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14 abril 2017

Acompañemos a Jesús, camino al Calvario en este día de Viernes Santo.


PRIMERA ESTACIÓN
Jesús es condenado a muerte


V /. Te adoramos o Cristo y te bendecimos.
R /. Que por tu Santa Cruz redimiste al mundo.


Lectura del Evangelio según San Mateo 27, 22-23.26

Pilato les preguntó: «¿y qué hago con Jesús, llamado el Mesías?» Contestaron todos: «¡que lo crucifiquen!» Pilato insistió :«pues ¿qué mal ha hecho?» Pero ellos gritaban más fuerte: «¡que lo crucifiquen!» Entonces les soltó a Barrabás; y a Jesús, después de azotarlo, lo entregó para que lo crucificaran.


MEDITACIÓN

El Juez del mundo, que un día volverá a juzgarnos, está allí, humillado, deshonrado e indefenso delante del juez terreno. Pilato no es un monstruo de maldad. Sabe que este condenado es inocente; busca el modo de liberarlo. Pero su corazón está dividido. Y al final prefiere su posición personal, su propio interés, al derecho. También los hombres que gritan y piden la muerte de Jesús no son monstruos de maldad. Muchos de ellos, el día de Pentecostés, sentirán «el corazón compungido» (Hch 2, 37), cuando Pedro les dirá: «Jesús Nazareno, que Dios acreditó ante vosotros [...], lo matasteis en una cruz...» (Hch 2, 22 ss). Pero en aquel momento están sometidos a la influencia de la muchedumbre. Gritan porque gritan los demás y como gritan los demás. Y así, la justicia es pisoteada por la bellaquería, por la pusilaminidad, por miedo a la prepotencia de la mentalidad dominante. La sutil voz de la conciencia es sofocada por el grito de la muchedumbre. La indecisión, el respeto humano dan fuerza al mal.


ORACIÓN

Señor, has sido condenado a muerte porque el miedo al «qué dirán» ha sofocado la voz de la conciencia. Sucede siempre así a lo largo de la historia; los inocentes son maltratados, condenados y asesinados. Cuántas veces hemos preferido también nosotros el éxito a la verdad, nuestra reputación a la justicia. Da fuerza en nuestra vida a la sutil voz de la conciencia, a tu voz. Mírame como lo hiciste con Pedro después de la negación. Que tu mirada penetre en nuestras almas y nos indique el camino en nuestra vida. El día de Pentecostés has conmovido en corazón e infundido el don de la conversión a los que el Viernes Santo gritaron contra ti. De este modo nos has dado esperanza a todos. Danos también a nosotros de nuevo la gracia de la conversión.



SEGUNDA ESTACIÓN
Jesús con la cruz a cuestas 


V /. Te adoramos o Cristo y te bendecimos.
R /. Que por tu Santa Cruz redimiste al mundo.

Lectura del Evangelio según San Mateo 27, 27-31

Los soldados del gobernador se llevaron a Jesús al pretorio y reunieron alrededor de él a toda la compañía: lo desnudaron y le pusieron un manto de color púrpura y trenzando una corona de espinas se la ciñeron a la cabeza y le pusieron una caña en la mano derecha. Y doblando ante él la rodilla, se burlaban de él diciendo: «¡Salve, Rey de los judíos!». Luego lo escupían, le quitaban la caña y le golpeaban con ella en la cabeza. Y terminada la burla, le quitaron el manto, le pusieron su ropa y lo llevaron a crucificar.


MEDITACIÓN

Jesús, condenado por declararse rey, es escarnecido, pero precisamente en la burla emerge cruelmente la verdad. ¡Cuántas veces los signos de poder ostentados por los potentes de este mundo son un insulto a la verdad, a la justicia y a la dignidad del hombre! Cuántas veces sus ceremonias y sus palabras grandilocuentes, en realidad, no son más que mentiras pomposas, una caricatura de la tarea a la que se deben por su oficio, el de ponerse al servicio del bien. Jesús, precisamente por ser escarnecido y llevar la corona del sufrimiento, es el verdadero rey. Su cetro es la justicia (Sal 44, 7). El precio de la justicia es el sufrimiento en este mundo: él, el verdadero rey, no reina por medio de la violencia, sino a través del amor que sufre por nosotros y con nosotros. Lleva sobre sí la cruz, nuestra cruz, el peso de ser hombres, el peso del mundo. Así es como nos precede y nos muestra cómo encontrar el camino para la vida eterna.


ORACIÓN

Señor, te has dejado escarnecer y ultrajar. Ayúdanos a no unirnos a los que se burlan de quienes sufren o son débiles. Ayúdanos a reconocer tu rostro en los humillados y marginados. Ayúdanos a no desanimarnos ante las burlas del mundo cuando se ridiculiza la obediencia a tu voluntad. Tú has llevado la cruz y nos has invitado a seguirte por ese camino (Mt 10, 38). Danos fuerza para aceptar la cruz, sin rechazarla; para no lamentarnos ni dejar que nuestros corazones se abatan ante las dificultades de la vida. Anímanos a recorrer el camino del amor y, aceptando sus exigencias, alcanzar la verdadera alegría.



TERCERA ESTACIÓN
Jesús cae por primera vez


V /. Te adoramos o Cristo y te bendecimos.
R /. Que por tu Santa Cruz redimiste al mundo.

Lectura del libro del profeta Isaías 53, 4-6

Él soportó nuestros sufrimientos y aguantó nuestros dolores; nosotros lo estimamos leproso, herido de Dios y humillado, traspasado por nuestras rebeliones, triturado por nuestros crímenes. Nuestro castigo saludable vino sobre él, sus cicatrices nos curaron. Todos errábamos como ovejas, cada uno siguiendo su camino, y el Señor cargó sobre él todos nuestros crímenes.


MEDITACIÓN

El hombre ha caído y cae siempre de nuevo: cuántas veces se convierte en una caricatura de sí mismo y, en vez de ser imagen de Dios, ridiculiza al Creador. ¿No es acaso la imagen por excelencia del hombre la de aquel que, bajando de Jerusalén a Jericó, cayó en manos de los salteadores que lo despojaron dejándolo medio muerto, sangrando al borde del camino? Jesús que cae bajo la cruz no es sólo un hombre extenuado por la flagelación. El episodio resalta algo más profundo, como dice Pablo en la carta a los Filipenses: «Él, a pesar de su condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios; al contrario, se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo, pasando por uno de tantos. Y así, actuando como un hombre cualquiera, se rebajó hasta someterse incluso a la muerte, y una muerte de cruz» (Flp 2, 6-8). En su caída bajo el peso de la cruz aparece todo el itinerario de Jesús: su humillación voluntaria para liberarnos de nuestro orgullo. Subraya a la vez la naturaleza de nuestro orgullo: la soberbia que nos induce a querer emanciparnos de Dios, a ser sólo nosotros mismos, sin necesidad del amor eterno y aspirando a ser los únicos artífices de nuestra vida. En esta rebelión contra la verdad, en este intento de hacernos dioses, nuestros propios creadores y jueces, nos hundimos y terminamos por autodestruirnos. La humillación de Jesús es la superación de nuestra soberbia: con su humillación nos ensalza. Dejemos que nos ensalce. Despojémonos de nuestra autosuficiencia, de nuestro engañoso afán de autonomía y aprendamos de él, del que se ha humillado, a encontrar nuestra verdadera grandeza, humillándonos y dirigiéndonos hacia Dios y los hermanos oprimidos.


ORACIÓN

Señor Jesús, el peso de la cruz te ha hecho caer. El peso de nuestro pecado, el peso de nuestra soberbia, te derriba. Pero tu caída no es signo de un destino adverso, no es la pura y simple debilidad de quien es despreciado. Has querido venir a socorrernos porque a causa de nuestra soberbia yacemos en tierra. La soberbia de pensar que podemos forjarnos a nosotros mismos lleva a transformar al hombre en una especie de mercancía, que puede ser comprada y vendida, una reserva de material para nuestros experimentos, con los cuales esperamos superar por nosotros mismos la muerte, mientras que, en realidad, no hacemos más que mancillar cada vez más profundamente la dignidad humana. Señor, ayúdanos porque hemos caído. Ayúdanos a renunciar a nuestra soberbia destructiva y, aprendiendo de tu humildad, a levantarnos de nuevo.



CUARTA ESTACIÓN
Jesús se encuentra con su Madre 

V /. Te adoramos o Cristo y te bendecimos.
R /. Que por tu Santa Cruz redimiste al mundo.

Lectura del Evangelio según San Lucas 2, 34-35.51

Simeón los bendijo y dijo a María, su madre: «Mira, éste está puesto para que muchos en Israel caigan y se levanten; será una bandera discutida: así quedará clara la actitud de muchos corazones. Y a ti, una espada te traspasará el alma». Su madre conservaba todo esto en su corazón.


MEDITACIÓN

En el Vía crucis de Jesús está también María, su Madre. Durante su vida pública debía retirarse para dejar que naciera la nueva familia de Jesús, la familia de sus discípulos. También hubo de oír estas palabras: «¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos?... El que cumple la voluntad de mi Padre del cielo, ése es mi hermano, y mi hermana, y mi madre» (Mt 12, 48-50). Y esto muestra que ella es la Madre de Jesús no solamente en el cuerpo, sino también en el corazón. Porque incluso antes de haberlo concebido en el vientre, con su obediencia lo había concebido en el corazón. Se le había dicho: «Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo... Será grande..., el Señor Dios le dará el trono de David su padre» (Lc 1, 31 ss). Pero poco más tarde el viejo Simeón le diría también: «y a ti, una espada te traspasará el alma» (Lc 2, 35). Esto le haría recordar palabras de los profetas como éstas: «Maltratado, voluntariamente se humillaba y no abría boca; como un cordero llevado al matadero» (Is 53, 7). Ahora se hace realidad. En su corazón habrá guardado siempre la palabra que el ángel le había dicho cuando todo comenzó: «No temas, María» (Lc 1, 30). Los discípulos han huido, ella no. Está allí, con el valor de la madre, con la fidelidad de la madre, con la bondad de la madre, y con su fe, que resiste en la oscuridad: «Bendita tú que has creído» (Lc 1, 45). «Pero cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará esta fe en la tierra?» (Lc 18, 8). Sí, ahora ya lo sabe: encontrará fe. Éste es su gran consuelo en aquellos momentos.


ORACIÓN

Santa María, Madre del Señor, has permanecido fiel cuando los discípulos huyeron. Al igual que creíste cuando el ángel te anunció lo que parecía increíble ˆque serías la madre del Altísimoˆ también has creído en el momento de su mayor humillación. Por eso, en la hora de la cruz, en la hora de la noche más oscura del mundo, te han convertido en la Madre de los creyentes, Madre de la Iglesia. Te rogamos que nos enseñes a creer y nos ayudes para que la fe nos impulse a servir y dar muestras de un amor que socorre y sabe compartir el sufrimiento.



QUINTA ESTACIÓN
El Cireneo ayuda a Jesús a llevar la cruz


V /. Te adoramos o Cristo y te bendecimos.
R /. Que por tu Santa Cruz redimiste al mundo.

Lectura Evangelio según San Mateo 27, 32; 16, 24

Al salir, encontraron a un hombre de Cirene, llamado Simón, y lo forzaron a que llevara la cruz. Jesús había dicho a sus discípulos: «El que quiera venir conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga».


MEDITACIÓN

Simón de Cirene, de camino hacia casa volviendo del trabajo, se encuentra casualmente con aquella triste comitiva de condenados, un espectáculo quizás habitual para él. Los soldados usan su derecho de coacción y cargan al robusto campesino con la cruz. ¡Qué enojo debe haber sentido al verse improvisamente implicado en el destino de aquellos condenados! Hace lo que debe hacer, ciertamente con mucha repugnancia. El evangelista Marcos menciona también a sus hijos, seguramente conocidos como cristianos, como miembros de aquella comunidad (Mc 15, 21). Del encuentro involuntario ha brotado la fe. Acompañando a Jesús y compartiendo el peso de la cruz, el Cireneo comprendió que era una gracia poder caminar junto a este Crucificado y socorrerlo. El misterio de Jesús sufriente y mudo le llegado al corazón. Jesús, cuyo amor divino es lo único que podía y puede redimir a toda la humanidad, quiere que compartamos su cruz para completar lo que aún falta a sus padecimientos (Col 1, 24). Cada vez que nos acercamos con bondad a quien sufre, a quien es perseguido o está indefenso, compartiendo su sufrimiento, ayudamos a llevar la misma cruz de Jesús. Y así alcanzamos la salvación y podemos contribuir a la salvación del mundo.


ORACIÓN

Señor, a Simón de Cirene le has abierto los ojos y el corazón, dándole, al compartir la cruz, la gracia de la fe. Ayúdanos a socorrer a nuestro prójimo que sufre, aunque esto contraste con nuestros proyectos y nuestras simpatías. Danos la gracia de reconocer como un don el poder compartir la cruz de los otros y experimentar que así caminamos contigo. Danos la gracia de reconocer con gozo que, precisamente compartiendo tu sufrimiento y los sufrimientos de este mundo, nos hacemos servidores de la salvación, y que así podemos ayudar a construir tu cuerpo, la Iglesia.



SEXTA ESTACIÓN
La Verónica enjuga el rostro de Jesús 


V /. Te adoramos o Cristo y te bendecimos.
R /. Que por tu Santa Cruz redimiste al mundo.

Lectura del libro del profeta Isaías 53, 2-3

No tenía figura ni belleza. Lo vimos sin aspecto atrayente, despreciado y evitado por los hombres, como un hombre de dolores, acostumbrado a sufrimientos, ante el cual se ocultan los rostros; despreciado y desestimado.

Del libro de los Salmos 26, 8-9
Oigo en mi corazón: «Buscad mi rostro». Tu rostro buscaré, Señor, no me escondas tu rostro. No rechaces con ira a tu siervo, que tú eres mi auxilio; no me deseches, no me abandones, Dios de mi salvación.


MEDITACIÓN

«Tu rostro buscaré, Señor, no me escondas tu rostro » (Sal 26, 8-9). Verónica ˆBerenice, según la tradición griegaˆ encarna este anhelo que acomuna a todos los hombres píos del Antiguo Testamento, el anhelo de todos los creyentes de ver el rostro de Dios. Ella, en principio, en el Vía crucis de Jesús no hace más que prestar un servicio de bondad femenina: ofrece un paño a Jesús. No se deja contagiar ni por la brutalidad de los soldados, ni inmovilizar por el miedo de los discípulos. Es la imagen de la mujer buena que, en la turbación y en la oscuridad del corazón, mantiene el brío de la bondad, sin permitir que su corazón se oscurezca. «Bienaventurados los limpios de corazón ˆhabía dicho el Señor en el Sermón de la montañaˆ, porque verán a Dios» (Mt 5, 8). Inicialmente, Verónica ve solamente un rostro maltratado y marcado por el dolor. Pero el acto de amor imprime en su corazón la verdadera imagen de Jesús: en el rostro humano, lleno de sangre y heridas, ella ve el rostro de Dios y de su bondad, que nos acompaña también en el dolor más profundo. Únicamente podemos ver a Jesús con el corazón. Solamente el amor nos deja ver y nos hace puros. Sólo el amor nos permite reconocer a Dios, que es el amor mismo.


ORACIÓN

Danos, Señor, la inquietud del corazón que busca tu rostro. Protégenos de la oscuridad del corazón que ve solamente la superficie de las cosas. Danos la sencillez y la pureza que nos permiten ver tu presencia en el mundo. Cuando no seamos capaces de cumplir grandes cosas, danos la fuerza de una bondad humilde. Graba tu rostro en nuestros corazones, para que así podamos encontrarte y mostrar al mundo tu imagen.



SÉPTIMA ESTACIÓN
Jesús cae por segunda vez 


V /. Te adoramos o Cristo y te bendecimos.
R /. Que por tu Santa Cruz redimiste al mundo.

Lectura del libro de las Lamentaciones 3, 1-2.9.16

Yo soy el hombre que ha visto la miseria bajo el látigo de su furor. El me ha llevado y me ha hecho caminar en tinieblas y sin luz. Ha cercado mis caminos con piedras sillares, ha torcido mis senderos. Ha quebrado mis dientes con guijarro, me ha revolcado en la ceniza.


MEDITACIÓN

La tradición de las tres caídas de Jesús y del peso de la cruz hace pensar en la caída de Adán ˆen nuestra condición de seres caídosˆ y en el misterio de la participación de Jesús en nuestra caída. Ésta adquiere en la historia for-mas siempre nuevas. En su primera carta, san Juan habla de tres obstáculos para el hombre: la concupiscencia de la carne, la concupiscencia de los ojos y la soberbia de la vida. Interpreta de este modo, desde la perspectiva de los vicios de su tiempo, con todos sus excesos y perversiones, la caída del hombre y de la humanidad. Pero podemos pensar también en cómo la cristiandad, en la historia reciente, como cansándose de tener fe, ha abandonado al Señor: las grandes ideologías y la superficialidad del hombre que ya no cree en nada y se deja llevar simplemente por la corriente, han creado un nuevo paganismo, un paganismo peor que, queriendo olvidar definitivamente a Dios, ha terminado por desentenderse del hombre. El hombre, pues, está sumido en la tierra. El Señor lleva este peso y cae y cae, para poder venir a nuestro encuentro; él nos mira para que despierte nuestro corazón; cae para levantarnos.


ORACIÓN

Señor Jesucristo, has llevado nuestro peso y continúas llevándolo. Es nuestra carga la que te hace caer. Pero levántanos tú, porque solos no podemos reincorporarnos. Líbranos del poder de la concupiscencia. En lugar de un corazón de piedra danos de nuevo un corazón de carne, un corazón capaz de ver. Destruye el poder de las ideologías, para que los hombres puedan reconocer que están entretejidas de mentiras. No permitas que el muro del materialismo llegue a ser insuperable. Haz que te reconozcamos de nuevo. Haznos sobrios y vigilantes para poder resistir a las fuerzas del mal y ayúdanos a reconocer las necesidades interiores y exteriores de los demás, a socorrerlos. Levántanos para poder levantar a los demás. Danos esperanza en medio de toda esta oscuridad, para que seamos portadores de esperanza para el mundo.



OCTAVA ESTACIÓN
Jesús encuentra a las mujeres de Jerusalén 


V /. Te adoramos o Cristo y te bendecimos.
R /. Que por tu Santa Cruz redimiste al mundo.

Lectura del Evangelio según San Lucas 23, 28-31

Jesús se volvió hacia ellas y les dijo: Hijas de Jerusalén, no lloréis por mí, llorad por vosotras y por vuestros hijos, porque mirad que llegará el día en que dirán: «dichosas las estériles y los vientres que no han dado a luz y los pechos que no han criado». Entonces empezarán a decirles a los montes: «Desplomaos sobre nosotros»; y a las colinas: «Sepultadnos»; porque si así tratan al leño verde, ¿qué pasará con el seco?


MEDITACIÓN

Oír a Jesús cuando exhorta a las mujeres de Jerusalén que lo siguen y lloran por él, nos hace reflexionar. ¿Cómo entenderlo? ¿Se tratará quizás de una advertencia ante una piedad puramente sentimental, que no llega a ser conversión y fe vivida? De nada sirve compadecer con palabras y sentimientos los sufrimientos de este mundo, si nuestra vida continúa como siempre. Por esto el Señor nos advierte del riesgo que corremos nosotros mismos. Nos muestra la gravedad del pecado y la seriedad del juicio. No obstante todas nuestras palabras de preocupación por el mal y los sufrimientos de los inocentes, ¿no estamos tal vez demasiado inclinados a dar escasa importancia al misterio del mal? En la imagen de Dios y de Jesús al final de los tiempos, ¿no vemos quizás únicamente el aspecto dulce y amoroso, mientras descuidamos tranquilamente el aspecto del juicio? ¿Cómo podrá Dios ˆpensamosˆ hacer de nuestra debilidad un drama? ¡Somos solamente hombres! Pero ante los sufrimientos del Hijo vemos toda la gravedad del pecado y cómo debe ser expiado del todo para poder superarlo. No se puede seguir quitando importancia al mal contemplando la imagen del Señor que sufre. También él nos dice: «No lloréis por mí; llorad más bien por vosotros... porque si así tratan al leño verde, ¿qué pasará con el seco?»


ORACIÓN

Señor, a las mujeres que lloran les has hablado de penitencia, del día del Juicio cuando nos encontremos en tu presencia, en presencia del Juez del mundo. Nos llamas a superar un concepción del mal como algo banal, con la cual nos tranquilizamos para poder continuar nuestra vida de siempre. Nos muestras la gravedad de nuestra responsabilidad, el peligro de encontrarnos culpables y estériles en el Juicio. Haz que caminemos junto a ti sin limitarnos a ofrecerte sólo palabras de compasión. Conviértenos y danos una vida nueva; no permitas que, al final, nos quedemos como el leño seco, sino que lleguemos a ser sarmientos vivos en ti, la vid verdadera, y que produzcamos frutos para la vida eterna (cf. Jn 15, 1-10).



NOVENA ESTACIÓN
Jesús cae por tercera vez 


V /. Te adoramos o Cristo y te bendecimos.
R /. Que por tu Santa Cruz redimiste al mundo.

Lectura del libro de las Lamentaciones 3, 27-32

Bueno es para el hombre soportar el yugo desde su juventud. Que se sienta solitario y silencioso, cuando el Señor se lo impone; que ponga su boca en el polvo: quizá haya esperanza; que tienda la mejilla a quien lo hiere, que se harte de oprobios. Porque el Señor no desecha para siempre a los humanos: si llega a afligir, se apiada luego según su inmenso amor.


MEDITACIÓN

¿Qué puede decirnos la tercera caída de Jesús bajo el peso de la cruz? Quizás nos hace pensar en la caída de los hombres, en que muchos se alejan de Cristo, en la tendencia a un secularismo sin Dios. Pero, ¿no deberíamos pensar también en lo que debe sufrir Cristo en su propia Iglesia? En cuántas veces se abusa del sacramento de su presencia, y en el vacío y maldad de corazón donde entra a menudo. ¡Cuántas veces celebramos sólo nosotros sin darnos cuenta de él! ¡Cuántas veces se deforma y se abusa de su Palabra! ¡Qué poca fe hay en muchas teorías, cuántas palabras vacías! ¡Cuánta suciedad en la Iglesia y entre los que, por su sacerdocio, deberían estar completamente entregados a él! ¡Cuánta soberbia, cuánta autosuficiencia! ¡Qué poco respetamos el sacramento de la Reconciliación, en el cual él nos espera para levantarnos de nuestras caídas! También esto está presente en su pasión. La traición de los discípulos, la recepción indigna de su Cuerpo y de su Sangre, es ciertamente el mayor dolor del Redentor, el que le traspasa el corazón. No nos queda más que gritarle desde lo profundo del alma: Kyrie, eleison ˆ Señor, sálvanos (cf Mt 8,25).


ORACIÓN

Señor, frecuentemente tu Iglesia nos parece una barca a punto de hundirse, que hace aguas por todas partes. Y también en tu campo vemos más cizaña que trigo. Nos abruman su atuendo y su rostro tan sucios. Pero los empañamos nosotros mismos. Nosotros quienes te traicionamos, no obstante los gestos ampulosos y las palabras altisonantes. Ten piedad de tu Iglesia: también en ella Adán, el hombre, cae una y otra vez. Al caer, quedamos en tierra y Satanás se alegra, porque espera que ya nunca podremos levantarnos; espera que tú, siendo arrastrado en la caída de tu Iglesia, quedes abatido para siempre. Pero tú te levantarás. Tú te has reincorporado, has resucitado y puedes levantarnos. Salva y santifica a tu Iglesia. Sálvanos y santifícanos a todos.



DÉCIMA ESTACIÓN
Jesús es despojado de sus vestiduras 


V /. Te adoramos o Cristo y te bendecimos.
R /. Que por tu Santa Cruz redimiste al mundo.

Lectura del Evangelio según San Mateo 27, 33 -36

Cuando llegaron al lugar llamado Gólgota (que quiere decir «La Calavera»), le dieron a beber vino mezclado con hiel; él lo probó, pero no quiso beberlo. Después de crucificarlo, se repartieron su ropa echándola a suertes y luego se sentaron a custodiarlo.


MEDITACIÓN

Jesús es despojado de sus vestiduras. El vestido confiere al hombre una posición social; indica su lugar en la sociedad, le hace ser alguien. Ser desnudado en público significa que Jesús no es nadie, no es más que un marginado, despreciado por todos. El momento de despojarlo nos recuerda también la expulsión del paraíso: ha desaparecido en el hombre el esplendor de Dios y ahora se encuentra en mundo desnudo y al descubierto, y se avergüenza. Jesús asume una vez más la situación del hombre caído. Jesús despojado nos recuerda que todos nosotros hemos perdido la «primera vestidura» y, por tanto, el esplendor de Dios. Al pie de la cruz los soldados echan a suerte sus míseras pertenencias, sus vestidos. Los evangelistas lo relatan con palabras tomadas del Salmo 21, 19 y nos indican así lo que Jesús dirá a los discípulos de Emaús: todo se cumplió «según las Escrituras». Nada es pura coincidencia, todo lo que sucede está dicho en la Palabra de Dios, confirmado por su designio divino. El Señor experimenta todas las fases y grados de la perdición de los hombres, y cada uno de ellos, no obstante su amargura, son un paso de la redención: así devuelve él a casa la oveja perdida. Recordemos también que Juan precisa el objeto del sorteo: la túnica de Jesús, «tejida de una pieza de arriba abajo» (Jn 19, 23). Podemos considerarlo una referencia a la vestidura del sumo sacerdote, que era «de una sola pieza», sin costuras (Flavio Josefo, Ant. jud., III, 161). Éste, el Crucificado, es de hecho el verdadero sumo sacerdote.


ORACIÓN

Señor Jesús, has sido despojado de tus vestiduras, expuesto a la deshonra, expulsado de la sociedad. Te has cargado de la deshonra de Adán, sanándolo. Te has cargado con los sufrimientos y necesidades de los pobres, aquellos que están excluidos del mundo. Pero es exactamente así como cumples la palabra de los profetas. Es así como das significado a lo que aparece privado de significado. Es así como nos haces reconocer que tu Padre te tiene en sus manos, a ti, a nosotros y al mundo. Concédenos un profundo respeto hacia el hombre en todas las fases de su existencia y en todas las situaciones en las cuales lo encontramos. Danos el traje de la luz de tu gracia.



UNDÉCIMA ESTACIÓN
Jesús clavado en la cruz 

V /. Te adoramos o Cristo y te bendecimos.
R /. Que por tu Santa Cruz redimiste al mundo.

Lectura del Evangelio según San Mateo 7, 37-42

Encima de la cabeza colocaron un letrero con la acusación: «Este es Jesús, el Rey de los judíos». Crucificaron con él a dos bandidos, uno a la derecha y otro a la izquierda. Los que pasaban, lo injuriaban y decían meneando la cabeza: «Tú que destruías el templo y lo reconstruías en tres días, sálvate a ti mismo; si eres Hijo de Dios, baja de la cruz». Los sumos sacerdotes con los letrados y los senadores se burlaban también diciendo: «A otros ha salvado y él no se puede salvar. ¿No es el Rey de Israel? Que baje ahora de la cruz y le creeremos».


MEDITACIÓN

Jesús es clavado en la cruz. La Sábana Santa de Turín nos permite hacernos una idea de la increíble crueldad de este procedimiento. Jesús no bebió el calmante que le ofrecieron: asume conscientemente todo el dolor de la crucifixión. Su cuerpo está martirizado; se han cumplido las palabras del Salmo: «Yo soy un gusano, no un hombre, vergüenza de la gente, desprecio del pueblo» (Sal 21, 27). «Como uno ante quien se oculta el rostro, era despreciado... Y con todo eran nuestros sufrimientos los que él llevaba y nuestros dolores los que soportaba» (Is 53, 3 ss). Detengámonos ante esta imagen de dolor, ante el Hijo de Dios sufriente. Mirémosle en los momentos de satisfacción y gozo, para aprender a respetar sus límites y a ver la superficialidad de todos los bienes puramente materiales. Mirémosle en los momentos de adversidad y angustia, para reconocer que precisamente así estamos cerca de Dios. Tratemos de descubir su rostro en aquellos que tendemos a despreciar. Ante el Señor condenado, que no quiere usar su poder para descender de la cruz, sino que más bien soportó el sufrimiento de la cruz hasta el final, podemos hacer aún otra reflexión. Ignacio de Antioquia, encadenado por su fe en el Señor, elogió a los cristianos de Esmirna por su fe inamovible: dice que estaban, por así decir, clavados con la carne y la sangre a la cruz del Señor Jesucristo (1,1). Dejémonos clavar a él, no cediendo a ninguna tentación de apartarnos, ni a las burlas que nos inducen a darle la espalda.


ORACIÓN

Señor Jesucristo, te has dejado clavar en la cruz, aceptando la terrible crueldad de este dolor, la destrucción de tu cuerpo y de tu dignidad. Te has dejado clavar, has sufrido sin evasivas ni compromisos. Ayúdanos a no desertar ante lo que debemos hacer. A unirnos estrechamente a ti. A desenmascarar la falsa libertad que nos quiere alejar de ti. Ayúdanos a aceptar tu libertad «comprometida» y a encontrar en la estrecha unión contigo la verdadera libertad.



DUODÉCIMA ESTACIÓN
Jesús muere en la cruz 


V /. Te adoramos o Cristo y te bendecimos.
R /. Que por tu Santa Cruz redimiste al mundo.

Lectura del Evangelio según San Juan 19, 19-20

Pilato escribió un letrero y lo puso encima de la cruz; en él estaba escrito: «Jesús el Nazareno, el Rey de los judíos». Leyeron el letrero muchos judíos, estaba cerca el lugar donde crucificaron a Jesús y estaba escrito en hebreo, latín y griego.

Del Evangelio según San Mateo 27, 45-50. 54

Desde el mediodía hasta la media tarde vinieron tinieblas sobre toda aquella región. A media tarde Jesús gritó: «Elí, Elí lamá sabaktaní», es decir: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?» Al oírlo algunos de los que estaban por allí dijeron: «A Elías llama éste». Uno de ellos fue corriendo; enseguida cogió una esponja empapada en vinagre y, sujetándola en una caña, le dio de beber. Los demás decían: «Déjalo, a ver si viene Elías a salvarlo». Jesús, dio otro grito fuerte y exhaló el espíritu. El centurión y sus hombres, que custodiaban a Jesús, al ver el terremoto y lo que pasaba dijeron aterrorizados: «Realmente éste era Hijo de Dios».

MEDITACIÓN

Sobre la cruz ˆen las dos lenguas del mundo de entonces, el griego y el latín, y en la lengua del pueblo elegido, el hebreoˆ está escrito quien es Jesús: el Rey de los judíos, el Hijo prometido de David. Pilato, el juez injusto, ha sido profeta a su pesar. Ante la opinión pública mundial se proclama la realeza de Jesús. Él mismo había declinado el título de Mesías porque habría dado a entender una idea errónea, humana, de poder y salvación. Pero ahora el título puede aparecer escrito públicamente encima del Crucificado. Efectivamente, él es verdaderamente el rey del mundo. Ahora ha sido realmente «ensalzado». En su descendimiento, ascendió. Ahora ha cumplido radicalmente el mandamiento del amor, ha cumplido el ofrecimiento de sí mismo y, de este modo, manifiesta al verdadero Dios, al Dios que es amor. Ahora sabemos que es Dios. Sabemos cómo es la verdadera realeza. Jesús recita el Salmo 21, que comienza con estas palabras: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?» (Sal 21, 2). Asume en sí a todo el Israel sufriente, a toda la humanidad que padece, el drama de la oscuridad de Dios, manifestando de este modo a Dios justamente donde parece estar definitivamente vencido y ausente. La cruz de Jesús es un acontecimiento cósmico. El mundo se oscurece cuando el Hijo de Dios padece la muerte. La tierra tiembla. Y junto a la cruz nace la Iglesia en el ámbito de los paganos. El centurión romano reconoce y entiende que Jesús es el Hijo de Dios. Desde la cruz, él triunfa siempre de nuevo.

ORACIÓN

Señor Jesucristo, en la hora de tu muerte se oscureció el sol. Constantemente estás siendo clavado en la cruz. En este momento histórico vivimos en la oscuridad de Dios. Por el gran sufrimiento, y por la maldad de los hombres, el rostro de Dios, tu rostro, aparece difuminado, irreconocible. Pero en la cruz te has hecho reconocer. Porque eres el que sufre y el que ama, eres el que ha sido ensalzado. Precisamente desde allí has triunfado. En esta hora de oscuridad y turbación, ayúdanos a reconocer tu rostro. A creer en ti y a seguirte en el momento de la necesidad y de las tinieblas. Muéstrate de nuevo al mundo en esta hora. Haz que se manifieste tu salvación.



DECIMOTERCERA ESTACIÓN
Jesús es bajado de la cruz y entregado a su Madre 


V /. Te adoramos o Cristo y te bendecimos.
R /. Que por tu Santa Cruz redimiste al mundo.

Lectura del Evangelio según San Mateo 27, 54-55

El centurión y sus hombres, que custodiaban a Jesús, al ver el terremoto y lo que pasaba dijeron aterrorizados: «Realmente éste era Hijo de Dios». Había allí muchas mujeres que miraban desde lejos, aquellas que habían seguido a Jesús desde Galilea para atenderle.


MEDITACIÓN

Jesús está muerto, de su corazón traspasado por la lanza del soldado romano mana sangre y agua: misteriosa imagen del caudal de los sacramentos, del Bautismo y de la Eucaristía, de los cuales, por la fuerza del corazón traspasado del Señor, renace siempre la Iglesia. A él no le quiebran las piernas como a los otros dos crucificados; así se manifiesta como el verdadero cordero pascual, al cual no se le debe quebrantar ningún hueso (cf Ex 12, 46). Y ahora que ha soportado todo, se ve que, a pesar de toda la turbación del corazón, a pesar del poder del odio y de la ruindad, él no está solo. Están los fieles. Al pie de la cruz estaba María, su Madre, la hermana de su Madre, María, María Magdalena y el discípulo que él amaba. Llega también un hombre rico, José de Arimatea: el rico logra pasar por el ojo de la aguja, porque Dios le da la gracia. Entierra a Jesús en su tumba aún sin estrenar, en un jardín: donde Jesús es enterrado, el cementerio se transforma en un vergel, el jardín del que había sido expulsado Adán cuando se alejó de la plenitud de la vida, de su Creador. El sepulcro en el jardín manifiesta que el dominio de la muerte está a punto de terminar. Y llega también un miembro del Sanedrín, Nicodemo, al que Jesús había anunciado el misterio del rena-cer por el agua y el Espíritu. También en el sanedrín, que había decidido su muerte, hay alguien que cree, que conoce y reconoce a Jesús después de su muerte. En la hora del gran luto, de la gran oscuridad y de la desesperación, surge misteriosamente la luz de la esperanza. El Dios escondido permanece siempre como Dios vivo y cercano. También en la noche de la muerte, el Señor muerto sigue siendo nuestro Señor y Salvador. La Iglesia de Jesucristo, su nueva familia, comienza a formarse.


ORACIÓN

Señor, has bajado hasta la oscuridad de la muerte. Pero tu cuerpo es recibido por manos piadosas y envuelto en una sábana limpia (Mt 27, 59). La fe no ha muerto del todo, el sol no se ha puesto totalmente. Cuántas veces parece que estés durmiendo. Qué fácil es que nosotros, los hombres, nos alejemos y nos digamos a nosotros mismos: Dios ha muerto. Haz que en la hora de la oscuridad reconozcamos que tú estás presente. No nos dejes solos cuando nos aceche el desánimo. Y ayúdanos a no dejarte solo. Danos una fidelidad que resista en el extravío y un amor que te acoja en el momento de tu necesidad más extrema, como tu Madre, que te arropa de nuevo en su seno. Ayúdanos, ayuda a los pobres y a los ricos, a los sencillos y a los sabios, para poder ver por encima de los miedos y prejuicios, y te ofrezcamos nuestros talentos, nuestro corazón, nuestro tiempo, preparando así el jardín en el cual puede tener lugar la resurrección.



DECIMOCUARTA ESTACIÓN
Jesús es puesto en el sepulcro 

V /. Te adoramos o Cristo y te bendecimos.
R /. Que por tu Santa Cruz redimiste al mundo.

Lectura del Evangelio según San Mateo 27, 59-61

José, tomando el cuerpo de Jesús, lo envolvió en una sábana limpia, lo puso en el sepulcro nuevo que se había excavado en una roca, rodó una piedra grande a la entrada del sepulcro y se marchó. María Magdalena y la otra María se quedaron allí sentadas enfrente del sepulcro.


MEDITACIÓN

Jesús, deshonrado y ultrajado, es puesto en un sepulcro nuevo con todos los honores. Nicodemo lleva una mezcla de mirra y áloe de cien libras para difundir un fragante perfume. Ahora, en la entrega del Hijo, como ocurriera en la unción de Betania, se manifiesta una desmesura que nos recuerda el amor generoso de Dios, la «sobreabundancia» de su amor. Dios se ofrece generosamente a sí mismo. Si la medida de Dios es la sobreabundancia, también para nosotros nada debe ser demasiado para Dios. Es lo que Jesús nos ha enseñado en el Sermón de la montaña (Mt 5, 20). Pero es necesario recordar también lo que san Pablo dice de Dios, el cual «por nuestro medio difunde en todas partes el olor de su conocimiento. Pues nosotros somos [...] el buen olor de Cristo» (2 Co 2, 14-15). En la descomposición de las ideologías, nuestra fe debería ser una vez más el perfume que conduce a las sendas de la vida. En el momento de su sepultura, comienza a realizarse la palabra de Jesús: « Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, dará mucho fruto» (Jn 12, 24). Jesús es el grano de trigo que muere. Del grano de trigo enterrado comienza la gran multiplica-ción del pan que dura hasta el fin de los tiempos: él es el pan de vida capaz de saciar sobreabundantemente a toda la humanidad y de darle el sustento vital: el Verbo de Dios, que es carne y también pan para nosotros, a través de la cruz y la resurrección. Sobre el sepulcro de Jesús resplandece el misterio de la Eucaristía.


ORACIÓN

Señor Jesucristo, al ser puesto en el sepulcro has hecho tuya la muerte del grano de trigo, te has hecho el grano de trigo que muere y produce fruto con el paso del tiempo hasta la eternidad. Desde el sepulcro iluminas para siempre la promesa del grano de trigo del que procede el verdadero maná, el pan de vida en el cual te ofreces a ti mismo. La Palabra eterna, a través de la encarnación y la muerte, se ha hecho Palabra cercana; te pones en nuestras manos y entras en nuestros corazones para que tu Palabra crezca en nosotros y produzca fruto. Te das a ti mismo a través de la muerte del grano de trigo, para que también nosotros tengamos el valor de perder nuestra vida para encontrarla; a fin de que también nosotros confiemos en la promesa del grano de trigo. Ayúdanos a amar cada vez más tu misterio eucarístico y a venerarlo, a vivir verdaderamente de ti, Pan del cielo. Auxílianos para que seamos tu perfume y hagamos visible la huella de tu vida en este mundo. Como el grano de trigo crece de la tierra como retoño y espiga, tampoco tú podías permanecer en el sepulcro: el sepulcro está vacío porque el Padre no te «entregó a la muerte, ni tu carne conoció la corrupción» (Hch 2, 31; Sal 15, 10). No, tú no has conocido la corrupción. Has resucitado y has abierto el corazón de Dios a la carne transformada. Haz que podamos alegrarnos de esta esperanza y llevarla gozosamente al mundo, para ser de este modo testigos de tu resurrección. 

La Iglesia permanece vigilante junto a la cruz del Señor.



"Está Cumplido". E, inclinado la cabeza, entregó el espíritu.



Oficio Viernes Santo. Pasión de Nuestro Señor Jesucristo.


- Introducción.

· El sacerdote se postra y la asamblea se arrodilla; oran en silencio.

· Oración ante el pueblo (no dice “oremos”):

Oh Dios, tu Hijo, Jesucristo, Señor nuestro, por medio de su pasión ha
destruido la muerte que, como consecuencia del antiguo pecado, a todos los
hombres alcanza. Concédenos hacernos semejantes a él. De este modo, los
que hemos llevado grabada, por exigencia de la naturaleza humana, la
imagen de Adán, el hombre terreno, llevaremos grabada en adelante, por la
acción santificadora de tu gracia, la imagen de Jesucristo, el hombre
celestial. Que vive y reina por los siglos de los siglos. Amén.

- LITURGIA DE LA PALABRA

Lectura del libro del Profeta Isaías (52,13-53,12)

Mirad, mi siervo tendrá éxito, subirá y crecerá mucho.
Como muchos se espantaron de él, porque desfigurado no parecía hombre, ni tenía
aspecto humano; así asombrará a muchos pueblos: ante él los reyes cerrarán la boca,
al ver algo inenarrable y contemplar algo inaudito.
¿Quién creyó nuestro anuncio?
¿A quién se reveló el brazo del Señor?
Creció en su presencia como un brote, como raíz en tierra árida, sin figura, sin
belleza.
Lo vimos sin aspecto atrayente, despreciado y evitado por los hombres, como un
hombre de dolores, acostumbrado a sufrimientos, ante el cual se ocultan los rostros;
despreciado y desestimado.
Él soportó nuestros sufrimientos y aguantó nuestros dolores; nosotros lo estimamos
leproso, herido de Dios y humillado, traspasado por nuestras rebeliones, triturado por
nuestros crímenes.
Nuestro castigo saludable vino sobre él, sus cicatrices nos curaron.
Todos errábamos como ovejas, cada uno siguiendo su camino, y el Señor cargó sobre
él todos nuestros crímenes.
Maltratado, voluntariamente se humillaba y no abría la boca; como un cordero llevado
al matadero, como oveja ante el esquilador, enmudecía y no abría la boca.
Sin defensa, sin justicia se lo llevaron. ¿Quién meditó en su destino?
Lo arrancaron de la tierra de los vivos, por los pecados de mi pueblo lo hirieron.
Le dieron sepultura con los malhechores; porque murió con los malvados, aunque no
había cometido crímenes, ni hubo engaño en su boca.
El Señor quiso triturarlo con el sufrimiento.
Cuando entregue su vida como expiación, verá su descendencia, prolongará sus años;
lo que el Señor quiere prosperará por sus manos.
A causa de los trabajos de su alma, verá y se hartará; con lo aprendido, mi siervo
justificará a muchos, cargando con los crímenes de ellos.
Por eso le daré una parte entre los grandes, con los poderosos tendrá parte en los
desposos; porque expuso su vida a la muerte y fue contado entre los pecadores, y él
tomó el pecado de muchos e intercedió por los pecadores.

SALMO RESPONSORIAL (Sal 30, 2 y 6. 12-13.15-16.17 y 25)

R. Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu.
A ti, Señor, me acojo:
no quede yo defraudado;
tú que eres justo, ponme a salvo.
A tus manos encomiendo mi espíritu:
tú, el Dios leal, me librarás.
Soy la burla de todos mis enemigos,
la irrisión de mis vecinos,
el espanto de mis conocidos;
me ven por la calle y escapan de mí.
Me han olvidado como a un muerto,
me han desechado como un cacharro inútil.
Pero yo confío en ti, Señor,
te digo: "Tú eres mi Dios."
En tu mano están mis azares;
líbrame de los enemigos que me persiguen.
Haz brillar tu rostro sobre tu siervo,
sálvame por tu misericordia.
Sed fuertes y valientes de corazón,
los que esperáis en el Señor.

Lectura de la carta a los Hebreos (4,14-16; 5,7-9)

Hermanos:
Tenemos un Sumo Sacerdote que penetró los cielos -Jesús, el hijo de Dios-.
Mantengamos firmes la fe que profesamos.
Pues no tenemos un Sumo Sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras
flaquezas, sino probado en todo, igual que nosotros, excepto en el pecado.
Acerquémonos por tanto, confiadamente al trono de gracia, al fin de alcanzar
misericordia y hallar gracia para ser socorridos en tiempo oportuno.
Cristo, en los días de su vida mortal, a gritos y con lágrimas, presentó oraciones y
súplicas al que podía salvarlo de la muerte, y fue escuchado por su actitud reverente.
Él, a pesar de ser Hijo, aprendió, sufriendo, a obedecer. Y, llevado a la consumación,
se ha convertido para todos los que le obedecen en autor de salvación eterna.

VERSÍCULO ANTES DEL EVANGELIO.
Cristo, por nosotros, se sometió incluso a la muerte, y una muerte de cruz. Por eso
Dios lo levantó sobre todo, y le concedió el “Nombre –sobre-todo-nombre”. (Flp 2,8-9)

EVANGELIO:

Pasión de nuestro Señor Jesucristo según San Juan (18,1-19,42)
(No se inciensa ni se dice "El Señor esté con vosotros, ni se signa el libro)

C. En aquel tiempo, Jesús salió con sus discípulos al otro lado del torrente Cedrón,
donde había un huerto, y entraron allí él y sus discípulos. Judas, el traidor, conocía
también el sitio, porque Jesús se reunía allí a menudo con sus discípulos. Judas
entonces, tomando la patrulla y unos guardias de los sumos sacerdotes y de los
fariseos, entró allá con faroles, antorchas y armas. Jesús, sabiendo todo lo que venía
sobre él, se adelantó y les dijo:
J. -¿A quién buscáis?
C. Le contestaron,.
S. -A Jesús el Nazareno.
C. Les dijo Jesús:
J. -Yo soy.
C. Estaba también con ellos Judas el traidor. Al decirles «Yo soy», retrocedieron y
cayeron a tierra. Les preguntó otra vez.
J. -¿A quién buscáis?
C. Ellos dijeron:
S. -A Jesús el Nazareno.
C. Jesús contestó:
J. -Os he dicho que soy yo. Si me buscáis a mí, dejad marchar a éstos.
C. Y así se cumplió lo que había dicho: «No he perdido ninguno de los que me diste».
Entonces Simón Pedro, que llevaba una espada, la sacó e hirió al criado del sumo
sacerdote, cortándole la oreja derecha. Este criado se llamaba Malco. Dijo entonces
Jesús a Pedro:
J. -Mete la espada en la vaina. El cáliz que me ha dado mi Padre, ¿no lo voy a beber?
C. La patrulla, el tribuno y los guardias de los judíos prendieron a Jesús, lo ataron y lo
llevaron primero a Anás, porque era suegro de Caifás, sumo sacerdote aquel año, el
que había dado a los judíos este consejo: «Conviene que muera un solo hombre por
el pueblo».
Silencio y pausa.
Simón Pedro y otro discípulo seguían a Jesús. Ese discípulo era conocido del sumo
sacerdote y entró con Jesús en el palacio del sumo sacerdote, mientras Pedro se
quedó fuera, a la puerta. Salió el otro discípulo, el conocido del sumo sacerdote, habló
a la portera e hizo entrar a Pedro. La portera dijo entonces a Pedro:
S. -¿No eres tú también d los discípulos de ese hombre?
C. El dijo:
S. No lo soy.
C. Los criados y los guardias habían encendido un brasero, porque hacía frío, y se
calentaban. También Pedro es taba con ellos de pie, calentándose. El sumo sacerdote
interrogó a Jesús acerca de sus discípulos y de la doctrina. Jesús le contestó:
J. -Yo he hablado abiertamente al mundo: yo he enseñado continuamente en la
sinagoga y en el templo, donde se reúnen todos los judíos, y no he dicho nada a
escondidas. ¿Por qué me interrogas a mí? lnterroga a los que me han oído, de qué les
he hablado. Ellos saben lo que he dicho yo.
C. Apenas dijo esto, uno de los guardias que estaba allí le dio una bofetada a Jesús,
diciendo:
S. -¿Así contestas al sumo sacerdote?
C. Jesús respondió:
J. -Si he faltado en el hablar, muestra en qué he faltado; pero si he hablado como se
debe, ¿por qué me pegas?
C. Entonces Anás lo envió a Caifás, sumo sacerdote. Simón Pedro estaba de pie,
calentándose, y le dijeron:
S. -¿No eres tú también de sus discípulos?
C. El lo negó diciendo:
S. -No lo soy.
C. Uno de los criados de] sumo sacerdote, pariente de aquel a quien Pedro le cortó la
oreja, le dijo:
S. -¿No te he visto yo con él en el huerto?
C. Pedro volvió a negar, y en seguida cantó un gallo. Llevaron a Jesús de casa de
Caifás al Pretorio. Era el amanecer y ellos no entraron en el Pretorio para no incurrir
en impureza y poder así comer la Pascua. Salió Pilato afuera, adonde estaban ellos, y
dijo:
S. -¿Qué acusación presentáis contra este hombre?
C. Le contestaron:
S. -Si éste no fuera un malhechor no te lo entregaríamos.
C. Pilato les dijo:
S. Lleváoslo vosotros y juzgadlo según vuestra ley.
C. Los judíos le dijeron:
S. -No estamos autorizados para dar muerte a nadie.
C. Y así se cumplió lo que había dicho Jesús, indicando de qué muerte iba a morir.
Entró otra vez Pilato en el Pretorio, llamó a Jesús y le dijo:
S. -¿Eres tú el rey de los judíos?
C. Jesús le contestó:
J. -¿Dices eso por tu cuenta o te lo han dicho otros de mí?
C. Pilato replicó:
S. -¿Acaso soy yo judío? Tu gente y los sumos sacerdotes te han entregado a mí;
¿qué has hecho?
C. Jesús le contestó:
J. -Mi reino no es de este mundo. Si mi reino fuera de este mundo, mi guardia habría
luchado para que no cayera en manos de los judíos. Pero mi reino no es de aquí.
C. Pilato le dijo:
S. -Conque ¿tú eres rey?
C. Jesús le contestó:
J. -Tú lo dices: Soy rey. Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo; para
ser testigo de la verdad. Todo el que es de la verdad escucha mi voz.
C. Pilato le dijo:
S. -Y, ¿qué es la verdad?
C. Dicho esto, salió otra vez donde estaban los judíos y les dijo:
S. -Yo no encuentro en El ninguna culpa. Es costumbre entre vosotros que por Pascua
ponga a uno en libertad. ¿Queréis que os suelte al rey de los judíos?
C. Volvieron a gritar:
S. -A ése no, a Barrabás.
C. El tal Barrabás era un bandido.
Entonces Pilato tomó a Jesús y lo mandó azotar. Y los soldados trenzaron una corona
de espinas se la pusieron en la cabeza y le echaron por encima un manto color
púrpura; y, acercándose a El, le decían:
S. -¡Salve, rey de los judíos!
C. Y le daban bofetadas. Pilato salió otra vez afuera y les dijo:
S. -Mirad, os lo saco afuera, para que sepáis que no encuentro en El ninguna culpa.
C. Y salió Jesús afuera, llevando la corona de espinas y el manto color púrpura. Pilato
les dijo:
S. -Aquí lo tenéis.
C. Cuando lo vieron los sacerdotes y los guardias gritaron:
S. -¡Crucifícalo, crucifícalo!
C. Pilato les dijo:
S. -Lleváoslo vosotros y crucificadlo, porque yo no encuentro culpa en él.
C. Los judíos le contestaron:
S. -Nosotros tenemos una ley, y según esa ley tiene que morir, porque se ha
declarado Hijo de Dios.
C. Cuando Pilato oyó estas palabras, se asustó aún más y, entrando otra vez en el
Pretorio, dijo a Jesús:
S. -¿De dónde eres tú?
C. Pero Jesús no le dio respuesta. Y Pilato le dijo:
S. -¿A mí no me hablas? ¿No sabes que tengo autoridad para soltarte y autoridad
para crucificarte?
C. Jesús le contestó:
J. -No tendrías ninguna autoridad sobren mí si no te la hubieran dado de lo alto. Por
eso el que me ha entregado a ti tiene un pecado mayor.
C. Desde este momento Pilato trataba de soltarlo, Pero los judíos gritaban:
S. -Si sueltas a ése, no eres amigo del César. Todo el que se declara rey está contra
el César.
C. Pilato entonces, al oír estas palabras, sacó afuera a Jesús y lo sentó en el tribunal,
en el sitio que llaman «El Enlosado» (en hebreo Gábbata). Era el día de la Preparación
de la Pascua, hacia el mediodía. Y dijo Pilato a los judíos:
S. -Aquí tenéis a vuestro Rey.
C. Ellos gritaron:
S. -¡Fuera, fuera; crucifícalo!
C. Pilato les dijo:
S. -¿A vuestro rey voy a crucificar?
C. Contestaron los sumos sacerdotes:
S. -No tenemos más rey que al César.
C. Entonces se lo entregó para que lo crucificaran.
Silencio y pausa
Tomaron a Jesús, y él, cargando con la cruz, salió al sitio llamado "de la Calavera"
(que en hebreo se dice Gólgota), donde lo crucificaron; y con El a otros dos, uno a
cada lado, y en medio Jesús. Y Pilato escribió un letrero y lo puso encima de la cruz;
en él estaba escrito: «Jesús el Nazareno, el rey de los judíos». Leyeron el letrero
muchos judíos, porque estaba cerca el lugar donde crucificaron a Jesús y estaba
escrito en hebreo, latín y griego. Entonces los sumos sacerdotes de los judíos le
dijeron a Pilato:
S. -No escribas «El rey de los judíos», sino «Este ha dicho:"Soy el rey de los judíos"».
C. Pilato les contestó:
S. -Lo escrito, escrito está.
C. Los soldados, cuando crucificaron a Jesús, cogieron su ropa, haciendo cuatro
partes, una para cada soldado, y apartaron la túnica. Era una túnica sin costura,
tejida toda de una pieza de arriba abajo. Y se dijeron:
S. -No la rasguemos, sino echemos a suerte, a ver a quien le toca.
C. Así se cumplió la Escritura: «Se repartieron mis ropas y echaron a suerte mi
túnica». Esto hicieron los soldados. Junto a la cruz de Jesús estaba su madre, la
hermana de su madre, María, la de Cleofás, y María, la Magdalena. Jesús, al ver a su
madre y cerca al discípulo que tanto quería, dijo su madre:
J. -Mujer, ahí tienes a tu hijo.
C. Luego dijo al discípulo:
J. -Ahí tienes a tu madre.
C. Y desde aquella hora, el discípulo la recibió en su casa. Después de esto, sabiendo
Jesús que todo había llegado a su término, para que se cumpliera la Escritura dijo:
J. -Tengo sed.
C. Había allí un jarro lleno de vinagre. Y, sujetando una esponja empapada en vinagre
a una caña de hisopo, se la acercaron a la boca. Jesús, cuando tomó el vinagre, dijo:
J. -Está cumplido.
C. E, inclinando la cabeza, entregó el espíritu.
Silencio y pausa.
Los judíos entonces, como era el día de la Preparación, para que no se quedaran los
cuerpos en la cruz el sábado, porque aquel sábado era un día solemne, pidieron a
Pilato que les quebraran las piernas y que los quitaran. Fueron los soldados, le
quebraron las piernas al primero y luego al otro que habían crucificado con él; pero al
llegar a Jesús, viendo que ya había muerto, no le quebraron las piernas, sino que uno
de los soldados, con la lanza, le traspasó el costado, y al punto salió sangre y agua. El
que lo vio da testimonio y su testimonio es verdadero, y él sabe que dice verdad,
para que también vosotros creáis. Esto ocurrió para que se cumpliera la Escritura:
«No le quebrarán un hueso»; y en otro lugar la Escritura dice: «Mirarán al que
atravesaron». Después de esto, José de Arimatea, que era discípulo clandestino de
Jesús por miedo a los judíos, pidió a Pilato que le dejara llevarse el cuerpo de Jesús. Y
Pilato lo autorizó. El fue entonces y se llevó el cuerpo. Llegó también Nicodemo, el
que había ido a verlo de noche, y trajo unas cien libras de una mixtura de mirra y
áloe. Tomaron el cuerpo de Jesús y lo vendaron todo, con los aromas, según se
acostumbra a enterrar entre los judíos. Había un huerto en el sitio donde lo
crucificaron, y en el huerto sepulcro nuevo donde nadie había sido enterrado todavía.
Y como para los judíos era el día de la Preparación, y el sepulcro estaba cerca,
pusieron allí a Jesús.

Breve homilía

- ORACIÓN UNIVERSAL

I. Por la santa Iglesia

Oremos, hermanos, por la Iglesia santa de Dios, para que el Señor le dé la paz, la
mantenga en la unidad, la proteja en toda la tierra, y a todos nos conceda una vida
confiada y serena, para gloria de Dios, Padre todopoderoso.

Oración en silencio. Prosigue el sacerdote:

Dios todopoderoso y eterno, que en Cristo manifiestas tu gloria a todas las naciones,
vela solícito por la obra de tu amor, para que la Iglesia, extendida por todo el mundo,
persevere con fe inquebrantable en la confesión de tu nombre. Por Jesucristo nuestro
Señor. AMEN

II Por el Papa

Oremos también por nuestro Santo Padre, para que Dios, que lo
llamó al orden episcopal, lo asista y proteja para bien de la Iglesia como guía del
Pueblo santo de Dios.

Oración en silencio. Prosigue el sacerdote:

Dios todopoderoso y eterno, cuya sabiduría gobierna todas las cosas, atiende
bondadoso nuestras súplicas y protege al Papa, para que el pueblo cristiano,
gobernado por ti bajo el cayado del Sumo Pontífice, progrese siempre en la fe. Por
Jesucristo nuestro Señor. AMEN

III. Por todos los ministros y por los fieles

Oremos también por nuestro Obispo Francisco y su Obispo auxiliar; por todos los
Obispos, presbíteros y diáconos, y por todos los miembros del pueblo santo de Dios.

Oración en silencio. Prosigue el sacerdote:

Dios todopoderoso y eterno, cuyo Espíritu santifica y gobierna todo el cuerpo de la
Iglesia, escucha las súplicas que te dirigimos por todos sus ministros, para que, con la
ayuda de tu gracia, cada uno te sirva fielmente en la vocación a que le has llamado.
Por Jesucristo nuestro Señor. AMEN.

IV. Por los catecúmenos

Oremos también por (nuestros) los catecúmenos, para que Dios nuestro Señor les
ilumine interiormente, les abra con amor las puertas de la Iglesia, y así encuentren en
el bautismo el perdón de sus pecados y la incorporación plena, a Cristo nuestro
Señor.

Oración en silencio. Prosigue el sacerdote:

Dios todopoderoso y eterno, que haces fecunda a tu Iglesia dándole constantemente
nuevos hijos; acrecienta la fe y la sabiduría de los catecúmenos para que puedan ser
contados entre tus hijos. Por JNS.

V. Por la unidad de los cristianos

Oremos también por todos aquellos hermanos nuestros que creen en Cristo, para que
Dios nuestro Señor asista y congregue en una sola Iglesia a cuantos viven de acuerdo
con la verdad que han conocido.

Oración en silencio. Prosigue el sacerdote:

Dios todopoderoso y eterno, que vas reuniendo a tus hijos dispersos y velas por la
unidad ya lograda, mira con amor a toda la grey que sigue a Cristo, para que la
integridad de la fe y el vínculo de la caridad congregue en una sola Iglesia los que
consagró un solo bautismo. Por Jesucristo nuestro Señor. AMEN

VI. Por los judíos

Oremos también por el pueblo judío, el primero a quien Dios habló desde antiguo por
los profetas, para que el Señor acreciente en ellos el amor de su Nombre y la fidelidad
a la Alianza que selló con sus padres.

Oración en silencio. Prosigue el sacerdote:

Dios todopoderoso y eterno, que confiaste tus promesas a Abraham y su
descendencia; escucha con piedad las súplicas de tu Iglesia, para que el pueblo de la
primera Alianza llegue a conseguir en plenitud la redención. Por Jesucristo nuestro
Señor. AMEN

VII. Por los que no creen en Cristo

Oremos por los que no creen en Cristo, para que, iluminados por el Espíritu Santo,
encuentren también ellos el camino de la salvación.

Oración en silencio. Prosigue el sacerdote:

Dios todopoderoso y eterno, concede a quienes no creen en Cristo que, viviendo con
sinceridad ante ti, lleguen al conocimiento pleno de la verdad, y a nosotros
concédenos también que, progresando en la caridad fraterna y en el deseo de
conocerte más, seamos ante el mundo testigos más convincentes de tu amor. Por
Jesucristo nuestro Señor. AMEN

VIII. Por los que no creen en Dios

Oremos también por los que no admiten a Dios, para que por la rectitud y sinceridad
de su vida alcancen el premio de llegar a El.

Oración en silencio. Prosigue el sacerdote:

Dios todopoderoso y eterno, que creaste a todos los hombres para que te busquen y,
cuando te encuentren, descansen en ti, concédeles que, en medio de sus dificultades,
los signos de tu amor y el testimonio de los creyentes les lleve al gozo de reconocerte
como Dios y Padre de todos los hombres. Por Jesucristo nuestro Señor. AMEN.

IX. Por los gobernantes

Oremos también por los gobernantes de todas las naciones, para que Dios nuestro
Señor, según sus designios, les guíe en sus pensamientos y decisiones hacia la paz y
libertad d todos los hombres.

Oración en silencio. Prosigue el sacerdote:

Dios todopoderoso y eterno, que tienes en tus manos el destino de todos los hombres
y los derechos de todos los pueblos, asiste a los que gobiernan, para que, por tu
gracia, se logre en todas las naciones la paz, el desarrollo y la libertad religiosa de
todos los hombres. Por Jesucristo nuestro Señor. AMEN.

X. Por los atribulados

Oremos, hermanos, a Dios Padre todopoderoso, por todos los que en el mundo sufren
las consecuencias del pecado, para que cure a los enfermos, dé alimento a los que
padecen hambre, libere de la injusticia a los perseguidos, redima a los encarcelados,
conceda volver a casa a los emigrantes y desterrados, proteja a los que viajan, y dé
la salvación a los moribundos.

Oración en silencio. Prosigue el sacerdote

Dios todopoderoso y eterno, consuelo de los que lloran, fuerza de los que sufren,
lleguen hasta ti las súplicas de quienes te invocan en su tribulación, para que sientan
en sus adversidades la ayuda de tu misericordia. Por Jesucristo nuestro Señor. AMEN

- Segunda parte

ADORACIÓN DE LA SANTA CRUZ

(Se prepara la cruz tapada y se va descubriendo cantando “mirad el árbol de la cruz,
donde estuvo clavada la salvación del mundo-venid a adorarlo”. Se acompaña con dos
cirios y se da a adorar al pueblo; mientras se canta)

· Monición:

Ha llegado el momento de expresar con un signo nuestros sentimientos de adoración
y amor hacia nuestro Señor Jesucristo. Besando la Cruz, expresamos que hacemos
nuestra, la vida y la muerte de Jesús. Una vida que se entrega por amor de los
demás y acepta el sufrimiento que ello conlleva...

Tercera parte

SAGRADA COMUNION
(Se extiende el mantel y se ponen las velas sobre el altar. Se traen las hostias
consagradas el día anterior, y se colocan sobre el altar)

· Fieles a la recomendación del Señor y siguiendo su divina enseñanza, nos atrevemos
a decir: Padrenuestro...

· Líbranos Señor, de todos los males y concédenos la paz en nuestros días para que,
ayudados por tu misericordia, vivamos siempre libres de pecado y protegidos de toda
perturbación mientras esperamos la gloriosa venida de nuestro Salvador Jesucristo.
Tuyo es el reino...

. Este es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Dichosos los llamados a
esta cena.

- Señor, no soy digno de que entres en mi casa, pero una palabra tuya bastará para
sanarme.

(Se distribuye la comunión a los fieles)

ORACIÓN después de la Comunión:
Dios todopoderoso, rico en misericordia, que nos has renovado con la gloriosa muerte
y resurrección de Jesucristo, no dejes de tu mano la obra que has comenzado en
nosotros, para que nuestra vida, por la comunión en este misterio, se entregue con
verdad en tu servicio. Por Jesucristo, nuestro Señor. AMEN.

ORACIÓN sobre el pueblo.

Que tu bendición, Señor, descienda con abundancia sobre este pueblo, que ha
celebrado la muerte de tu Hijo con la esperanza de su santa resurrección; venga
sobre él tu perdón, concédele tu consuelo, acrecienta su fe, y consolida el él la
redención eterna. Por Jesucristo nuestro Señor. AMEN.

(Todos salen en silencio. El altar se desnuda en el momento oportuno)

Reflexión. Viernes Santo.


Ayer, Jueves Santo, celebrábamos el día del Amor fraterno.
Jesús elige el momento para enseñar a sus discípulos, que no solamente se actúa con la palabra, sino, que lo esencial es son los actos. Él predicó, hizo gestos de milagros, curó… Pero, lo importante es que ayer, estando a la mesa con sus discípulos, tomo pan, lo partió y se lo dio a ellos diciendo: “Tomad y Comed esto es mi Cuerpo”. Cogiendo una copa, a punto de terminar la cena, se la pasó diciendo: “Tomad y Bebed, esta es mi Sangre derramada por vosotros y por muchos. Haced esto, en memoria mía”.
Y se ciñó una toalla y se puso a lavar los pies a todos.

Hoy, Viernes Santo, vuelve hacer el último gesto de AMOR supremo. Entrega su vida, muere por la salvación de todos y cada uno de nosotros. Parece que todo ha terminado, que la muerte todo lo rompe. Cae la esperanza, las confianzas… Pero, la última palabra no la tiene la muerte, ni el último ruido es los golpes del mazo clavando a Jesús en la Cruz. No hay vida, sin muerte. Acompañemos fielmente a Jesús en estas horas de dolor de su Pasión y de su Muerte.

Esta celebración, no es una Misa, sino, que se le llama Oficio.
La oración de los fieles, tienen una características particular, ya que no es como habitualmente se hace. Es una oración-petición, un rezo universal por todos y para todos.
Adoraremos la Santa Cruz de nuestro Señor Jesucristo, que es el centro de la celebración de hoy.
Pasaremos a comulgar, y nos despediremos… Todo es austeridad, silencio y tristeza.

En la Primera Lectura del Profeta Isaías, nos presenta el sufrimiento y el sacrificio expiatorio. El siervo es presentado como el que sufre por consecuencia de los pecados de todos. Habla de “nosotros”, son sus sufrimientos que vienen de Yahvé, pero traen la sanación y la justicia. Como apreciamos en la lectura, y mucho tiempo hemos tenido teológicamente y eclesialmente hablando esa imagen de Dos enfadado, castigado e indignado por nuestros pecados, en Cristo Jesús, se nos muestra otro Dios radicalmente opuesto. Un Dios cercano, que perdona, que sufre con el que sufre. Dios es amor y perdón.

En la Segunda Lectura de la Carta a los Hebreos, nos enseña como para aquellas personas, todo lo relacionado con la transcendencia y la santidad que se atribuían a Dios, hacía imposible el contacto con los hombres y mujeres con Dios. Nos presenta un contexto religioso lejano, distante, que solamente podían acceder las categorías sacerdotales con unos determinados requisitos. Por eso, al final del mismo texto, muestra a un Jesús, cercano, como sumo sacerdote, uno que ha penetrado los cielos y nos abre las puertas a todos por iguales.
Con Cristo, se ha acabado las categorías, las distancias… Todos somos acogidos por Dios sin discriminación.

En la Pasión de Jesucristo, según San Juan, nos muestra a un Jesús que muere en la preparación a la Pascua, coincidiendo con el momento en que los corderos eran sacrificados.
Resalto del texto la última frase que Jesús dice en la Cruz: “Todo está cumplido”. Un cumplimiento, en que Jesús se ha entregado por completo, ha derramado toda la sangre que tiene, es la prueba máxima del AMOR, no hay más que se pueda hacer.
En la Cruz, Jesús nos muestra la voluntad y la acción de Dios en favor de los que no cuentan, de los últimos de la sociedad. La llamada de Jesús, el ejemplo de entregarse hasta no quedar una gota de aliento ni de sangre, es a una entrega ilusionada, una llamada sincera, coherente y fiel… A veces, podremos ser uno de tantos de los amigos de Jesús que pensaremos que es una locura, que es un sinsentido, pero, ahí sigue estando Él en una Cruz que guarda la Vida, nos otorga salvación y se ha entregado por AMOR a todos nosotros.
De la entrega nace la verdadera Vida.

Que junto con María, la Virgen, sepamos estar al pie de la Cruz sin dudar.
Ella, fiel seguidora que estuvo en todo momento acompañado a su Hijo, sea para todos nosotros ejemplo de coherencia, fortaleza y fidelidad para todos los que crucificados de nuestro mundo, donde Jesús hoy, se hace presente.
Que así sea.


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http://www.revistaecclesia.com/esta-cumplido-por-fray-jose-borja/

13 abril 2017

Jueves Santo. "No he venido a ser servido sino a servir".



Reflexión Jueves Santo.


Hoy, Jueves Santo, vamos a celebrar con gozo la entrega de AMOR más sincera y verdadera que se haya dado en toda la historia de la humanidad. Jesús, reuniendo a sus discípulos, en la cena, nos deja un memorial, un alimento que nos da la salvación. Nos ofrece verdaderamente su cuerpo y su sangre.
Él, no ha venido a ser servido, sino a servir. Por eso, se ciñe una toalla y en señal de humildad se pone a lavar los pies de sus discípulos, aunque alguno se niegue.

También recordemos que Cristo instituye el orden sacerdotal en ese mismo momento. Ser “otro Cristo”, conlleva besar las manos de los que son últimos, los que son marginados…
No se puede ser un buen sacerdote sino se sirve desde la humildad y el último puesto como Cristo lo hizo.
Que Jesús, buen Pastor ayude a todos los sacerdotes a ser verdaderos servidores en medio del mundo.

En la Primera Lectura del Libro del Éxodo, Recordamos que Israel es un pueblo que no ha nacido bajo triunfo, sino que ha sido un pueblo de esclavitud tanto política como social.
Por eso, Dios, empeñado en su liberación, posibilita la vida y la libertad. De aquí, a que nos narre los “ingredientes” que da Moisés a los judíos para que celebren la Cena Pascual, que rituales tienen que seguir, y como tiene que llevarse a cabo. Moisés es “antesala” a Jesús.

En la Segunda Lectura de la Carta de Pablo a los Corintios, nos relata las palabas de la consagración. Es el texto más antiguo sobre la tradición de la Última Cena de Jesús con sus discípulos. Las primeras comunidades Cristianas cuando se reunían, celebraban comidas comunes y hacían memoria de Jesús en la última cena.
En los Evangelios de Marcos, Mateo y Lucas, que son los llamados “Sinópticos” nos relatan exactamente lo mismo. El único matiz que tiene, es que, no dicen que sea una cena Pascual. Pero, volviendo al texto, Pablo quiere corregir a la comunidad que está en crisis por la división de los hermanos y la desigualdad entre ellos. Eso hace que vayan en contra de la comunión y el cuerpo de Cristo esté dividido.

En el Evangelio de Juan, nos narra el lavatorio de los pies: Expresión del mayor amor sin límite. En la comunidad Joánica, se nos habla de que Jesús lava los pies a Pedro, en un contexto de una comida por la noche. Posteriormente salen hacia el huerto, lugar en que Jesús será apresado. Los discípulos no entendían que estaba haciendo Jesús. Pero, seguramente ninguno se atrevía a decirle nada, hasta que Pedro le preguntó.
Para Jesús, “amar hasta el extremo” significa dar lo más preciado que puede tener una persona por amor hacia los demás. Esto se resume en dar la vida. Por eso, hoy, Jesús les quiso enseñar con su ejemplo, de primera persona que amar es servir. No se puede amar siendo servido, sino, que amar es darse a los demás. Amar es estar en el último puesto. Por eso, el lavatorio de los pies, nos enseña tantos significados, que podías estar horas y horas diciendo.

Pidamos a la Virgen María, que interceda por nosotros ante su Hijo, para que nos ayude a despojarnos de nuestros egoísmos, de nuestras comodidades… y sepamos estar al servicio de los más necesitados de nuestro entorno y Amar de verdad al prójimo.


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Con el Jueves Santo, comenzamos el Triduo Pascual.


¿Qué es el Triduo Pascual?

El triduo comienza con la misa vespertina de la cena del Señor, alcanza su cima en la vigilia pascual y se cierra con las vísperas del domingo de pascua.

Esos tres días, que comienzan con la misa vespertina del jueves santo y concluyen con la oración de vísperas del domingo de pascua, forman una unidad, y como tal deben ser considerados.
Por consiguiente, la pascua cristiana consiste esencialmente en una celebración de tres días, que comprende las partes sombrías y las facetas brillantes del misterio salvífico de Cristo.
Las diferentes fases del misterio pascual se extienden a lo largo de los tres días como en un tríptico: cada uno de los tres cuadros ilustra una parte de la escena; juntos forman un todo.
Cada cuadro es en sí completo, pero debe ser visto en relación con los otros dos.

Interesa saber que tanto el viernes como el sábado santo, oficialmente, no forman parte de la cuaresma. Según el nuevo calendario, la cuaresma comienza el miércoles de ceniza y concluye el jueves santo, excluyendo la misa de la cena del Señor 1. El viernes y el sábado de la semana santa no son los últimos dos días de cuaresma, sino los primeros dos días del "sagrado triduo".

Catequesis de ayer miércoles del Papa Francisco: "La Cruz nos trae Esperanza".


Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

El domingo pasado hemos hecho memoria del ingreso de Jesús en Jerusalén, entre las aclamaciones festivas de los discípulos y de mucha gente. Esa gente ponía en Jesús muchas esperanzas: muchos esperaban de Él milagros y grandes signos, manifestaciones de poder e incluso la liberación de los enemigos dominantes. ¿Quién de ellos habría imaginado que dentro de poco Jesús habría sido en cambio humillado, condenado y asesinado en la cruz? Las esperanzas terrenas de esa gente se derrumbaron delante de la cruz. Pero nosotros creemos que justamente en el Crucificado nuestra esperanza ha renacido. Las esperanzas terrenas caen ante la cruz, pero renacen esperanzas nuevas, aquellas esperanzas que duran por siempre. Es una esperanza diversa esta que nace de la cruz. Es una esperanza diversa de aquellas que se derrumban, de aquellas del mundo. Pero ¿De qué esperanza se trata, esta esperanza que nace de la cruz?

Nos puede ayudar a entenderlo lo que dice Jesús justamente después de haber entrado a Jerusalén: «Les aseguro que si el grano de trigo que cae en la tierra no muere, queda solo; pero si muere, da mucho fruto» (Jn 12,24). Tratemos de pensar en un grano o en una pequeña semilla, que cae en el terreno. Si permanece cerrado en sí mismo, no sucede nada; si en cambio se fracciona, se abre, entonces da vida a una espiga, a un retoño, y después a una planta y una planta que dará fruto.

Jesús ha traído al mundo una esperanza nueva y lo ha hecho a la manera de la semilla: se ha hecho pequeño, pequeño, pequeño como un grano de trigo; ha dejado su gloria celestial para venir entre nosotros: ha “caído en la tierra”. Pero todavía no era suficiente. Para dar fruto, Jesús ha vivido el amor hasta el extremo, dejándose fragmentar por la muerte como una semilla se deja fragmentar bajo la tierra. Justamente ahí, en el punto extremo de su anonadamiento – que es también el punto más alto del amor – ha germinado la esperanza. Si alguno de ustedes me pregunta: ¿Cómo nace la esperanza? Yo respondo: “De la cruz. Mira la cruz, mira al Cristo Crucificado y de ahí te llegara la esperanza que no desaparece jamás, aquella que dura hasta la vida eterna. Y esta esperanza ha germinado justamente por la fuerza del amor: porque el amor que «todo lo espera, todo lo soporta» (1 Cor 13,7), el amor que es la vida de Dios ha renovado todo lo que ha alcanzado. Así, en la Pascua, Jesús ha transformado, tomándolo en sí, nuestro pecado en perdón. Pero escuchen bien como es la transformación que hace la Pascua: Jesús ha transformado nuestro pecado en perdón, nuestra muerte en resurrección, nuestro miedo en confianza. Es por esto, que en la cruz, ha nacido y renace siempre nuestra esperanza; es por esto que con Jesús toda nuestra oscuridad puede ser transformada en luz, toda derrota en victoria, toda desilusión en esperanza. Toda: sí, toda. La esperanza supera todo, porque nace del amor de Jesús que se ha hecho como el grano de trigo caído en la tierra y ha muerto para dar vida y de esa vida llena de amor viene la esperanza.

Cuando elegimos la esperanza de Jesús, poco a poco descubrimos que el modo de vivir vencedor es aquel de la semilla, aquel del amor humilde. No hay otra vía para vencer el mal y dar esperanza al mundo. Pero ustedes pueden decirme: “No, es una lógica equivocada”. Parecería así, que es una lógica frustrada, porque quien ama pierde poder. ¿Han pensado en esto? Quien ama pierde poder, quien dona, se despoja de algo y amar es un don. En realidad la lógica de la semilla que muere, del amor humilde, es la vía de Dios, y sólo esta da fruto. Lo vemos también en nosotros: poseer impulsa siempre a querer algo más: he obtenido una cosa para mí y enseguida quiero otra más grande, y así, no estoy jamás satisfecho. Es una sed terrible, ¿eh? Cuanto más tengo, más quiero. Es feo. Quien es ávido no se sacia jamás. Y Jesús lo dice de modo claro: «El que ama su vida, la perderá» (Jn 12,25). Tú eres codicioso, amas tener tantas cosas, pero perderás todo, también la vida, es decir: quien ama lo propio y vive por sus intereses se hincha sólo de sí y pierde. En cambio, quien acepta, es disponible y sirve, vive según el modo de Dios: entonces es vencedor, salva a sí mismo y a los demás; se convierte en semilla de esperanza para el mundo. Pero es bello ayudar a los demás, servir a los demás. Tal vez, nos cansaremos, ¿eh? La vida es así, pero el corazón se llena de alegría y de esperanza. Y esto es el amor y la esperanza juntos: servir, dar.

Claro, este amor verdadero pasa a través de la cruz, el sacrificio, como para Jesús. La cruz es el paso obligatorio, pero no es la meta, es un paso: la meta es la gloria, como nos muestra la Pascua. Y aquí nos ayuda otra imagen bellísima, que Jesús ha dejado a los discípulos durante la Última Cena. Dice: «La mujer, cuando va a dar a luz, siente angustia porque le llegó la hora; pero cuando nace el niño, se olvida de su dolor, por la alegría que siente al ver que ha venido un hombre al mundo» (Jn 16,21). Es esto: donar la vida, no poseerla. Y esto es aquello que hacen las mamás: dan otra vida, sufren, pero luego son felices, gozosas porque han dado otra vida. Da alegría; el amor da a la luz la vida y da incluso sentido al dolor. El amor es el motor que hace ir adelante nuestra esperanza. Lo repito: el amor es el motor que hace ir adelante nuestra esperanza. Y cada uno de nosotros puede preguntarse: ¿Amo? ¿He aprendido a amar? ¿Aprendo todos los días a amar más?, porque el amor es el motor que hace ir adelante nuestra esperanza.

Queridos hermanos y hermanas, en estos días, días de amor, dejémonos envolver por el misterio de Jesús que, como un grano de trigo, muriendo nos dona la vida. Es Él la semilla de nuestra esperanza. Contemplemos al Crucificado, fuente de esperanza. Poco a poco entenderemos que esperar con Jesús es aprender a ver ya desde ahora la planta en la semilla, la Pascua en la cruz, la vida en la muerte. Pero yo quisiera darles una tarea para la casa. A todos nos hará bien detenernos ante el Crucificado – todos ustedes tienen uno en casa – mirarlo y decirle: “Contigo nada está perdido. Contigo puedo siempre esperar. Tú eres mi esperanza”. Imaginando ahora al Crucificado y todos juntos decimos a Jesús Crucificado, tres veces: “Tú eres mi esperanza”. Todos: “Tú eres mi esperanza”. Más fuerte: “Tú eres mi esperanza”. Más fuerte: “Tú eres mi esperanza”. Gracias.


(Roma. 12-03-2017)

11 abril 2017

Por mí has hecho esta locura...


Cuando pienso en ti, en aquel madero me doy cuenta que mi peso está allí
en esa cruz. Sentir ahora mi deuda pagada, por ti, cancelada y esto lo has hecho por mí, sólo por mí.

Cuando pienso en ti, en la muerte Vida, descubro que mi paz está allí, dentro de ti porque has sufrido la desilusión, toda lucha y división y esto lo has hecho por mí, sólo por mí.

Por mí has hecho esta locura, por mí, por mí y es en verdad algo tan grande que no puedo dejar de gritar que: SIN TI MI CAMINO NO ENCUENTRA UN DESTINO, SIN TI.
SIN TI YA NO EXISTE PAZ QUE COLME MI VIDA SIN TI… VIVO POR TI.

Contemplarte ahí, Rey del universo, y descubrir que mi paz está allí, en tu por qué, porque aquel dolor que yo no he aceptado ahora Tú lo has transformado, y esto lo has hecho por mí, sólo por mí.

Cuando pienso que tienes sed de amor y descubro que todo surge allí, nace de ti y de tu dolor florece ahora una luz que invade el mundo, y esto lo has hecho por mí, sólo por mí.

09 abril 2017

Evangelio. Domingo de Ramos.


Pasión de Nuestro Señor Jesucristo según San Mateo 26, 14 - 27, 66.

Narrador: Cuando se acercaban a Jerusalén y llegaron a Betfagé, junto al monte de los Olivos, Jesús mandó dos discípulos, diciéndoles.
Jesús: Id a la aldea de enfrente, encontraréis enseguida una borrica atada con su pollino, desatadlos y traédmelos. Si alguien os dice algo, contestadle que el Señor los necesita y los devolverá pronto.
Narrador: Esto ocurrió para que se cumpliese lo que dijo el profeta: "Decid a la hija de Sión: 'Mira a tu rey, que viene a ti, humilde, montado en un asno, en un pollino, hijo de acémila'."
Fueron los discípulos e hicieron lo que les había mandado Jesús: trajeron la borrica y el pollino, echaron encima sus mantos, y Jesús se montó.
La multitud extendió sus mantos por el camino; algunos cortaban ramas de árboles y alfombraban la calzada. Y la gente que iba delante y detrás gritaba:
Multitud: ¡Hosanna al Hijo de David! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor! ¡Hosanna en el cielo!
Narrador: Al entrar en Jerusalén, toda la ciudad preguntaba alborotada:
Pueblo: ¿Quién es éste?
Narrador: La gente que venía con él decía.
Multitud: Es Jesús, el Profeta de Nazaret de Galilea.
Narrador: Uno de los Doce, llamado Judas Iscariote, fue a los sumos sacerdotes y les propuso:
Judas: «¿Qué estáis dispuestos a darme, si os lo entrego?»
Narrador: Ellos se ajustaron con él en treinta monedas. Y desde entonces andaba buscando ocasión propicia para entregarlo. El primer día de los Ázimos se acercaron los discípulos a Jesús y le preguntaron:
Discípulos: «¿Dónde quieres que te preparemos la cena de Pascua?»
Narrador: Él contestó
Jesús: «Id a la ciudad, a casa de Fulano, y decidle: "El Maestro dice: Mi momento está cerca; deseo celebrar la Pascua en tu casa con mis discípulos."»
Narrador: Los discípulos cumplieron las instrucciones de Jesús y prepararon la Pascua. Al atardecer se puso a la mesa con los Doce. Mientras comían dijo:
Jesús: «Os aseguro que uno de vosotros me va a entregar.»
Narrador: Ellos, consternados, se pusieron a preguntarle uno tras otro:
Discípulos: «¿Soy yo acaso, Señor?»
Narrador: Él respondió:
Jesús: «El que ha mojado en la misma fuente que yo, ése me va a entregar. El Hijo del hombre se va, como está escrito de él; pero, ¡ay del que va a entregar al Hijo del hombre!; más le valdría no haber nacido. »
Narrador: Entonces preguntó Judas, el que lo iba a entregar:
Judas: «¿Soy yo acaso, Maestro?»
Narrador: Él respondió:
Jesús: «Tú lo has dicho.»
Narrador: Durante la cena, Jesús cogió pan, pronunció la bendición, lo partió y lo dio a sus discípulos, diciendo:
Jesús: «Tomad, comed: esto es mi cuerpo.»
Narrador: Y, cogiendo una copa, pronunció la acción de gracias y se la dio, diciendo:
Jesús: «Bebed todos; porque ésta es mi sangre, sangre de la alianza, derramada por todos para el perdón de los pecados. Y os digo que no beberé más del fruto de la vid, hasta el día que beba con vosotros el vino nuevo en el reino de mi Padre.»
Narrador: Cantaron el salmo y salieron para el monte de los Olivos.
Entonces Jesús les dijo:
Jesús: «Esta noche vais a caer todos por mi causa, porque está escrito: "Heriré al pastor, y se dispersarán las ovejas del rebaño." Pero cuando resucite, iré antes que vosotros a Galilea.»
Narrador: Pedro replicó:
Pedro: «Aunque todos caigan por tu causa, yo jamás caeré.»
Narrador: Jesús le dijo:
Jesús: “Te aseguro que esta noche, antes que el gallo cante, me negarás tres veces.”
Narrador: Pedro le replicó:
Pedro: «Aunque tenga que morir contigo, no te negaré.»
Narrador: Y lo mismo decían los demás discípulos. Entonces Jesús fue con ellos a un huerto, llamado Getsemaní, y les dijo:
Jesús: «Sentaos aquí, mientras voy a orar.»
Narrador: Y, llevándose a Pedro y a los dos hijos de Zebedeo, empezó a entristecerse y a angustiarse. Entonces dijo:
Jesús: «Me muero de tristeza: quedaos aquí y velad conmigo.»
Narrador: Y, adelantándose un poco, cayó rostro en tierra y oraba diciendo:
Jesús: «Padre mío, si es posible, que pase y se aleje de mí ese cáliz. Pero no se haga lo que yo quiero, sino lo que tú quieres.»
Narrador: Y se acercó a los discípulos y los encontró dormidos. Dijo a Pedro:
Jesús: «¿No habéis podido velar una hora conmigo? Velad y orad para no caer en la tentación, pues el espíritu es decidido, pero la carne es débil. »
Narrador: De nuevo se apartó por segunda vez y oraba diciendo:
Jesús: «Padre mío, si este cáliz no puede pasar sin que yo lo beba, hágase tu voluntad.»
Narrador: Y, viniendo otra vez, los encontró dormidos, porque tenían los ojos cargados. Dejándolos de nuevo, por tercera vez oraba, repitiendo las mismas palabras. Luego se acercó a sus discípulos y les dijo:
Jesús: «Ya podéis dormir y descansar. Mirad, está cerca la hora, y el Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los pecadores. ¡Levantaos, vamos! Ya está cerca el que me entrega.»
Narrador: Todavía estaba hablando, cuando apareció Judas, uno de los Doce, acompañado de un tropel de gente, con espadas y palos, mandado por los sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo. El traidor les había dado esta contraseña:
Judas: «Al que yo bese, ése es; detenedlo.»
Narrador: Después se acercó a Jesús y le dijo:
Judas: «¡Salve, Maestro!»
Narrador: Y lo besó. Pero Jesús le contestó:
Jesús: «Amigo, ¿a qué vienes?»
Narrador: Entonces se acercaron a Jesús y le echaron mano para detenerlo. Uno de los que estaban con él agarró la espada, la desenvainó y de un tajo le cortó la oreja al criado del sumo sacerdote. Jesús le dijo:
Jesús: «Envaina la espada; quien usa espada, a espada morirá. ¿Piensas tú que no puedo acudir a mi Padre? Él me mandaría en seguida más de doce legiones de ángeles. Pero entonces no se cumpliría la Escritura, que dice que esto tiene que pasar.»
Narrador: Entonces dijo Jesús a la gente:
Jesús: «¿Habéis salido a prenderme con espadas y palos, como a un bandido? A diario me sentaba en el templo a enseñar y, sin embargo, no me detuvisteis.»
Narrador: Todo esto ocurrió para que se cumpliera lo que escribieron los profetas. En aquel momento todos los discípulos lo abandonaron y huyeron. Los que detuvieron a Jesús lo llevaron a casa de Caifás, el sumo sacerdote, donde se habían reunido los escribas y los ancianos. Pedro lo seguía de lejos, hasta el palacio del sumo sacerdote, y, entrando dentro, se sentó con los criados para ver en qué paraba aquello.
Los sumos sacerdotes y el sanedrín en pleno buscaban un falso testimonio contra Jesús para condenarlo a muerte y no lo encontraban, a pesar de los muchos falsos testigos que comparecían. Finalmente, comparecieron dos, que dijeron:
Testigo: «Éste ha dicho: "Puedo destruir el templo de Dios y reconstruirlo en tres días."»
Narrador: El sumo sacerdote se puso en pie y le dijo:
Sumo Sacerdote: «¿No tienes nada que responder? ¿Qué son estos cargos que levantan contra ti?»
Narrador: Pero Jesús callaba. Y el sumo sacerdote le dijo:
Sumo Sacerdote: «Te conjuro por Dios vivo a que nos digas si tú eres el Mesías, el Hijo de Dios.»
Narrador: Jesús le respondió:
Jesús: «Tú lo has dicho. Más aún, yo os digo: Desde ahora veréis que el Hijo del hombre está sentado a la derecha del Todopoderoso y que viene sobre las nubes del cielo.»
Narrador: Entonces el sumo sacerdote rasgó sus vestiduras, diciendo:
Sumo Sacerdote: «Ha blasfemado. ¿Qué necesidad tenemos ya de testigos? Acabáis de oír la blasfemia. ¿Qué decidís?»
Narrador: Y ellos contestaron:
Pueblo: «Es reo de muerte.»
Narrador: Entonces le escupieron a la cara y lo abofetearon; otros lo golpearon, diciendo:
Pueblo: «Haz de profeta, Mesías; ¿quién te ha pegado?»
Narrador: Pedro estaba sentado fuera en el patio, y se le acercó una criada y le dijo:
Pueblo: «También tú andabas con Jesús el Galileo.»
Narrador: Él lo negó delante de todos, diciendo:
Pedro: «No sé qué quieres decir.»
Narrador: Y, al salir al portal, lo vio otra y dijo a los que estaban allí:
Pueblo: «Éste andaba con Jesús el Nazareno. »
Narrador: Otra vez negó él con juramento:
Pedro: «No conozco a ese hombre.»
Narrador: Poco después se acercaron los que estaban allí y dijeron a Pedro:
Pueblo: «Seguro; tú también eres de ellos, te delata tu acento.»
Narrador: Entonces él se puso a echar maldiciones y a jurar, diciendo:
Pedro: «No conozco a ese hombre.»
Narrador: Y en seguida cantó un gallo. Pedro se acordó de aquellas palabras de Jesús: «Antes de que cante el gallo, me negarás tres veces.» Y, saliendo afuera, lloró amargamente. Al hacerse de día, todos los sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo se reunieron para preparar la condena a muerte de Jesús. Y, atándolo, lo llevaron y lo entregaron a Pilato, el gobernador. Entonces Judas, el traidor, al ver que habían condenado a Jesús, sintió remordimiento y devolvió las treinta monedas de plata a los sumos sacerdotes y ancianos, diciendo:
Judas: «He pecado, he entregado a la muerte a un inocente.»
Narrador: Pero ellos dijeron:
Sumo Sacerdote: «¿A nosotros qué? ¡Allá tú!»
Narrador: Él, arrojando las monedas en el templo, se marchó; y fue y se ahorcó. Los sumos sacerdotes, recogiendo las monedas, dijeron:
Sumo Sacerdote: «No es lícito echarlas en el arca de las ofrendas, porque son precio de sangre.»
Narrador: Y, después de discutirlo, compraron con ellas el Campo del Alfarero para cementerio de forasteros. Por eso aquel campo se llama todavía «Campo de Sangre». Así se cumplió lo escrito por Jeremías, el profeta:
«Y tomaron las treinta monedas de plata,
el precio de uno que fue tasado,
según la tasa de los hijos de Israel,
y pagaron con ellas el Campo del Alfarero,
como me lo había ordenado el Señor.»
Jesús fue llevado ante el gobernador, y el gobernador le preguntó:
Pilato: «¿Eres tú el rey de los judíos?»
Narrador: Jesús respondió:
Jesús: «Tú lo dices.»
Narrador: Y, mientras lo acusaban los sumos sacerdotes y los ancianos, no contestaba nada. Entonces Pilato le preguntó:
Pilato: «¿No oyes cuántos cargos presentan contra ti?»
Narrador: Como no contestaba a ninguna pregunta, el gobernador estaba muy extrañado. Por la fiesta, el gobernador solía soltar un preso, el que la gente quisiera. Había entonces un preso famoso, llamado Ba¬rrabás. Cuando la gente acudió, les dijo Pilato:
Pilato: «¿A quién queréis que os suelte, a Barrabás o a Jesús, a quien llaman el Mesías?»
Narrador: Pues sabía que se lo habían entregado por envidia. Y, mientras estaba sentado en el tribunal, su mujer le mandó a decir:
Mujer de Pilato: «No te metas con ese justo, porque esta noche he sufrido mucho soñando con él.»
Narrador: Pero los sumos sacerdotes y los ancianos convencieron a la gente que pidieran el indulto de Barrabás y la muerte de Jesús.
El gobernador preguntó:
Pilato: «¿A cuál de los dos queréis que os suelte?»
Narrador: Ellos dijeron:
Multitud: «A Barrabás.»
Narrador: Pilato les preguntó:
Pilato: «¿Y qué hago con Jesús, llamado el Mesías?»
Narrador: Contestaron todos:
Multitud: «Que lo crucifiquen.»
Narrador: Pilato insistió:
Pilato: «Pues, ¿qué mal ha hecho?»
Narrador: Pero ellos gritaban más fuerte:
Multitud:«¡Que lo crucifiquen! »
Narrador: Al ver Pilato que todo era inútil y que, al contrario, se estaba formando un tumulto, tomó agua y se lavó las manos en presencia de la multitud, diciendo:
Pilato: «Soy inocente de esta sangre. ¡Allá vosotros!»
Narrador: Y el pueblo entero contestó:
Multitud: «¡Su sangre caiga sobre nosotros y sobre nuestros hijos!»
Narrador: Entonces les soltó a Barrabás; y a Jesús, después de azotarlo, lo entregó para que lo crucificaran. Los soldados del gobernador se llevaron a Jesús al pretorio y reunieron alrededor de él a toda la compañía: lo desnudaron y le pusieron un manto de color púrpura y, trenzando una corona de espinas, se la ciñeron a la cabeza y le pusieron una caña en la mano derecha. Y, doblando ante él la rodilla, se burlaban de él, diciendo:
Soldados: «¡ Salve, rey de los judíos!»
Narrador: Luego le escupían, le quitaban la caña y le golpeaban con ella la cabeza. Y, terminada la burla, le quitaron el manto, le pusieron su ropa y lo llevaron a crucificar. Al salir, encontraron a un hombre de Cirene, llamado Simón, y lo forzaron a que llevara la cruz.
Cuando llegaron al lugar llamado Gólgota (que quiere decir: «La Calavera»), le dieron a beber vino mezclado con hiel; él lo probó, pero no quiso beberlo. Después de crucificarlo, se repartieron su ropa, echándola a suertes, y luego se sentaron a custodiarlo. Encima de su cabeza colocaron un letrero con la acusación: «Éste es Jesús, el rey de los judíos». Crucificaron con él a dos bandidos, uno a la derecha y otro a la izquierda. Los que pasaban lo injuriaban y decían, meneando la cabeza:
Soldados: «Tú que destruías el templo y lo reconstruías en tres días, sálvate a ti mismo; si eres Hijo de Dios, baja de la cruz.»
Narrador: Los sumos sacerdotes con los escribas y los ancianos se burlaban también, diciendo:
Soldados: «A otros ha salvado, y él no se puede salvar. ¿No es el rey de Israel? Que baje ahora de la cruz, y le creeremos. ¿No ha confiado en Dios? Si tanto lo quiere Dios, que lo libre ahora. ¿No decía que era Hijo de Dios?»
Narrador: Hasta los bandidos que estaban crucificados con él lo insultaban. Desde el mediodía hasta la media tarde, vinieron tinieblas sobre toda aquella región. A media tarde, Jesús gritó:
Jesús: «Elí, Elí, lamá sabaktaní. »
Narrador: Es decir: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?»
Al oírlo, algunos de los que estaban por allí dijeron:
Soldados: «A Elías llama éste.»
Narrador: Uno de ellos fue corriendo; en seguida, cogió una esponja empapada en vinagre y, sujetándola en una caña, le dio a beber.
Los demás decían:
Soldados: «Déjalo, a ver si viene Elías a salvarlo.»
Narrador: Jesús dio otro grito fuerte y exhaló el espíritu.
Entonces, el velo del templo se rasgó en dos, de arriba abajo; la tierra tembló, las rocas se rajaron. Las tumbas se abrieron, y muchos cuerpos de santos que habían muerto resucitaron. Después que él resucitó, salieron de las tumbas, entraron en la Ciudad santa y se aparecieron a muchos. El centurión y sus hombres, que custodiaban a Jesús, al ver el terremoto y lo que pasaba, dijeron aterrorizados:
Centurión Romano: «Realmente éste era Hijo de Dios.»
Narrador: Había allí muchas mujeres que miraban desde lejos, aquellas que habían seguido a Jesús desde Galilea para atenderlo; entre ellas, María Magdalena y María, la madre de Santiago y José, y la madre de los Zebedeos. Al anochecer, llegó un hombre rico de Arimatea, llamado José, que era también discípulo de Jesús. Este acudió a Pilato a pedirle el cuerpo de Jesús. Y Pilato mandó que se lo entregaran. José, tomando el cuerpo de Jesús, lo envolvió en una sábana limpia, lo puso en el sepulcro nuevo que se había excavado en una roca, rodó una piedra grande a la entrada del sepulcro y se marchó. María Magdalena y la otra María se quedaron allí, sentadas enfrente del sepulcro. A la mañana siguiente, pasado el día de la Preparación, acudieron en grupo los sumos sacerdotes y los fariseos a Pilato y le dijeron:
Sumo Sacerdote: «Señor, nos hemos acordado que aquel impostor, estando en vida, anunció: "A los tres días resucitaré." Por eso, da orden de que vigilen el sepulcro hasta el tercer día, no sea que vayan sus discípulos, roben el cuerpo y digan al pueblo: "Ha resucitado de entre los muertos." La última impostura sería peor que la primera.»
Narrador: Pilato contestó:
Pilato: «Ahí tenéis la guardia: id vosotros y asegurad la vigilancia como sabéis.»
Narrador: Ellos fueron, sellaron la piedra y con la guardia aseguraron la vigilancia del sepulcro.
Palabra del Señor.

Reflexión. Domingo de Ramos.


¡Viva el Hijo de David!
¡Bendito el que viene en nombre del Señor!
¡Viva el Altísimo!

Con estas aclamaciones del Evangelio de Mateo en la procesión de entrada, comenzamos la Semana Santa. Hoy, Domingo de Ramos, celebramos la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén. Después de bendecir los ramos en la puerta de la Iglesia, entramos con alegría y júbilo cantando “Hosanna al Hijo de David” y recordamos a Jesús humilde, montado en un pollino y acompañado de sus paisanos.
Hoy, se abre la puerta hacia los pilares importantes de nuestra fe: la Resurrección. Pero no podemos olvidar, que antes de la alegría pascual, hay que acompañar a Jesús en el dolor y el sufrimiento camino del Calvario.
Abramos nuestro corazón y pongamos empeño en vivir una verdadera semana santa.

En la Primera Lectura del Profeta Isaías, veremos como el Señor nunca abandona al que sufre. Él, siempre está al lado del que sufre, tiende una mano, da una palabra de aliento y nos acoge en sus brazos, aunque no se perciba en ese momento.
Ser fiel a Dios y aceptar su voluntad, conlleva a veces ser rechazo por el resto de las personas, inclusive, ser perseguido por tener fe. Este texto, nos ayuda a reflexionar sobre el sentido que tiene la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesús. Cuando se está desanimado, se sufre o se pasa mal, es cuando más hay que tener una estrecha relación con Dios. Ser fiel en todos los acontecimientos y circunstancias.

En la Segunda Lectura de Pablo a los Filipenses, es un himno que se usa bastante en la liturgia de las horas, y seguramente, sea uno de los que Pablo más usó. Aquí nos habla de que Jesús ante todo fue humilde, no hizo alardeó de su categoría de Dios, al revés, fue tanto su amor por nosotros, que fue en todo exacto como nosotros, menos en el pecado. Lloró ante la muerte de un amigo, tuvo compresión de las personas que más lo necesitaban, lo maltrataron, y murió cruelmente. Pero, como dije antes, Dios se pone de parte de los hombres y mujeres, se hace uno de nosotros y lucha contra toda injusticia. Es fiel a los valores del Reino. Renuncia a toda clase de poder y estatus y coge como trono real la Cruz. Desde ese momento, el amor se hace entrega plena, hasta la última gota de sangre.

En la Pasión de nuestro Señor Jesucristo según San Mateo, nos recuerda después de haber entrado triunfal en Jerusalén, la mayor entrega de amor que ha conocido el ser humano.
Leemos todo el relato de la Pasión, y vemos como el evangelista presenta a Jesús como el Siervo que sufre injustamente: Jesús es golpeado, abofeteado, escupido, insultado. Muere Jesús y Dios se manifiesta: el templo se rasga en dos, la tierra tiembla…
Mateo nos dice, que Dios estaba con Jesús en la Cruz, no deja solo a su hijo. Podremos pensar que vaya “faena”, ha sido un rechazo histórico, Jesús muere, ¿y después qué?
Pero esta parte tiene dos pilares: la fe y la confianza del Hijo en el Padre. Todo llegará a su momento. En medio de la soledad y el sufrimiento, Dios en Jesús es quién tiene la última palabra. La muerte será vencida, el sufrimiento será consolado, la vida será el motor.

Pidamos a la Virgen María, fiel seguidora de Cristo, que interceda por nosotros ante su Hijo, para que, a pesar de nuestras caídas, y de nuestros miedos, sigamos al lado (como ella estuvo) de tantas personas que lo están pasando mal, que mueren por culpa de la violencia, del hambre, de la desesperación. Que la Virgen María nos ayude a vivir un fructífera semana santa.
Que así sea.


Más en:
http://www.revistaecclesia.com/domingo-de-ramos-por-fray-jose-borja/

Comenzamos la Semana Santa.


08 abril 2017

Meditación de la Semana Santa.


Hermanos y hermanas,

Un año más nos preparamos para vivir la Semana Santa.
Comenzamos con la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén, puerta que nos llevará hasta los misterios más profundos (Pasión, Muerte y Resurrección) y que son cimientos de nuestra fe.
Veremos a Jesús que entra acompañado de las personas y niños. No como un emperador, sino con la humildad que le va a caracterizar en los días venideros. Subido a un pollino, el pueblo agitando palmas y cantando himnos de victoria proclaman ¡Hosanna! ¡Hosanna!.

En este domingo se bendecirán ramos y palmas en nuestras Parroquias, y cada lugar será un nueva puerta de Jerusalén. Que esta humildad con la que Jesús abre “su semana” sepamos vivirla en cada una de nuestras comunidades y dejemos que Cristo entre victorioso en nuestras vidas.

El Jueves Santo, día importante, porque Jesús instituye la Eucaristía. Hace un gesto, que resume toda su vida: lava los pies de sus discípulos y los besa.
La viga que soporta este día es el mandamiento del Amor. De ahí que nazca el sacramento del Orden Sacerdotal. Un sacramento, que debe ser espejo de ese Cristo que se parte, se reparte y se entrega por toda la humanidad en servicio a los más necesitados. Cristo no vino a ser servido, sino a servir. Su traje es la humildad.
Después de la Misa de la Cena del Señor, se lleva en procesión el Copón con el Santísimo, y se reserva en el monumento (Sagrario) adornado con más velas y flores de lo habitual.

Cuando nos postremos ante el Monumento, que nos ayudará a adorar a Cristo Eucaristía, y con el clima de oración que caracteriza este día, recemos por todos los sacerdotes para que en sus vidas y ministerios sean otro Cristo en medio de este mundo. Que el dogma y la norma de sus celebraciones sea la caridad y la acogida hacia lo más pobres.

El Viernes Santo, después de visitar por la mañana los diversos monumentos, y ver que nuestros altares están desnudos, sin flores y a oscuras (excepto el lugar donde está el monumento) llega la hora por la tarde de celebrar el Santo Oficio. No hay Misa.
El sacerdote, junto con los ministros se postran en el suelo como señal de humildad antes Dios.
Celebramos la Pasión y la Muerte de Jesús. Un día de luto, donde el silencio y los signos litúrgicos nos muestran que Cristo está muerto, pero que pronto será Resucitado.
Antes de venerar la Santa Cruz, con ella tapada, se irá cantando por tres veces “Mirad el árbol de la Cruz, donde estuvo clavada la salvación del mundo” y todos responden “Venid a Adorarlo” y todos los fieles la veneran.
Se viste el altar con un mantel sencillo, y se pasa al rito de la comunión, se comulga y se termina con una oración. No se da la bendición.

Este día de luto, después de haber pedido por todas las necesidades de la Iglesia y de tierra santa, reflexionemos sobre el misterio de la muerte, que todos hemos experimentado en alguna ocasión. No hay resurrección sin muerte, sin sufrimiento. Contemplemos a Cristo en la Cruz junto con María, su madre y los discípulos, que por ser fiel y coherente, y por la salvación de todos, padeció en la cruz.

Después de un día, donde las Iglesias permanecen cerradas y de luto por la muerte del Señor, llega la noche del Sábado Santo.
Una noche, donde se pasa de la oscuridad de la muerte a la Luz resplandeciente de Cristo que no se queda en el sepulcro, sino, que ha sido Resucitado. Una noche donde todas las cadenas de la muerte se rompen, la noche es más clara que el día, y es una noche donde todos los pecados se lavan, porque vuelven a levantarse los caídos, la alegría a los tristes, la concordia se impone al odio y la Iglesia entera se inunda de alegría, porque, una columna de fuego ilumina todo.

Una noche, donde la en la puerta de la Iglesia se hace una pequeña hoguera y al bendecirla, se enciende el Cirio Pascual, y se reparte la Luz de Cristo mientras se canta por tres veces: “Luz de Cristo” y todos responden “Demos gracias a Dios” y todos entran al templo a oscuras, iluminados solamente con las velas y el cirio primero. Al llegar al Altar se proclama con júbilo el Pregón Pascual, y comienza la liturgia de la Palabra desde la creación del mundo.
Antes de las lecturas del Nuevo Testamento, se canta con alegría el gloria, se encienden las velas del Altar, y suenan las campanas. Terminada la homilía, se bendice el agua y se asperja a los files, y continúa la plegaria eucarística.
He aquí, que comienza el Tiempo Pascual, que dura cincuenta días hasta Pentencostés.

Día importante para todos los cristianos, ya que nuestra fe, no es de muerto, sino de vivos.
Cristo resucita y quiere renovarnos, quiere entrar en nuestra vida para que dejemos los pecado a un lado. La Alegría Pascual nos inunda, ya no hay llantos ni pecado, Cristo está vivo, nos ha redimido. Dejemos que Cristo resucite en cada uno de nosotros, y no seamos sepulcros muertos, sino, Luz Pascual en medio de este mundo.

Que estas fiestas de semana santa, aparte de ver las catequesis de los tronos y pasos en nuestras calles, sepamos vivirla en nuestras Parroquias, y nos ayuden a ser más conscientes de que aunque en nuestras vidas, a veces parezca que el sufrimiento tiene más peso, sepamos ver la Luz de Pascua en cada acontecimiento.

Que María la Virgen interceda por nosotros para que tengamos un buen comienzo de Semana Santa.


Más en:
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07 abril 2017

Las Cofradías de Málaga, en sus respectivos Tronos procesionales, llevarán en el arco de la campana un lazo entregado por la Orden de los Trinitarios en solidaridad con los Cristianos Perseguidos.



Este símbolo sirve “para solidarizarnos públicamente con los que están perseguidos por su fe en Cristo en tantos países del mundo. Desde Siria, Irak, India, China y otros muchos lugares nos piden que recemos por ellos y no les olvidemos en su situación de horror diario”.




Viernes de Dolores.


Corona de los 7 dolores de la Virgen María.


1º Dolor  

La profecía de Simeón en la presentación del Niño Jesús.

Virgen María: por el dolor que sentiste cuando Simeón te anunció que una espada de dolor atravesaría tu alma, por los sufrimientos de Jesús, y ya en cierto modo te manifestó que tu participación en nuestra redención como corredentora sería a base de dolor; te acompañamos en este dolor. . . Y, por los méritos del mismo, haz que seamos dignos hijos tuyos y sepamos imitar tus virtudes.

Dios te salve, María,…

2º Dolor

La huida a Egipto con Jesús y José.

Virgen María: por el dolor que sentiste cuando tuviste que huir precipitadamente tan lejos, pasando grandes penalidades, sobre todo al ser tu Hijo tan pequeño; al poco de nacer, ya era perseguido de muerte el que precisamente había venido a traernos vida eterna; te acompañamos en este dolor . . . Y, por los méritos del mismo, haz que sepamos huir siempre de las tentaciones del demonio.

Dios te salve, María,…

3º Dolor

La pérdida de Jesús.

Virgen María: por las lágrimas que derramaste y el dolor que sentiste al perder a tu Hijo; tres días buscándolo angustiada; pensarías qué le habría podido ocurrir en una edad en que todavía dependía de tu cuidado y de San José; te acompañamos en este dolor . . . Y, por los méritos del mismo, haz que los jóvenes no se pierdan por malos caminos.

Dios te salve, María,…

4º Dolor

El encuentro de Jesús con la cruz a cuestas camino del calvario.

Virgen María: por las lágrimas que derramaste y el dolor que sentiste al ver a tu Hijo cargado con la cruz, como cargado con nuestras culpas, llevando el instrumento de su propio suplicio de muerte; Él, que era creador de la vida, aceptó por nosotros sufrir este desprecio tan grande de ser condenado a muerte y precisamente muerte de cruz, después de haber sido azotado como si fuera un malhechor y, siendo verdadero Rey de reyes, coronado de espinas; ni la mejor corona del mundo hubiera sido suficiente para honrarle y ceñírsela en su frente; en cambio, le dieron lo peor del mundo clavándole las espinas en la frente y, aunque le ocasionarían un gran dolor físico, aún mayor sería el dolor espiritual por ser una burla y una humillación tan grande; sufrió y se humilló hasta lo indecible, para levantarnos a nosotros del pecado; te acompañamos en este dolor . . . Y, por los méritos del mismo, haz que seamos dignos vasallos de tan gran Rey y sepamos ser humildes como Él lo fue.

Dios te salve, María,…

5º Dolor 

La crucifixión y la agonía de Jesús.

Virgen María: por las lágrimas que derramaste y el dolor que sentiste al ver la crueldad de clavar los clavos en las manos y pies de tu amadísimo Hijo, y luego al verle agonizando en la cruz; para darnos vida a nosotros, llevó su pasión hasta la muerte, y éste era el momento cumbre de su pasión; Tú misma también te sentirías morir de dolor en aquel momento; te acompañamos en este dolor. Y, por los méritos del mismo, no permitas que jamás muramos por el pecado y haz que podamos recibir los frutos de la redención.

Dios te salve, María,…

6º Dolor

La lanzada y el recibir en brazos a Jesús ya muerto.

Virgen María: por las lágrimas que derramaste y el dolor que sentiste al ver la lanzada que dieron en el corazón de tu Hijo; sentirías como si la hubieran dado en tu propio corazón; el Corazón Divino, símbolo del gran amor que Jesús tuvo ya no solamente a Ti como Madre, sino también a nosotros por quienes dio la vida; y Tú, que habías tenido en tus brazos a tu Hijo sonriente y lleno de bondad, ahora te lo devolvían muerto, víctima de la maldad de algunos hombres y también víctima de nuestros pecados; te acompañamos en este dolor . . . Y, por los méritos del mismo, haz que sepamos amar a Jesús como El nos amo.

Dios te salve, María,…

7º Dolor 

El entierro de Jesús y la soledad de María.

Virgen María: por las lágrimas que derramaste y el dolor que sentiste al enterrar a tu Hijo; El, que era creador, dueño y señor de todo el universo, era enterrado en tierra; llevó su humillación hasta el último momento; y aunque Tú supieras que al tercer día resucitaría, el trance de la muerte era real; te quitaron a Jesús por la muerte más injusta que se haya podido dar en todo el mundo en todos los siglos; siendo la suprema inocencia y la bondad infinita, fue torturado y muerto con la muerte más ignominiosa; tan caro pagó nuestro rescate por nuestros pecados; y Tú, Madre nuestra adoptiva y corredentora, le acompañaste en todos sus sufrimientos: y ahora te quedaste sola, llena de aflicción; te acompañamos en este dolor . . . Y, por los méritos del mismo, concédenos a cada uno de nosotros la gracia particular que te pedimos…

Dios te salve, Maria,…
Gloria al Padre .