones, interferencias, sonidos… El teléfono móvil con sus vinculaciones en las redes es «una extremidad más» que, según nos dicen, no descentra su atención e incluso es una posibilidad de intercesión.

El concepto de formalidad, orden y apariencia también es nuevo. Trastoca los cánones de estabilidad en los que se encuentran cómodas nuestras instituciones. La estética oracional es importante, pero es otra estética y, además, para ellos muy importante, casi sustancial. No niegan la historia, pero necesitan verla en un hoy en el que se saben protagonistas.

Estos y, sin duda, muchos más rasgos son los que definen a estos hombres y mujeres que están aprendiendo a ser personas, creyentes y consagrados entre nosotros. Se podrían apuntar más, los descritos, sin embargo, creemos que son los que de manera sustancial nos indican qué oran y cómo oran los juniores.

La cordialidad, el misterio y la autobiografía

Cuando le preguntaba a un junior sobre sus razones poco razonables en las que apoyaba su espiritualidad me dijo que estaba «agradecido a una cierta comunión entre los religiosos jóvenes que buscan una espiritualidad que pone su énfasis en lo cordial, en lo afectivo». Y lo apoyaba en los puntos de encuentro en los que se ve, con sus conocidos y amigos, reconocido y confortado. Son mociones en las que sitúan su crecimiento personal y espiritual, en el que no hay tanta ruptura o fragmento como proyectamos quienes hablamos sobre ellos.

La cuestión autobiográfica se hace muy presente. Lo que nos dice por un lado que son de esta era y, por otro, que lo que viven es real. No solo quieren que la experiencia de fe recorra su interior, sino que lo haga sanando, curando, comprendiendo y amando. Es complicado hacer una aproximación general,  no siempre encuentran en nuestros itinerarios congregacionales el bálsamo que comprenda e integre aquellas heridas con las que también fueron llamados o llamadas. El paradigma se hace más palpable en Magdalena que en el «discípulo amado» porque en ella –al menos para ellos– es más evidente el gesto de sanación.

Coinciden con sus contemporáneos en el atractivo por el misterio. Lo alternativo, el contrapunto. Necesitan «pisar lugar sagrado» y gustan de hacerlo evidente, sensible y respirable. Eclesiológicamente nos dan una noticia veraz de la circularidad en el seguimiento donde las vocaciones se complementan desde el encuentro y no desde la distancia o diferencia. Vocacionalmente les viene bien rezar con otros, compartir, escuchar y ofrecer testimonio. Su espiritualidad es de misión compartida, porque su vida también es compartida. Vienen «programados» para otro tipo de presencia en medio de sus contemporáneos, más sensible, abierta y sin necesidad de enseñar.

El anonimato y la originalidad

Son hijos de este tiempo y, por ello, el anonimato y la subjetividad son su tarea fundamental en los primeros años de la vida religiosa. Ambos, anonimato y subjetividad, pueden transformarse en originalidad y, por supuesto, en fidelidad creativa. Necesitan, para ello, acompañamiento y diálogo, aspectos éstos, para los que no vienen tan programados, ni las congregaciones tenemos suficiente arte –léase tiempo, destrezas, personas y paz– para escuchar y acoger. Todavía pesa demasiado una tendencia industrial en los procesos de acompañamiento espiritual de los jóvenes que se acercan a las congregaciones, cuando, en verdad, estamos hablando de un trabajo artesano, cuidado, único y personal.

Creemos que la acogida de la originalidad de estos jóvenes es la clave de una nueva espiritualidad de toda la familia religiosa. La noticia carismática para este presente de nuestra congregación nos la traen ellos, no se la ofrecemos nosotros. El por dónde, las raíces que nos identifican y nutren, las descubrimos en cada uno de ellos y cada una de ellas, cuando, con riesgo, dejamos que se encarnen en sus formas, su historia y su particular acento sobre qué es lo sustancial en la congregación para este hoy.

La comunidad, la belleza y la  acogida

Está claro que el qué, lo descubrimos dejándonos interpelar por sus signos y silencios. En cuanto al cómo, nos van dejando la noticia de lo que necesitan por sus adhesiones o sus ausencias. Conectan más   –y es un valor intercultural– con la fragilidad oriental que con el racionalismo occidental; prefieren estructuras oracionales que se identifiquen con el ritmo de la vida o de la madre tierra, más que aquellas devocionales con carga de historia, que a ellos simplemente les suena a pasado. Necesitan ser los protagonistas del ritmo, expresan porque lo necesitan más que recitar algo porque toca, corresponde o está mandado. Por más que lo intenten, les asusta lo que se queda en reiteración, todo igual, independientemente de cómo te encuentres, porque para ellos el estado de ánimo es sustancial.

Hace años el Hermano Alois de Taizé comentaba cómo era la propuesta oracional para los jóvenes en la comunidad ecuménica. Decía él que cuidaban, sobre todo, tres aspectos: ofrecer la pluralidad de la comunidad, transformar la liturgia de la Iglesia ofreciendo la belleza de un ritmo accesible y acoger a cada joven como llega, sin pregunta sobre su historia, para que su historia entre a formar parte de la oración de la comunidad.

Nos parece que estos tres aspectos conectan bien con las necesidades de un junior y juniora de nuestro tiempo a la hora de comprender qué oran y cómo lo hacen. Necesitan encontrarse en el camino plural y complementario de la comunidad. Escuelas muy personales o estilos muy marcados conducen a una suerte de identificación impostada en la que la propia identidad se queda al margen. Necesitan pluralidad de caminos como contienen nuestros carismas. Si no, no se da la sedimentación de una espiritualidad personal. En segundo lugar, el cuidado de las estructuras y momentos de crecimiento espiritual exige una creatividad y riesgo tan dinámico como son sus vidas. No solo los juniores necesitan una oración comunitaria menos idéntica en sus ritmos, toda la congregación la necesita. Hemos de ser innovadores y abrir espacios en los que se atienda la situación de las personas, se escuche el entorno, se convierta en oración la vida donde está inserta la comunidad. Tenemos que volver a una pedagogía comunitaria de empezar de nuevo, con nuevas palabras y canciones también nuevas, de manera que se de la unidad de lenguajes entre la normalidad de la vida y la liturgia. Necesitan los jóvenes poder expresar a Dios lo que en verdad viven y son y oír que también quienes llevamos años en la vida religiosa lo hacemos, y sentir –porque para ellos es sustancial– que Dios circula por sus venas sanando, queriendo y acogiendo. En tercer lugar, su oración es sincera. Saben que cuando Dios los mira con amor los recrea y les dice «puedes empezar de nuevo» Necesitan oírlo en las celebraciones que con ellos tenemos, en los ritmos de crecimiento y en el cuidado espiritual. Necesitan saber de su congregación que tiene fe y cree en el cambio, que también cree en ellos como son y cómo fueron.


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Secuencia.


Ven Espíritu Divino, 
manda tu luz desde el cielo. 
Padre amoroso del pobre;
don, en tus dones espléndido;
luz que penetra las almas,
fuente del mayor consuelo.

Ven, dulce huesped del alma, 
descanso de nuestro esfuerzo,
tregua en el duro trabajo, 
brisa en las horas de fuego,
gozo que enjuga las lágrimas 
y reconforta en los duelos.

Entra hasta el fondo del alma, 
divina luz, y enriquécenos.
Mira el vacío del hombre 
si tú le faltas por dentro;
mira el poder del pecado 
cuando no envías tu aliento.

Riega la tierra en sequía, 
sana el corazón enfermo,
lava las manchas,
infunde calor de vida en el hielo,
doma el espíritu indómito, 
guía al que tuerce el sendero.

Reparte tus siete dones 
según la fe de tus siervos.
Por tu bondad y tu gracia 
dale al esfuerzo su mérito;
salva al que busca salvarse 
y danos tu gozo eterno. Amén.