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11 octubre 2016

(I). El dibujante Fano, ha realizado algunos dibujos del Beato Manuel González García con motivo de la canonización que será el próximo domingo 16 de octubre.











Mensaje de los Obispos: canonización de D. Manuel González.


Mensaje de la Comisión Permanente de la Conferencia Episcopal Española, con motivo de la canonización del obispo Manuel González.

Un modelo de fe eucarística para nuestro tiempo

Damos gracias a Dios porque el próximo día 16 de octubre de este Año jubilar de la Misericordia el Papa Francisco canonizará en Roma al beato Manuel González García, obispo de Palencia y antes de Málaga, junto a con los beatos José Sánchez, José Gabriel del Rosario Brochero, Salomone Leclercq, Lodovico Pavoni, Alfonso Mª Fusco y Sor Elisabeth de la Santísima Trinidad (Elisabeth Catez).

La vida y obra del nuevo santo obispo español, centradas en la Eucaristía, constituyen un modelo para la Iglesia y para nuestro tiempo, tan necesitados de espíritu contemplativo, de entregada actividad caritativa y de volver a la mesa eucarística donde Cristo se hace presencia cercana y Pan vivo que alimenta y fortalece (cfr. Jn 6, 22-59).

El obispo Manuel González nos ha dejado en sus fundaciones y en sus obras (escritas con el gracejo y sabiduría de un excepcional párroco y catequista) la invitación a una fuerte vida eucarística que ayude a los cristianos a vivir y testimoniar su fe. Más aún, el santo obispo animó siempre a los fieles a participar en la Santa Misa y a vivir lo que ella significa en el servicio a los pobres y excluidos, no menos que a relacionarse frecuentemente con el Señor, realmente presente en el sagrario. Una presencia de Amor no siempre correspondido: entrar a la adoración eucarística para abrazar y salir para servir.

Por otro lado, al nuevo santo no le fue ahorrada la cruz en su vida y así experimentó, en no pocas ocasiones, la dura tribulación del desafecto; sufrió también callada y ejemplarmente el destierro en la España de los dramáticos años 30 del siglo pasado. Al mismo tiempo es justo también subrayar que él supo siempre perdonar a todos al calor de Cristo-Eucaristía, que une lo dividido y reconcilia lo enemistado (cfr. Ef 2,14). “Porque el pan es uno, nosotros, siendo muchos, formamos un solo cuerpo, pues todos comemos del mismo pan” (1 Cor 10, 17).

Corresponder al amor de Cristo
Don Manuel González había nacido en 1877 en Sevilla. De su catedral fue niño cantor (seise), y en esta misma ciudad fue ordenado sacerdote por el beato cardenal Marcelo Spínola el 21 de septiembre de 1901. Se recuerda aún su primera labor pastoral en la localidad sevillana de Palomares del Río, donde robusteció y forjó su espiritualidad eucarística y su amor por los más pobres. Ante el sagrario solitario de esta parroquia tuvo una experiencia interior sobrenatural que marcaría toda su vida y mensaje: “Allí de rodillas… mi fe veía a un Jesús tan callado, tan paciente, tan bueno, que me miraba… que me decía mucho y me pedía más, una mirada en la que se reflejaba todo lo triste del Evangelio… La mirada de Jesucristo en esos sagrarios es una mirada que se clava en el alma y no se olvida nunca. Vino a ser para mí como punto de partida para ver, entender y sentir todo mi ministerio sacerdotal”.

Esta vivencia marcó su entera existencia y misión, verdaderamente ejemplar para una genuina espiritualidad sacerdotal. Así, cuando en 1905 es nombrado párroco de Huelva, al encontrarse con una situación de indiferencia religiosa, su amor y celo apostólico abrieron caminos para reavivar la vida cristiana de sus feligreses y se preocupó también de la situación de las familias más necesitadas y de los niños, para los que fundó escuelas. El 4 de marzo de 1910 ante un grupo de colaboradoras manifestó el gran anhelo de su corazón: “Permitidme que yo, que invoco muchas veces la solicitud de vuestra caridad en favor de los niños pobres y de todos los abandonados, invoque hoy vuestra atención y cooperación en favor del más abandonado de todos los pobres: el Santísimo Sacramento. Os pido una limosna de cariño para Jesucristo sacramentado… Os pido, por el amor de María Inmaculada y por el amor de ese Corazón tan mal correspondido, que os hagáis las Marías de esos sagrarios abandonados”. Así, con la sencillez del Evangelio, nació la “Obra para los Sagrarios-Calvarios” para dar una respuesta de amor reparador al amor de Cristo resucitado, real y verdaderamente presente en la Eucaristía.

Cuando en 1920 fue nombrado obispo de Málaga, de la que era auxiliar desde 1916, lo celebró reuniendo, en una comida festiva, a los niños pobres, a quienes autoridades, sacerdotes y seminaristas sirvieron en una mesa que era verdadera prolongación de la mesa eucarística.

Apostolado eucarístico
Don Manuel es también conocido como el fundador e impulsor de la gran familia seglar “Unión Eucarística Reparadora”. Fundó además en 1921 la congregación de las Misioneras Eucarísticas de Nazaret (conocidas popularmente como “Hermanas Nazarenas”), presentes con su labor apostólica en ocho países de dos continentes, y puso en marcha, fruto de su gran afán evangelizador, la popular revista El Granito de Arena, con un especial acento en la propagación del amor a la Eucaristía.

El santo obispo llegó a la diócesis castellana de Palencia en 1935, después de cuatro años de forzada ausencia de su diócesis anterior. Aceptó ser obispo de Palencia con un verdadero amor pastoral hasta su muerte, acaecida en Madrid el 4 de enero de 1940. Enterrado en la capilla del Sagrario de la catedral palentina, sobre su tumba se lee una última voluntad que es también humilde súplica: “Pido ser enterrado junto a un Sagrario, para que mis huesos, después de muerto, como mi lengua y mi pluma en vida, estén siempre diciendo a los que pasen: ¡Ahí está Jesús! ¡Ahí está! ¡No lo dejéis abandonado!”.

Sus enseñanzas poseen permanentes valores teológicos e intuiciones que se asoman a una piedad eucarística renovadora, como desea el Concilio Vaticano II que sea impulsada en la Iglesia, ya que “la Liturgia es la cumbre a la cual tiende la actividad de la Iglesia y al mismo tiempo la fuente de donde mana toda su fuerza…, la renovación de la Alianza del Señor con los hombres en la Eucaristía enciende y arrastra a los fieles a la apremiante caridad de Cristo” (Const. A. Sacrosanctum Concilium, n.10; cf. Ritual de la Sgda. Comunión y del culto a la Eucaristía fuera de la Misa, n.25).

Adoración y caridad
Por esto mismo, la propuesta cristiana que propagaba don Manuel González de “eucaristizar” la vida, de trasformarla en adoración, ofrenda y compromiso permanente, constituye un valioso programa de vida cristiana también para nuestro tiempo. Él nunca separó la Eucaristía del servicio a los excluidos, ya que siempre la orientó hacia el descubrimiento del rostro de Cristo pobre y abandonado en las múltiples marginaciones de cada día. El santo obispo de Palencia dio forma concreta en su vida pastoral a lo que  pediría el papa Benedicto XVI al afirmar que “sólo en la adoración (eucarística) puede madurar una acogida profunda y verdadera. Y precisamente en este acto personal de encuentro con el Señor madura luego también la misión social contenida en la Eucaristía y que quiere romper las barreras no sólo entre el Señor y nosotros, sino también y sobre todo las barreras que nos separan a los unos de los otros” (Exh. A. Sacamentum caritatis, 66).

Es así como don Manuel González fue un hombre de su tiempo y los avatares de la España en que le tocó vivir dejaron honda huella en sus preocupaciones y realizaciones pastorales. No predicó la huida del mundo, sino que siempre contempló la presencia de Cristo en la Eucaristía como un momento de intimidad particular para después movilizar a los fieles hacia el compromiso social y caritativo. Esta actividad la veía no como un lugar sin retorno, sino como medio para retornar de nuevo a la intimidad con Cristo al que se había escuchado y servido en el propio quehacer apostólico, ya que, como señala el Papa Francisco, “para nosotros toda persona y más si está marginada, si está enferma, es la carne de Cristo” (Disc. Caritas Internationalis, 16-05.2013).  ¿Cómo no reconocer en esta intuición un bello ideal de vida cristiana para nuestro tiempo?

Actualidad de su mensaje
“Sería triste –señalaba S. Juan Pablo II en la misa de beatificación de D. Manuel el 29 de abril de 2001- que la presencia amorosa del Salvador (en la Eucaristía), después de tanto tiempo, fuera aún desconocida por la humanidad. Esa fue la gran pasión del beato Manuel González García…, (el nuevo beato) es un modelo de fe eucarística, cuyo ejemplo sigue hablando a la Iglesia de hoy”.

Efectivamente, ochenta y seis años después de su muerte, la vida y mensaje del nuevo santo español recobran actualidad. Siempre cerca de Cristo-Eucaristía, nos ayuda a descubrir, en contraste con los olvidos humanos, las palabras y latidos más profundos de la misericordia divina y nos señala insistentemente al Santísimo Sacramento, que como dice el Vaticano II, es fuente y cumbre de toda vida cristiana, no menos que expresión concreta de la unidad del pueblo de Dios (cf. LG, n. 11).

Precisamente, el “camino, recorrido por Jesús hasta el extremo (cf. Jn 13,1), se hace presencia y memoria permanente para nosotros en este sacramento. Por eso nosotros, ante Jesús-Eucaristía, queremos renovar nuestra unión con Él y nuestro seguimiento (cf. Col 3,9-15) y lo hacemos manteniendo vivo su proyecto compasivo, como nos pide el Papa Francisco: «En este Año Santo, podremos realizar la experiencia de abrir el corazón a cuantos viven en las más contradictorias periferias existenciales, que con frecuencia el mundo moderno dramáticamente crea. ¡Cuántas situaciones de precariedad y sufrimiento existen en el mundo hoy! Cuántas heridas sellan la carne de muchos que no tienen voz porque su grito se ha debilitado y silenciado a causa de la indiferencia de los pueblos ricos». (Misericordiae vultus, 2015, nº 15)” Contemplando el misterio de la Eucaristía y configurados por él, trabajemos por una cultura de la compasión (Comisión E. de Pastoral Social. Mensaje para el Corpus Christi-2016).

Con el ejemplo de la Virgen María, “primer sagrario” y “mujer eucarística”
San Juan Pablo II nos pedía que siguiéramos “la enseñanza de los santos, grandes intérpretes de la verdadera piedad eucarística. Con ellos la teología de la Eucaristía adquiere todo el esplendor de la experiencia vivida, nos «contagia» y, por así decir, nos «enciende». Pongámonos, sobre todo, a la escucha de María Santísima, en quien el Misterio eucarístico se muestra, más que en ningún otro, como misterio de luz. Mirándola a ella conocemos la fuerza trasformadora que tiene la Eucaristía. En ella vemos el mundo renovado por el amor” (Ecclesia de Eucharistia, n.62).

Con estos sentimientos, deseamos que la canonización de D. Manuel González, en el marco del Jubileo Extraordinario de la Misericordia que estamos celebrando, anime a los fieles de la Iglesia en España a una verdadera y frecuente adoración del Señor en el sacramento de la Eucaristía, así como  a una mayor vivencia personal y comunitaria del Domingo y a  cuidar con esmero la reserva del Santísimo Sacramento. Esto nos ayudará a avanzar en el camino de la santidad y de la misericordia, y a generar una verdadera cultura del encuentro y la compasión en nuestro mundo mediante el testimonio cristiano de la caridad.

Madrid, 28 de septiembre de 2016

¿Quién es Don Manuel González García?


Manuel González García, obispo de Málaga y de Palencia, fue una figura significativa y relevante de la Iglesia española durante la primera mitad del siglo XX.
Fue el cuarto de cinco hermanos y nació en Sevilla el 25 de febrero de 1877, en el seno de una familia humilde y profundamente religiosa. La vivencia cristiana de sus padres y el buen ejemplo de sacerdotes le llevaron a descubrir su vocación. Tras los años de formación en el seminario de Sevilla, recibió la ordenación sacerdotal el 21 de septiembre de 1901, de manos del beato cardenal Marcelo Spínola.

Recién ordenado sacerdote.
El 2 de febrero de 1902 llegó a Palomares del Río (Sevilla), donde había sido enviado a predicar una misión. Allí Dios le marcó con la gracia que determinaría su vida sacerdotal. Ante el Sagrario de ese pueblo vivió una experiencia singular, que fue el camino hacia la comprensión de una realidad nueva: el abandono de la Eucaristía y sus consecuencias. Él mismo, años más tarde, describiría este encuentro fundamental en su vida:
«Fuíme derecho al Sagrario de la restaurada iglesia en busca de alas a mis casi caídos entusiasmos, y ¡qué Sagrario! (…) ¡Y qué esfuerzos tuvieron que hacer allí mi fe y mi valor para no volver a tomar el burro del sacristán y salir corriendo para mi casa!
Allí de rodilla mi fe veía a un Jesús tan callado, tan paciente, tan desairado, tan bueno, que me miraba, (…) posaba su mirada entre triste y suplicante, que me decía mucho y me pedía más, una mirada en la que se reflejaba todo lo triste el Evangelio: lo triste del no había para ellos posada en Belén, lo triste de aquellas palabras del mendigo Lázaro pidiendo las migajas sobrantes de la mesa de Epulón, lo triste de la traición de Judas, de la negación de Pedro, de la bofetada del soldado, de los salivazos del pretorio, del abandono de todos».

Las primicias pastorales en Sevilla las vivió como capellán del Asilo de las Hermanitas de los Pobres. En 1905 fue nombrado cura ecónomo de la parroquia de San Pedro de Huelva, y a los pocos meses arcipreste de esa ciudad, entonces dependiente de Sevilla. Se encontró con una situación de notable indiferencia religiosa, pero su amor e ingenio abrieron caminos para reavivar pacientemente la vida cristiana, desplegando un múltiple y variado apostolado, especialmente en favor de los más abandonados: niños, obreros, etc.

No obstante, la llama que prendió ante el Sagrario de Palomares del Río sigue viva y el 4 de marzo de 1910, ante un grupo de fieles colaboradoras en su actividad apostólica, derramó el gran anhelo de su corazón. Así lo narra:
«Permitidme que yo, que invoco muchas veces la solicitud de vuestra caridad en favor de los niños pobres y de todos los pobres abandonados, invoque hoy vuestra atención y vuestra cooperación en favor del más abandonado de todos los pobres: el Santísimo Sacramento. (…) Os pido una limosna de cariño para Jesucristo Sacramentado».
Así nació la Obra de las Marías de los Sagrarios. Su acogida fue inmediata y se extendió rápidamente. Don Manuel abrió camino, sucesivamente, a las distintas ramas que hoy conforman la Familia Eucarística Reparadora:

Laicos: Marías del Sagrario y Discípulos de San Juan (1910)
Sacerdotes: Misioneros Eucarísticos Diocesanos (1918)
Congregación Religiosa: Misioneras Eucarísticas de Nazaret (1921)
Laicas consagradas: Institución de Misioneras Eucarísticas Seglares (1933)
Niños: Reparación Infantil Eucarística (1934)
Jóvenes: Juventud Eucarística Reparadora (1940).
Don Manuel penetró en el misterio del abandono de la Eucaristía, así como en sus consecuencias, y consagró toda su vida a luchar contra ese mal a través de una acción esencialmente eucarística. No puede guardar para sí aquello que remueve lo más profundo de su ser y supo plasmar su experiencia y la misión que de ella brotaba en un nuevo vocablo: Eucaristizar. Así lo define: «Acercar a todos a la Eucaristía y meterlos dentro del Corazón de Jesús que allí palpita por ellos, para que vivan la vida que de Él brota».
E invita a un tipo de apostolado específico «El apostolado más eficaz… y el que hoy quieren el Corazón de Jesús y la Madre Iglesia que se emplee, no por exclusión, pero sí con preferencia a todas las demás artes apostólicas, es el apostolado por medio de la Eucaristía. Orientar todo nuestro ministerio a obtener o tratar de obtener que: el Evangelio vivo sea conocido, el Pan vivo sea comido, el Maná escondido sea gustado, el Dios del Sagrario sea reverenciado, la Providencia que en él vive sea tenida en cuenta y el Modelo vivo que en él se exhibe sea imitado».

Manuel González García
Obispo de Málaga.
La entrega generosa de Don Manuel fue, sin duda, el motivo de la confianza que el Papa deposita en él, nombrándolo Obispo de Málaga en 1916. Aquí se dedicó de modo especial a la formación de los sacerdotes. Para ellos emprendió la construcción de un nuevo seminario que reuniese las condiciones para una buena formación. Así lo diseñó:
«Hay que hacer un seminario en el que la Eucaristía sea e influya lo más que pueda ser e influir. Esto es: Un seminario sustancialmente eucarístico.
Un seminario en el que la Sagrada Eucaristía fuera: en el orden pedagógico, el más eficaz estímulo. En el científico, el primer Maestro y la primera asignatura. En el disciplinar, el más vigilante inspector. En el ascético, el modelo vivo y el punto de partida y el de llegada y el más corto y seguro camino entre los dos. En el económico, la gran providencia y en el orden arquitectónico, la piedra angular… Yo no quiero un seminario en el que la sagrada Eucaristía sea una de sus cosas, aunque la principal, sino que el seminario aquel sea una cosa de la Eucaristía, y por consiguiente, en que todo de ella venga, a ella lleve y vaya, desde la roca de sus cimientos hasta la cruz».

Manuel González García
Obispo de Palencia.
En 1931, con la llegada de la República a España, su situación se torna delicada, le incendian el palacio episcopal y se traslada a Gibraltar para no poner en peligro la vida de quienes lo acogen. Desde 1932 rige su diócesis desde Madrid, y en 1935 es nombrado Obispo de Palencia, donde entregó los últimos años de su ministerio episcopal.

Su vida fue para los demás generadora de vida; alimentó la fidelidad a su vocación en las fuentes de la Eucaristía y esta fidelidad se expresó en la existencia de cada día. Así lo expresó: «Para mis pasos yo no quiero más que un camino, el que lleva al Sagrario, y yo sé que andando por ese camino encontraré hambrientos de muchas clases y los hartaré de todo pan; descubriré niños pobres y pobres niños, y me sobrará el dinero y los auxilios para llevarles escuelas y refugios para remediarles su pobrezas; tropezaré con tristes sin consuelo, con ciegos, con tullidos y hasta con muertos del alma o del cuerpo, y haré descender sobre ellos la alegría de la vida y de la salud».

También hay que destacar, durante todos los años de su actividad pastoral, la profusión de sus escritos. Con estilo ágil, a la vez que profundo y pastoral, transmitió el amor a la Eucaristía, introdujo en la oración, formó catequistas, guió a los sacerdotes. Entre sus libros destacan: El abandono de los Sagrarios Acompañados, Oremos en el Sagrario como se oraba en el Evangelio, Lo que puede un cura hoy, El Rosario sacerdotal, Un sueño pastoral, Así ama Él, Jesús callado, Artes para ser apóstol, La gracia en la educación, Cartilla del catequista cabal, Arte y Liturgia, etc.
Además, fue un gran exponente de la prensa católica de principios del siglo XX con la creación de las revistas El Granito de Arena, para adultos, y RIE, para niños, que se siguen publicando en la actualidad.

Su epitafio.
Murió el 4 de enero de 1940 y fue enterrado en la Catedral de Palencia, donde podemos leer el Epitafio que él mismo escribió: «Pido ser enterrado junto a un Sagrario, para que mis huesos, después de muerto, como mi lengua y mi pluma en vida, estén siempre diciendo a los que pasen: ¡Ahí está Jesús! ¡Ahí está! ¡No lo dejéis abandonado!».
Fue beatificado por el Papa Juan Pablo II en Roma, el 29 de abril de 2001. En esa ocasión lo definió como «Modelo de fe eucarística».

No podemos concluir estas pinceladas sobre su vida sin dirigir la mirada a la Virgen con sus mismas palabras:
«¡Madre Inmaculada! ¡Que no nos cansemos! ¡Madre nuestra! ¡Una petición! ¡Que no nos cansemos! Sí, aunque el desaliento por el poco fruto o por la ingratitud nos asalte, aunque la flaqueza nos ablande, aunque el furor del enemigo nos persiga y nos calumnie, aunque nos falten el dinero y los auxilios humanos, aunque vinieran al suelo nuestras obras y tuviéramos que empezar de nuevo… ¡Madre querida!… ¡Que no nos cansemos!
Firmes, decididos, alentados, sonrientes siempre, con los ojos de la cara fijos en el prójimo y en sus necesidades, para socorrerlos, y con los ojos del alma fijos en el Corazón de Jesús que está en el Sagrario, ocupemos nuestro puesto, el que a cada uno nos ha señalado Dios. ¡Nada de volver la cara atrás! ¡Nada de cruzarse de brazos! ¡Nada de estériles lamentos!
Mientras nos quede una gota de sangre que derramar, unas monedas que repartir, un poco de energía que gastar, una palabra que decir, un aliento de nuestro corazón, un poco de fuerza en nuestras manos o en nuestros pies, que puedan servir para dar gloria a Él y a Ti y para hacer un poco de bien a nuestros hermanos…
¡Madre mía, por última vez! ¡MORIR antes que cansarnos!».

El Papa emérito Benedicto XVI nos dijo en una de sus catequesis: «Los santos, guiados por la luz de Dios, son los auténticos reformadores de la vida de la Iglesia y de la sociedad. Maestros con la palabra y testigos con el ejemplo, saben promover una renovación eclesial estable y profunda, porque ellos mismos están profundamente renovados, están en contacto con la verdadera novedad: la presencia de Dios en el mundo» (13/1/2010).
Sin duda, quien se acerque a Don Manuel podrá encontrar en él un auténtico testigo de Cristo Eucaristía y un maestro de vida.

09 octubre 2016

Homilía Papa Francisco en la Santa Misa por el Jubileo Mariano.


¿Somos capaces de saber decir gracias? ¿Cuántas veces nos decimos gracias en familia, en la comunidad, en la Iglesia? ¿Cuántas veces damos gracias a quien nos ayuda, a quien está cerca de nosotros, a quien nos acompaña en la vida?

El Evangelio de este domingo (cf. Lc 17,11-19) nos invita a reconocer con admiración y gratitud los dones de Dios. En el camino que lo lleva a la muerte y a la resurrección, Jesús encuentra a diez leprosos que salen a su encuentro, se paran a lo lejos y expresan a gritos su desgracia ante aquel hombre, en el que su fe ha intuido un posible salvador: «Jesús, maestro, ten compasión de nosotros» (v. 13). Están enfermos y buscan a alguien que los cure. Jesús les responde y les indica que vayan a presentarse a los sacerdotes que, según la Ley, tenían la misión de constatar una eventual curación. De este modo, no se limita a hacer una promesa, sino que pone a prueba su fe. De hecho, en ese momento ninguno de los diez ha sido curado todavía. Recobran la salud mientras van de camino, después de haber obedecido a la palabra de Jesús. Entonces, llenos de alegría, se presentan a los sacerdotes, y luego cada uno se irá por su propio camino, olvidándose del Donador, es decir del Padre, que los ha curado a través de Jesús, su Hijo hecho hombre.

Sólo uno es la excepción: un samaritano, un extranjero que vive en las fronteras del pueblo elegido, casi un pagano. Este hombre no se conforma con haber obtenido la salud a través de propia fe, sino que hace que su curación sea plena, regresando para manifestar su gratitud por el don recibido, reconociendo que Jesús es el verdadero Sacerdote que, después de haberlo levantado y salvado, puede ponerlo en camino y recibirlo entre sus discípulos.

Nos podemos preguntar: ¿Somos capaces de saber decir gracias? ¿Cuántas veces nos decimos gracias en familia, en la comunidad, en la Iglesia? ¿Cuántas veces damos gracias a quien nos ayuda, a quien está cerca de nosotros, a quien nos acompaña en la vida? Con frecuencia damos todo por descontado. Y lo mismo hacemos también con Dios. Es fácil ir al Señor para pedirle algo, pero regresar a darle las gracias… Por eso Jesús remarca con fuerza la negligencia de los nueve leprosos desagradecidos: «¿No han quedado limpios los diez? Los otros nueve, ¿dónde están? ¿No ha vuelto más que este extranjero para dar gloria a Dios?» (Lc 17,17-18).

En esta jornada jubilar se nos propone un modelo, más aún, el modelo que debemos contemplar: María, nuestra Madre. Ella, después de haber recibido el anuncio del Ángel, dejó que brotara de su corazón un himno de alabanza y acción de gracias a Dios: «Proclama mi alma la grandeza del Señor…». Pidamos a la Virgen que nos ayude a comprender que todo es don de Dios, y a saber agradecer: entonces nuestra alegría será plena.


Para saber agradecer se necesita también la humildad. En la primera lectura hemos escuchado el episodio singular de Naamán, comandante del ejército del rey de Aram (cf. 2 R 5,14- 17). Enfermo de lepra, acepta la sugerencia de una pobre esclava y se encomienda a los cuidados del profeta Eliseo para curarse, que para él es un enemigo. Sin embargo, Naamán está dispuesto a humillarse. Y Eliseo no pretende nada de él, sólo le ordena que se sumerja en las aguas del río Jordán. Esa indicación desconcierta a Naamán, más aún, lo decepciona: ¿Puede ser realmente Dios uno que pide cosas tan insignificantes? Quisiera irse, pero después acepta bañarse en el Jordán, e inmediatamente se curó.

El corazón de María, más que ningún otro, es un corazón humilde y capaz de acoger los dones de Dios. Y Dios, para hacerse hombre, la eligió precisamente a ella, a una simple joven de Nazaret, que no vivía en los palacios del poder y de la riqueza, que no había hecho obras extraordinarias. Preguntémonos si estamos dispuestos a recibir los dones de Dios o si, por el contrario, preferimos encerrarnos en las seguridades materiales, en las seguridades intelectuales, en las seguridades de nuestros proyectos.

Es significativo que Naamán y el samaritano sean dos extranjeros. Cuántos extranjeros, e incluso personas de otras religiones, nos dan ejemplo de valores que nosotros a veces olvidamos o descuidamos. El que vive a nuestro lado, tal vez despreciado y discriminado por ser extranjero, puede en cambio enseñarnos cómo avanzar por el camino que el Señor quiere. También la Madre de Dios, con su esposo José, experimentó el estar lejos de su tierra. También ella fue extranjera en Egipto durante un largo tiempo, lejos de parientes y amigos. Su fe, sin embargo, fue capaz de superar las dificultades. Aferrémonos fuertemente a esta fe sencilla de la Santa Madre de Dios; pidámosle que nos enseñe a regresar siempre a Jesús y a darle gracias por los innumerables beneficios de su misericordia.

(Roma. 9-10-2016)

La oración del Rosario no nos aleja de las preocupaciones de la vida; por el contrario, nos pide encarnarnos en la historia de todos los días para saber reconocer en medio de nosotros los signos de la presencia de Cristo.


Queridos hermanos y hermanas,

En esta Vigilia hemos recorrido los momentos fundamentales de la vida de Jesús, en compañía de María. Con la mente y el corazón hemos ido a los días del cumplimiento de la misión de Cristo en el mundo. La Resurrección como signo del amor extremo del Padre que devuelve vida a todo y es anticipación de nuestra condición futura. La Ascensión como participación de la gloria del Padre, donde también nuestra humanidad encuentra un lugar privilegiado. Pentecostés, expresión de la misión de la Iglesia en la historia hasta el fin de los tiempos, bajo la guía del Espíritu Santo. Además, en los dos últimos misterios hemos contemplado a la Virgen María en la gloria del Cielo, ella que desde los primeros siglos ha sido invocada como Madre de la Misericordia.

Por muchos aspectos, la oración del Rosario es la síntesis de la historia de la misericordia de Dios que se transforma en historia de salvación para quienes se dejan plasmar por la gracia. Los misterios que contemplamos son gestos concretos en los que se desarrolla la actuación de Dios para con nosotros. Por medio de la plegaria y de la meditación de la vida de Jesucristo, volvemos a ver su rostro misericordioso que sale al encuentro de todos en las diversas necesidades de la vida. María nos acompaña en este camino, indicando al Hijo que irradia la misericordia misma del Padre. Ella es en verdad la Odigitria, la Madre que muestra el camino que estamos llamados a recorrer para ser verdaderos discípulos de Jesús. En cada misterio del Rosario la sentimos cercana a nosotros y la contemplamos como la primera discípula de su Hijo, la que cumple la voluntad del Padre (cf. Mc 3,31-35; Mt 12,46-50; Lc 8,19-21).

La oración del Rosario no nos aleja de las preocupaciones de la vida; por el contrario, nos pide encarnarnos en la historia de todos los días para saber reconocer en medio de nosotros los signos de la presencia de Cristo. Cada vez que contemplamos un momento, un misterio de la vida de Cristo, estamos invitados a comprender de qué modo Dios entra en nuestra vida, para luego acogerlo y seguirlo. Descubrimos así el camino que nos lleva a seguir a Cristo en el servicio a los hermanos.

Cuando acogemos y asimilamos dentro de nosotros algunos acontecimientos destacados de la vida de Jesús, participamos de su obra de evangelización para que el Reino de Dios crezca y se difunda en el mundo. Somos discípulos, pero también somos misioneros y portadores de Cristo allí donde él nos pide estar presentes. Por tanto, no podemos encerrar el don de su presencia dentro de nosotros. Por el contrario, estamos llamados a hacer partícipes a todos de su amor, su ternura, su bondad y su misericordia. Es la alegría del compartir que no se detiene ante nada, porque conlleva un anuncio de liberación y de salvación

María nos permite comprender lo que significa ser discípulo de Cristo. Ella fue elegida desde siempre para ser la Madre, aprendió a ser discípula. Su primer acto fue ponerse a la escucha de Dios. Obedeció al anuncio del Ángel y abrió su corazón para acoger el misterio de la maternidad divina. Siguió a Jesús, escuchando cada palabra que salía de su boca (cf. Mc 3,31-35; Mt 12,46-50; Lc 8,19-21); conservó todo en su corazón (cf. Lc 2,19) y se convirtió en memoria viva de los signos realizados por el Hijo de Dios para suscitar nuestra fe. Sin embargo, no basta sólo escuchar. Esto es sin duda el primer paso, pero después lo que se ha escuchado es necesario traducirlo en acciones concretas. El discípulo, en efecto, entrega su vida al servicio del Evangelio.

De este modo, la Virgen María acudió inmediatamente a donde estaba Isabel para ayudarla en su embarazo (cf. Lc 1,39-56); en Belén dio a luz al Hijo de Dios (cf. Lc 2,1-7); en Caná se ocupó de los dos jóvenes esposos (cf. Jn 2,1-11); en el Gólgota no retrocedió ante el dolor, sino que permaneció ante la cruz de Jesús y, por su voluntad, se convirtió en Madre de la Iglesia (cf. Jn 19,25-27); después de la Resurrección, animó a los Apóstoles reunidos en el cenáculo en espera del Espíritu Santo, que los transformó en heraldos valientes del Evangelio (cf. Hch 1,14).

A lo largo de su vida, María ha realizado lo que se pide a la Iglesia: hacer memoria perenne de Cristo. En su fe, vemos cómo abrir la puerta de nuestro corazón para obedecer a Dios; en su abnegación, descubrimos cuánto debemos estar atentos a las necesidades de los demás; en sus lágrimas, encontramos la fuerza para consolar a cuantos sufren. En cada uno de estos momentos, María expresa la riqueza de la misericordia divina, que va al encuentro de cada una de las necesidades cotidianas.

Invoquemos en esta tarde a nuestra tierna Madre del cielo, con la oración más antigua con la que los cristianos se dirigen a ella, sobre todo en los momentos de dificultad y de martirio. Invoquémosla con la certeza de saber que somos socorridos por su misericordia maternal, para que ella, «gloriosa y bendita», sea protección, ayuda y bendición en todos los días de nuestra vida: Bajo tu amparo nos acogemos, Santa Madre de Dios; no deseches las súplicas que te dirigimos en nuestras necesidades; antes bien, líbranos siempre de todo peligro, Oh Virgen gloriosa y bendita.

(Papa Francisco. 8-10-2016)

Evangelio. Domingo XXVIII del Tiempo Ordinario.


Según San Lucas 17, 11 - 19.

Un día, sucedió que, de camino a Jerusalén, Jesús pasaba por los confines entre Samaría y Galilea, y, al entrar en un pueblo, salieron a su encuentro diez hombres leprosos, que se pararon a distancia y, levantando la voz, dijeron: ¡Jesús, Maestro, ten compasión de nosotros!. Al verlos, les dijo: Id y presentaos a los sacerdotes. Y sucedió que, mientras iban, quedaron limpios. 
Uno de ellos, viéndose curado, se volvió glorificando a Dios en alta voz; y postrándose rostro en tierra a los pies de Jesús, le daba gracias; y éste era un samaritano. Tomó la palabra Jesús y dijo: ¿No quedaron limpios los diez? Los otros nueve, ¿dónde están? ¿No ha habido quien volviera a dar gloria a Dios sino este extranjero?. Y le dijo: Levántate y vete; tu fe te ha salvado.


Reflexión.


De diez beneficiarios de aquel gran milagro, sólo regresó uno. ¡Qué ingratos somos cuando olvidamos con tanta facilidad que todo nos viene de Dios y que a él todo lo debemos! Hagamos el propósito de obligarle mostrándonos confiados en Dios y agradecidos a Él.

Reflexión del domingo XXVIII del Tiempo Ordinario.


El domingo pasado veíamos como los Apóstoles le pedían al Señor que aumentara su fe. La fe que parte de una experiencia de Dios, de un encuentro con el que Ama y el amado. El resultado de esta experiencia, es la forma de vida, la coherencia, la radicalidad por el Evangelio.
Habacuc nos decía que “el justo vivirá por su fe”. Y tiene una gran preocupación porque nos dejemos invadir por el mal, el orgullo, la injustica. Dios está con nosotros. Sólo tenemos que querer ponernos a su escucha y confiar. En la carta de Pablo a Timoteo, nos recordaba que tenemos que reavivar el don recibido de Dios. Los dones no podemos esconderlo ni dejar que se “pudran”. El Evangelio necesita de personas valientes, sin miedo a ser enviados. No nos acomodemos, empecemos aquí y ahora. El Evangelio nos recordaba que cuanto más cerca de Él y de su Evangelio estemos, más sincera y valiente va a ser nuestra fe. Alomejor debemos hacernos una pregunta cada uno: ¿Cuál es mi forma de evangelizar? No dejemos que se pierda el fruto que llevamos dentro.

En este domingo XXVIII del Tiempo Ordinario, las lecturas nos hablan de la sanación del leproso de Naamán ( en el Antiguo Testamento), y de diez leprosos (en el Nuevo Testamento). Hoy, podíamos pararnos y reflexionar sobre la enfermedad que tiene nuestro mundo, nuestra casa. Si le ponemos nombre, podía ser, el egoísmo, la soberbia, la envidia… Y el resultado de este examen puede ser que sea el que le digamos al Señor: cúranos de nuestra enfermedad. No sólo hay que pedir que nos fortalezca de las dolencias corporales, sino también de las espirituales. Éstas posiblemente sean más costosas de notar y de curar. Pero, con nuestro esfuerzo sincero, y la ayuda del Señor, lo conseguiremos.

En la Primera Lectura del Segundo Libro de los Reyes, nos narra la curación de lepra del magante Naamán a través de un “instrumento de Dios” como era el Profeta Eliseo. El profeta manda al magnate que se bañara siete veces en las aguas del río Jordán, y al salir, como dice la escritura “su carne quedó limpia como la de un niño”. Desde ese momento Naamán empezó a reconocer a Dios y alabarlo.

En la Segunda carta del Apóstol Pablo a Timoteo, enseña a su discípulo que aunque haya momentos de duros trabajos y de sufrimientos, persevere hasta el fin. Que la recompensa es reinar con Cristo. Este mensaje, Pablo lo escribe en estando aún en la cárcel, previo a su martirio. Llevar la Palabra de Dios a todas las personas, pero sin tener miedo a lo que pueda pasar, es no poner condiciones a los dones que de Dios hemos recibido, y más, si lo somos personas de fe que queremos vivir coherente al Evangelio.
Como le pasó a Pablo, es como viene pasando a tantos cristianos desde los comienzos de la Iglesia. Una vida eclesial que está marcada por el riego de sangre de los mártires y que eso hace que de frutos de semillas. Valentía, coherencia, y perseverancia a pesar de las dificultades.

En el Evangelio de Lucas, nos narra la situación de los diez leprosos que vivían en tiempo de Jesús. Los judíos de aquella época tenían una clara y firme dureza de corazón. Los leprosos vivían fuera de las poblaciones. Algunos vivían dentro de la ciudad, pero nadie podía tener contacto con ellos, no podían asistir a ceremonias religiosas. Si morían, no lo enterraban tampoco con el resto, sino que en un “campamento” fuera, lo hacían.
Cuando Jesús ve a los diez leprosos, les manda a que se presenten a los sacerdotes, que una de las funciones de ellos, eran de “médicos” ya que diagnosticaban enfermedades, y cuando volvían curados, se les pedía que fueran de nuevo a los sacerdotes y darles un certificado de curación. Pero, en el Evangelio, vemos como los diez leprosos eran curados cuando iban de camino a presentarse a los sacerdotes. Hablamos de una sanación colectiva hecha por Dios. Pero en este pasaje, no sólo se habla de lo corporal, sino también de lo espiritual… De los diez que se han curado, nueve no dan gracia a Dios, sino, que van a por el certificado. Ese uno, no va a ellos, si no, da gloria a Dios en forma de acción de gracias.
¿Qué nos enseña hoy? Que Él sigue sanando. Lo hace directamente: Dios y la personas, o indirectamente: Dios se vale de un “intermediario” para curar. Lo importante para una curación, no es querer quedar sano, sino, tener fe, confianza y saber que Dios y nuestra voluntad, hacemos un buen equipo para poder curar cualquier cosa.
Lo importante es que nosotros queramos.

Pidamos a la Madre de la Misericordia, que este domingo nos ayude a ser humildes. Que seamos valientes en pedirle al Señor fuerza para seguir adelante con la coherencia y testimonio de fe. Y que nos ayude a perseverar a pesar de muchas contrariedades que nos vayan surgiendo.
A cuanta mayor dificultad, mayor es la perseverancia. A mayor coherencia, mayor fuerza para Evangelizar, inclusive si peligra nuestra vida.
Que así sea.


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08 octubre 2016

La Orden Trinitaria celebra mañana día 8 de octubre a su Patrona, la Virgen del Buen Remedio.


El fundador de la Orden trinitaria, San Juan de Mata, puso la Orden bajo la protección de la Virgen del Buen Remedio, indicando con el título a aquella que sana todos los males de la humanidad. Cuando fue a Marsella en 1202, fundó un convento donde estableció la devoción a la Virgen.

Refiere la tradición que cierto día se hallaba San Juan de Mata rescatando cautivos y no le alcanzaba el dinero. Entonces, acudió lleno de confianza a la Virgen del Buen Remedio y obtuvo por su intercesión una bolsa con el dinero suficiente para continuar rescatando cautivos.

El 29 de Abril de 1606 San Juan Bautista de la Concepción le impone a la imagen el hábito tricolor de los trinitarios.

En el Capítulo General de 1959, la Santa Sede otorga a la familia trinitaria tomar como Patrona a la Virgen Santísima bajo el título de “Buen Remedio” y celebrar su fiesta todos los años el 8 de Octubre.

Canto Templo de Gracia y de Gloria

Templo de gracia y de gloria
Templo de la Trinidad
Santa Madre del Remedio
Patrona de nuestro hogar.

Los trinitarios te veneramos
Y te queremos en comunidad
Pura Virgen doncella
Esposa buena, madre ideal.

Vives presente en nuestras vidas
Y en nuestras almas por siempre estarás
Somos una familia
Y en la familia no puedes faltar.

Tú nos enseñas en tu silencio
Como escuchar la palabra de Dios
Para llevar al hombre
Una esperanza de redención.


El "Pro Multis" se ha introducido en el nuevo Misal de Conferencia Episcopal Española


Diez años después de que Benedicto XVI mandara introducir el pro multis en la fórmula de consagración, la Conferencia Episcopal Española presenta la nueva edición oficial en español del Misal Romano que recoge esta modificación.

El 17 de octubre de 2006 el Papa Benedicto XVI aprobaba un decreto por el que se establecía que en la parte de la Consagración, donde actualmente se dice la Sangre de Jesús “será derramada por vosotros y por todos los hombres para el perdón de los pecados”; se dirá que “será derramada por vosotros y por muchos”; en vez de “por todos”; para así reflejar mejor el original en latín:  “HIC EST ENIM CALIX SÁNGUINIS MEI… QUI PRO VOBIS ET PRO MULTIS EFFUNDÉTUR IN REMISSIÓNEM PECCATÓRUM.”.

El 17 de octubre de 2006, el Cardenal Francis Arinze, Prefecto de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, escribió a todas las conferencias episcopales respecto a la traducción de pro multis en las palabras de consagración del Ordinario de la Misa instando a preparar al pueblo para adaptar el Canon de la Misa a las palabras originales en latín.

En España, el 21 de abril de 2010, la Asamblea Plenaria de la Conferencia Episcopal dio el visto bueno al texto en lengua española de la tercera edición del Misal Romano -que introducía la traducción de las palabras pro multis- y recibió la confirmación de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos el 8 de diciembre de 2015.

Finalmente, diez años después de la aprobación del decreto, el pro multis llegará a las celebraciones litúrgicas en España. La publicación de la IIIª edición oficial del Misal Romano en castellano hace efectivas y obligatorias para todo el ámbito jurisdiccional de la Conferencia Episcopal Española la inclusión del nombre de san José en las plegarias eucarísticas IIª, IIIª y IVª y la introducción de la traducción de las palabras “pro multis” (“por muchos”) que sustituye a la expresión “por todos los hombres” en la fórmula para la consagración durante la celebración de la Santa Misa.

Esta última modificación pretende -según informa la Comisión Episcopal de Liturgia en un mensaje que puede leer en este enlace-, una mayor fidelidad a los textos originales del Nuevo Testamento (cf. Mt 26,28 y Mc 14,25) y a la tradición litúrgica de la Iglesia latina. En este sentido, explica la CEE, la expresión en uso no era realmente una traducción del texto sino una interpretación, “explicable en el clima de los primeros años de la reforma litúrgica y sujeta, por otra parte, a la variabilidad del texto en las diferentes lenguas modernas”.

Por decreto del presidente de la Conferencia Episcopal Española esta edición del Misal entrará en vigor a partir de las misas vespertinas del domingo I de Cuaresma próximo -el sábado 4 de marzo de 2017-, y su uso será obligatorio a partir de ese momento en todas las misas que se celebren en lengua española en las diócesis de España.

En declaraciones exclusivas a INFOVATICANA, el cardenal Robert Sarah, actual prefecto de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, explicaba que esperaba que la Iglesia española introdujera el pro multis en 2017. ‘Espero que en 2017 España celebre la misa con el pro multis’, aseguró Sarah en conversación con INFOVATICANA.

La Comisión Episcopal de Liturgia -en su mensaje con consideraciones de carácter pastoral y espiritual en orden a una recepción más fructuosa y eficaz de la nueva edición del Misal Romano- ha instado a los sacerdotes a que “reciban con espíritu de generosa obediencia” esta variación y la expliquen a los fieles mediante una oportuna catequesis. En este sentido, la comisión recuerda que las palabras del Señor hacen referencia también a “vosotros”, es decir, a los presentes, ampliándose después el alcance de la salvación al que aluden las palabras del Señor. El “por vosotros”, continúa explicando la Comisión Episcopal de Liturgia, se proyecta sobre el “muchos” de manera inmediata y, ciertamente, está abierto a “por todos los hombres”.

Entre los argumentos a favor de una interpretación más exacta de la fórmula tradicional pro multis se encuentra que en los evangelios sinópticos (Mt 26:28; Mc 14:24) se hace referencia específica a “muchos” por quienes el Señor ofrece el Sacrificio y es la expresión usada en los relatos de Institución de los evangelios: “Ésta es mi Sangre de la Alianza que se derrama por muchos” (Mc 14, 24)

Asimismo, el Rito Romano en latín siempre ha dicho pro multis y nunca pro omnibus en la consagración del cáliz. “Por muchos” es la fiel traducción de pro multis, mientras que “por todos” es más bien una explicación del tipo que pertenece propiamente a la catequesis.

En su carta a las conferencias episcopales en 2006, el prefecto de la Congregación para el Culto Divino explicaba que la expresión “por muchos” refleja “el hecho que esta salvación no ocurre en una forma mecánica sin la participación o voluntad propia de cada persona”. Es decir, no todos aprovechan los frutos de esta salvación que Cristo ofrece a todos, pues algunos pueden cerrarse a ella o pueden rechazarla.

Ya tenemos NUEVO MISAL ROMANO.


La publicación de una nueva edición en lengua española del Misal Romano, la IIIª de acuerdo con la reforma litúrgica del Concilio Vaticano II, ofrece una buena ocasión para examinar y mejorar nuestras celebraciones de la Eucaristía. No se trata, simplemente, de sustituir una edición por otra más moderna o actualizada sino de hacer un ejercicio de recepción consciente y responsable del libro que nos ofrece la Iglesia, depositaria y transmisora del “Sacramento de nuestra fe”, para que cumplamos el mandato del Señor al instituirlo (cf. 1 Cor 11,23-26 y par.).

Con este motivo, la Comisión Episcopal de Liturgia al servicio de la Conferencia Episcopal Española, a la vez que ha preparado la nueva edición que en su día fue aprobada por la XCIV Asamblea Plenaria de los obispos celebrada del 19 al 23 de abril de 2010 y que ha obtenido la necesaria “recognitio” de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos con fecha de 8 de diciembre de 2015, desea ofrecer a los sacerdotes, a los responsables de la pastoral litúrgica en las distintas comunidades y a los fieles cristianos en general una consideraciones de carácter pastoral y espiritual en orden a una recepción más fructuosa y eficaz de la nueva edición del Misal Romano.

Breve referencia histórica del Misal Romano

La nueva edición que ve la luz, contiene la traducción oficial en lengua castellana del Missale Romanum promulgado el 3 de abril de 1969, Jueves Santo, por el beato Pablo VI y cuya tercera edición típica apareció en 2002 y, con algunas modificaciones, en 2008[1]. Por tanto, no estamos ante un “nuevo misal”, expresión que se usa a veces pero que no es correcta, sino ante una nueva edición del ya existente. En su título: Misal Romano reformado por mandato del Concilio Vaticano II promulgado por S.S. el Papa Pablo VI y renovado por S.S. el Papa Juan Pablo II se hace referencia implícitamente a la reforma litúrgica promovida por el último concilio ecuménico así como a los papas que la han llevado a cabo en el ámbito de la celebración eucarística promulgando el libro litúrgico sin duda más importante después del Orden de lecturas de la Misa o Leccionario. El Missale Romanum del Vaticano II ya no contiene las lecturas de la Misa, tal y como sucedía en las ediciones precedentes, pero sigue siendo heredero directo del libro que promulgó el papa san Pío V en 1570 a instancias del Concilio de Trento siguiendo el modelo de lo que se conocía como misales plenarios, es decir, conteniendo a la vez las lecturas, las oraciones y prefacios, la plegaria eucarística y las antífonas para el canto.

Esta nueva edición del Misal Romano en castellano tiene lugar inmediatamente después de la publicación de los leccionarios que contienen la versión oficial bíblica de la Conferencia Episcopal Española, si bien los trabajos de revisión de la traducción del Misal se habían iniciado mucho antes, a instancias de la Instrucción sobre el uso de las lenguas vernáculas en la edición de los libros de la Liturgia Romana “Liturgiam Authenticam” (28-III-2001)[2], que exige, tanto en las traducciones nuevas como en la revisión de las que ya estaban en uso, una mayor fidelidad literal a los textos originales respecto de las versiones realizadas en los primeros años de la reforma litúrgica en los que primaba el criterio de una cierta adaptación con vistas a una más fácil comprensión por los fieles.

La Comisión Episcopal de Liturgia, a través de su Secretariado y contando con la colaboración de los consultores y de numerosos expertos en Biblia, liturgia y lengua castellana, asumió esta tarea con el mayor interés y empeño tanto en lo concerniente a los textos bíblicos como a los demás textos, con dedicación preferente al Misal Romano. En efecto, el examen de las traducciones y los informes de los trabajos realizados han estado presentes en varias asambleas plenarias de la Conferencia Episcopal Española que, de manera parcial en ocasiones y, finalmente, de manera global ha aprobado estatutariamente los textos para ser enviados a la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos para la preceptiva recognitio.

El Misal Romano como testimonio de la Tradición de la Iglesia

El Misal es, después del Leccionario de la Palabra de Dios, el libro litúrgico más importante al contener los textos que han de usarse en la celebración de la Eucaristía. Se le ha denominado también Libro del altar, Libro del cele­brante principal y Oracional de la Misa, acepciones que denotan aspectos parciales de un libro que fue surgiendo a partir de los antiguos sacramentarios romanos y occidentales que desembocaron en la edición unitaria y oficial promulgada por el papa san Pío V en 1570 y declarada obligatoria para el Rito Romano a instancias del Concilio de Trento. El Concilio Vaticano II ratificó estas características pero, fiel a su propósito de renovación de la vida litúrgica en la Iglesia (cf. SC 21 ss.), propuso no solo conservar la sana tradición sino abrir también el camino a un progreso legí­timo a partir de las formas ya existentes, estableciendo que se procediese previamente a “una concienzuda investigación teológica, histórica y pastoral acerca de cada una de las partes que se habían de revi­sar” (SC 23).

Esta decisión, que afectaba de manera directa a los libros litúrgicos (cf. SC 25; 31; 38; etc.), fue aplicada cuidadosamente “según la primitiva norma de los santos Padres” (SC 50), procediéndose siempre a una cuidadosa investigación teológica, histórica y pastoral a fin de garantizar la pureza doctrinal de los textos (SC 23). De este modo se recuperó buena parte del pa­trimonio eucológico de la liturgia ro­mana beneficiándose de las modernas ediciones de los sacramentarios y de “los antiguos libros litúrgicos de España y de las Galias, que han aportado muchísimas oraciones de gran belleza espiritual, ignoradas anteriormente” (Ordenación General del Misal Romano [= OGMR], 8). Por este y otros motivos el Misal actual, “que testifica la ‘lex orandi’ de la Iglesia Romana y conserva el depósito de la fe transmitido en los últimos Concilios, supone al mismo tiempo un paso importantísimo en la tradición litúrgica” (ib., 19). En este sentido la Iglesia, fiel a su misión, ha actuado como el buen padre de familia “que va sacando de su tesoro lo nuevo y lo antiguo” (Mt 13,52).

Por eso merece la pena conocer y estudiar a fondo el actual Misal Romano para percibir esta solicitud de la Iglesia, abierta también a las necesidades actuales de los fieles. Un ejemplo de esta solicitud lo ofrecen las Misas rituales y por diversas necesidades, en las que oportunamente se combinan lo tradicional y lo nuevo. En efecto, “mientras que algunas expresiones provenientes de la más antigua tradición de la Iglesia han permanecido intactas…, otras muchas expresiones han sido acomodadas a las actuales necesidades y circunstancias, y otras, en cambio, como las oraciones por la Iglesia, por los laicos, por la santificación del trabajo humano, por la comunidad de naciones, por algunas necesidades peculiares de nuestro tiempo, han sido elaboradas íntegramente, tomando ideas y hasta las mismas expresiones muchas veces de los recientes documentos conciliares” (OGMR 14).

Una contribución muy significativa del Misal Romano es la citada Ordenación general que aparece al comienzo del libro a modo de introducción del rito de la Misa. Inspirada en numerosos documentos del magisterio pontificio, su finalidad consiste en fundamentar teológica y pastoralmente la acción litúrgica y disponer su correcta realización estableciendo de manera detallada no solo el significado de las diversas partes y elementos de la celebración sino también la función de los ministerios que intervienen en ella. Al mismo tiempo ofrece las líneas básicas para instruir a los fieles en una consciente y fructuosa participación en la Eucaristía (cf. OGMR 5; 13; 18; etc.). En este sentido sobresalen por su alcance la Introducción y el capítulo primero de este documento, que tratan de la dignidad de la celebración eucarística y de su naturaleza en cuanto acción de Cristo y de la Iglesia y fuente de santificación para el sacerdote y para los fieles (cf. OGMR 1-26). El estudio de todo el documento es una garantía para poder celebrar la Santa Misa según las orientaciones y las normas actuales de la Iglesia.

El Misal al servicio de la fe eclesial y de la vida cristiana

La Iglesia, desde los primeros tiempos, ha tenido conciencia de la trascendencia del mandato institucional de la Eucaristía (cf. Lc 22,12; 1 Cor 11,24-25), de manera que “se ha considerado siempre comprometida por este mandato, al ir estableciendo normas para la celebración de la Eucaristía relativas a la disposición de las personas, de los lugares, de los ritos y de los textos” (OGMR 1). En este sentido el Misal es no solo testimonio de una tradición continuada y uniforme en lo substancial acerca del Misterio eucarístico, garantía de la fe inalterada, sino también del interés pastoral de la Iglesia para que los fieles de todos los tiempos accedan a la celebración con las mejores disposiciones personales participando en los ritos sagrados y comprendiendo los textos de modo que “no asistan a este misterio de fe como extraños y mudos espectadores, sino que comprendiéndolo bien a través de los ritos y oraciones, participen conscientes, piadosa y activamente en la acción sagrada, sean instruidos con la palabra de Dios, se fortalezcan en la mesa del Cuerpo del Señor, den gracias a Dios, aprendan a ofrecerse a sí mismos al ofrecer la hostia inmaculada no sólo por manos del sacerdote, sino juntamente con él” (SC 48; cf. OGMR 17-19).

Por eso es del todo necesario que los responsables de la liturgia en las comunidades y los equipos de animación litúrgica se esfuercen en conocer a fondo el Misal con el fin de poner sus riquezas al alcance de todos los fieles. No hay que olvidar que todo libro litúrgico, promulgado por la autoridad competente de la Iglesia, es un testimonio de la lex orandi, la norma de la plegaria, expresión segura de la lex credendi, la norma de la fe, de manera que en ellos se conserva y se transmite el depósito de la fe no a la manera de las definiciones del Magisterio sino en forma de plegaria y aun en las indicaciones rituales que acompañan a los textos -las rúbricas- pero siempre como testimonio válido y seguro de la tradición eclesial. Esto quiere decir también que el modo de celebrar y de usar los textos puede condicionar la asimilación de la fe por los fieles que participan en la celebración. De ahí la apremiante llamada de atención que han hecho los últimos papas para que se observen fielmente las normas litúrgicas en la celebración eucarística, porque estas son “una expresión concreta de la auténtica eclesialidad de la Eucaristía… La liturgia nunca es propiedad privada de alguien, ni del celebrante ni de la comunidad en que se celebran los Misterios”[3].

Esta realidad movió a los Padres del Concilio Vaticano II a introducir las lenguas vernáculas en la liturgia, no solo en las lecturas de la palabra de Dios sino también en las oraciones y en los cantos (cf. SC 36; 39; 54; etc.), a la vez que invitaba a realizar la oportuna catequesis litúrgica acerca de los ritos y de los textos (cf. SC 35; 56; 110; etc.), sin olvidar la importancia de la espiritualidad litúrgica (cf. SC 12; 16; 17; 94; etc.). Para facilitar este servicio a la fe y a la auténtica vida en Cristo de todos los fieles las traducciones de los libros litúrgicos han sido especialmente cuidadas. La edición del Misal que ahora ve la luz ofrece, en este sentido, una mayor fidelidad a los textos latinos de acuerdo con lo establecido por la Instrucción “Liturgiam Authenticam” como ya se ha indicado antes. Pero, evidentemente, para que los fieles puedan comprender y asimilar el contenido de las oraciones del Misal es preciso que quienes las pronuncien o canten lo hagan de manera clara, atentos a las cadencias y a la puntuación del texto, observando también la breve pausa que sigue a la invitación a orar (cf. OGMR 51; 259).

Conviene recordar así mismo que los textos del Misal, especialmente los que aparecen en las secciones del Propio del Tiempo, del Santoral e incluso en las destinadas a las misas rituales, por diversas necesidades, votivas o de difuntos, además de las plegarias eucarísticas y los prefacios, ofrecen una valiosa ayuda para meditar y profundizar en los distintos aspectos del misterio de Cristo y de la Iglesia siguiendo el año litúrgico, en las actitudes de la vida cristiana, en la visión evangélica de algunas realidades temporales, etc. Todos deberían ser conscientes de que los textos del Misal son muchas veces un eco de la palabra de Dios proclamada en las lecturas, aspecto que podría aprovecharse muy bien para las homilías en el curso del año o atendiendo a las circunstancias concretas de la vida de los fieles, especialmente de cara a la espiritualidad, al apostolado, etc.

Una leve pero importante modificación

Lo que acabamos de señalar acerca de los libros litúrgicos como testimonio y expresión orante (lex orandi) de la fe de la Iglesia (lex credendi), tiene una delicada y particular aplicación en las plegarias eucarísticas. Como todos saben, esta plegaria constituye el centro de la celebración de la Misa en cuanto acción de gracias y ofrenda del Sacrificio que el sacerdote eleva a Dios asociando a toda la asamblea de los fieles (cf. OGMR 54). Por este motivo se recomienda al sacerdote celebrante que la pronuncie con voz alta y clara en consonancia con la importancia del texto, pudiendo cantarla, especialmente la parte central (cf. OGMR 18-19).

Por otra parte, si la Iglesia pide un respeto reverencial a todo texto litúrgico, de manera que no es lícito cambiarlo o sustituirlo en todo o en parte, con mayor motivo esta norma ha de aplicarse a las plegarias eucarísticas y máxime a las palabras de la consagración. En efecto, con ocasión de la publicación de la IIIª edición oficial del Misal Romano en castellano, se hacen efectivas y obligatorias para todo el ámbito jurisdiccional de la Conferencia Episcopal Española las modificaciones mandadas introducir en su momento por el papa Benedicto XVI, a saber, la inclusión del nombre de san José en las plegarias eucarísticas IIª, IIIª y IVª –en la Iª ya estaba desde el 8 de diciembre de 1962– y la establecida por medio de una carta del cardenal Francis Arinze, Prefecto de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, a las conferencias episcopales[4] que afecta a la traducción de las palabras “pro multis” (“por muchos”) y que ha de sustituir a la expresión “por todos los hombres” a la que estábamos acostumbrados. Esta última modificación pretende una mayor fidelidad a los textos originales del Nuevo Testamento (cf. Mt 26,28 y Mc 14,25) y a la tradición litúrgica de la Iglesia latina. En este sentido, la expresión en uso no era realmente una traducción del texto sino una interpretación, explicable en el clima de los primeros años de la reforma litúrgica y sujeta, por otra parte, a la variabilidad del texto en las diferentes lenguas modernas.

Estas consideraciones, entre otras, motivaron la instrucción “Liturgiam authenticam” de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos de 28 de marzo de 2001 que pone en primer plano el principio de la correspondencia literal. Por tanto, invitamos a todos los sacerdotes a que reciban con espíritu de generosa obediencia esta variación y la expliquen a los fieles mediante una oportuna catequesis que señale, en primer lugar, el motivo por el que la palabra “muchos” sustituye a “todos los hombres”; y, en segundo lugar, la razón por la que se vuelve al sentido original bíblico. Recuérdese, por ejemplo, que las palabras del Señor hacen referencia también a “vosotros”, es decir, a los presentes, ampliándose después el alcance de la salvación al que aluden las palabras del Señor. El “por vosotros” se proyecta sobre el “muchos” de manera inmediata y, ciertamente, está abierto a “por todos los hombres”[5].

Nuestra actitud como ministros de la Eucaristía

Todo lo anterior atañe de manera particular a quienes en virtud del sacramento del Orden hemos sido consagrados para el ministerio sacerdotal en cuyo centro se encuentra la Eucaristía, fuente y culmen de la vida cristiana y de toda nuestra actividad evangelizadora y pastoral (cf. SC 10; PO 5). A cada uno se nos dijo en nuestra ordenación cuando nos entregaron el pan y el cáliz: “Recibe la ofrenda del pueblo santo para presentarla a Dios. Considera lo que realizas e imita lo que conmemoras, y conforma tu vida con el misterio de la cruz del Señor” (Rito de la ordenación de presbíteros). Estas palabras contienen una llamada a vivir la celebración del Sacrificio eucarístico con una profunda espiritualidad, conscientes del don que hemos recibido, procurando que la Eucaristía sea en verdad el centro y el fundamento de nuestra jornada y de todas nuestras actividades apostólicas de manera que están unidas a ella y hacia ella se ordenen (cf. PO 5; 18). De ahí que la liturgia, en cuanto ejercicio del sacerdocio de Jesucristo (cf. SC 7), constituya el ámbito en el que hemos de tener particular conciencia de que somos ministros de Cristo y dispensadores de los misterios de Dios (cf. 1 Cor 4,1).

Esta actitud nos ayudará a observar las normas litúrgicas con especial amor y respeto, en la certeza de que esta fidelidad redundará en bien de los fieles, los cuales tienen derecho a participar en las celebraciones tal como las quiere la Iglesia, y no según los gustos personales de cada ministro como tampoco según particularismos rituales no aprobados o expresiones de grupos, que tienden a cerrarse a la universalidad del pueblo de Dios[6]. No en vano las normas del Misal que regulan especialmente la celebración de la Eucaristía son expresión y garantía de eclesialidad, testimonio de amor hacia el Misterio eucarístico y medio de ayuda eficaz en orden a la participación de los fieles puesto que “el ‘ars celebrandi’ es la mejor premisa para la ‘actuosa participatio’”[7].

Ahora bien, para que se realice este ideal es necesario conocer bien el Misal y usarlo como quiere la Iglesia, es decir, como testimonio de una fe inalterada y de una práctica que ha ido asumiendo con el paso del tiempo la experiencia viva de las sucesivas generaciones cristianas que se han esforzado en ser fieles al mandato institucional del Señor en la última Cena cuando dijo: “Haced esto en memoria mía” (Lc 22,19; cf. 1 Cor 11,24-26). El buen uso del Misal comprende no solo ser fieles a lo que pide la liturgia del día, especialmente en las solemnidades, fiestas, memorias obligatorias y ferias de los tiempos litúrgicos de adviento, navidad, cuaresma y cincuentena pascual, sino también cuando la liturgia deja la elección del formulario de la Misa y de algunos elementos al criterio del sacerdote. La Ordenación general del Misal contiene un amplio capítulo, el VII, en el que describe y recomienda esta posibilidad invitando a que atienda “más al bien espiritual común del pueblo de Dios que a su personal inclinación” (OGMR 352; cf. 353-367). En este sentido conviene elegir una u otra de las plegarias eucarísticas que ofrece el Misal y no limitarse, la mayoría de las veces por razones de brevedad, a usar la segunda (cf. OGMR 365). Precisamente por este motivo la nueva edición del Misal ha colocado las denominadas Plegarias eucarísticas “de la Reconciliación” y Plegarias eucarísticas que pueden usarse en las Misas por diversas circunstancias y las plegarias eucarísticas para las misas con niños en apéndice a continuación del Ordinario de la Misa donde figuran las cuatro principales.

El sacerdote, cuando preside la celebración de la Eucaristía, ha de ser consciente de que su función consiste, ante todo, en actuar en todo momento “en la persona de Cristo y en nombre de la Iglesia”, según la expresión clásica[8], elevando al Padre la plegaria y la ofrenda del pueblo santo, y tratando de ser instrumento dócil en las manos del Señor para la santificación de la comunidad eclesial. El Concilio Vaticano II recordó expresamente que “los presbíteros enseñan a los fieles a ofrecer al Padre en el sacrificio de la Misa la Víctima divina y a ofrendar la propia vida juntamente con ella” (PO 5).

Conclusión: unidad y armonía entre la “lex orandi” y la “lex credendi”

Por los mismos motivos, es fundamental que todos los ministros de la liturgia estén convencidos también de la importancia que tiene el vínculo intrínseco existente entre la lex orandi y la lex credendi de la Iglesia, es decir, entre la norma de la liturgia y la norma de la fe, principio del que se derivan algunas consecuencias prácticas. Por eso la Iglesia, a la vez que ha expuesto con sumo cuidado y autoridad, a lo largo de los siglos, la doctrina eucarística, ha cuidado siempre con el mayor esmero la celebración de la Eucaristía. Ella misma no tiene ninguna potestad sobre aquello que ha sido establecido por el mismo Cristo, y que constituye la parte inmutable de la liturgia (cf. SC 21). De hecho la celebración de la Eucaristía está estrechamente ligada con la doctrina de la fe, de manera que la verdad de la fe no se transmite sólo con palabras sino también con los signos y el conjunto de los ritos litúrgicos. En este sentido el rito actual de la Misa ha sido cuidadosamente propuesto en el Misal para expresar y vivir el Misterio eucarístico en su incomparable belleza y dignidad y teniendo en cuenta su importancia esencial para la vida cristiana.

La Comisión Episcopal de Liturgia, al ofrecer estas consideraciones al alcance de de los pastores y de los fieles con ocasión de la publicación de la tercera edición oficial del Misal Romano en castellano, desea facilitar su recepción responsable y eficaz en todas las comunidades eclesiales, consciente también de la función que atañe no solo a los trabajan en la pastoral litúrgica sino a todos los que tienen alguna responsabilidad en la formación de la fe y en su celebración. Por eso considera que el modo más adecuado para profundizar en el misterio de la salvación y, particularmente, en la Eucaristía, “sacramento de piedad, signo de unidad, vínculo de caridad”[9], pasa necesariamente por un doble compromiso de todos los pastores a propósito del Misal: ofrecer una adecuada catequesis mistagógica que ayude a descubrir el sentido de los gestos y de las palabras de la liturgia y realizar una esmerada celebración que ayude a los fieles a pasar de los signos al misterio centrando en él toda su existencia.

Madrid, a 20 de abril de 2016.


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07 octubre 2016

Hoy celebramos la Virgen del Rosario.


El 7 de octubre se celebra a la Virgen del Rosario, advocación que hace referencia al rezo del Santo Rosario que la propia Madre de Dios pidió que se difundiera para obtener abundantes gracias.

En el año 1208 la Virgen María se le apareció a Santo Domingo y le enseñó a rezar el Rosario para que lo propagara. El santo así lo hizo y su difusión fue tal que las tropas cristianas, antes de la Batalla de Lepanto (7 de octubre de 1571), rezaron el Santo Rosario y salieron victoriosos.

El Papa San Pío V en agradecimiento a la Virgen, instituyó la fiesta de la Virgen de las Victorias para el primer domingo de octubre y añadió el título de “Auxilio de los Cristianos” a las letanías de la Madre de Dios.

Más adelante, el Papa Gregorio XIII cambió el nombre de la Fiesta al de Nuestra Señora del Rosario y Clemente XI extendió la festividad a toda la Iglesia de occidente. Posteriormente San Pío X la fijó para el 7 de octubre y afirmó: “Denme un ejército que rece el Rosario y vencerá al mundo”.

Rosario significa “corona de rosas y, tal como lo definió el propio San Pío V, “es un modo piadosísimo de oración, al alcance de todos, que consiste en ir repitiendo el saludo que el ángel le dio a María; interponiendo un Padrenuestro entre cada diez Avemarías y tratando de ir meditando mientras tanto en la Vida de Nuestro Señor".

Es la "herramienta" más poderosa. Vence a todo los males.

Dejen entrar al Espíritu Santo en la propia vida.


Os pregunto:
¿Ignoro al Espíritu Santo? ¿Mi vida es una vida a medias, tibia, que entristece al Espíritu Santo sin dejarle actuar en mí para que me dé fuerzas, para que me permita ir adelante?.

Si, por el contrario, “mi vida es una vida de oración continua para abrirme al Espíritu Santo, para que él me lleve adelante con la alegría del Evangelio, para entender la doctrina de Jesús, que es la verdadera”.

Os recuerdo que “el Espíritu es el gran don del Padre”. El Espíritu Santo es la fuerza que tiene la Iglesia para llegar con valentía hasta el fin del mundo. En este sentido es el que impulsa a la Iglesia a seguir caminando hacia adelante.

Hay tres actitudes que se puede tener con el Espíritu Santo.

La primera consiste en creerse justificados por la Ley y no por Jesús, que da sentido a la Ley, como reprocha San Pablo en su carta a los Gálatas: ¡Oh insensatos gálatas! ¿Quién os fascinó a vosotros, a cuyos ojos fue presentado Jesucristo crucificado?.
Este acatamiento de la Ley les hace ignorar al Espíritu Santo. No deja que la fuerza de la redención de Cristo siga adelante con el Espíritu Santo. Es cierto que tenemos los Mandamientos, y que debemos seguir los Mandamientos, pero siempre por la gracia de ese gran don que nos ha dado el Padre, su Hijo: el don del Espíritu Santo.
Es entonces cuando entendemos la Ley. Pero sin reducir el Espíritu y el Hijo a la Ley. Ese era el problema de aquella gente: ignoraban al Espíritu Santo y no sabían cómo andar adelante. Estaban cerrados en la regla: se debe hacer esto, se debe hacer lo otro. También nosotros podemos caer a veces en esa tentación.

La segunda actitud consiste en entristecer al Espíritu Santo: cuando no dejamos que Él nos inspire ni que nos impulse en la vida cristiana, cuando no dejamos que Él nos diga, no con la teología de la Ley, sino con la libertad del Espíritu, lo que debemos hacer.
El resultado de esta segunda actitud es que “nos hacemos tibios” y, como consecuencia, se cae en la “mediocridad cristiana” debido a que el Espíritu Santo “no pudo hacer su gran obra en nosotros”.
Y la tercera actitud consiste en abrirse al Espíritu Santo y dejar que nos lleve hacia adelante. Eso es lo que hicieron los Apóstoles: es el espíritu del día de Pentecostés. Ese día perdieron el miedo y se abrieron al Espíritu Santo”.

Para comprender y acoger la palabra de Jesús es necesario abrirse a la fuerza del Espíritu Santo. Y cuando un hombre, o una mujer, se abre al Espíritu Santo, es como una barca de vela que se deja arrastrar por el viento hacia adelante y no se para nunca.

(Papa Francisco en Santa Marta, 6-10-2016)

05 octubre 2016

Catequesis de hoy miércoles del Papa Francisco: “La Iglesia Católica está llamada a estar presente, a ser cercana, especialmente en el signo de la caridad y de la promoción humana."


Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

El pasado fin de semana he realizado el viaje apostólico a Georgia y Azerbaiyán. Doy gracias al Señor que me lo ha concedido y renuevo la expresión de mi gratitud a las Autoridades civiles y religiosas de estos dos Países, en particular al Patriarca de toda la Georgia Elías II – su testimonio me ha hecho mucho bien al corazón y al alma – y al Jeque de los Musulmanes del Cáucaso. Un agradecimiento fraternal a los Obispos, a los sacerdotes, a los religiosos y a todos los fieles que me han hecho sentir su caluroso afecto.

Este viaje ha sido el proseguimiento y la conclusión de aquel efectuado a Armenia, en el mes de junio. De este modo he podido – gracias a Dios – realizar el proyecto de visitar estos tres países caucásicos, para confirmar a la Iglesia Católica que vive allí y para animar el camino de estas poblaciones hacia la paz y la fraternidad. Lo evidencia también los dos lemas de este último viaje: para Georgia “Pax vobis” y para Azerbaiyán “Somos todos hermanos”.

Ambos países tienen raíces históricas, culturales y religiosas muy antiguas, pero al mismo tiempo están viviendo una fase nueva: de hecho, los dos celebran este año el 25° aniversario de su independencia, habiendo estado buena parte del siglo XX bajo el régimen soviético. Y en esta fase ambos encuentran diversas dificultades en los diversos ámbitos de la vida social. La Iglesia Católica está llamada a estar presente, a ser cercana, especialmente en el signo de la caridad y de la promoción humana; y ella trata de hacerlo en comunión con las otras Iglesias y Comunidades cristianas y en diálogo con las otras comunidades religiosas, con la certeza que Dios es Padre de todos y nosotros somos hermanos y hermanas.

En Georgia esta misión pasa naturalmente a través de la colaboración con los hermanos ortodoxos, que forman la gran mayoría de la población. Por eso, ha sido un signo muy importante el hecho que cuando llegué a Tiflis fue a recibirme al Aeropuerto, junto con el Presidente de la República, también al venerado Patriarca Elías II. El encuentro con él esa tarde ha sido conmovedor, como también lo fue al día siguiente la visita a la Catedral Patriarcal, donde se venera la reliquia de la túnica de Cristo, símbolo de la unidad de la Iglesia. Esta unidad es corroborada por la sangre de tantos mártires de las diversas confesiones cristianas. Entre las comunidades más afectadas esta aquella Asiria-Caldea, con la cual he vivido en Tiflis un intenso momento de oración para la paz en Siria, en Iraq y en todo el Oriente Medio.

La Misa con los fieles católicos de Georgia – latinos, armenios y asirios-caldeos – ha sido celebrada en la memoria de Santa Teresa del Niño Jesús, patrona de las misiones: ella nos recuerda que la verdadera misión nos es jamás proselitismo, sino atracción a Cristo a partir de la fuerte unión con Él en la oración, en la adoración y en la caridad concreta, que es servicio a Jesús presente en el más pequeño de los hermanos. Es esto lo que hacen los religiosos y las religiosas que he encontrado en Tiflis, como también en Bakú: lo hacen con la oración y con las obras de caritativas y promocionales. Los he animado a permanecer firmes en la fe, con memoria, valentía y esperanza. Y también están las familias cristianas: cuanto es preciosa su presencia de acogida, acompañamiento, discernimiento e integración en la comunidad.

Este estilo de presencia evangélica como semilla del Reino de Dios está, es posible, todavía más necesario en Azerbaiyán, donde la mayoría de la población es musulmana y los católicos son pocos centenares, pero gracias a Dios tiene buenas relaciones con todos, en particular mantienen vínculos fraternos con los cristianos ortodoxos. Por esto en Bakú, capital de Azerbaiyán, hemos vivido dos momentos que la fe sabe mantener en justa relación: la Eucaristía y el encuentro interreligioso.

La Eucaristía con la pequeña comunidad católica, donde el Espíritu armoniza las diversas lenguas y dona la fuerza del testimonio; y esta comunión con Cristo no impide, al contrario, impulsa a buscar el encuentro y el diálogo con todos aquellos que creen en Dios, para construir juntos un mundo más justo y fraterno. En esta perspectiva, dirigiéndome a las Autoridades Azerí, he deseado que las cuestiones abiertas puedan encontrar buenas soluciones y todas las poblaciones caucásicas vivan en la paz y en el respeto reciproco.

Dios bendiga a Armenia, Georgia y Azerbaiyán, y acompañe el camino de Su pueblo santo peregrino en estos Países. Gracias.

(05-10-2016)

Mensaje del Papa Francisco para este mes: Por los periodistas y el respeto a la verdad.


 

04 octubre 2016

Hoy celebramos la onomástica del P. Francisco de Asís Méndez.


Francisco Méndez Casariego nace en Madrid el día 21 de junio de 1850 en el seno de una familia cristiana. Su padre era Pintor de cámara y académico de Bellas Artes de san Fernando. De niño destaca por su fina sensibilidad y su apertura a los demás, por sus cualidades prácticas, habilidad manual y gusto por la mecánica; pero lo más sorprendente era su profunda vivencia religiosa y su emotividad con los más pobres...

Después de ser ordenado sacerdote, fue nombrado coadjutor, y luego párroco de la iglesia de la Encarnación, entonces parroquia de la corete. Pero no se queda en el mundo de la nobleza y el poder, sino que llega al bajo mundo de los pobres y humillados, en los suburbios y callejas de Madrid. Más adelante será nombrado canónigo. Compaginará sus obligaciones en el primer templo diocesano con su ministerio pastoral entre los más abatidos y necesitados.

Acudían a él con mucha frecuencia toda clase de gentes. Él se daba a los últimos tanto en su ámbito pastoral como en sus salidas constantes por la periferia de su parroquia, a la calle, a los hospitales y cárceles. Su ministerio y vida sacerdotal estaban marcados por una constante pasión: Pasión por Dios y pasión por los últimos, los más pequeños y pobres.

Dios le mostró su rostro en las jóvenes humilladas y en los “golfillos” que pululaban por las calles de Madrid. Acudía a los hospitales, a las cárceles, se paraba a hablar con ellos y ellas en la misma calle e incluso los atendía en el confesionario: La condición indigna en la que eran tratadas aquellas jóvenes y aquellos chicos le quemaba las entrañas con el mismo fuego que Cristo había venido a traer a la tierra. Busca a su prójimo por las calles y caminos, plazas y estaciones, cárceles y hospitales, para mostrarle el rostro del padre que tiene entrañas de amor u misericordia.
Sale de noche con lluvia o nieve a buscar a sus “golfillos” que se cobijaban bajo un banco, envueltos en periódicos, los arropa bajo su manteo, hasta llevarlos a una casa que sea para ellos su casa familiar.

Encuentra su felicidad cuando el que se ha marchado vuelve a casa y él le insiste: “Es tu casa, esto es tuyo, y yo estoy contento porque has vuelto…”Sale en busca del que se ha perdido o escapado del rebaño. Tiene tanta paciencia que hasta dieciséis veces vuelve a salir en busca de uno de ellos. Su pasión era buscar y acoger a los que la sociedad marginaba.

02 octubre 2016

Ángelus Dominical del Papa Francisco, 2-10-2016


Queridos hermanos y hermanas:

En esta celebración eucarística he dado gracias a Dios con vosotros, pero también por vosotros: aquí la fe, después de los años de persecución, ha hecho maravillas. Quisiera recordar a tantos cristianos valientes, que han tenido fe en el Señor y han sido fieles en la adversidad. A vosotros os digo, como hizo san Juan Pablo II, las palabras del apóstol Pedro: «¡Honor a vosotros, que creéis!», (1 P 2,7; Homilía, Bakú, 23 Mayo 2002).

Nuestro pensamiento se dirige ahora a la Virgen María, venerada en este país también por los no cristianos. Nos dirigimos a ella con las palabras con las que el ángel Gabriel le anunció la buena noticia de la salvación, que Dios había preparado para la humanidad.

Queridos fieles de Azerbaiyán, al resplandor de la luz que brilla en el rostro materno de María, os dirijo un cordial saludo, alentándoos a testimoniar con alegría la fe, la esperanza y la caridad, unidos entre vosotros y con vuestros Pastores. Saludo y doy las gracias en particular a la familia salesiana, que os cuida tanto y promueve diversas buenas iniciativas, y a las Misioneras de la Caridad: Continuad con entusiasmo vuestro trabajo al servicio de todos.
Encomendamos estos deseos a la intercesión de la Santísima Madre de Dios e invocamos su protección sobre vuestras familias, los enfermos y los ancianos, y sobre cuantos sufren en el cuerpo y en el espíritu.

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Alguno puede pensar que el Papa pierde mucho tiempo: hacer tantos kilómetros de viaje para visitar una pequeña comunidad de 700 personas, en un país de dos millones... Además, no es una comunidad uniforme, porque entre vosotros se habla azerí, italiano, inglés, español... Muchas lenguas... Es una comunidad de periferia. Pero el Papa imita en esto al Espíritu Santo: también él ha bajado del cielo en una comunidad de periferia, cerrada en el Cenáculo. Y a esta comunidad, que tenía miedo, se sentís pobre y tal vez perseguida o dejada de lado, le infunde valor, fuerza, parresia para seguir adelante y proclamar el nombre de Jesús. Y las puertas de aquella comunidad de Jerusalén, que estaban cerradas por temor o vergüenza, se abren de par en par y sale la fuerza del Espíritu. El Papa pierde tiempo como lo ha perdido el Espíritu Santo en aquel tiempo.

Sólo dos cosas son necesarias: en aquella comunidad estaba la Madre —nunca olvidar a la Madre—, y en aquella comunidad estaba la caridad, el amor fraterno que el Espíritu Santo ha derramado sobre ellos. ¡Ánimo! ¡Adelante! ¡Go ahead! Sin miedo, ¡adelante!


(Viaje a Georgia-Azerbaiyán)

Evangelio. Domingo XXVII del Tiempo Ordinario.


Según San Lucas 17, 5 - 10.


En aquel tiempo, los apóstoles dijeron al Señor; «Auméntanos la fe». El Señor dijo: «Si tuvierais fe como un grano de mostaza, habríais dicho a este sicómoro: ‘Arráncate y plántate en el mar’, y os habría obedecido.
¿Quién de vosotros tiene un siervo arando o pastoreando y, cuando regresa del campo, le dice: ‘Pasa al momento y ponte a la mesa?’. ¿No le dirá más bien: ‘Prepárame algo para cenar, y cíñete para servirme hasta que haya comido y bebido, y después comerás y beberás tú?’. ¿Acaso tiene que agradecer al siervo porque hizo lo que le fue mandado? De igual modo vosotros, cuando hayáis hecho todo lo que os fue mandado, decid: ‘Somos siervos inútiles; hemos hecho lo que debíamos hacer’.



Reflexión.

Hoy, Cristo nos habla nuevamente de servicio. El Evangelio insiste siempre en el espíritu de servicio.
Debemos vivir toda la vida cristiana con sentido de servicio sin creer que estamos haciendo algo extraordinario.

Reflexión del domingo XXVII del Tiempo Ordinario.


El domingo pasado nos volvían a decir las lecturas que tuviéramos cuidado con las cosas materiales. Por desgracia hemos puesto el lema “cuanto más tengo, más quiero” y no salimos de nuestro mundo egoísta.  Los bienes espirituales son los que nos ayudan a ser mejores. La lectura primera, denunciaba a un rico por robarle a los pobres, y organizarse banquetes por doquier. La segunda lectura nos hacía la llamada de que tenemos que buscar los bienes espirituales, que tenemos que ser hombres de Dios, y dejarnos conquistar por Él. Y el Evangelio nos hablaba de la caridad. El rico, empezó a vivir en el infierno, en el momento en que se metió en su mundo egoísta.

En este domingo XXVII del Tiempo Ordinario, veremos como los Apóstoles le piden al Señor que aumenten su fe. La experiencia de fe, es una experiencia de Dios, es un encuentro con el que Ama y con el amado. El fruto de este encuentro, es una forma de vivir, una vida coherente con la radicalidad del Evangelio. La fe nos da un corazón nuevo, transforma nuestra vida, optamos por un compromiso justo por los pobres. Estas lecturas, tienen relación con las del domingo pasado, que el tema como dije arriba, era la caridad. La fe sin caridad, se queda coja, y puede llegar a morirse. Si no tenemos una profunda coherencia de vida, y una estabilidad con la fe y con nuestros hermanos más necesitados, no podremos llamarnos seguidores de Cristo. Seremos buenas personas, pero no cristianos. Aunque nuestra fe, por pequeña que sea, es auténtica, podremos cambiar y mejorar nuestra “parcela” del mundo.

En la Primera Lectura del profeta Habacuc, nos sitúa en el contexto de que “el justo vivirá por su fe”. El profeta tiene una gran preocupación porque la injusticia, el mal, triunfe. El orgullo, la codicia y una gran lista de comportamientos que hace al hombre injusto. Estas cosas nos apartan de Dios, nos apartan de su camino. El camino recto a Dios, es Jesucristo, y nos hace tener una esperanza que no termina. Dios está con nosotros, pongámonos a su escucha, confiemos. La fe se basa en la confianza, no en la demostración.

En la Segunda Lectura de la carta de san Pablo Timoteo, nos recuerda que hay que reavivar el don que hemos recibido de Dios. No podemos dejarlo en el pasado ni guardarlo. Tenemos que actualizar cada día esos dones que un día recibimos por la imposición de manos, nos sellaron con la señal del Espíritu Santo. “El Evangelio, es una tarea de valientes, no tiene límites. El radio de Evangelización es el mundo entero” estas palabras, las aprendí de mi maestro en el noviciado (hace ya dos años), y me las repito cada día. No tenemos que acomodarnos, la tarea de ser “Evangelio vivo” no es fácil, pero tenemos herramientas como los dones que Dios nos pone a nuestra disposición para  que vivamos con valentía y autenticidad el mensaje.

En el Evangelio de Lucas, vamos a escuchar como los apóstoles le piden al Señor “que aumenten su fe”. Esto nos demuestra que cuanto más “cerca” de Él y de su Evangelio estemos, más fe sincera y sólida debemos tener. Esto es un proceso que conlleva toda la vida. En la sociedad donde vivimos, se aparta todo lo relacionado con la fe, y lo más probable es que debemos preguntarnos los que nos llamamos “hombres y mujeres de fe” porqué la sociedad no vive de “espalda” a la fe. Alomejor el resultado de esa pregunta es porque nuestra fe y nuestra vida no van de la mano, no somos coherentes con lo que decimos y hacemos. Esta sociedad necesita menos palabras y más actos.
Deberíamos pedirle al Señor con más frecuencia e ímpetu: “aumenta nuestra fe”. Ser coherente, ser fiel al Evangelio es una tarea de toda la vida. La fe es una planta que necesita crecer… Pero para crecer y dar frutos, tenemos que preocuparnos cada día, y que mejor que alimentar nuestra vida de cristiano con una buena dosis de fe, regada con momentos de oraciones. Si nos ponemos en este camino, veremos como pasaremos con buena nota el examen de amor,  y no por hacer cosas grandes, sino, solo con la tarea que debíamos hacer.

Pidamos este domingo a la Virgen, Madre de la Misericordia, que por intercesión de Santa Teresa del niño Jesús, y los ángeles custodios, nos ayuden a ser justos. Que denunciemos sin miedo todo tipo de injusticias que haya a nuestro alrededor. Actualicemos y pongamos al servicio de los demás los dones que hemos recibido del Espíritu Santo. Y que nuestras obras, hablen de nuestra fe.
Que así sea.